Chapter Text
Podía verso así mismo reflejado bajo las profundas aguas de un lago hecho hielo, una tenue corriente que le traía recuerdos, un olor que le resultaba vagamente familiar junto a un silencio sepulcral en los cielos de la noche que lo dejó a su suerte para atormentarle con el pasado sin poder calmarse. Acariciando las desgastadas tablas de madera del puente en el que estaba sentado, Rudolph solo quiso encontrarse a sí mismo y puede que de forma muy débil, volverse a topar con una presencia humana que se viera bajo el agua a sus pies.
Él recuerda, pues siempre se trata de memorar y de volver a pensar. Para los seres que viven desde siglos y siglos en eso se basa su historia vívida, una autobiografía plasmada en los nervios del cerebro que continúa junto a la existencia del individuo, pero ¿Que hay de si el individuo es eterno? ¿Que nunca pudo cerrar su final? Aquellos recuerdos y anécdotas de vida podrían estancarse con el tiempo hasta que en un punto, no se puedan recordar bien. Y lo que más teme Rudolph es creer que todo lo que ha vivido, las grandes experiencias, las confunda con sueños borrosos de los que no sabe que fue real y que no. De los que ya no puedes distinguir para no perderse entre árboles abismales, en el silbido nocturno o los golpeteos de las catacumbas. Un sin vampiro recuerdos de quién fue no tiene identidad, y no le excusa queda para aferrarse de que no es más que un monstruo sumido en aguas negras.
Por ello las imágenes que pasan como trayectoria frente a sus ojos, proyectadas por su mente, las atesora con pasión. Siempre reflexionaba su vida antes de ser convertida, antes de que lo maldijeran volviendolo una bestia que vive de la sangre y que no puede tocar el sol, piensa en cómo era antes de todo eso. Con ello, él se aferraba a la humanidad que se negaba a dejar ir, a la moral que lo mantenía a raya de sus nuevos instintos ya convencerse de que no era otro animal violento.
Por lo que, a pesar de que estaba consciente de que sus latidos se extinguieron en el mismo momento en que fue mordido, todavía seguía creyendo que tenía presente un corazón.
Rudolph sabe de igual forma, que no fue el único ingenuo que quería creer eso.
....
Viendo la luna de medianoche a través de una ventana alta y estrecha, ahora está sentado en el borde de una amplia cama de madera, gastada por el tiempo. En la habitación de una residencia antigua, con una fachada de un castillo a las afueras, constando de paredes frías y húmedas que parecen llorar con gotas que resbalan lentamente entre las grietas, el tenue olor a moho impregna el aire, mezclándose con la madera desgastada. Tony le dijo que en realidad la sentía como un segundo hogar. A pesar de los muebles que rechinan, lo conservado que se encuentra, Tony se esmeró por demostrarle la comodidad que en realidad brindaba todo, la familiaridad a la que él podría acostumbrarse y los aires que lo envolverían.
Tal vez Rudolph no quisiera admitirlo con voz, pero lo que decía Tony era cierto. Se encontró con una calidez y se hundió profundamente en aquel castillo como si siempre hubiera estado allí. Cuando volaba junto a Tony por los largos pasillos platicando sobre cualquier cosa. Sin importar si hablaban de leyendas, sueños infantiles o simplemente intercambiaban bromas sin sentido, Rudolph podría decir que sentía a las paredes de piedra absorber la energía de aquellos momentos. O cuando el día se retiraba y las estrellas adornaban el cielo, cuales diamantes inscrustados en un velo fino, Rudolph apenas despertaba de su sueño iba sin pensarlo a su salida diaria con el humano. Colándose por su ventana para simplemente estar en la cálida presencia de Tony. Aveces no hablaban mucho, y otras, Tony podía pasar horas contándole sobre el mundo que conocía fuera de esas montañas. Más allá de todo lo que Rudolph incluso había visto. Despertaba su curiosidad y su deseo por saber, pero, lo que en realidad llamaba más la atención del pequeño vampiro era el extraño y reconfortante calor humano que emanaba el otro. Siempre se preguntó si todos los humanos eran así de cálidos o si simplemente era Tony. Al final terminó por guardar ese detalle, sabiendo que de todas formas, nunca se molestaría en interrumpirlo mientras le contaba historias.
...
