Chapter Text
En el corazón del desierto de Sandora, donde las dunas ardientes escondían los secretos de las estaciones dimensionales, se erguía el pueblo de Alubarna. Su existencia dependía de la Estación 1: Katorea, el punto de partida de los trenes que cruzaban mundos. Aquí, las almas eran moneda, y la familia Tutankamón había sido cobradora por generaciones, encargándose de recoger el tributo etéreo necesario para mantener los trenes en marcha.
Pero Tutankamón Koza, joven y con ansias de algo más que un destino escrito por otros, nunca recibió la herencia de su linaje. Se sintió ahogado entre las paredes de adobe de su hogar y los rostros impasibles de su familia, que consideraban su rebeldía como una afrenta personal.
Una noche, bajo el cielo estrellado, el joven rubio tomó su decisión. Armado con un revólver que había comprado con monedas de metal –la única moneda verdadera que respetaba– y una determinación ardiente, dejó atrás su hogar. Se convirtió en un pistolero a sueldo, cazador de criaturas que se deslizaban entre dimensiones y aterrorizaban los caminos. Ganarse la vida con balas y sangre era un precio que estaba dispuesto a pagar por su libertad.
Tres años después, Koza había perfeccionado su oficio. Su reputación lo precedió, aunque pocos conocieron su rostro. Había regresado al desierto de Sandora, aunque no por nostalgia, sino porque los rumores de la Estación 5: Nanohana hablaban de algo fuera de lo común: un alma vengativa rondando los trenes.
La Estación 5 era una mezcla de lujo decadente y revisada. Sus muros de madera desgastada albergaban un restaurante que prometía ser un oasis en el desierto, aunque lo único que realmente ofrecía era sombra y licor aguado. Fue allí donde Koza conoció a Vivi.
Ella estaba sentada sola en una mesa junto a la ventana, con una copa de whisky intacta frente a ella y un pequeño libro abierto en sus manos. Su cabello azul recogido dejaba al descubierto un rostro de facciones firmes, como si la responsabilidad hubiera moldeado cada línea. Vestía un uniforme azul descolorido, con una placa que llevaba grabado su nombre: Nefertari Vivi.
Koza apenas le prestó atención al principio, concentrado en pedir algo que pasara por comida. Sin embargo, una discusión cerca de la entrada lo obligó a voltear. Un hombre corpulento estaba levantando la voz, gesticulando hacia Vidian con una mezcla de enojo y desdén.
—¡Tu tren me dejó en la estación equivocada! ¡Perdí mi mercancía por tu incompetencia!
—Las dimensiones cambian, señor —respondió la joven con calma, sin levantar la mirada de su libro—. Si tiene quejas, presente un informe en la estación principal.
El hombre no aceptó la respuesta y dio un paso hacia ella. Antes de que pudiera decir otra palabra, Koza se levantó.
—Déjala en paz —dijo con un tono seco, dejando que el peso de su revólver colgado del cinturón fuera el resto.
El hombre se detuvo, midiendo la situación, antes de mascullar una maldición y salir del restaurante. El pistolero regresó a su mesa sin esperar agradecimientos, pero Vidian lo observó con interés.
—Interesante intervención —comentó finalmente, cerrando su libro. Su voz era suave, pero había algo afilado en ella, como una hoja oculta—. ¿Siempre te metes en asuntos que no te importan?
Él levantó la vista y la miró por primera vez. Sus ojos tenían un brillo inquisitivo, como si pudieran ver más allá de las palabras.
—Solo cuando la situación es demasiado aburrida.
Ella sonrió, una curva sutil que apenas tocó sus labios.
—Entonces tal vez quieras algo más emocionante. ¿Has oído hablar del alma de Pell?
La mención del nombre capturó la atención de Koza. Había escuchado susurros en las estaciones, historias fragmentadas sobre un joven cuya vida había sido destrozada por chamanes y que ahora vagaba entre dimensiones, buscando venganza.
—¿Qué hay con él? —preguntó Koza, fingiendo desinterés.
—Hay rumores de que su alma está atrapada en una estación fantasma cerca del trayecto de mi tren —respondió Vivi, inclinándose ligeramente hacia él—. Y yo… tengo razones para querer encontrarlo.
El joven la observó, evaluándola. Había algo en ella que no cuadraba: su aparente calma ocultaba una intensidad difícil de ignorar.
—¿Y por qué necesitarías a alguien como yo? —dijo finalmente, señalando su revólver con un movimiento casual.
—Porque Pell no es una amenaza común, pistolero. Las balas de metal no sirven contra él. Pero alguien con tu reputación podría ayudarme a llegar a la estación y salir con vida.
Koza meditó su respuesta. Había algo intrigante en la propuesta, y aunque no confiaba en Vivi, tampoco podía negar que sentía una extraña atracción hacia la idea de enfrentar algo más que simples monstruos.
—Está bien —dijo al fin, terminando su trago de licor barato—. Pero si esto se complica, más te vale que tengas un plan de escape.
—No te preocupes —respondió ella, levantándose con elegancia—. Conduzco un tren dimensional. Siempre tengo una salida.
Mientras salían juntos del restaurante, las sombras del desierto comenzaban a alargarse, y en algún lugar, el eco de un alma perdida resonaba en las arenas.
La noche había caído por completo, Koza y Vivi descansaban cerca del vagón de servicio del tren que ella conducía. Las estrellas iluminaban el desierto como pequeñas brasas, y el silencio era roto solo por el crujir del fuego que habían encendido.
—¿Por qué estás tan interesada en esa alma? —preguntó Koza mientras cargaba su revólver con movimientos mecánicos.
Vivi, sentada sobre una roca, jugaba con un anillo de metal que giraba entre sus dedos. Su expresión, tan serena como siempre, se volvió ligeramente más sombría.
—Porque Pell era alguien que conocí.
El rubio alzó una ceja, interesado, pero no la interrumpió.
—Era un pasajero en mi tren hace mucho tiempo. Una de sus estaciones de destino estaba mal calculada, y lo dejó en un lugar donde los chamanes lo encontraron. No… no supe de él hasta que escuché los rumores sobre su alma.
— ¿Te sientes responsable? —preguntó Koza, su tono más curioso que burlón.
—Talvez. Pero no busco redimir mi acción, si es lo que estás pensando. Solo quiero entender por qué él… cambió.
El hombre avanza lentamente. Había escuchado historias como esta antes: almas quebradas que se volvieron monstruos. Pero el brillo en los ojos de la joven peliazul sugería que había más en juego, algo que aún no estaba dispuesta a revelar.
—Bien —dijo finalmente, guardando el revólver—. Si quieres respuestas, será mejor que estemos listos para cualquier cosa.
Vivi se sintió levemente, pero no dijo nada más. En silencio, ambos observaron las llamas, mientras las sombras de algo más grande comenzaban a formarse en el horizonte.
