Chapter Text
Se dice que la ley del talión, una de las más antiguas conocidas por la humanidad, fue la primera forma de limitar el concepto de venganza; de esta manera, se infringían castigos normalmente corporales o materiales a los criminales, de forma "proporcional" al daño causado, si alguien le sacaba el ojo a alguien, a éste se le debía sacar el mismo ojo, si alguien mataba a alguien debía morir, y la más básica por todos bien conocida: si robaba debían cortarle la mano. Éstas eran las condiciones bajo las que se vivía en aquella tierra de nadie, estás eran las reglas de aquel país extranjero donde un muchacho de 18 años vivía; o, mejor dicho, sobrevivía si apenas con su madre.
- Cogh, Inuyasha. – La dulce voz apagada de su madre le llamaba, era un lugar cruel para sobrevivir solo, mucho más aún cuando cargaba a cuestas una madre cuya salud se deterioraba día a día bajo aquellas terribles condiciones.
Habían salido de su país natal recién iniciada la guerra, él era tan sólo un pequeño niño, por lo que poco o nada recuerda los días felices antes de ese acontecimiento; recuerda que su pueblo fue envuelto en las terribles llamas, la respiración pesada de los caballos de guerra y el filo brillante de las espadas que degollaban gente inocente a su paso; recuerda los charcos de sangre, los gritos y el llanto; recuerda como sus piernas ardían de tanto correr de la mano de mamá; pero, no recuerda los días felices, pero debió haberlos ¿o no? El corazón le decía que con seguridad habían existido días felices; y, soñador como solía ser, se aferraba a esos recuerdos negados, imaginándolos mientras mira las estrellas en la noche o las nubes en el día, sueña con un mundo mejor, donde puedan su madre y él dejar de huir de la tristeza y la pobreza en la que se hunden día a día, sueña, porque es lo único que no le pueden arrebatar, sus sueños de libertad.
- Dime mamá, ¿te duele mucho? ¿Qué puedo hacer por ti? – su voz quebradiza de la desesperación no puede ser ocultada tras la sonrisa amable que le ofrece a su madre agonizante. - Bebe un poco de agua, la he ido a traer del manantial, está limpia y es muy fresca – le ofrecía, Inuyasha había pasado todo el día bajo el sol abrazador de aquel desértico lugar, para conseguir el agua para su madre, estaba cansado y probablemente sufría de insolación, pero poco le importaba si así aminoraba la sed y fiebre de ella. Le ayudó a incorporarse un poco de la cama improvisada de palos, ramas secas y paja que le había construido con sus propias manos; su madre bebió y le sonrió cariñosamente.
- Esta deliciosa, pruébala tú hijo. Madre, al fin y al cabo, no dudaba en darle lo poco que tenían a su preciado hijo.
- No, no la necesito, ya he bebido bastante – negó sonriéndole de vuelta. Claro que no había sido tan fácil, debió cambiar su ultimo pan por la posibilidad de sacar agua con la única vasija que poseían, así que toda se le ha dado a ella, no ha comida en tres días y ya siente la debilidad en sus manos; para colmo, caía la noche y el frío era tan duro como el cruel calor del día; evidentemente con aquellos ropajes raídos y apolillados que poseía, mismos que debieron haber tenido días mejores, no era fácil soportar ese frío que calaba hasta los huesos; a pesar de ello, Inuyasha dejaba las pocas telas abrigadoras para cubrir a su madre, quien bebía un poco de agua. Inuyasha tomó un trozo de esas mantas amarillentas y secas, desgarrándola para hacer de paño, con mucho cuidado mojó ligeramente el pedazo de tela y lo dobló para ponerlo sobre la frente de ella, no debía desperdiciarse ni una gota, lo hacía amorosamente, mirándola siempre a los ojos, podía ser la última vez que los mirara.
- ¿Ya comiste hoy? – preguntó preocupada por él.
- Tú no debes preocuparte por mí, descansa. – Inuyasha negaba tratando de no mentirle.
- ¿Fuiste a ver el trabajo que nos dijeron? – Ella sabía la verdad, pero ¿qué podía reprochar? Sino había nada que comer en primer lugar.
- Sí, mañana empiezo, es un trabajo en la construcción del nuevo palacio del sultán, cargando bloques de piedra maciza de un lado a otro, al parecer les faltan camellos así que lo hacen los peones.
- ¿No es eso muy duro? – La preocupación en sus ojos marrones era tan genuina, que parecía querer levantarse, abrazar a su hijo y no dejarlo ir a tan espantosa jornada. Inuyasha le sonrió con paciencia, le besó la frente y siguió colocando el paño fresco sobre su frente.
- No te preocupes. – lo dijo sabiendo que ella lo haría de cualquier modo. – Kouga me ayudó a conseguir el trabajo, me pagarán con dos comidas al día, te traeré lo más que pueda por la noche; así que no debes preocuparte, puedo con eso y más. Ahora duérmete, ¿o quieres más agua? – señaló mientras retira el paño casi seco.
- Sólo un poco más, es deliciosa. – Bebió y luego se quedó dormida, la enfermedad la debilita demasiado. Inuyasha volvió a mojar con agua fresca la tela, la pasó por sus labios resecos para probar un poco de la frescura y la puso sobre la frente de su mamá, le permitió dormir lo más abrigada posible y la dejó descansar. Mientras, él subía al techo de la miserable choza donde habitaban, para poder mirar la luna llena en lo alto y las estrellas resplandecer a la lejanía.
- Un día todo esto terminará, y podré darte la vida que mereces. – conjuraba una promesa al firmamento. – Seremos ricos, comeremos hasta hartarnos y beberemos vino, durmiendo en sabanas de satín y seda. Con joyas hasta en el cabello. - Miró el palacio que se alzaba en lo alto de la colina; majestuoso, de blanquísimo mármol y marfil, con enormes columnas y una colosal puerta dorada que les recordaba lo pobres que eran. – Uno muriéndose de hambre y sed en este mugroso país, y el Sultán cenando carne. Como desprecio a esa gente, por su culpa estamos en guerra; mi país fue destruido y nosotros convertidos en refugiados, no tengo papeles, ni siquiera puedo salir de este lugar. – Abrazando sus rodillas como un niño pequeño. – Desearía ser libre, convertirme en pájaro y salir volando a una tierra distinta, estoy harto del desierto, del sol y la arena. Desearía ver el mar, desearía ser otra persona. – Mirando al cielo estrellado, en algún punto de la madrugada se quedó dormido; al amanecer se despertó, le dolía el cuerpo, no debió dormir en el techo con aquel frío, el sol salía y se calentaba su sangre como las lagartijas que a veces logra cazar para comer algo de carne, se levantó. – Mierda, llegaré tarde, ¡mamá me voy al trabajo!
- Con cuidado. – Escuchó su madre y salió corriendo sobre los tejados, estaban en una zona tan pobre que no había espacio entre una choza y otra; choza que su amigo Kouga le había conseguido. Kouga era su único amigo, era unos años mayor que él, había perdido a sus padres durante la guerra y a pesar de estar a inicios de su adolescencia cuando quedó huérfano, ya era bastante listo para sobrevivir en aquel ambiente. Enseñándole a Inuyasha como sobrevivir ante esa gente abusiva, manteniéndolo bajo su protección, Inuyasha le debía demasiado, incluyendo el trabajo al que llegaba tarde.
- ¡¿Dónde mierda estabas?! – reprochó Kouga, dándole un coscorrón. Aquel joven alto y de piel bronceada, con músculos definidos, unas piernas y brazos fuertes, y su coleta de cabellos azabaches bien sujeta. Vestido con ropajes básicamente en tonos café, y siempre mostrando los brazos cruzados acostumbrados a ese sol abrazador, con los ojos azules clavados en su único amigo y protegido.
- ¡No me pegues!! ¡Llegué a tiempo ¿no?!!! ¡Carajo! – se quejó sobando su cabeza, Inuyasha se había atado su larga cabellera plata con un trozo de tela de su roída camisa que en otros tiempos fuera blanca. Con la piel apenas algo bronceada, y ojos ambarinos; era obvio que ese muchacho no estaba diseñado para la vida dura de un peón del desierto. Y quizás en gran medida esto fue lo que conmovió el joven corazón de Kouga, ese pobre niño y su madre tan delicada, no sobrevivirían en su país sin ayuda.
- ¡Idiota! ¡Ven conmigo! – Kouga trató de desvanecer los recuerdos, fue hacía Inuyasha y lo jaló del cuello de la parte superior de sus ropajes, llevándolo ante el capataz. – Señor, este es mi amigo Inuyasha, del que le hablé, está aquí listo para trabajar. – decía bajándole la cabeza a Inuyasha para que mostrara respeto al tipo mal encarado que lo miraba hacía abajo, como a un insecto.
- ¿Y qué esperan para ponerse a mover esos bloques? Todos para esta noche o no hay pago. – dijo amenazante.
- ¡Sí, señor! Ven, Inu. – Inuyasha miró con temor la montaña de bloques, pesados bloques que debían mover.
- ¿Todo eso? Debe estar loco. – dijo atónito ante la tarea inhumana.
- Cállate o te harán azotar, ahora muévete ¿quieres llevar algo a comer a casa no? Muévete ¿o es mucho para ti? – Kouga conocía bien el carácter orgulloso y testarudo de Inuyasha, quien ante el comentario se echó el primero a la espalda, sufriendo sus rodillas, pero no dijo nada y comenzó a moverlos tan rápido como podía. – Tampoco te esfuerces demasiado, si te lastimas no servirás mañana y será peor, no seas estúpido.