Su mente ahora lo trajo a un día siguiente, una especie de deja vú. Luego de haber tenido alguna pijamada improvisada con Tony invitándolo a quedarse a dormir, la luz matutina se filtraba a través de las cortinas entreabiertas, llenando la habitación con apenas perceptibles destellos dorados. El rubio fue despertándose, extendiendo sus brazos hasta el techo para estirarse mientras un bostezo escapaba de sus labios. Su vista se giró hacia el armario, que era el improvisado ataúd de Rudolph y en el que aún seguía dormido. Tony decidió levantarse y golpear suavemente su puerta.
—Oye, ¿sabes que es de mala educación dormir más que el anfitrión?
Un murmullo amortiguado salió del interior antes de que la puerta se abriera lentamente. Rudolph emergió con el cabello ligeramente revuelto y una expresión soñolienta, su pálida piel contrastando con las sombras que aún quedaban en la habitación.
—No todos estamos acostumbrados a despertarnos con el sol, ¿sabes? —respondió Rudolph, frotándose los ojos con desgana.
Tony le lanzó una sonrisa cómplice y se inclinó hacia la ventana, apartando ligeramente las cortinas. La luz del sol brillando con una intensidad tal como flechas, haciendo que Rudolph diera un paso atrás instintivamente.
—¿Qué haces? —preguntó a Rudolph con el ceño fruncido.
—Quiero salir. —Tony se giró hacia él con entusiasmo. —Podríamos ir al parque, o dar una vuelta por el pueblo. Es sábado, nadie nos notará.
Rudolph cruzó los brazos, su mirada escéptica. — ¿Y cómo planeas que haga eso sin que termine como un montón de cenizas?
Tony se encogió de hombros, sin perder la sonrisa. —Podrías usar mi chaqueta, ponerte un sombrero enorme… o… ¡una sombrilla!
Rudolph rodó los ojos, pero una pequeña sonrisa igual apareció en sus labios. —Estás loco.
—Y tú eres demasiado aburrido. Vamos, Rudolph, será divertido. No deberías olvidarte de como es el sol algunas veces... — volvió a mirar por su ventanal— prometo que no dejaré que te chamusques.
El vampiro lo miró por un largo momento, evaluando sus palabras, pero sobre todo, contagiándose de su entusiasmo y locura desmedida. Finalmente, suspir y negoci con la cabeza.
—Si termino oliendo a quemado, será tu culpa.
—¡Trato hecho! —exclamó Tony, dándole un pequeño empujón antes de correr hacia la puerta.
— En realidad ¿Sabes? No tienes de qué temer. Yo siempre te cuidaré — Le dedicó una última sonrisa — Nunca dejaría que seas un vampiro rostizado— dicho eso desapareció por los corredizos.
Sabía que en realidad, no debía tomarse tan en serio aquellas palabras. Le resultaba casi una broma que el humano tenía tanta confianza en sí, como para creer que él era quien podía protegerlos a los dos de todo, siendo que en realidad, Rudolph era el sobrenatural aquí. Sin embargo, no pudo evitar quedarse con una sensación atascada en su garganta, que hizo calentar su rostro y que no dejó de reproducir continuamente en su cerebro esas últimas palabras que con tanta seguridad fueron dichas. Le empezaba a revólver el estómago y no estaba entendiendo, ¿Por qué le estaban afectando?..
"Yo siempre te cuidaré."
Sacudió la cabeza en un intento de librarse de ese absurdo momento, optó por salir de la habitación y seguirlo, con la ilusión de que así tal vez también pudiera olvidarse de eso.
...
Tony bajaba las escaleras casi a toda velocidad, dejando que sus pasos resonaran por la casa. Para su fortuna, sus padres no estaban por la mañana, lo que significaba que tendría tiempo de sobra para su pequeña aventura con Rudolph. Abriendo el armario del recibidor, rebuscó entre las chaquetas hasta dar con la suya, una sudadera de un rojo vino con capucha como la que suele usar y que juzgó que era lo suficientemente grande para cubrir a su amigo.
—¡Tony! —se escuchó la voz de Rudolph desde la parte superior de las escaleras, un susurro urgente. —¡Tus cortinas están abiertas!
Tony levantó la vista, viendo cómo Rudolph se asomaba apenas desde las sombras del pasillo. Se rió por lo bajo, sosteniendo la sudadera como un trofeo.
—Tranquilo, ya pensé en todo. Ponte esto.
Rudolph bajó los escalones con cautela, mirando por las ventanas para asegurarse de que ningún rayo de sol estuviera en su camino. Tomó la sudadera con una expresión dudosa, inspeccionándola como si fuera una armadura medieval antes de ponérsela sobre la cabeza.
