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Camelar

Summary:

Por alguna razón que posiblemente no se explique, Leonard se entera antes de la supervivencia de Klein. Lo despiden y decide buscar a su antiguo colega, en el camino se topa con un cazarrecompensas que extrañamente le recuerda a la persona que busca... Y Leonard cree saber por qué.

Notes:

Buenas, hola, ¡espero que te guste lo que leas!
Este es un au en el que llevo trabajando desde mediados de este año, así que me anime a publicarlo por fin, ¡Diviértete!
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pd. Publicare también la traducción en inglés, pero... después.

Chapter 1: Prólogo: Pesadilla

Chapter Text

—¿Por qué estás haciendo esto? —una voz ronca preguntó, el cansancio en su tono era el de alguien que ya conocía la respuesta, y sabía que el contenido de ésta iba a ser tan ridícula como predecible.

—No lo sé —le contestó su anfitrión.

Pallez Zoroast, un ángel, miembro de la antigua familia Zoroast, proveniente de la cuarta época. En el pasado, incluso les plantaba la cara a los dioses.

¿Estado actual? Parasitando a un Guante Rojo de baja secuencia.

El cómo fue rebajado a este nivel es algo que no se contará, porque el mismo no tiene ganas de recordar ese maldito momento.

A lo largo de su vida había tenido experiencias que sobrepasaban lo absurdo, ya casi nada lo sorprendía.

Excepto, claro, los ataques de estupidez de Leonard.

Su anfitrión en ocasiones solía ser medio tonto, y Pallez puede respaldar este juicio con argumentos sólidos: como las veces en las que Leonard se refería así mismo como el «protagonista de la era», ese momento en donde lo dijo en voz alta frente a un colega suyo, esa otra ocasión en la cual se terminó enamorando de ese mismo colega, y la lista continúa patéticamente.

Sin embargo, el muchacho en otras ocasiones se esmeraba en contradecir esa opinión, y lo conseguía. Pero…

«…esta vez no es una de esas», pensó Pallez con pena.

 


 

El estado mental de Leonard no era óptimo.

Esa oración era una descripción muy suave de la realidad.

Leonard estaba a dos pesadillas de perder el control.

En medio de la bruma de los sueños, dos siluetas solían aparecer frente a él. Llevándolo de vuelta a la tranquila ciudad de Tingen, pasando el tiempo juntos justo como solían hacerlo en un día normal de trabajo, como si él nunca se hubiera ido. Como si ellos nunca se hubieran esfumado.

Esas pesadillas no podían ser catalogadas como tales, eran tranquilas y simples, no le provocaban ningún tipo de angustia.

En ellas, el capitán Dunn le decía:

«Eh, muchachos ¿Qué tal mi cabello?, Leonard, creo que me estoy haciendo calvo».

Y en una transición de escenas, sueños y fantasías, su amigo, aparecía en su habitual posición triunfante que siempre adoptaba cuando ganaba con trampas, para decir: «He ganado, me debes dos peniques».

Totalmente normal, pacífico y tranquilo.

Hasta que él despertaba, y al regresar a la realidad, a la cruda verdad, a la realización de que esos momentos nunca volverían, eso…

…no le era nada agradable.

Pero, aunque eso por sí solo ya era suficiente para hundirlo en un charco de agonía, tristeza y profunda añoranza, todavía le faltaba para lograr trastornarlo gravemente, porque él desquiciado ya estaba.

Y lo que faltaba llegó.

Llegó en forma de brotes psicóticos, verdaderas pesadillas.

Cuando los sueños se adentraron en él, dejando la comodidad de la noche para mostrarse también en el día, fue ahí cuando Leonard pudo por fin llamarlos pesadillas.

Dos siluetas solían aparecer frente a él, más pálidas, más borrosas.

Aparecían en las esquinas oscuras de cada habitación, siempre acompañadas de susurros que parecían provenir desde lo profundo de su infierno que llamaba mente.