- Cállate, yo puedo más que tú. – dijo jadeante el muchacho de cabellos plata.
- Eso está por verse. – espetó el de cabellos negros.
Durante todo el día cargaron aquellos bloques, cargaban y bromeaban haciéndolo lo más llevadero posible, era un trabajo pesado y mal pagado, pero en aquel país no había muchas oportunidades, no tenían propiedad sobre nada más que la ropa que vestían, y aun de eso podían no estar tan seguro de no poder ser despojados, así que a pesar de todo, Inuyasha estaba agradecido de tener un trabajo para llevar algo a su casa, y si su fuerza física era con lo que contaba, la usaría para ser libre un día con sus propias manos vacías.
Al final de la jornada habían sido capaces de hacer lo que se les decía, fueron hacía donde les pagarían, el Capataz de la obra los miró de nuevo con descortesía, anotó algo en un papiro y les señaló la fila para que les pagaran. Mientras caminaban, Inuyasha sobaba su espalda y sus hombros crujían, no sentía los dedos de las manos, cuarteados en líneas rojas por las sogas para cargar aquellos bloques sobre la espalda, blanquizcas de residuos, empolvado hasta el cuello.
- Ha sido duro. – reconoció, de pronto escuchó los gritos sonoros de hombres más allá del campamento - ¿Qué fue eso? – Kouga se encogió de hombros y siguió caminando.
- Cállate, baja la voz y la mirada al piso, estas personas son gente del palacio, si haces algo que les haga enfadar te mandarán azotar. - Inuyasha sintió un malestar recorrerle el cuerpo ante los latigazos sonoros que provenían de más allá, se encogió de hombros como su amigo y siguió caminando con la mirada al piso, se formó en la larga fila de pago, dos piezas de pan un poco mohoso, un trozo de carne de mala calidad, una garrafa pequeña con agua no muy cristalina, un pedazo de panal con abejas incluidas, un poco de leche agria de cabra y un "ahora largo de mi vista", es lo que había recibido por tantas horas de duro trabajo bajo el apabullante e inclemente sol; sintió que le robaban pero, al notar que Kouga no se quejaba, se guardó las palabras amargas para sí mismo, salieron del campamento arrastrando los pies.
- ¿No te parece que merecemos más por nuestro trabajo? – Lejos de ser escuchado, no pudo más y dijo con amargura lo que sentía.
- Agradece lo que te dieron, muchos no terminaron la cuota. – La prudencia con la que Kouga le hablaba, la seriedad, le indicaban que había cosas que no le había dicho sobre ese trabajo tan doloroso.
- ¿Y qué les dan a los que no terminan la cuota? – Pero Inuyasha era un ser curioso, no iba a dejar las cosas así.
- Cinco latigazos. – respondió Kouga sin rodeos, no tenía caso mentirle. Además, también se encontraba agotado.
- ¡¿Qué?! – Incluso ese grito adoleció el cuerpo del joven Inuyasha.
- Ya oíste, les dan cinco latigazos y los corren del lugar con las manos vacías, por eso te dije que debías ser fuerte ¿no has comido en días verdad? Vi como mirabas el montón de carne que se comían el capataz y sus verdugos. – Inuyasha bajó la mirada. – Toma. – Kouga le dio su carne y uno de los panes.
- No puedo aceptarlo, es tuyo. – se negaba categóricamente.
- Deja la dignidad para la gente como el Sultán y su pedante hijo. Tienes que alimentar a tu madre y ponerte fuerte, sé que le darás tus cosas. – Inuyasha bajó la mirada, lo conocía demasiado bien. – Pero, si no comes nada no me servirás y deberé hacer la cuota de los dos para que no te azoten. Darte una parte de lo mío me asegura menos trabajo y menos problemas, así que trágatelo y cállate ya o yo mismo te azotaré. – Inuyasha lo tomó, sintiendo un nudo en la garganta, ligeramente mareado sintió que la vista se le nublaba. – ¡Inu! ¡¿estás bien?! – Kouga lo sostuvo y ayudó a sentarse sobre el piso a unos pasos de su hogar.
- Estoy algo cansado, no te apures. Gra...gracias por todo. – dijo sonriéndole. Su cuerpo punzaba dolorosamente, no le respondía, quería echarse a llorar, pero no lo haría.
- Idiota, no me asustes así, anda ve a casa a comer. – No es que Kouga no estuviera cansado, pero su cuerpo era más fuerte; además, él si estaba comiendo, cosas de mala calidad, pero era mejor que nada. Era sorprendente que después de tres días de ayuno, Inuyasha haya encontrado fuerzas para la faena de esa tarde.
- S...si ya voy. – Kouga le ofreció la mano, Inuyasha se levantó sintiendo algo sobre sus hombros, Kouga le ponía una capa gastada de color rojo, Inuyasha sólo traía ropas amarillentas que alguna vez fueron blancas, unos pantalones llenos de hoyos y atados con un cordel en su cintura para que no se le cayeran, y una playera sin mangas igualmente rota. – Pero, tú ¿qué vas a usar? – preguntó crédulo.
- Tengo una mejor, usa esta. – Kouga le despeinó un poco mientras sonreía. – quita la cara seria, no te queda bien.
- Idiota. – Un ligero sonrojo se pintó en las mejillas del joven, Kouga sólo le sonrió y lo dejó, Inuyasha caminó hasta su casa, aunque sería mejor decir que se arrastró de regreso a casa. – Ya regresé mamá.
- Me alegra. – Se notaba de mejor aspecto, estaba levantada. Inuyasha le dio un beso en la mejilla.
- Es bueno verte en pie, pero no te esfuerces tanto ¿sí? Ven vamos a comer. – Se sentaron cerca de la tabla sobre un par de rocas que Inuyasha trajo para hacer de mesa y puso los paquetes de comida frente a su madre; quien asombrada comía lentamente. Inuyasha devoró el trozo de carne que Kouga le obsequió al igual que el pan, bebió el agua poco cristalina pues su madre aún tenía de la limpia que había traído sólo para ella, tomó el pedazo de panal y escurrió la dulce miel en uno de los panes para dárselo a su madre.
- No hijo, cómelo tú, necesitas la energía para un trabajo tan difícil. – Ella sabía perfectamente lo agotado que se encontraba su hijo, pero no le reprocharía nada que lastimara el orgullo, eso era lo que les quedaba, orgullo.
- No es difícil, yo soy muy fuerte. – dijo en un ademán de fuerza, que hizo que los brazos le temblaran en dolor y cansancio.
- Pero...
- Nada de peros, cómete la miel, yo me comeré el panal, es más nutritivo. – Y así lo hizo, con ayuda de un cuchillo pequeño, regalo de Kouga por si se veía en problemas con alguien, despojó del aguijón a las abejas y también se las comió, hasta que vieron reducido a nada aquella mísera comida. – Ah, estuvo buena ¿no?
- Si, gracias por esforzarte tanto. – Le sonrió la mujer agradecida de tener un hijo tan bueno, su mamá era realmente hermosa, a pesar de los años transcurridos bajo esa vida tan difícil, ellos tenían la piel blanca, aunque a Inuyasha se le empezaba a oscurecer un poco por tanto estar bajo el sol, se notaba que no eran esclavos, Kouga por su parte era un poco más moreno que él y parecía mejor adaptado para la vida en aquel desierto, Inuyasha siempre se había preguntado porque él tendría facciones tan poco favorecedoras para esa difícil vida, el color de sus ojos dorados había sido codiciado, y en más de una ocasión debió defenderse de perversos hombres que creían que él era una niña disfrazada de chico, cosa común para que no se robaran a las niñas de las aldeas; pero ahora que era un hombre su cuerpo demostraba que no podía ser otra cosa, estaba agradecido de haber crecido, ser un niño delicado no le había ayudado, y la belleza de su madre tampoco, pues muchos quisieron pasarse de listos con la mujer. "De no ser por Kouga no sé qué hubiera sido de nosotros en este horrible lugar". Ayudó a su madre a llegar a la cama y la dejó descansar, volvió al techo, con el cobijo de la capa roja se sentía mejor, y pudo dormir mirando las estrellas. Despertó a tiempo esta vez, se fue a trabajar sin despertar a su madre, no quería molestarla, decidió llevarse la capa, aunque sudara, el sudor lo mantendría fresco y le ayudaría contra el sol sobre su piel.
- Al menos hoy te levantaste más temprano. – Fue el saludo de Kouga, quien lucía una capa café, su amigo vestía ropas de animales que el mismo cazaba en el desierto, con una coleta de su larga cabellera negra y una banda para el sudor en la frente, estaba mejor acostumbrado a ese lugar que era su hogar de toda la vida.
- Si, hoy definitivamente voy a cargar más que tú. – le retó un Inuyasha animado.
- Jajajaja ese es el espíritu. – Se presentaron a sus trabajos, como Kouga ya veía venir, les han dejado más bloques que el día anterior; sin quejarse en absoluto, se pusieron a trabajar. Sin embargo, uno de los bloques parecía realmente pesado, Inuyasha trató de levantarlo, pero al final fue demasiado para él, dejándolo caer; al instante, se escuchó un golpe en seco en el lugar y pronto el capataz fue a ver, notando el bloque cuarteado.