El olor familiar de Tony impregnaba la tela: una mezcla de jabón fresco y algo que Rudolph no podía identificar, tal vez a la ciudad ruidosa de donde provenía el otro. Aunque como nunca había estado en una no podría decirlo con certeza. Sin embargo, la tela le proporcionó paz y tranquilidad, a pesar de la locura que iba a cometer. Mientras ajustaba la capucha, su mente divagó sin permiso, preguntándose por qué un gesto tan simple lo hacía sentir tan... inquieto. Era solo una sudadera, en realidad, pero el hecho de que Tony se la hubiera ofrecido sin dudar, que pensara en protegerlo sin importar lo ridículo que pudiera parecer, lo hizo sentir algo desconocido, algo que incluso en todos sus cientos de años, no supo como nombrar.
—Esto no va a funcionar. —Dijo, intentando desviar sus pensamientos mientras acomodaba la capucha para que le cubriera el rostro. —Es ridículo.
—Ridículamente genial. —Tony le dio una palmada en el hombro. Rudolph se estremeció apenas, pero no lo suficiente para que Tony lo notara. —Ahora solo falta el sombrero.
—¿Qué sombrero?
Tony sacó un sombrero de paja que había encontrado en el garaje semanas atrás. Lo colocó sobre la cabeza de Rudolph, que lo miró con una mezcla de resignación y diversión.
—Pareces una estrella de cine de los años 50. —bromeó Tony, dando un paso atrás para admirarlo.
Rudolph se llevó una mano a la frente. —Definitivamente me arrepentiré de esto.
—¡No lo harás! —Tony abrió la puerta trasera, asegurándose de que la luz no entrara directamente. —Vamos, antes de que cambies de opinión.
Con un suspiro pesado, Rudolph lo siguió, ajustando la capucha y el sombrero. Una vez afuera, el aire fresco y el aroma a césped húmedo le dieron la bienvenida haciendo que olvidara su incomodidad. Y cuando ajustó su vista para adaptarse a su entorno, se quedó mudo. Pues de una forma que lo hizo sentir hipnotizado apreció el incendio celestial que había frente a él. Sintiéndose tan fuera de lugar bajo la luz del día y aún así sin poder evitar contagiarse de la euforia del rubio por estar bajo un amanecer. En ese instante, no pudo nisiquiera disimular la gran sonrisa en su rostro, ni el revoltijo de sentimientos encontrados al poder apreciar el sol una vez en tanto tiempo. Si Rudolph fuera honesto, en realidad sabría que no podía negarse a lo que Tony quisiera, ni evitar seguirlo hasta en los planes más locos. La chaqueta seguía abrazándolo con un calor que no venía del sol, siendo absorbido por la brisa mañanera, el canto de las aves, mientras admiraba como la luz dorada empezaba a descender iluminando el pueblo. Allí Rudolph creyó escuchar un latido.
Quizás esa fue la primera vez que también pensó, en si era posible que un vampiro sintiera el latido de un corazón que ya no tenía.
....
Las aguas del lago cada vez se entibian más.
Ocurre mientras va pensando otra vez en aquellos vagos recuerdos, perdiéndose en su memoria. En realidad cree que puede recordar de forma muy débil, como un eco muy lejano, que fueron tres veces en las que llegó a creer en esa esperanza.
La segunda, ya nisiquiera fue por una alegría infantil.
Cabe destacar, que a pesar de que hubieron algunos pequeños instantes en los que una chispa estalló con desenfreno en el pecho de Rudolph, no fue como la abofetada de realidad tan cruel, tan intensa para negarlo, la segunda vez que verdaderamente creyó tener algún órgano que sustituyera el corazón dentro suyo.
Era casi el atardecer, el sol se despidió de su lugar vibrante para mezclarse entre las tinieblas, desvaneciéndose cuál vela siendo consumida. Los vientos soplaban con desgana, volviendo todo demasiado lento, demasiado pesado. Con sus sombras alargándose bajo de ellos, otra vez Rudolph estaba en el mismo puente en el que reflexionaba.
Solo que ese instante pertenecía a una linea temporal del pasado.
Un Rudolph más joven, como el que ha sido durante 133 años durante lo que siente toda una vida, un Rudolph con la madurez y la rigurosidad de un niño de 13 años humanos. Espectador ante el mundo y sus rincones. Envuelto de deseos, con una enérgica determinación a lo que es curiosidad para él, tanto como un vampiro podía demostrar.