A veces solo era el capitán diciendo: «inútil», «incompetente», «inservible».

Y Leonard solo podía darle la razón por que esa era la verdad.

Otras veces solo era el cuerpo de Dunn con un hoyo en el pecho, inamovible, con los ojos cerrados, si no fuera por densa sangre que lo empañaba, hubiera parecido que simplemente estaba en un plácido sueño.

Algunos días creía que él le había arrancado el corazón al capitán.

A veces solo era su amigo mirándolo, con unos ojos tan oscuros, tan opacos, y sin vida. Entonces, Leonard recordaba que los ojos de él eran de un dulce tono marrón y eso sí que bastaba para envolverlo en la profunda y espesa culpa, bastaba para trastornarlo por completo.

—No es tu culpa —decía Pallez —. No podrías haber hecho nada.

Pero el cuerpo sin vida de su amigo se mostraba ante él diciendo lo contrario.

«Pudiste haberme salvado, pero solo miraste».

Leonard solo miró.

Klein, su amigo, lo veía fríamente; como un juez, él dictó su sentencia:

«Tú eres el que debía morir».

En los peores días, Leonard estaba de acuerdo.

Aun así, incluso con su subconsciente en su contra, con las pesadillas acosándolo día a día, integrándose en su rutina diaria, como si el hecho de tenerlas fuera igual de normal que respirar; incluso con los tormentos diarios, las ilusiones desagradables, la aflicción, el pesar, el desconsuelo, incluso con las palabras crueles y amargas...

…Leonard tenía que sobrevivir.

Y para sobrevivir, el solo podía repetirse la misma oración continuamente.

«Todavía no puedo morir».

Lo repetía tanto que ahora se había convertido en su credo.

Todavía no puede morir, no puede hacerlo, no cuando la persona responsable de todo sigue viviendo en algún lugar, no cuando esa persona vive con la paz que le arrebató.

Todavía no puede morir, no mientras Ince Zangwill viva.

Esa manera de pensar, era la única línea que lo mantenía con vida, la única cosa que impedía su inminente suicidio.

Leonard vivía por y para odiar a las personas que le hicieron daño a lo que más amaba, era un odio tan duro como el hierro, un odio que ardía con ferocidad, un odio que dañaba su cuerpo de formas que cualquier otro veneno jamás habría podido.

La rabia y el rencor se habían vuelto parte de su ser, con la tirria y la manía entretejiéndose como hilos de un telar sangriento, tantas emociones sombrías terminaron plantando una semilla dentro de él, asentándose profundamente en su alma, era la semilla de la autodestrucción.

 


 

Y así fue cómo después de que avanzara a la secuencia 7, como una Pesadilla, y oficialmente se convirtiera en un Guante Rojo; se convirtió en un maniático obsesivo con el trabajo.

Él se pasaba esos días, llenos de tormento esquizofrénico, trabajando hasta al cansancio, aceptando misión tras misión, encargo tras encargo, mientras rastreaba los últimos movimientos de Ince Zangwill.

Porque por encima de él, todavía existe alguien allá fuera que merece mucho más que la muerte.

 


 

Conforme pasaba el tiempo, su poción se fue digiriendo, y con ello las siluetas ilusorias se desvanecieron, de repente, las crueles verdades dejaron de pronunciarse, los fantasmas que solo aparecían para decir lo redundante dejaron de acercarse, y ya no había pesadillas que lo persiguieran, él mismo se convirtió en una.

Sin embargo, Leonard sabía que sus presencias siempre lo acompañarían, incluso si ahora ya no los pudiera ver.

 


 

Un nuevo archivo llegó a las manos enguantadas de Leonard.

Tenía el nombre de Lanevus grabado.

 


 

Una pequeña imagen se deslizo entre los papeles, Leonard encontró la fotografía de un detective de aspecto promedio entre los informes del archivo.

Sherlock Moriarty era su nombre.

El iris verde no paraba de temblar.

 


 

 

Pallez se dio cuenta de algo: Leonard creía que su colega seguía con vida.