- ¡¿Quién mierda fue?!!! – gritó furioso - ¡¿Tienen una remota idea acaso de cuánto cuesta cada uno?!!!! ¡Valen más que sus patéticas vidas!! ¡¿Quién fue?!! – gritaba amenazante.
- Fui yo. – dijo Kouga con resolución en su mirada.
- ¡¿Qué?! ¡Kouga, no!! – Inuyasha trató de detenerlo, pero Kouga le abofeteó con fuerza.
- Cállate. – le dijo seca y severamente, yéndose con el capataz.
- Tú ponte a trabajar, será mejor que acabes la cuota de ambos si no quieres ser azotado como tu amigo. – En los ojos de Inuyasha se ahogaban lágrimas que no dejaba salir, cada vez que escuchaba un grito de Kouga, 10 latigazos en total. Mientras lo escuchaba se esforzaba el doble, para terminar aquella cuota infernal, así se le quebraran los brazos, debía hacerlo, o los castigarían a los dos. Cuando ya no escuchó los gritos se sintió ligeramente aliviado, al cabo de unos minutos llegaron unos hombres arrastrando a Kouga hasta él.
- ¡Kouga!! – Se apresuró a ver las heridas de su amigo quien lo apartó con fuerza.
- Sigue trabajando ¿quieres que nos azoten a los dos? – reprochó con gran dolor enmarcando su rostro.
- Lo siento. – Inuyasha sentía que el pecho se le oprimía.
- Deja de llorar. – le dijo levantándose – Se necesita más que eso para doblegarme. – Kouga comenzó a cargar bloques.
- ¡No hagas eso, sangrarás más! – Inuyasha notaba como la sangre corría ligeramente por la espalda marcada de Kouga cuya capa y playera eran girones.
- Tranquilo, la capa de cuero me ayudó bastante, anda a trabajar. – Inuyasha sabía que nada de lo que dijera aminoraría el dolor de su amigo, guardó silencio y siguió trabajando con fuerza hasta lograr acabar; recibieron su pago y fueron a casa.
- Al menos déjame curarte la espalda. – pidió con un fuerte dolor lleno de culpa en sus ojos.
- Jeh... eres un llorón. – Al fin su amigo le sonreía nuevamente.
- ¡No lo soy!!! ¡Pero si fue mi culpa no debiste echártela!!! ¡¿Por qué lo hiciste?!! – Kouga le abrazó sorpresivamente.
- ¿Por qué? No sé, eres mi hermano menor, debo protegerte de esa gente, ¿no? – Inuyasha lo abrazó de vuelta, escondiendo su culpa.
- No quiero que te arriesgues más por mí, puedo cuidarme. Ya soy un hombre.
- Es cierto. – Kouga se sonrió con cierta nostalgia en los ojos, recargado sobre los hombros de Inuyasha llegó a la choza.
- ¡¿Kouga?!! – la madre de Inuyasha se preocupó al verlo pálido, corrió a auxiliarlo, limpiando las heridas.
- Estoy bien señora Izayoi, estaré bien; como terminamos la cuota a pesar de todo, el capataz dijo que nos perdonará y que podemos volver a trabajar mañana. – explicaba a la joven madre quien le curaba mientras él e Inuyasha comen.
- Entiendo, deben tener más cuidado. – le recirminó maternalmente.
- Sí, mamá. – decía Inuyasha lleno de culpa, Kouga no quería decir que había recibido el castigo que él se merecía. Cenaron y Kouga se fue a casa una vez se sintió mejor, Inuyasha durmió esa noche pensando que no volvería a permitir que Kouga sufriera por su culpa.
A la mañana siguiente Inuyasha bajó a ver a su madre antes de irse, pero al besarle la frente...
- Mamá ¡estas ardiendo en fiebre!!! – gritó preocupado, ella se notaba mal, quizás por haberse mantenido de pie mucho tiempo cuidando de Kouga, su madre había caído enferma nuevamente. Su hijo era incapaz de darle la alimentación necesaria para recuperarse, ni la medicina, apenas si sobrevivían. Se llenó de angustia de pensar que ella sufría en silencio su inutilidad por darle lo que merecía.
- Estaré bien, debes ir a trabajar. – dijo Izayoi sin fuerzas.
- No puedo dejarte así. – Inuyasha se preguntaba cómo debía proceder ahora.
- Pero si no vas, Kouga deberá hacerlo todo él solo. – Inuyasha recordaba las heridas en la espalda de Kouga, apretó puños y dientes lleno de frustración.
- Trataré de traerte medicina en la noche, así que quédate en cama hasta entonces. – dijo acercándole la vasija que ya tenía menos de la mitad.
- Sí, hijo te quiero mucho. – Le sabía a despedida.
- No lo digas como si no fuera a volver a verte. – dijo besándole dulcemente y saliendo lleno de preocupación. Llegó apenas a tiempo, al verlo Kouga soltó un suspiro de alivio.
- Casi me muero del miedo de que no te presentaras Inuyasha.
- Perdón, mi mamá amaneció mal de nuevo.
- ¿Hay algo que pueda hacer?
- No, no te preocupes, compraré medicina cuando salgamos.
- La medicina es cara, ¿Cómo la comprarás?
- La cambiaré por mi pago.
- No sé si sea bastante, les daremos el mío también.
- Pero Kouga...
- Nada, Izayoi es una buena persona y la quiero como a mi segunda madre, no nos pasará nada por no comer un día y no se hable más. – Con esto en mente fueron a trabajar con mucho ánimo de hacerlo rápidamente y bien, el capataz daba vueltas de vez en vez notando el esfuerzo de los muchachos.
- ¿Acaso los azotes les dieron motivación? – preguntó burlonamente, ellos no respondían. – Les hice una pregunta, ¿Por qué el esfuerzo?
- Quiero terminar rápido para irme señor – dijo Inuyasha y continuó trabajando.
- ¿Quizás quieres más paga niño? Puedo darles más trabajo y así ganarían algo más. - Inuyasha lo miró con cierta esperanza en los ojos, era difícil conocer a alguien que aun tuviera ese tipo de mirada llena de vida y energía. - ¿Quieres?
- Sí, señor.
- Está bien, cuando terminen vayan a verme.
- Sí, señor. – dijeron ambos y continuaron, al terminar fueron donde el capataz.
- ¿Qué quiere de nosotros señor? – preguntó Kouga, ambos sintieron un escalofrío al ver donde se encontraban. La zona de azotes y castigos era un montón de arena manchada con rojo sangre, aun fresca y otra ya seca por efecto del abrasivo sol de medio día.
- Quiero que recojan los cadáveres y cambien la arena por una limpia, el verdugo no gusta de la sangre.
- A eso llamo yo una ironía. – dijo Kouga y el capataz se echó a reír, se notaban los dientes de oro que tenía junto a los amarillentos y podridos, no era un hombre millonario, pero seguro vivía más cómodamente que ellos en toda su vida, su risa era estridente y molesta, se sentía como si se burlara de ellos a cada segundo. "Como si un cerdo se burlara de mí", pensó Inuyasha.
- Lo es, pero es un buen verdugo, sabe dar latigazos muy bien, y eso no es tan fácil.
- No sabía que se necesitaran habilidades especiales para azotar a otros. – dijo aún más irónico Kouga tratando de hacer reír a Inuyasha para que se le calmara el estómago revuelto del olor pestilente, las moscas estaban por todos lados.
- Pues así es, no puedes ir demasiado rápido o no sentirá cada latigazo adecuadamente, y no debes ir demasiado lento que le dejes entumir y no sentir más dolor o desmayarse.
- Ya veo. – dijo Kouga atormentado del recuerdo de los azotes del día anterior. – Pues hace un buen trabajo, yo los sentí todos perfectamente ayer.
- Gracias. – dijo el verdugo con una máscara negra caminado con el látigo en mano, era un hombre aparentemente joven, que caminaba hacía ellos. "Es como ver caminar a la sombra de la muerte", dijo para sí Inuyasha. – Espero todo limpio para mañana. – dijo para retirarse después de revisar como dejaba ese lugar.
- Pues ya escucharon, cuando terminen se les pagará triple ración a cada uno, aunque es probable que pierdan el hambre. – dijo entre risotadas el capataz y se fue de ahí, Inuyasha y Kouga en silencio sepulcral hicieron las fosas para los cadáveres y luego removieron la arena, hasta sacar toda la manchada de sangre y llena de moscas; después, apalearon más arena limpia dejando aquello irreconocible; estaban muertos de cansancio, pero lo valía. Pero cuando al fin fueron a recoger el pago...
- ¡Ey, nos prometieron triple ración! No doble. – se quejó Kouga, pero el capataz se había ido, ya habían pagado a los demás y era lo que quedaba.
- Es lo que hay, tómenlo o déjenlo. – Desilusionados lo tomaron. Resignados de su perra suerte, el par de amigos fueron donde el vendedor de remedios y trataron de hacer un trato.
- No es suficiente. – dijo el mercader, era creador de muchos brebajes y el lugar apestaba a incienso y hierbas. - ¿Saben lo difícil que es conseguir las hierbas adecuadas en el desierto? La salud es sólo para gente con dinero, ustedes me ofrecen comida casi pútrida por un brebaje muy costoso, debería mandarlos azotar por ensuciar el tapete de mi tienda con sus harapientos zapatos llenos de sangre y mierda de camello. – decía con la mano cubriendo su nariz por el pestilente olor a cadáver de los chicos, Inuyasha se sentía impotente y desesperado.