Ese era él, se recuerda muy bien a sí mismo. Las alegrías infantiles que pasó cuando conoció a Tony, su tierna amistad. Pero también sabe que en ese momento, repasaba en su cabeza un día particular, uno que él supo hasta más tarde, fue el comienzo de varios pedazos removiendose de él. La razón por la que sabía que estaba en ese puente. Por la frágil inocencia de un niño, siendo perdida.
.....
La habitación de Tony bajo la presencia de la luna siempre fue como su segundo ataúd para Rudolph. Esta vez, el rubio había regresado de sus días escolares en San Francisco porque otra vez estaba de vacaciones. A Tony siempre le pareció cierto que la mayoría de personas vuelven a donde fueron felices, por ello, seguía regresando a Rumania tantas veces como podía. Más que nada por una razón especial, y esa era para volver a encontrarse con su mejor amigo.
Rudolph se sienta con las piernas cruzadas, observando a Tony mientras éste rebusca entre sus cosas. Al fondo se escucha una lechuza en las afueras de la noche. Hay una lámpara encendida, de tonos suaves en las que se siente resguardado, y por un momento todo parece como antes.
— Mira esto.— Dijo Tony mientras vaciaba su mochila — Me lo dieron en la feria de ciencias. No gané pero igual me dieron una mención. Fue raro. El director me dijo que "mi mente era peligrosa para un chico de mi edad"— recordó en una risita.
— ¿Peligrosa?
— Sí. Supongo que por la maqueta que hice. Simulé cómo una infección se expande en un cuerpo humano y... bueno, usé gelatina roja y un corazón falso. Fue asquerosamente genial.— sonrió, luego se detuvo, recordando algo— Ah, y también ví a Chloe ahí. ¿Te acuerdas? La de las trenzas. Fue raro verla después de tanto.
Rudolph asintió levemente sin mirarlo, examinando un libro de Tony.
— No sabía que se hablaban aún.
— No hablamos, solo nos topamos. Ella… ella se ve distinta. No sé, como si ya no fuera una niña. O quizás es porque todos están cambiando y yo apenas lo estoy notando ahora.— Su voz disminuyó— Es raro, ¿sabes? Siento que el verano pasado éramos otros.
Un breve silencio se presenció, Rudolph tarareó muy bajo.
— Yo no.
— ¿Mm?
— Yo sigo siendo el mismo, exactamente el mismo.
Rudolph no sabía lo que estaba aclarando hasta que se levantó de la cama y miró hacia las afueras. Pensando con más atención en lo que en realidad significaba. Tony al oír sus palabras se volteó hacia él confundido pues aunque no sonaba enojado, se volvió distante y pensativo. No creía gustarle el rumbo de la conversación.
— Pero eso no es malo, ¿no? O sea, tú eres tú. Eso es lo que importa.
Rudolph se detuvo a pensar en ese hecho que lo volvió inquieto. Como tales cortinas que se iban abriendo hasta revelar algo. Una verdad. Tony estaba creciendo. Cada vez que Tony volvía, siempre había algo diferente en él, cosas que el vampiro trataba de restarle importancia. Primero fue su altura, Tony le mostró emocionado como ya estaba estirando, le dijo que era normal en la adolescencia humana sobretodo en los chicos. Su voz incluso la percibía diferente. Ya no tenía ese vocalización chillona que soltaba al emocionarse. Ahora se oía más masculina. Luego fueron aquellas pequeñas cosas que Tony le contaba como ahora. Estas carecían de toda maldad pero, Rudolph nunca se había dado cuenta que se estaba quedando corto al solo oír su vida, más no a acompañarlo en esos momentos que contaba.
Destinado a solo ser un espectador, ver a Tony crecer. La idea de que el vampiro viviera su inmortalidad sin Tony.
Todo eso, fue el inicio de como se ató entre las manos tallos de dolorosas espinas.
Dejando escapar un suspiro, Rudolph preguntó.
— ¿Y si dejo de entenderte?
Tony hizo una pausa, tratando de comprender.
— ¿De qué hablas?
— Tus historias. Tus bromas. El modo en que miras las cosas…
Antes podía seguirte, Tony. Pero como dijiste, muchas cosas cambiaron, entre ellas tú.— su voz flaquea en fragilidad. Mientras Tony no sabe que decir. —Todo lo que cuentas es del mundo afuera, de lugares donde yo no puedo ir.
