Chapter Text
Un joven castaño miraba todo lo que había en su alrededor, su mirada demostraba tristeza y se encontraba pensativo.
Pasos se escucharon detrás de él y una castaña paso por su lado, el muchacho giro su cabeza y contemplo a la mujer, la cual se encontraba lista para salir.
— ¿Te vas? ‒le preguntó con voz apagada.
— Sí, no pienso quedarme aquí, esto es demasiado estúpido ‒dijo la mujer.
— Verónica… ‒la llamo‒ quédate, por favor ‒pidió.
— No John, no empieces… ‒interrumpió la mujer.
— ¡No! ¡Déjame terminar! ‒pidió el castaño‒ quiero estar contigo, quiero que todo vuelva a ser como antes, pero ahora resulta que todo eso ya no existe, ya no hay más citas, más detalles no hay, ¡¿es que acaso ya no me amas?! ‒reclamo el joven con los ojos vidriosos.
— ¡Ay no! Y ya vas a llorar ‒dijo la mujer sin importarle los reclamos del joven‒ ¡Por eso es que no te soporto! ‒soltó‒ ¡Todo lo quieres arreglar llorando! ¡Pareces un niño! ¡Es hora de que seas un hombre! ‒grito empujándolo‒ Me largo… Tengo cosas que hacer ‒dijo antes de caminar hacia la salida.
— Yo te amo ‒susurro John antes de que la mujer saliera de la casa.
La mujer solo lo miro y hablo.
— No seas ridículo ‒dijo ella.
El castaño cayó de rodillas al suelo, llorando y lamentándose del por qué esa hermosa dama no lo amaba o al menos ya no lo hacía.
Solo habían pasado 4 años desde que habían iniciado su relación y un año después el amor se moría lentamente, el joven se había dado cuenta de eso, más no quería admitirlo.
Después de unas horas de lamentaciones por parte del castaño este salió de la casa, dispuesto a ir a buscar a su dama, pensando en que quizás el enojo ya había pasado y pensando que todo lo que había salido de su boca fue sin querer.
Camino por las frías calles hasta llegar al departamento de la mujer, subió las escaleras y llego al cuarto piso del edificio y toco la puerta cuando estuvo frente a ella.
La puerta después de unos minutos, la castaña miro a John con extrañeza y frialdad.
— ¿Qué haces aquí, Deacon? ‒preguntó la chica con claro fastidio.
— Verónica, cariño, mi amor, vine a ver cómo te encontrabas, si tu enojo ya paso o que puedo hacer para remediarlo, comprendo que a veces soy un poco infantil, pero debes entender que esa es una parte de mí ‒dijo el joven tratando de hacer entender a su amada.
— John el problema aquí no solo es ese ‒respondió la mujer sin mucho interés.
— ¿Entonces cuál? ‒pregunto el chico sin comprender.
— El problema eres tú, todo lo que haces, tu comportamiento, tu actitud de niño sufrido, todo tú es el problema ‒soltó señalándolo.
— Pero ¿qué hay de malo conmigo? ‒preguntó nuevamente.
— Eres demasiado… Dulce ‒dijo‒ Me asfixias, me llamas y me distraes, no me dejas sola, yo quiero vivir mi vida y no puedo hacerlo si tú estás todo el tiempo, ahí conmigo, necesito tiempo y espacio ‒dijo explicando‒ ahora, por favor, déjame en paz, vete, me están esperando ‒dijo cerrando la puerta del departamento.
— Vero… ‒trato de hablar.
— Ya nada John, no quiero pelear el tiempo en que nos vemos ‒dijo la castaña dándole la espalda y alejándose de él.
El castaño solo miro como la joven se iba de ahí.
Cansado y dolido salió del edificio, camino hasta llegar a un pequeño parque, se sentó en una banca y siguió llorando.
Sin saber que dentro de él había muerto aquel niño enamorado.
Freddie se encontraba molesto, Mary lo había dejado plantado nuevamente y la rubia no se mostraba interesada en su relación.
— No, escúchame, por favor ‒dijo el pelinegro.
— No es que ya está Fred, se acabó ‒decía la mujer al otro lado de la línea.
— ¿Entonces esa es tu decisión? ‒preguntó el mayor.
— Sí ‒respondió firmemente la rubia.
— Pues así será… ‒suspiro‒ adiós querida, que tengas una buena vida –dijo antes de colgar su teléfono.
Se sentía utilizado, Mary solo lo quería para mantener la apariencia de “niña buena” ante su familia, pero al parecer Freddie ya no era suficiente para eso.
Lleno de furia el pelinegro tiro de su cabello y se dejó caer a la banca que estaba cerca de él.
No se había dado cuenta de que a su costado se encontraba un joven hasta que escucho un carraspeo de garganta, se giró y miro al castaño, al cual se le podían notar rastro de lágrimas en su rostro.
— ¿Se encuentra bien? –pregunto el menor al notar que el pelinegro no dejaba de mirarlo.
— ¿Eh…? Sí, supongo –respondió inseguro al no saber qué era lo que sentía en ese momento.
— Pues no lo parece –dijo menor.
Freddie rio de manera amarga por su respuesta.