Arruinarle la fantasía al muchacho sería demasiado cruel, él era consciente.

Teniendo en cuenta los anteriores colapsos mentales de Leonard que casi lo matan, Pallez cree que este reciente «descubrimiento» ha logrado que su mente se estabilice un poco más, pero solo un poco.

Así que él decidió tomar esto como una bendición disfrazada.

Este autoengaño no durara mucho, es solo una última medida desesperada de Leonard para no aceptar la realidad.

Los anteriores delirios visuales y auditivos de Leonard eran algo que Pallez ya esperaba, esos serían los efectos secundarios mínimos que él tendría que experimentar después de haber atravesado un evento de gran magnitud como lo fue el descenso de un Dios.

No obstante, lo que Pallez no esperaba era que lo que se suponía que sería una pequeña ramita de esperanza para Leonard, que haría que disminuyera gradualmente su intenso odio y enojo, terminaría convirtiéndose en el objeto de su ansiosa fijación.

Leonard se obsesionó con la idea de que Sherlock Moriarty era su amigo muerto.

Esta obsesión de su anfitrión lo llevó a recorrer todo Backlund, paseándose de aquí a allá en los sueños de las personas, ignorando en el proceso sus advertencias sobre el riesgo de este irresponsable método de investigación.

Pallez se estaba preocupando.

 


 

Un Guante Rojo, sin ninguna autorización de la iglesia para justificar sus recientes acciones, iba de puerta en puerta dentro del mundo de los sueños preguntando por un detective barbudo.

El Guante Rojo había descubierto la dirección del detective, y pese a que él estuvo semanas actuando como un verdadero acosador para dar con la ubicación del detective, una vez la tuvo, no hizo nada. Ni siquiera se acercó al vecindario, mucho menos se atrevió a vagar por los sueños de sus vecinos.

Toda su investigación se detuvo abruptamente, como un freno repentino.

¿Por qué lo hizo? Él no lo sabe.

Él lo sabe perfectamente, la verdad que no está dispuesto a pronunciar en voz alta, él sabe que en este mundo extraño y siempre cambiante solo hay una verdad que permanece constante:

Los muertos no pueden revivir.

El Guante Rojo duro tres días así:

Sin salir de la oficina en su casa asignada por la iglesia, sin dormir, sin hablar con nadie, haciendo la absoluta nada.

Y esto hubiera durado un tiempo más, de no ser porque al cuarto día de su inactividad, su compañera Daly, la única otra persona que puede llegar a comprender su sufrimiento, le entrego nueva información a través de su mensajero espiritual.

El mensaje era breve, simple y conciso, sin bromas, ni chistes sexuales, algo inusual en ella.

La carta solo tenía cuatro palabras, decía:

El detective ha desaparecido.

Entonces, como si hubiera esperado la llegada de este preciso mensaje para por fin pronunciarse, una vieja voz resonó en la cabeza del Guante Rojo, tratando de disuadirlo de las ideas estúpidas que se estaban formulando dentro de su cabeza.

—Deberías aprovechar esto como una salida de tu obsesión, incluso los poderes de los Dioses tienen límites, no importa que secreto hubiera escondido tu colega, nada lo habría salvado…ya lo sabes… los muertos no vuelven a la vida…

Nadie respondió.

Conociendo las emociones de su anfitrión, la vieja voz volvió a opinar, creyendo erróneamente que estaba logrando ser persuasivo.

—…No puedo negar que el parecido físico de ese detective y tu colega sea inmenso… sin embargo, eso no tiene por qué significar algo, es solo una simple casualidad…tienes que dejar de soñar despierto…podrías perder el control antes de siquiera volver a saber de Ince Zangwill…

«Una simple casualidad…»

El Guante Rojo, Leonard Mitchell, salió de su oficina por primera vez en días, y tomando otra mala decisión, él volvió a ignorar la autoridad de la iglesia, saliendo de Backlund sin avisar.

No se arrepentiría de eso.