Gente con la que no puedo estar. Días en que yo no vivo.
La lámpara tiembla un poco por el viento, apagandose por ratos siendo absorbida por la creciente tensión. Tony se acerca a a la ventana donde está frunciendo el ceño, todavía intentando no dejarse afectar.
— Es solo la escuela, Rudolph. No es importante. No cambia nada entre nosotros.
En un susurro, casi llevado por las frías brisas. Rudolph se perdió en la densidad del cielo, admitiendo en voz baja.
—Sí lo hace.
Un nuevo silencio se instala entre ambos. Rudolph está quieto, con la vista fija en el suelo donde pisa. No brotan lágrimas. Pero hay algo quebrado en su voz, como si ahora hablara consigo mismo.
— Yo nunca voy a tener un último día de clases. Nunca me va a gustar nadie como te gusta Chloe. Nunca voy a ir a una feria, ni a una fiesta, ni a un cine sin que el sol me queme. Mi voz no va a cambiar. Mis manos no van a crecer.
¿Y si un día dejas de verme?
¿De verdad verme?
Con esa confesión Tony por fin pudo comprender el miedo de Rudolph.
— Nunca dejaría de verte, Rudolph.— Confesó con suave voz intentando transmitir seguridad.
— Lo sé.— volteó para mirarlo.— Pero vas a verme como a un recuerdo. Y eso duele más que si me olvidarás del todo.
Tony alcanzó a notar lo cristalinos que se empezaban a ver los ojos rojos del otro. Se hipnotizó por ellos como si estuviera a punto de ver vino derramandose. Quedándose mudo, sintiendo una horrible sensación por dentro. Quiso negar con todas sus fuerzas lo que estaba asegurando Rudolph. En ese instante sabía que debía abrazarlo, expresarle su cariño y jurarle que eso nunca iba a pasar. Pero fue muy tarde, cuando Rudolph con la vaga excusa de ir a cazar desapareció en la oscuridad de la noche.
Ellos no se despidieron esa vez.
.....
Aunque no debería ser muy obvio, que esas pequeñas heridas nunca fueron lo suficientemente profundas como para que no se pudieran curar. A pesar de esas pequeñas diferencias, nunca pudieron alejarse del otro. Su anhelo era más brillante que el sol, los días de la estancia de Tony siempre estuvieron teñidos de cielos naranjas, risas escondidas. El humano no podía dejar de pensar en como sería pasar nuevos momentos con Rudolph. En los veranos que estaban llenos de complicidad, también al vampiro le gustaba recargar su hombro sobre Tony mientras la lluvia afuera los adormecía. Cuando no podían volar afuera y se quedaban bajo las aterciopeladas mantas. Estando tan cerca, la comodidad los arrulló mientras Tony leía en voz baja historias místicas de mounstros que lo emocionaban
Rudolph no recuerda antes haberse sentido tan seguro.
Pero, cuando no estaba cerca del humano, sus pensamientos lo consumían de nuevo. Susurros que se parecían a las almas de sus antepasados que su mamá le dijo que algún día oiría. Solo que estos no suenan con calma. Lo aturden, le hacen sentir culpa. Pero ¿de qué podría ser culpable Rudolph? Aveces puede oír que esas voces le dicen que es ser una bestia de la sangre. O que está confuso sobre sus sentimientos por su mejor amigo. No es así como debería de ver a Tony. Cuando es muy consciente de la cercanía, cuando toca la mano de Tony y desearía nunca soltarla, él se aterra entonces de esos pensamientos anormales. Intenta convencerse a sí mismo que Tony es importante para él, al igual que el fragmento de un ámbar que guarda la chispa de lo que más ama en el mundo. Tony solo es su mejor amigo.
Rudolph desconoce muchas cosas, entre ellas el romance. Pero sabe que lo que siente por Tony no es una sencilla amistad, es más fuerte que el suspiro de vida de un cuello desnudo. Es mucho más de lo que quisiera admitir.
....
En sus cientos de años antes de conocerlo. No creyó que se vería atrapado en un dulce tormento por un humano. En la que es una constante negación, en la que mira con ojos tristes a la luna preguntándole porque tuvo que ser un vampiro. En por qué tiene que estar atado a una eternidad que nunca deseó. Por qué el humano, su humano. Vivirá menos años que él, en los que lo verá crecer, hacer su vida, casarse, morir. Su realidad, fuera de la presencia llena de luz que le da Tony, es dura. Para el pequeño vampiro, que para siempre tendrá solo 13 años.
