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Aquella radiante mañana, un jinete solitario avanzaba a despreocupado trote por enorme llanura.
Se trataba de un hombre relativamente alto, de una juventud que a punto estaba de entrar en la madurez. De musculatura ligeramente notoria. Su rostro, que revelaba a una persona decidida, poseía una belleza varonil acentuada por barba y bigote agrestes, y por una cabellera regularmente acomodada que le llegaba hasta los hombros y que, en ese momento, era agitada por el viento.
Montaba un soberbio corcel alto, fuerte y de pelo rojizo brillante.
Había salido casi media hora antes de un caserío conocido muy apropiadamente como Los Grandes Robles, llamado así por los enormes árboles que rodeaban las más o menos treinta casas de aquel amurallado lugar.
Y ahora regresaba al lugar en que residía, con un bulto de tamaño mediano, bien empacado, que llevaba en ancas y que contenía la ropa que una costurera del lugar le había confeccionado y la cual había ido a recoger.
Cuando el sol estaba por llegar a lo alto del cielo, y tal como el jinete lo había planeado, llegó a donde iniciaba una larga y tupida hilera de árboles, lo cual le permitió continuar su camino bajo fresca sombra.
Casi veinte minutos después llegó al punto en donde debía abandonar la frescura de aquella calzada arbolada para doblar hacia la izquierda y enfilar hacia su destino o, en cambio, seguir por varios minutos más el sendero sombreado y llegar al sitio en el cual nacía de la roca un manantial.
Sin prisa y con sed, el jinete decidió seguir por el sendero, con el fin de que tanto él como Caminante, su corcel, pudiesen beber agua límpida y fresca, y descansar un rato en agradable sombra, aunque después tuvieran que desandar ese último tramo.
Luego de unos tres minutos más de aquel trote ingresó el jinete al centro de la arboleda, y tranquilamente dobló hacia la derecha para dirigirse al sitio donde nacía el manantial, el cual formaba luego un estanque ubicado en medio de un pequeño claro. a donde llegó casi de inmediato.
Y ahí, bañado suavemente por la esplendorosa luz de Anar que se colaba temblorosa por entre las verdes hojas...
Arrullado por el suave trinar de las avecillas canoras que volaban entre el ramaje de los altos olmos, teniendo como fondo el infinito azul del cielo...
Acariciado por la suave brisa perfumada de los nísperos y cerezos que crecían a un costado del límpido estanque...
Recortado contra el verdor de la fresca hierba, entre la que sobresalían los arbustos de ciruelos, con sus frutos semejantes a manojos de rubíes...
Y lánguidamente colocado sobre el pequeño espacio libre de plantas y alfombrado de suave y mullido pasto, pudo el jinete ver...