- Por favor, señor, mi madre está muy enferma, ¿hay algo que pueda hacer para ganarme el brebaje? Puedo trabajar para usted...
- No quiero un chiquillo harapiento en mi tienda. – decía el hombre en un ademán humillante, haciendo rabiar a Kouga.
- ¡¿Qué no tiene un poco de compasión?!!! ¡Haremos lo que sea!!! – Su paciencia se agotaba.
- ¡Ya dije que no!! ¡Fuera de aquí!! ¡O mandaré llamar a los guardias y diré que me han querido estafar!!!! – Llenos de frustración salieron con puños apretados.
- Somos basura. – dijo Inuyasha adolorido.
- No digas eso, valemos más que esta gente desgraciada. – Kouga quería animarlo, pero no sabía cómo. Realmente los hizo sentir peor que lo pegado a sus zapatos rotos.
- Pero mi mamá... yo... - Inuyasha estaba muy mal, sufría mucho, ambos sabían el fatídico final que se posaba sobre sus cabezas.
- Ven, regresemos, ella debe comer algo. – Con los pies casi arrastrando volvieron, Izayoi estaba mejor ahora que veía a su hijo, se había asustado al pasar el tiempo sin saber de él y ya era muy noche.
- Tranquila lo devolví sano y salvo. – decía Kouga sonriéndole, comieron y trataron de ponerla lo más cómoda posible, pero seguía la fiebre. - Iré a conseguirle más agua fresca del manantial, Inuyasha tú cuídala, igual ya no hay más bloques por ahora, dijeron que mañana no habrá trabajo, quizás en unos días traigan más bloques así que hay que buscar otra cosa para conseguir comida.
- Sí, gracias Kouga. – Su amigo salió al manantial, Kouga estaba exhausto pero no quería que Inuyasha perdiera a su madre como él había perdido a sus padres por ser tan pobres, luego de lo cual fue vendido a un hombre para trabajar, quizás esa no sea la palabra adecuada, Kouga desde niño fue entrenado para robar, pero ahora ya no quería hacerlo más, a un menor no se le aplicaba la ley en la misma medida que a un adulto, se ganó varias palizas pero nunca le cortaron una mano, estaba agradecido de estar completo y no como muchos jóvenes que conoció, ahora trataba de tener una vida honesta, claro que eso significaba más trabajo duro mal pagado, pero al menos seguía entero. Llegó al manantial y cambió sus botas de piel de camello; que hizo hace poco por la suerte de encontrar un animal muerto y abandonado por su dueño en medio desierto; y pudo llenar a cambio dos vasijas de agua fresca. Mientras las llenaba, llegaba al manantial un grupo de hombres en corceles.
- Rata sucia, aléjate del manantial, los caballos del príncipe deben beber. – decía uno de los soldados entregando un saco de monedas probablemente de oro al dueño del manantial quien retiró a Kouga ayudado de una rama muy dolorosa contra su piel.
- ¡Ey, te pagué por esa agua! – decía Kouga frustrado al ver como los caballos pateaban las vasijas rompiéndolas.
- ¡Cállate ¿no escuchaste que son soldados del palacio?! Toma lo que me diste y lárgate o te azotaré más. La piel de su espalda ardió cruelmente, no soportaría un solo azote más.
- ¡¿Con que derecho me despojas de lo mío?!!! ¡¿Quién pagará por mis vasijas?!!! ¡¿Dónde está su ley del talión?!!! ¡Exijo se haga justicia!!! – Había perdido los estribos.
- ¿Justicia? Jajajaja – Los hombres del palacio se echaron a reír, los caballos ya habían bebido al igual que ellos - ¿Quieres agua? – Lo tomaron entre varios y lo lanzaron al estanque, cuando Kouga quiso salir del agua le empujaron la cabeza hacia abajo, sabía que si intentaba salir por esa orilla terminaría ahogado, así que debió nadar alejándose de ellos como pudo, de pronto sintió que la corriente lo jalaba, el agua del manantial fluía conectado a un río subterráneo cuya corriente era muy conocida por ser mortal para quienes nadaban por ahí, por eso el dueño podía controlar quien tomaba agua de ahí, pues llegar por otros lados podía resultar fatal, dado lo inestable del terreno alrededor. Kouga fue arrastrado por la corriente, luchando por salir de la misma, pero fue demasiado para su cuerpo cansado, no sabía cómo había logrado llegar a una orilla muchos metros ya lejos del manantial, ya no podía escuchar las risas malditas de los soldados del palacio, era de madrugada y el frío calaba hasta los huesos. Se arrastró a una de las orillas, parecía un lugar agradable para morir ahogado, pensaba, pero recordando que su amigo lo necesitaba trataba de sobrevivir...
- ¿Te encuentras bien? – Un extraño hombre con una túnica y un bastón de pastoreo le miraba parado al lado de su cabeza.
- Cogh – Kouga escupía agua que aún le restaba en los pulmones, tenía sueño y estaba débil, cerraba los ojos sin desearlo.
- ¡Ey, ¿estás bien?!!! – escuchaba de nuevo, alguien lo tomaba en sus brazos y lo arrastraba lejos de la orilla; pero no podía moverse, el cansancio, el frío, el dolor de las heridas abiertas por el agua y su pelea por sobrevivir en la fuerte corriente, todo lo entumecía. Sólo sentía como lo arrastraba por el suelo, mientras pensaba que no podría ayudar esta vez a Inuyasha.
A la mañana siguiente Kouga despertó con un aroma agradable de carne de cabra a las brasas, abrió los ojos poco a poco.
- Vaya despertaste, creí que quizás debería devolverte al río. – Aquel extraño le observaba tambalearse tratando de recobrar el sentido. - ¿Tienes hambre? – Kouga asintió. – Come. – dijo con un ademán para que se acercara a la carne, Kouga no lo pensó demasiado cortando un trozo con una navaja que traía en el lazo que hacía de cinturón bien escondida, devoraba la carne con placer, pues últimamente se la ha obsequiado a otros menos afortunados que él. – Se nota que tenías hambre. – dice el extraño sin mostrarle la cara. – ¿Quieres beber? – dijo ofreciéndole la garrafa, Kouga la tomó y bebió tratando de no atragantarse, era vino, delicioso vino que bajaba por su garganta.
- Cogh cogh – Se ahogaba por comer y beber tan rápido.
- Tranquilo no tienes que apresurarte. – dijo el hombre levantándose y dándole unas palmadas en la espalda.
- Cogh... gra...gracias... amigo, en verdad tu generosidad es demasiado para mí, nunca conocí alguien tan generoso. – Al fin sintió fuerzas para platicar.
- ¿En serio? Sólo es carne y vino. – dijo el extraño con el rostro cubierto.
- Donde vivo nadie da nada a cambio de nada. – respondió serio Kouga.
- Ya veo, debe ser duro vivir así. – El extraño parecía pensar cada una de las palabras que salían de su boca.
- Lo es. – Kouga se tomó al fin el tiempo de ver la tienda donde se encontraba, era de buena calidad – ¿Puedo preguntar tu nombre?
- Puedes preguntar, pero no significa que tengas las respuestas. – dijo sin perder de vista a su visitante.
- Vaya, no tienes que decirme si no quieres, me salvaste la vida, estoy en deuda contigo, al menos ¿podría verte la cara? – En todo el rato no ha podido verlo, parece decidido a ocultarse, el hombre pareció pensárselo un instante antes de acceder a retirarse parte del turbante que le cubría el rostro, hasta entonces Kouga sólo había notado el azul de sus ojos. Era un joven, quizás de su edad, de piel nívea, ojos expresivos y azules, y cabellos cortos que apenas se ataban muy poco atrás, traía algunas arracadas de oro en la oreja. Kouga lo miró largo rato, le parecía una alucinación, era un hombre muy hermoso, y esta idea le provocaba terror.
- ¿No dices nada? – se le quedó mirando extrañado de la expresión de Kouga, preocupado de quizás ser reconocido volvió a cubrirse la cara un tanto a la defensiva.
- Gracias por salvarme, por favor, dime tu nombre.
- ¿Juras no pronunciarlo a nadie?
- Lo juro. – dijo lleno de resolución.
- ¿Qué clase de valor tiene el juramento de un cadáver? – El buen samaritano, no estaba seguro de confiar en el muchacho.
- Ten por seguro que, aunque soy pobre, mi palabra de hombre es lo único que vale. – Kouga era muy serio en aquello de empeñar su palabra.
- ¿Cuál es tu nombre?
- Soy Kouga y vivo en la zona más pobre del otro lado del rio. – dijo señalando el sitio.
- ¿Del otro lado del río? La corriente te ha traído lejos de tu nación. – respondió pensativo el extraño de ojos azules.
- ¿Quieres decir que estoy en otro país? – Le costaba creerlo.
- Si, estás tierras no pertenecen a tu nación, forastero.
- Entiendo, ¿hay forma de volver? – No quería estar en un sitio desconocido, y menos sabiendo la situación de Inuyasha y su madre.
- Depende ¿tienes algo porqué volver?
- Un amigo.
- ¿Qué vale un amigo? Como para arriesgar la vida en la frontera. – replicó de inmediato.
- Vale todo para mí. – decía lleno de determinación.