— ¿Y cómo parece que estoy? –pregunto el mayor volviéndo a mirarlo.
— Pareciera que le acaban de dar una de las peores noticas que nadie desearía recibir –respondió mirándolo.
— ¿Y tú? ¿Por qué estás aquí, solo y llorando? –pregunto el mayor haciendo ademanes para referirse a los rastros de lágrimas en sus pómulos y mejillas.
El castaño suspiro con pesadez y miro al mayor directamente a los ojos.
— El rechazo de un amor es uno de los peores dolores que alguien puede sentir –respondió, antes de mirar hacia otro lado– mi pareja me ha dejado claro que no me quiere cerca –dijo recargando su espalda en la banca.
— ¿Entonces estamos en el mismo barco? –dijo Freddie con una pequeña sonrisa.
— Compañeros en el desamor –respondió el castaño, antes de extender su mano hacia el contrario– John Richard Deacon –se presentó de la manera más amable que conocía y podía utilizar en ese instante.
— Freddie… Freddie Mercury –acepto su mano.
Ambos siguieron hablando como si se conocieran desde hace muchos años.
Después de una hora de seguir conversando a Freddie se le ocurrió una idea.
— ¿Te gustaría tomar unas cervezas? –pregunto el pelinegro.
El castaño miro a su acompañante por un momento y suspiro, ya era tarde y tenía que volver a casa para así hablar una última vez con Verónica.
— No es muy mala idea, pero… Ya es algo tarde –dijo el menor con pesadez– pero ¿Qué te parecería si salimos después? –pregunto.
El pelinegro se sintió algo decepcionado, pero rápidamente sonrió a su nuevo amigo al saber que lo volvería a ver.
— Eso sería espectacular –respondió el mayor.
John se levantó y suspiro con pesadez.
— Creo que debería irme –dijo el castaño.
Freddie también se levantó y se acercó a John.
— ¿Te acompaño? –pregunto.
John lo miro por unos segundos y después sonrió.
— Claro, un poco de compañía no me haría mal… Solo hay un problema… –respondió– ¿Y después quién te acompañará a tu casa? –le pregunto en tono bromista.
— Obviamente tú, querido –respondió como si fuera lo más obvio.
John soltó una carcajada por la actitud del pelinegro.
— Está bien, anda vamos… –dijo John haciendo un ademán con su mano para que lo siguiera.
Freddie y John siguieron hablando, haciendo ameno el recorrido al hogar del castaño.
Cuando llegaron y entraron al lugar.
— ¿Vives aquí? –dijo mirando todo a su alrededor.
— Sí, ¿Por qué? –pregunto el menor.
— Vivo cerca de aquí –respondió el mayor.
— ¿En serio? Nunca te he visto cerca de aquí –comento John.
— Sí, mi departamento está en aquel edificio –dijo acercándose a la ventana mientras señalaba el edificio más alto que estaba a dos cuadras– tercer piso, por si un día quieres visitarme –finalizo en tono de broma acompañada de una sonrisa coqueta.
John soltó una carcajada por el gesto de su amigo.
— Nunca faltará el momento, Freddie –dijo el castaño.
— Creo que es hora de irnos, querido –dijo el mayor– Entonces ¿Me acompañas? –pregunto.
— Claro, solo déjame ir por mi chaqueta –dijo antes de correr a su habitación.
El pelinegro observo como el castaño se iba, miro todo a su alrededor mientras suspiraba, John era un chico muy simpático y amable.
— Vamos, no quiero que te pierdas, princesa –bromeo el castaño cuando regreso.
Ambos hombres salieron del lugar y caminaron en dirección hacia la casa del pelinegro.
— ¿Y qué harás con tu novia? –pregunto Freddie.
— Hablaré con ella, trataré de arreglar las cosas –respondió el otro– sé que esto aún no está perdido –dijo con una sonrisa.
Freddie miro como el rostro de John demostraba ilusión, esperanza de recuperar a esa chica.
— ¿Estás seguro de eso? –preguntó.
El menor miro a su compañero y simplemente se encogió de hombros.
— Sé que puedo lograr algo –dijo John con gran seguridad.
Siguieron caminando hasta llegar al edificio de Freddie.
— ¿Quieres entrar? –pregunto después de introducir las llaves para abrir el portón.
— No, tengo que regresar, quiero hablar con Verónica un rato antes de dormir –comento el menor.
— Entonces, anota mi número para vernos otro día, aún me debes la cerveza –dijo Freddie.
John solo sonrió y asintió.
Intercambiaron números telefónicos y el castaño miro al mayor.
— Hasta luego, princesa –dijo tomando su mano y besándola antes de soltar un carcajada.
— Tonto –respondió Freddie antes de reír.
El mayor se acercó al más alto y le besó la mejilla.
— Hasta luego, caballero –dijo antes de entrar por el portón y subir las escaleras dejando a John totalmente sorprendido.
Después de unos segundos John reaccionó y solo sonrió, antes de darse la vuelta y emprender su regreso a casa.
A pesar de acabar de conocerlo, Freddie le transmitía una gran confianza y John quería seguir viéndolo, hablando con él, conocerlo, podía sentir que en un futuro ese hombre sería alguien importante para él.