Por eso es que no puede abandonar las espesas aguas del lago. Buscando respuestas en él, comprensión, envuelto por el olor de la tierra helada. Sus ojos perdidos a una quietud que parecía verse desde el fondo de ahí. El puente de madera crujía levemente detrás de él, aunque llevaba rato sin moverse. Intentando mantener su mente en blanco con la capa apenas ondeando su silueta. Como si pudiera camuflarse en el lúgubre lugar.
Frente a él, el lago dormía como una bestia inmóvil. Las aguas eran tan oscuras que no se reflejaba ni una estrella, eran opacas. Apostaría que pronto estaría hechas hielo. Era el tipo de momento en las que se fijaba más en su profundidad. En que si se dejaba caer no hallaría otra cosa más que frío y silencio.
Era allí, posiblemente el recuerdo que más había marcado sus años siendo un vampiro. Tiene flashbacks sobre agua, hundimiento, una calma antes de gritos hirientes. Su fuerte deseo de haberse metido al lago para no pensar más.
Rudolph no tiene miedo de ahogarse, sabe de su inmortalidad y que por más que lo deseara, su piel no podría volverse más fría de lo que ya es.
Él en cambio, solo tenía miedo a despedirse para siempre.
En pocas horas, Tony volverá a San Francisco. Las semanas pasaron, no se habían dado cuenta que el fin las vacaciones de invierno estaba cerca hasta que Tony ya estaba volviendo a hacer sus maletas para regresar. El pequeño vampiro por mucho tiempo, se guardó sus sentimientos de tristeza para sí mismo cuando pasaba. Sólo deseándole a Tony un buen viaje y que no tardara en regresar para la próxima. Esperándolo con las manos abiertas para salir a volar una vez se encontraran de nuevo.
Pero esta noche, no. Sabe que no debe hacerle esto a Tony, que él no tiene porqué lidiar con la angustia que aflige en realidad todo su ser. Pero... esta noche es distinta y Rudolph ya no quiere seguir fingiendo ante su amigo.
Su mente está callada por un momento antes de que piense en cómo ir a decirle a Tony lo que le ha molestado. Pero al parecer Tony se le adelanta cuando oye pasos acercándose sobre la madera del puente.
Su aroma se hizo más claro, hasta quedar cerca.
— Aquí estás, te he estado buscando. - dijo con el tono alegre que lo distingue. Aunque suena mucho más relajado y su voz ya no es la de un niño.
Un recordatorio que a Rudolph le hizo congelar los huesos y removerse incómodo.
Tony sonríe, acercándose al borde del puente donde Rudolph parece intentar esconderse de la noche misma.
—Pensé que querías despedirte... ¿Estás bien? —pregunta, inclinando la cabeza para ver su expresión.
Rudolph guarda silencio. Siente su pecho arder, y un nudo de palabras sin decir que le revuelven en la garganta.
Él resiste, lidiando con una batalla interna sobre si desahogarse o fingir una vez más.
Pero las espinas de los rosales que no quería dejar ir comenzaron a sangrar en su mano.
Su boca habla antes de seguir pensando cómo soltarlas.
—No entiendo... —dice en voz baja—. Cómo puedes... simplemente... marcharte así. Irte como si nada cambiara.
Tony parpadea, confundido.
—Rudolph... siempre me voy. Pero regreso. Sabes que volveré... —trata de sonar suave, como tantas otras veces—. No es nada nuevo.
Rudolph se gira hacia él, su voz temblando:
—¡Todo cambia, Tony! Cambias tú, cambia el mundo, cambian... cambian los motivos por los que vuelves. Yo... yo me quedo aquí congelado, esperando... como si fuera un tonto.
Tony frunce el ceño, dando un paso más cerca.
—No digas eso... No eres un tonto. Sabes que eres lo más importante para mí... yo solo... no puedo quedarme, Rudolph. Tengo una vida allá.
—¡Lo sé! —exclama Rudolph, su voz crispada de dolor—. ¡Y es justo eso lo que odio! Odio que siempre tengas una excusa para irte... siempre algo más grande, más importante que quedarte conmigo.
Tony traga saliva, dolido.
—No es más importante que tú... pero no puedo vivir aquí, Rudolph. No soy como tú... no puedo quedarme congelado en el tiempo.
Rudolph lo mira con rabia, sintiendo las palabras romperse como vidrio golpeando sus costillas.