- Ya veo. – El extraño le miró a los ojos, llenos de determinación, casi podía ver fuego incendiando la mirada de Kouga. – Yo soy Miroku, Kouga del país enemigo, y me temo que los extranjeros no son bien recibidos en mi país, si se enteran de que ayudé a uno.
- No se lo diré a nadie, volveré aun si tengo que nadar de vuelta.
- No es necesario, llévate la balsa. – le indicó.
- Pero no podré devolvértela. – se excusó. Aunque era algo realmente obvio para ambos.
- Pues no lo hagas, no vuelvas aquí. - decía Miroku recogiendo todo en su tienda.
- ¿Te vas a ir de aquí? ¿Qué eres tú? – Kouga empezaba a entender que ese joven se iría pronto.
- Un fugitivo supongo. – decía serio.
- Si eres fugitivo, ¿Por qué no vienes conmigo?
- ¿Contigo? ¿A que iría contigo? – decía lleno de confusión en su corazón.
- ¡A rehacer tu vida!! ¡Si eres fugitivo en esta tierra, ven conmigo a mi país!! ¡Aceptan a los refugiados por la guerra ¿Sabes?! – Kouga no sabía por qué le entusiasmaba tanto la idea de irse con el extranjero.
- La guerra – dijo Miroku en solemne meditación. – Iré contigo. – resolvió luego de tomarse el tiempo para pensarlo.
- Genial, así quizás pueda devolverte el favor, por cierto, si tienes vasijas vacías para llenar de agua serían muy apreciadas allá.
- ¿No hay agua en tu país?
- Muy poca, los mercaderes son crueles y despóticos, negándonos el agua a los menos poderosos.
- Entiendo, ¿y qué hace el sultán al respecto?
- Dudo que él sepa algo de lo que sufre su pueblo. Por no decir que no creo que le importe una mierda.
- Eso está muy mal.
- Jeh, ¿acaso el sultán de tu país es distinto al mío?
- Pues... – Miroku se lo pensó bastante mientras subían lo más que podían a las balsas unidas con una soga fuerte para que no los separara la corriente. – Supongo que no. – dijo suspirando resignado con un dolor visible en los ojos, Kouga le alzó la mirada por el mentón.
- ¿Estás bien? – preguntó preocupado por él, no recibiendo respuesta más allá del asombro de su actuar. – Miroku, ¿te han dicho que tus ojos son muy expresivos? – El mencionado golpeó la mano que lo sostenía del mentón con cierto desdén.
- ¿Quién te dijo que podías tocarme? – recriminó furioso.
- Lo lamento. - dijo contrariado por la actitud altiva.
- No te equivoques, si voy contigo no es porque me agrades tanto, tengo algo que hacer en tu país, y ya que me debes un favor, puede que me seas útil, eso es todo.
- Está bien, si puedo pagar mi deuda.
- Bien, ya conoces la ley del talión: ojo por ojo.
- Y vida por vida. – dijo Kouga con seriedad. – Entiendo que ahora tengo una deuda de vida contigo, cuando quieras hacerla valer sólo avísame. – dijo esto mientras reman, parece que Miroku sabe muy bien lo que está haciendo.
Cuando Kouga logró regresar a casa con su nuevo acompañante misterioso, le hizo acomodarse en su pequeña choza, Miroku trató de no mostrar incomodidad en un lugar tan pobre y reducido, pero era obvio para el otro que, a pesar de su osco comportamiento, su visita era un hombre más refinado y acostumbrado a una mejor vida que esa. Sin embargo, era lo que podía ofrecer y agradecía que no fuera desconsiderado con su pobreza.
- Ponte cómodo, puedes poner tus cosas donde quieras.
- ¿Y tú a dónde vas? – preguntó preocupado de ser traicionado y descubierto en sus planes.
- Voy a ver a mi amigo que te conté, les llevaré agua ¿está bien si tomo prestada tu vasija?
- Hazlo, pero no me traiciones. – diciendo esto con un tono tanto amenazante como de preocupación.
- Oye ya te dije vida por vida. – dijo y salió de su casa hacía donde Inuyasha; sin embargo, notó que la guardia del palacio seguía por ahí, preocupado de ser descubierto se cubrió el rostro con la capa que se ha puesto al volver a casa, mira pasar a la milicia, mientras una tienda montada en un elefante le anuncia que ahí va un ser de la realeza, ver la opulencia en la que viven mientras el pueblo se pudre en hambre le duele terriblemente, de pronto parece que algo no anda bien más adelante, pues la guardia se ha detenido, Kouga se escabulle entre la gente pero los soldados le impiden avanzar más, entre el tumulto mira lo que pasa más allá, es la tienda del mercader de medicinas y remedios herbales.
- ¡Suéltenme!!! – Inuyasha, desesperado por no ver llegar a su amigo con el agua y su madre empeorando se ha levantado con la convicción de robar la medicina que le han negado por su arduo trabajo; siendo irremediablemente descubierto, el vendedor lo tiene bien sujetado y pide la pena máxima para el ladrón. La guardia del palacio se ha acercado pues quieren que se libere el camino para su alteza.
- ¡Es un maldito ladrón! Quiso robarme una medicina muy costosa. – decía el vendedor mientras hace caer sobre sus rodillas a Inuyasha.
- Entonces eso se arregla fácil. – dijo el comandante de la guardia tomando una espada curva y el brazo derecho de Inuyasha.
- ¡No! ¡Por piedad, le suplico no hacerlo! ¡Si me cortan la mano no podré trabajar y mi madre morirá de hambre! – suplicó aterrorizado de que pudiera perder a su madre por su imprudencia, pero nadie parecía mostrar ni un poco de compasión por él.
- ¡Córtenle la mano! ¡La mano! ¡Maldita rata! ¡Castiguen al ladrón! – Inuyasha escucha a la multitud que le rodea, los mira, pero solo reconoce rostros deformes que vociferan en su contra. Sus mejillas están bañadas en llanto, su cuerpo tiembla de miedo y desesperanza. Siente que ha tocado fondo, todo se oscurece en su rabia. Está completamente solo contra el mundo, un hombre como él no es rival para la vida de porquería que le ha tocado vivir. Siente que el alma se quiebra y muere dentro de él. Ya nada puede hacerse. Daría lo mismo si le cortaran la cabeza.
- ¿Qué pasa aquí? – Cuando ha pensado que perderá la mano, bañado en llanto y casi resignado, la sombra de alguien se aparece sobre el suelo frente a él, quiere levantar la cara pero otro soldado lo sujeta firmemente por el cuello poniéndole el rostro contra el caliente y polvoriento piso de tierra.
- Su excelencia. – dicen todos reverenciando al hombre cuya sombra es lo único que puede ver, Inuyasha aterrado, temblando de miedo, lo sostienen entre otros dos, aparte del de su cuello, y el líder está listo para arrebatarle la mano de un corte limpio. – Éste chiquillo ha querido robar al mercader de remedios, y le damos su merecido según la ley, Alteza.
- Ya veo. - dice en un tono de voz lleno de indiferencia, Inuyasha no puede notar ningún tipo de emoción en esa voz.
- Excelencia, este tipo es sólo una rata insignificante, ayer quiso cambiarme el medicamento por comida pútrida que les dan en la construcción del nuevo palacio. – explicaba el mercader con la cabeza baja, nadie debe atreverse a verlo al rostro.
- ¿Les alimentan con cosas podridas? – pregunta con un tono de duda muy ligero.
- Ellos lo comen bien y con apetito, su Alteza, esta gente no ha comido nunca algo que no esté podrido. – le explica el líder del escuadrón.
- ¿Por qué es importante la medicina? ¿Planeabas venderla para comer algo decente? – pregunta a Inuyasha, pero este no sabe qué decir, las lágrimas se le agolpan en la garganta, teme que lo mande ahorcar, o azotar, o algo peor.
- ¡Su Excelencia te ha preguntado algo! – dijo el líder dándole un golpe en la mejilla con el fuete que usa para el caballo.
- No señor – respondió, el hombre miró las lágrimas correr por las mejillas llenas de mugre de Inuyasha, notó el brillo en sus ojos dorados y el brillo de su cabello en pleno sol. - Mi madre se está muriendo en casa, sólo quería salvarle.
- ¿Darías tu vida porque ella se salvara? – Silencio y llanto. – Contesta, ¿lo harías? – preguntó curioso de la respuesta.
- Si eso la salvara, lo haría sin remordimientos – respondió Inuyasha, muy seguro de lo que decía.
- Interesante. – dijo aquel hombre cuya sombra parecía más valiosa que toda la vida de Inuyasha. Aquel hombre se dirigió al mercader – ¿Y tú darías tu vida por la medicina que iban a robarte?
- No Excelencia, claro que no, esa medicina no vale lo que mi vida.
- Pero, parece que, para este tipo, sí vale su vida esa botella, ¿no es acaso algo interesante? Sin embargo, si tu pierdes la medicina no perderías gran cosa, y él perdería la vida.
- ¡Pero es un ladrón y debe ser castigado según la ley! – insistió el mercader molesto.
- ¿Cuánto? – dijo el hombre seriamente.
- ¿Disculpe? – El mercader no parecía entender.
- ¿Cuánto vale la botella?
- Una moneda de plata mi señor. – El hombre al que todos parecían temer hizo una seña y el soldado más cercano a él se acercó y dio la moneda al mercader.
- Pero, la ley dice que...– Pero ese mercader era ruin e insistía en que Inuyasha perdiera la mano.
- No te estoy pagando por la medicina. – explicó al que llamaban Alteza. – Este chico ha dicho que su vida vale esa botella, la botella vale una moneda de plata, yo estoy comprando a este muchacho por lo que él ha dicho que vale su vida. Como yo lo veo, es una ganancia para ti, porque eres dueño sólo de su mano derecha, y te estoy pagando por todo el cuerpo.
- Pero mi señor la ley.
- La ley dice que te he comprado un esclavo, al ser mío es mi posesión, tú no puedes tomar decisiones sobre mi posesión y si le cortan la mano estarán haciendo menos valioso a mi esclavo. – al decir esto sus guardias se apresuraron a liberar a Inuyasha quien no entendía nada - ¿Estás entendiendo lo que te digo?
- Sí, excelencia. – El mercader mezquino sabía que no podía oponerse a lo que decía un hombre de ese nivel.
- Dale otra moneda. – dijo ordenando a su sirviente quien hizo lo que le decían. – Quiero que lleves esa botella hasta la madre de mi esclavo.
- Pero...
- Dale otra moneda. – ordenó y su sirviente obedeció en el acto. – Para que te tomes la molestia de hacérsela beber. – dijo. – Dale otra más. – Y así el mercader recibió una cuarta moneda de plata. – Porque soy un hombre generoso, para que te asegures que ella esté bien, y una más para que te quites de mi paso. – En total recibió 5 monedas de plata, Inuyasha no se atrevía a moverse si quiera, temblaba lleno de miedo y confusión, ¿acaso acaban de salvar la vida de su madre? Quiso levantar los ojos y mirar al salvador, pero sintió como le colocaban gruesas cadenas en el cuello y las muñecas.
- Su excelencia. – dijo el jefe de su guardia personal, cuando el hombre se daba la media vuelta para volver a la tienda sobre su elefante, deteniéndose frente al enorme animal.
- ¿Qué?
- ¿Qué hacemos con el ladrón, quiero decir con su esclavo mi señor?
- Llévenlo al palacio. - Ordenó despachando el asunto y subió al elefante para continuar su viaje, había sido un viaje sin utilidad, se suponía que vería al heredero del país neutral, pero al parecer ha escapado, ahora debe informar al sultán sobre lo sucedido y no tiene tiempo para perderlo con asuntos del orden común.
Mientras que Inuyasha fue obligado a caminar encadenado hasta el palacio.
- ¡Inuyasha! – Escuchó los gritos de Kouga, quien corría entre la gente que le miraba pasar con la cabeza hacia el piso.
- ¡Kouga! ¡Cuida de mi mamá por favor! – suplicó a su único amigo en el mundo.
- ¡¿Inu que mierda has hecho?! ¡¿Qué le voy a decir a ella?!
- ¡Dile que la amo y que volveré a verla un día, se los juro!
- ¡¿Qué no oíste?! ¡Eres esclavo del príncipe Sesshoumaru!
- ¡¿Qué?!
- ¡Cállate, ¿Quién te dio permiso de hablar?! – sintió un jalón en sus cadenas y guardó silencio, entre los gritos de Kouga despidiéndole.
Inuyasha supo que había perdido su libertad cuando las enormes puertas del palacio real se cerraron tras de sí. "¿Esclavo del príncipe Sesshoumaru?" su corazón se llenó de dolor.
- ¿Qué hacemos con él? – preguntaba uno de los soldados, han llevado a Inuyasha hasta su cuartel, mientras ellos comen frente al chico, Inuyasha puede notar el exquisito olor de la comida de esos hombres, se notaba que las tropas comían bien, quizás por eso muchos hombres entraban a la armada, claro ellos deberían ser la elite, si eran la guardia personal del príncipe. "Ni siquiera pude verle la cara, aunque ya no sea un hombre libre, al menos debo agradecer que sigo entero, que mi madre se pondrá bien, pero, ser un esclavo, quizás la muerte hubiera sido más piadosa, seguro viviré haciendo trabajos forzados hasta perecer, me quiero morir". Sentía como la tristeza se acumulaba en sus ojos.
- ¿Tienes hambre? – preguntó uno de ellos, Inuyasha lo miró consternado. – Toma. – dijo, lanzándole a los pies un trozo de carne, era humillante, pero era mejor que lo que comía desde hace mucho, lo tomó con sus manos encadenadas y lo devoró como un perro hambriento.
- ¿Para qué lo alimentas? Que desperdicio. – decía uno de ellos.
- Porque es propiedad del príncipe Sesshoumaru, ¿no lo escuchaste? Es su propiedad, si algo malo le pasa nos hará azotar. No sé qué quiera hacerle, dicen que a veces es así con los pobres como este esclavo, yo no lo sé, sólo sé que muchos de nosotros han sido azotados por órdenes directas de él, y no me voy a arriesgar. Ey, esclavo, ¿quieres vino? – Inuyasha asintió en silencio, el tipo corpulento se levantó y le dio a beber dejando caer el líquido desde arriba de su cabeza. Inuyasha fue bañado en el licor y bebió lo que pudo, a pesar de su infortunio y desesperación, su instinto le pedía seguir viviendo. En ese instante, juró que saldría de ahí, que vería de nuevo a su madre, y tenía que cumplirlo de alguna forma. - ¿Quieres más carne? – De nuevo asintió, recibiendo una porción mayor esta vez, comiéndola con desesperación, no sabía si le alimentarían nuevamente, no sabía nada; mientras devoraba succionando hasta el tuétano del hueso, el líder se apareció delante de él.
- Levántate, esclavo ¿tienes nombre?
- Inuyasha. – dijo un poco más recuperado.
- Inuyasha, ¿entiendes quién te compró hoy verdad? – Se limitó a asentir en silencio. – El amo está ocupado en una reunión con el sultán, así que no sabemos qué hacer contigo, pero mientras no tenga órdenes, te llevaré a una celda, quiero que lo entiendas, eres un esclavo, no eres dueño de ti mismo, será mejor que lo entiendas, será más fácil para todos, incluso para ti, si lo entiendes, ¿eres de esta nación o refugiado?
- Refugiado. – respondió con un punzar doloroso, ¿esclavo? ¿Cómo quería que simplemente lo aceptara como si nada?
- Entiendo, no es que seas un prisionero, pero no tengo donde más ponerte hasta tener órdenes de tu dueño, ¿entiendes?
- Sí. – Comenzaron a caminar hacia la prisión, Inuyasha se preguntaba si volvería a ver la luz del sol algún día, parecía un calabozo horripilante, apestaba muy parecido a la arena sangrienta de la noche anterior, aun así su estómago recién llenado se revolvía dolorosamente, sus ojos aun derramaban lágrimas, aunque su mente aún no lograba procesar la sola idea de no ser dueño de sí mismo, su corazón lo entendía y lloraba.
- Te pondré en una celda para ti solo, me preocupa que los demás prisioneros te violen o algo peor, porque entonces me azotarán por dejar que la propiedad del amo sea dañada. – Inuyasha sintió un escalofrío, violado por unos hombres horribles y mal nacidos, la imagen desgarradora vino a su cabeza y lo llenó de miedo, paralizándolo. – Camina, ya te dije que te mantendré entero por ahora y sin un rasguño. – dijo jalando de las cadenas, Inuyasha obedeció y fue conducido a una celda con una cama de piedra y un hoyo en el piso para sus necesidades fisiológicas, un hoyo que no ha sido vaciado en semanas, eso era todo lo que había en ese agujero pestilente. – Normalmente aquí se encierran a los condenados a muerte, para dejarlos pensar en lo que hicieron y se torturen un poco ellos solos, pero no es tu caso, o eso creo, de haberte querido muerto el amo no se habría tomado tantas molestias, ¿entiendes? Así que deja de temblar y mejor que te estés tranquilo o dirán que fui muy malo con un objeto del amo.
- Un objeto del amo. – repitió Inuyasha, pero aun si lo repetía mil veces no podía entenderlo, su espíritu libre como siempre fue, terco y altanero, orgulloso y testarudo, no podía ser pisoteado ni sometido así nada más, no podía; sin embargo, justo eso estaba pasando delante de sus ojos, sin que él pudiera hacer nada al respecto.
- Un objeto del amo. – repitió el soldado para que se lo fuera creyendo. – Duérmete, apagaré las antorchas.
- Por favor... – suplicó sobre sus rodillas cuando escuchó la reja cerrarse frente él. – Por favor, no me dejes a oscuras, siempre he dormido con las estrellas alumbrándome. Por favor, te lo suplico. No daré problemas, y le diré al amo lo que has hecho, que eres bueno.
- Quién lo diría, un esclavo con miedo a la oscuridad. Está bien, sólo si prometes portarte bien y no decirle al amo que te he maltratado mucho.
- Sí señor, gracias – dijo levantándose y limpiando con su brazo las lágrimas en sus ojos, sin decir más el hombre dejó una sola de todas las antorchas encendidas, era una luz demasiado tenue, pero era algo. Inuyasha se sentó sobre la cama fría y dura de piedra y luego se recostó mirando siempre esa pequeña flama. - Un objeto. – se repetía, pero no podía con la idea, su espíritu se quebraba dolorosamente, y continúo llorando hasta que sus ojos se secaran.
Mientras tanto Sesshoumaru tenía una reunión a puertas cerradas con el sultán y su mano derecha.
- Entiendo, así que el príncipe se esfumó.