—¡Entonces lárgate ya! Vete y no prometas nada... deja de hacerme creer que vas a volver igual que antes... porque ya no eres el mismo, Tony. Cada vez que regresas... eres más alto, más mayor... más... humano. Y, te vuelves más raro conmigo. Tratándome cómo quién ya no te entiende — gritó exasperado. Con la adrenalina de solo parar el dolor.
Las palabras huyeron de Tony, culpandose por otra vez quedarse inmovilizado ante el arranque de Rudolph como aquella otra noche.
Rudolph apreció los aturdidos ojos azules del humano. Y allí, sintió que el tan llamado corazón se le estaba desbordando de su pecho.
— Estoy cansado, Tony. Cansado de verte cambiar, de ver como en realidad cada vez te alejas de mí — empezó a caminar, arrastrando sus palabras.
— No era un problema antes, cuando tenías 14 o 15 años, pero dime ¿Cuándo seas un adulto, seguirás buscando la compañía de un niño de 13 años para siempre?— se le quebró un poco la voz al final, soportando el escozor en sus ojos.
Tony soltó un jadeo, decidido a decir algo pero Rudolph lo interrumpió.
—No me des esa cara —le gruñó Rudolph, dolido, con la voz rota—. No sigas prometiendo cosas que no puedes cumplir. Porque yo... yo no puedo seguir creyendo que nada cambia, Tony. No puedo... quedarme esperando eternamente mientras tú te haces mayor, mientras tú... vives.
Tony respiró hondo, los ojos empañados, intentando acercarse un paso más.
—Rudolph, no quiero perderte... yo sí quiero volver, siempre lo he querido. No entiendo por qué ahora... —intentó tocar su brazo.
Pero Rudolph se apartó, los colmillos temblando bajo su labio, con la frustración ardiendo en sus venas.
—¡Porque tú seguirás creciendo! Y yo no... ¡No me importa cuántas veces digas que volverás!... Siempre me dejarás atrás. Y yo... —le tembló la voz, un sollozo mezclándose con la rabia— yo no quiero ver cómo te conviertes en alguien a quien ya no reconozco. Alguien que se olvida de lo que fuimos.
—¡Nunca voy a olvidarte! —gritó Tony, su voz rompiéndose también.
Pero Rudolph negó con la cabeza, apretando los puños.
—Ya lo estás haciendo... cada vez que creces, cada vez que te alejas un poco más... Sí... te quiero, Tony. Te he querido más de lo que debería, más de lo que un vampiro como yo puede soportar... pero no puedo seguir con esto.
Tony se quedó en silencio, las palabras clavándose en su pecho como estacas. Sus ojos tan abiertos por esa insinuación, con demasiada incredulidad. Rudolph tembló, con la mirada vidriosa, llena de miedo y furia. Tony decidió que estaba cansado de calmar las cosas.
— Si tanto te molestaba antes dime ¡¿Por qué ahora decides contarmelo?! ¡¿Por qué justo ahora cuando estoy a horas de subirme a un avión?!
— ¡Por qué tenía miedo! ¡¿Qué te hace falta para entenderlo?!
Rudolph inconscientemente se elevó sobre el humano, sus rostros quedaron tan cerca que podían ver el desespero, su rabia y la frustración que ambos sentían.
— Siempre has tenido miedo, Rudy. No vives porque no quieres hacerlo. No quieres dejarme pero no puedes venir conmigo. — Acercó al vampiro de las solapas de su chaqueta.— Si no quieres que me aleje, entonces muerdeme.
Rudolph se quedó perplejo, Tony no sabía en qué terreno se estaba metiendo.
— ¿Q-que?
— Sí no quieres que me vaya entonces, hazlo ¡Muerdeme!
Arrastrame contigo hacia la eternidad, ¡encadename para siempre junto a tí!— Exageró con sorna el adolescente enojado que estaba a la superficie.
— Tú... no sabes, lo que estás diciendo.— Advirtió Rudolph
— ¿Ah, no? Porque de eso se trata, Rudolph. Estás celoso. Celoso de qué pueda ser libre y vivir como un ser humano normal. De que yo si tenga una vida aparte cuando tú solo estás muerto.
El último filo, la cortada que necesitaba para que las espinas lo asfixiaran, para que perdiera su mano. Rudolph retrocedió, las palabras asimilandose, el acelerado latido de la sangre, que parecía ser derramada a chorros por el lago. Tony lo miró con terror, a segundos de que pensó lo que dijo después de cortar a Rudolph.
— N-No es lo que quise decir. Rudolph...
Esa presión que había estado sintiendo dentro, se apagó. Se llevo la mano a su pecho buscando el aire que no necesitaba, sus ojos mirando a todas direcciones menos a Tony. Fue una presa llena de pánico, él no creía nunca experimentar sentirse como un animal herido.
— Así que... eso es lo que piensas— Su voz era apenas un murmullo.
Tony no cree haberlo escuchado con tanta amargura, haber visto esa mirada que tanto quería así de rota. Había sido el causante, la presencia de los rubíes del vampiro desbordandose. Sus propias lágrimas también salieron sin que se diera cuenta.
— Rudy... yo... no quise — comenzó pero el vampiro lo interrumpió.
— No me sigas, no digas nada. Creo que fuí un estúpido por creer que lo entenderías.
Llevándose el antebrazo para limpiar el rastro de su quiebre, contuvo un sollozo. Se sintió como aquella vez en la que tuvo que escoger entre Tony y su familia. Cuando ocultó su tristeza al dejar a su familia.
— Rudolph, ¡No es así! porfavor, hablemos... — Su cuerpo buscó desesperado el contacto del vampiro. Su vampiro. Pero su mortal corazón terminó de romperse cuando él se alejó mirándolo como si ya no lo reconociera.
— Solo vete, Tony.
No dio un último tiempo para replicar, a una última suplica. Rudolph desapareció de nuevo. Huyendo a la noche a la que pertenecía, dejando a Tony solo junto al lago, con las palabras que jamás podría quitarse de la lengua. Viéndose manchado de la sangre de unas espinas. Se arrodilló, envolviendolas y sintiéndose un cruel amigo.
Pasó la noche así, hasta que el frío lago para la mañana, se volvió completamente cristalizado por el hielo.
.....
El pequeño humano no se dio cuenta de cuando sus ojos empezaban a abrirse. En su imaginación se dibujaban rosas con sus agresivas espinas enrededas a las paredes del avión. Destellos de la luz solar impactaron contra su rostro por la ventanilla. Incorporandose de lo que parecía un momento inconsciente, se dio cuenta de que ya estaba viajando, posiblemente a horas lejos de Rumania. Su madre estaba alado, escuchó débilmente que le preguntaba si había dormido bien mientras sentía su tacto lejano acariciando su cabello. No sabía si su cabeza estaba dando vueltas por los recuerdos de una noche agonizante o el movimiento del avión. Nisquiera sabía lo que había pasado luego de que Rudolph se fue.
Adaptándose más al arrepentido cambio de escenario. Parapadeó varias veces, aún sentía que lo llamaba como un eco la voz del vampiro en la noche. Le preguntó a su madre cuánto tiempo llevaban viajando.
— Un par de horas, cielo— le sonimió con suavidad.—Te quedaste dormido casi en cuanto despegamos. ¿Estás bien? Parecías inquieto mientras dormías.
Tony tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta al recordar con más claridad lo que pasó. Sus manos temblaron ligeramente al apretar la manta sobre sus piernas.
— Si.... sólo no dormí bien. Me sentí cansado, eso es todo.
— Ya todo pasó, mi amor— dijo su madre, acariciándole de nuevo sus mechones rubios.— Pronto estarás en casa y podrás contarle a papá de tus aventuras.
Tony giró la cabeza hacia la ventanilla. El azul interminable del cielo se extendía frente a él. El día al que se aferraría de nuevo. La vida que le correspondía como humano. Pero en su pecho, sintió un vacío imposible de llenar. La persistente exageración en sus ojos por tanto llorar eran la evidencia de ello. Quería creer que su historia con Rudolph no terminó, que el dulce vínculo que tenían no se hubiera perdido. Aunque pareciera tan distante como aquellas nubes que veía.
En un murmullo apenas audible, cerrando los ojos de nuevo, deshaciendose de esos tallos de rosales, susurró:
—Lo siento... Rodolfo.
Su madre no lo escuchó, o si lo hizo, no comentó nada. Simplemente lo envolvió en un abrazo tibio mientras el avión seguía su curso, alejándolo más y más de aquel puente del lago. Testigo silencioso del quiebre entre ellos, lo que les faltó confesarse. Tony se aleja, mientras ese simbólico lago custodia el secreto de ambos chicos. Que sólo las rosas y los tallos que cubren el puente guardarán.