- Eso parece, mis hombres no han visto nada, y en el otro reino insisten que se escapó en contra de la voluntad de su padre. – respondía serio el hijo del sultán.
- Se supone que ese país decidió rendirse ante nosotros, y entregaron a su hijo en nombre de no ser arrasados por nuestras tropas al pasar por su territorio. – decía pensativo el Sultán, sentado sobre el enorme trono, maquilando ideas de guerra mientras gira el vino tinto en su copa de oro.
- Sí, pero el príncipe desapareció y nadie sabe a dónde se ha ido. ¿Qué cree usted que debemos hacer ahora señor? – preguntaba Sesshoumaru a su padre.
- No estoy seguro, dime Sesshoumaru, ¿Qué clase de nación es?
- No parecen una nación poderosa en lo que a la guerra se refiere, son un montón de campesinos que viven bien por los recursos de su tierra, nos sería beneficioso un tratado para abastecer a las tropas que están fuera, no veo necesidad en destruir el lugar, ni creo que un saqueo genere reales ganancias. – Sesshoumaru ofrecía la información que sabía interesaba al monarca, dejando de lado los sentimentalismos.
- Pero no acataron la orden, deben perecer. – dijo la mano derecha del Sultán.
- Tranquilo Shishinki. – dijo el Sultán. – Creo que Sesshoumaru tiene razón, aun así debemos buscar al príncipe y escuchar la versión de los hechos de su boca, ¿no crees hijo?
- Sí padre, se hará como usted diga.
- Entonces te encargo el asunto, despáchalo como mejor convenga, confió en tu habilidad diplomática.
- Sí señor, padre, tío, si me disculpan quisiera retirarme a mis aposentos. – Está agotado por el viaje, y frustrado por no haber obtenido los resultados esperados. Sabe que su padre no es un hombre paciente.
- Claro, claro, anda hijo ve. – Sesshoumaru reverenció a su padre y salió.
- ¿No cree que está dejando demasiado en las jóvenes manos del príncipe? Excelencia.
- Sesshoumaru es inteligente y diestro, si él lo dice debe ser así, hermano.
- Entiendo, señor.
El Príncipe Sesshoumaru caminó hacia sus aposentos, varias hermosas mujeres le vieron llegar cansado arrastrando los pies, ha sido una semana de viaje infructífero y no puede dejar de sentir que ha fallado, debe recuperar el honor encontrando al príncipe que ha escapado y hacerlo someter a sus designios.
- Se nota muy cansado mi señor. – dijo una de sus concubinas. – Rin, trae agua para mi señor. – le ordenó a la más jovencita de las mujeres mientras las demás lo conducían a su enorme cama de sabanas de seda y satín y le quitaban las ropas rápidamente.
- Prefiero vino. – dijo Sesshoumaru acostumbrado a los mimos de su harem personal, la joven trajo el vino y lo sirvió en la copa de oro, Sesshoumaru lo llevó a sus labios y bebió para relajarse.
- ¿Quiere un baño o prefiere otra cosa mi señor? – preguntaba la líder de ellas, la favorita, y era bien sabido quien era la favorita pues era con quien más veces al mes se acostaba el joven príncipe.
- Estoy sucio, Kagura. – respondió y de inmediato lo acompañaron al baño, vertiendo litros y litros de leche caliente, así como esencias de flores exóticas de otras tierras sólo para él, sumergiéndolo, mimándolo con extremo cuidado. – Ven. – dijo, dándole permiso de entrar con él a Kagura, quien lo hizo despojándose de sus ropas ligeras y casi transparentes, él descansó su cabeza sobre los pechos desnudos de la mujer mientras ella le paseaba los dedos por el hermoso cabello de hebras de plata. - ¿Cuánto vale la vida de un hombre? – dijo el príncipe dejándolas pensativas. – Anden respóndanme.
- Depende, mi Señor.
- ¿De qué depende Sara? – dijo a la mujer que limpiaba su pecho musculoso y varonil, con esmero.
- Del hombre en cuestión, Excelencia. – dijo sonriéndole y continuando su labor.
- ¿Acaso vale más la vida de un hombre que de otro? – Volvió a inquirir.
- Claro. – añadió la que le lavaba con cuidado el cabello. – Un hombre cualquiera y usted Excelencia no son del mismo linaje.
- Ya veo, así que mi vida vale más, ¿no Kikyou? – respondía a la muchacha.
- Por supuesto que su vida vale más que todas. – decía otra más, mientras lava los pies y les da un masaje.
- Ya veo, Kagome, tú también lo ves de esa forma, pero eso lo dicen porque soy su dueño, ¿no?
- Claro que no mi Señor, usted siempre tan filosófico. – respondía Kagura sonriente, Sesshoumaru hizo una señal y ella se inclinó para ser besada.
- Dime Sango, ¿cuánto valdría entonces mi vida? – La muchacha no sabía qué responder.
- No creo que ni todas las riquezas del reino, mi Señor. – Sonrió mientras lavaba el resto del cuerpo bien formado de su amo.
- ¿Y qué tal las riquezas de los tres reinos en esta guerra? ¿Eso bastaría para pagar mi vida Kagome?
- ¡Ni pensarlo!! Usted es un hombre muy valioso, es como un Dios. – consiguiendo que casi se riera Sesshoumaru, entonces el príncipe se incorporó ligeramente.
- ¿Tú qué opinas Rin? – La muchacha era muy callada cuando estaban todas las demás presentes, aunque a solas con él se mostraba alegre, trataba de no llamar mucho la atención o podría ganarse el odio de las demás.
- Yo pienso que toda vida es valiosa en sí misma y no se le puede poner un precio en monedas o cosas. – dijo sonriéndole como siempre.
- Esperaba una respuesta así de tu parte. – dijo Sesshoumaru sonriéndose ligeramente para incorporarse, Rin lo secó con cuidado y las demás lo vestían. – Si la vida vale más de uno u otro por las riquezas que posee o su linaje, ¿Cuánto vale la vida de un chico que la deja por ver vivir a su madre? – Las mujeres permanecían calladas.
- ¿No es acaso contra la naturaleza? – dijo Rin al pensarlo un poco.
- Explícate mejor Rin. – le dijo Sesshoumaru, mientras revisaba sus vestimentas para dormir, opulentas pero cómodas, una gran bata y unos pantalones, todos pulcros y blanquísimos, de suave ceda con aplicaciones en rojo rubí e hilos de oro que combinaban con sus ojos dorados.
- Una madre daría la vida por sus hijos, eso pienso, que un hijo la de por su madre, eso heriría gravemente a esa mujer, perdería la razón para estar viva. – La muchacha lo decía por experiencia propia, después de todo sus padres habían sido asesinados frente a sus ojos, y no fue sino hasta que Sesshoumaru la rescató que volvió a hablar de nuevo.
- Ya veo. – decía pensativo – ¿Sería bueno hacerle saber que está vivo no? – Ellas no sabían de que les hablaba, pero igualmente Rin asintió tratando de entender la pregunta. – Debo salir un momento, preparen otro baño para mi regreso.
- ¿Volverá a asearse mi Señor? – preguntó intrigada Kagura.
- Yo no, les traeré a su nueva compañera. – respondió con una ligera sonrisa maligna en el rostro.
- ¿Otra? – salió de sus labios al unísono y sin pensar.
- Sí, ¿alguna queja? – Se mostró irritable ante la reacción general.
- Claro que no Señor. - respondieron y se pusieron a hacer lo que les había ordenado.
- Bien. - Sesshoumaru salió, estaba contrariado, su mente divagaba por caminos extraños, no podía quitarse la mirada llena de lágrimas de Inuyasha de la mente, por más que lo pensara, aun después de tener a todas sus amantes en sus brazos, aun así, seguía mirando esos ojos dorados llorar.
- Amo Sesshoumaru. – su sirviente más leal estaba afuera de los aposentos como siempre.
- ¿Dónde llevaron a mi esclavo? Jaken.
- Está en una celda hasta que usted nos dé indicaciones Amo.
- Entiendo, haz que lo traigan ante mí ahora mismo.
- Sí Amo. – Jaken salió, Sesshoumaru se sentó en una silla roja de terciopelo y roble, miraba al techo y pensaba lo que haría, era una locura, pero aun así lo haría, aquella duda sobre la vida le tenía intrigado, cuando se tiene tanto en la vida a veces se aburre el humano y busca entretenimiento. Al fin trajeron a Inuyasha adormilado ante él, lo pusieron de rodillas y mantenía la mirada en el piso pues le han dicho que es pecado mortal mirar a los ojos a su dueño y señor.
- ¿Cuál es tu nombre? – Escuchó de nuevo la voz de esa sombra de sangre azul, la misma de aquella tarde infernal.
- Inuyasha.
- ¡Responde con más respeto a su Excelencia! – le gritaron, Inuyasha se hizo más pequeño.
- Déjennos solos – ordenó Sesshoumaru, y así lo hicieron. - ¿Te lastimaron? – Inuyasha negó con la cabeza. – Alza la vista, ¿no quieres conocer mi cara? – Inuyasha dudó en hacerlo. – Te he dicho que me mires Inuyasha. – Ante su nombre pronunciado alzó los ojos hasta clavarlos en él, era imponente, alto y gallardo, con ropas de telas tan costosas que jamás creyó ver con sus propios ojos, su piel era tan blanca, de extremidades largas, largas como su cabello plata tan refulgente y hermoso, sus facciones serias y hermosas, era eso, un hombre hermoso. Inuyasha sintió un vuelco en su corazón de pensar lo mal que él se vería frente alguien como Sesshoumaru y volvió la mirada al piso, aún estaba sobre sus rodillas, con las manos encadenadas al igual que el grillete en su cuello. – ¿No dirás nada?
- ¿Qué debo decir?
- ¿Qué debes decir? Jajaja eres interesante. – Sus carcajadas sonoras, retumbaron en el pecho del esclavo.
- Interesante. – respondió repitiendo las palabras del príncipe.
- Sí, interesante, ¿no dirás nada sobre mi apariencia?
- Es usted el hombre más impresionante que jamás he visto, Excelencia.
- Vaya, eso no es mucho viniendo de alguien que vivía en la mierda ¿no?
- Supongo que no, pero es verdad. – Inuyasha entendía que el príncipe se estaba divirtiendo a sus costillas, pero no podía hacer nada.
- Cierto, la verdad es importante, no debes mentirle a tu dueño.
- No debo mentirle a mi dueño. – Repitió adolorido por las palabras. – Soy un objeto. – agregó con mucho más dolor.
- ¿No te gusta verdad? – No respondió, Sesshoumaru lo jaló de la cadena del cuello hacia arriba para tenerlo muy de cerca. – No debes mentirle a tu dueño, Inuyasha.
- No me gusta. – respondió mirándolo a los ojos.
- La gente de tu nivel normalmente no mira como tú. – Sesshoumaru lo miraba intensamente.
- La gente de mi nivel. – dijo sin entonar un signo de pregunta, pero eso era en verdad.
- Sí, no miran como tú.
- No miran como yo. – Inuyasha solo repetía.
- Exactamente, miran sin mirar, pero tú tienes vida en esos ojos, fuego, no sé, no es normal ojos dorados en un pobre mendigo como tú.
- Ojos dorados, no soy de este país. – dijo tratando de darse a entender.
- ¿Refugiado?
- Sí.
- ¿De dónde eres?
- Ya no existe mi nación.
- ¿Es dónde está la guerra ahora?
- Sí.
- Entiendo, ¿tu madre tiene esos ojos? ¿ese cabello?
- No Señor, mi madre es blanca de ojos oscuros igual que su cabello.
- ¿Tu padre entonces?
- Él jamás volvió, no sé nada de él pero supongo que sí, de él lo he sacado.
- No es común, ¿lo entiendes no?
- Sólo me ha traído problemas. – dijo desviando la mirada, Sesshoumaru soltó la cadena, Inuyasha permaneció de pie frente a él.
- Es posible, pero igual de no tenerlo ahora no tendrías una mano, ¿cómo vivir sin una mano?
- Trabajando el doble con la otra. – dijo Inuyasha con un dejo de dignidad que Sesshoumaru notó de inmediato.
- ¿Llamas trabajo a robar?
- ¡No soy un ladrón! – gritó con todas sus fuerzas, sintió una fuerte bofetada que lo llevó al piso.
- No levantes la voz ante mi Inuyasha, me agrada tu espíritu, pero tienes que aprender a controlar mejor ese genio tuyo, sé quiénes pueden enseñarte a ser dócil y agradable ante mi presencia.
- Dócil y agradable. – repitió lleno de dolor en el rostro. Sesshoumaru tomó la cadena.
- Levántate. – Obedeció, no es como si pudiera hacer otra cosa, y salieron de ahí, nadie dijo nada mientras Sesshoumaru lo conducía a sus aposentos, ¿acaso pretendía meter a un hombre a su harem? Era bien sabido que mirar siquiera a una de sus concubinas era igual a la pena de muerte para cualquier hombre, tenían negado el paso rotundamente, sólo las mujeres sirvientes podían entrar a hacer limpieza y atender las necesidades de sus esposas, pero aun así el príncipe parecía arrastrar a Inuyasha a ese lugar.
- Señor. – Jaken protestó discretamente antes de que entraran. – ¿Acaso lo condena a muerte? – preguntó, entonces Inuyasha comenzó a temblar de miedo.
- ¿Por qué lo dices? – preguntó intrigado Sesshoumaru.
- Si este hombre entra ahí él morirá, ¿no es esa la ley?
- La ley. – repitió Sesshoumaru divertido. – La ley dice que cualquier hombre que entre a mi harem perderá la cabeza, ¿no?
- Sí Amo.
- Pero Jaken, este no es un hombre. – dijo jalando más cerca de él a Inuyasha, cuya postura le estaba matando la espalda por ir encorvado – Te presento a mi nueva esposa. – dijo divertido dejando boquiabierto a su sirviente. - ¿Fui claro con lo que he dicho Jaken?
- Sí señor, su esposa. - repitió Jaken, si el amo estaba loco, podía estarlo, era el príncipe heredero, si quería meter a un elefante y decir que era su esposa podía hacerlo, así que no había porque llevarle la contra, pero Inuyasha no entendía nada, estaba más confundido y herido que nunca, lo arrastró hasta dentro, Inuyasha notó a las mujeres semi desnudas del lugar y desvió la mirada avergonzado pues jamás había visto a ninguna mujer así.
- Kyaaaaa ¡un hombre!!! – las mujeres del harem gritaron desesperadas tratando de cubrirse y esconderse, también estaba prohibido que permitieran que les vieran el rostro si quiera menos en esas prendas ligeras.
- ¡Silencio! – gritó Sesshoumaru y todas enmudecieron, soltó el agarre sobre la cadena y comenzó a liberar de los grilletes a Inuyasha quien sobó sus muñecas y cuello. – Les presento a su nueva compañera, Inuyasha es parte del harem ahora y quiero que le ayuden a instalarse y a explicarle como son las cosas aquí.
- ¡¿Qué?! ¡Pero mi señor esto es un hombre! – repeló Kagura indignada viendo con asco a Inuyasha, quien quería ponerse a llorar de nuevo, pero se negaba a hacerlo frente a ese hombre, pensaba que Sesshoumaru quería jugarle una broma cruel, parecía divertido de humillarle, quería que sus ojos se apagaran como a toda la demás gente, pero no le daría ese gusto, ¿Por qué lo odiaba? ¿Por qué tenían rasgos similares? No era su culpa, se repetía Inuyasha, no era su culpa, tampoco podía sacarse los ojos para que lo dejara tranquilo porque dañaría la propiedad del príncipe y lo ahorcarían como un perro frente a su madre.
- Esto es lo que yo quiera que sea, y si digo que es mi esposa, es mi esposa, ¿no estoy siendo claro Kagura? O debo hacerme entender bajo otras formas.
- No, no mi amado Señor, yo lo lamento, enseguida le damos un baño.
- Bien, e Inuyasha. – se dirigió al muchacho.
- Sí señor. – No supo que más decir el joven.
- El hecho que deje que te quedes entre ellas no significa que se me olvida que eres hombre, si les tocas un cabello no dudaré en hacértelo pagar muy caro, ¿comprendes?
- Lo comprendo, no pretendo tocarlas. – dijo con seriedad.
- Bien, porque mis esposas sólo pueden copular conmigo. – decía sin mostrar ninguna emoción en su rostro.
- Entiendo que ellas sólo pueden estar con usted señor. – repitió para quedar claros.
- Me refería a ti también, nadie puede ponerte un dedo encima, ¿estamos claros? – Inuyasha sintió su cuerpo temblar por completo, la mirada se nubló, ¿de qué mierda hablaba este loco excéntrico? Se preguntaba Inuyasha, ¿acaso dijo copular con él? ¡Pero eso era asqueroso e imposible! Sentía que las piernas no le respondían y sus labios temblaban con los puños bien cerrados. - ¿Repito la pregunta?
- No, yo he entendido que nadie puede tocarme. - dijo bajando la mirada, apretando los dientes.
- ¿Por qué nadie puede tocarte? Anda quiero que lo digas. – La sonrisa ladina que parecía asomarse en la esquina de sus labios hacía enfurecer a Inuyasha.
- Porque yo le pertenezco a usted.
- Porque eres mi esposa, dilo. – ordenó divertido cruzándose de brazos.
- Porque yo soy su esposa. – dijo con la voz quebrándosele en franca humillación.
- Bien, date un baño, estás hecho un asco, Kagura asegúrate que tenga ropas adecuadas.
- Sí mi Señor. – dijo la mujer llena de confusión mirando a Inuyasha con desdén.
- Y cuando esté listo mándalo a mi alcoba. – Todos le miraron sorprendidos mientras Sesshoumaru iba para su cuarto privado, todas ellas sabían que la esposa que entraba ahí era para placer del príncipe. Inuyasha sentía que el mundo se le venía encima, el cielo caía sobre sus hombros, aplastándolo contra el suelo, impidiéndole respirar. Ahora no tenía a donde correr, ya no había estrellas en el cielo que iluminaran sus sueños rotos, había sido comprado por una maldita moneda de plata, y por la ley del talión de pronto era esclavo de aquel hombre retorcido y cruel; y nada podía hacer para impedirlo, porque Inuyasha aun quería cumplir su promesa, no podía suicidarse y devolverse un poco de honor, no podía porque debía cumplir su palabra: "yo voy a salir de aquí y volver al lado de mi madre, así deba asesinar a este hombre", pensaba Inuyasha mientras se despoja de sus harapos.
Continuará...
