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Caminabas de regreso a casa cerca del amanecer. Fue una noche bastante larga, pero estabas satisfecho con tu trabajo. Lograste salvar a un par de personas de la muerte e incluso te recompensaron por tus cuidados. Nunca ayudabas a otros esperando algo a cambio, pero aquel hombre estaba tan contento al ver que su esposa seguía viva luego de un parto laborioso, y que su hijo estaba de buena salud, que quiso darte tanto dinero como pudieses tomar en tus manos. Al final, no podías rechazarlo; el dinero siempre es útil y nunca dejan de faltar cosas en tu casa que son tan necesarias.
Solo estabas a un par de calles para finalmente llegar a tu hogar, cuando viste un cuerpo tirado en el suelo. Sin dudarlo te acercaste a esta persona, para descubrir que estaba en un estado deplorable. Su piel era extremadamente pálida, su cuerpo se notaba dañado y débil; un mal movimiento y podrías romperles los huesos. Seguramente quedo así luego de una pelea, pues estaba lleno de heridas, además de que lo hubiesen arrastrado por el suelo.
Con tanto cuidado cómo pudiste, lo tomaste entre tus brazos para llevarlo a casa. Era sorprendentemente ligero, incluso si su altura era mayor a la tuya. No reaccionó al contacto contigo; casi lo dabas por muerto, de no ser porque lo escuchaste gemir apenas.
En casa intentaste de todo para mantenerlo vivo. Nunca tuviste a nadie así de dañado, después de todo, vivías en una aldea bastante pequeña donde los accidentes eran poco frecuentes y nada que realmente representara un reto a tus conocimientos, pero este chico… parecía tener un pie entre la vida y la muerte.
Cuando terminaste de hacer todo lo que podías, el sol ya se filtraba por las ventanas. Los hilos de luz se movían lentamente hasta llegar a la camilla donde el desconocido descansaba. De repente, una expresión de dolor y disgusto apareció en su rostro. Asombrado, apreciaste como su piel reaccionaba de manera agresiva ante la luz. No solo la piel se tornaba rojiza, si no que parecía bastante dañada. De inmediato cubriste a tu paciente y corriste a la ventana para cerrarla, así como cubrir cualquier posible agujero por el cual pudiera filtrarse el resplandor del día. La habitación estaba demasiado oscura cuando terminaste, por lo que tendrías que recurrir al uso de velas o lámparas para poder observar.
A pesar del disgusto y posible daño que tu paciente hubiese sufrido, él aún seguía inconsciente. Parecía estar considerablemente más estable, aunque su piel se notaba bastante pálida. Ahora que su rostro carecía de rastros de polvo y tierra, podías apreciar mucho mejor su rostro. Por alguna razón, lo encontrabas bastante guapo. No era el estándar de belleza, pero era guapo para tus gustos, sin embargo, a pesar de estar limpio, aún tenía impregnado un potente olor a sangre.
Ya que tenías muchas cosas por hacer, decidiste dejarlo solo mientras se recuperaba. Aun debías de desayunar, estabas agotado pues no dormiste una noche entera, tenías un par de pacientes que esperaban por ser atendidos, y debías de cuidar de tu casa, por lo que era poco probable que descansaras el resto del día. Triste o no, era la realidad a la que te enfrentabas todos los días.
Al medio día, despediste a los dos ancianos que se hospedaban contigo a la espera de recuperarse. Finalmente te liberabas de una carga. Si bien estabas feliz de ayudarlos, al fin podrías tener un poco más de tiempo para ti. Por lo tanto, fuiste a ver a tu nueva responsabilidad. Al principio dudabas que estuviera despierto a aun, y así fue cuando entraste al cuarto oscuro. Tal y como suponías, lo encontraste aun dormido, pero repentinamente abrió los ojos, y con mucha lentitud y cuidado, dirigió su vista en tu dirección.
Tu instinto te indico peligro, sus ojos por alguna razón, te asustaron, por lo que dejaste caer la lámpara que usabas en ese momento y esta se apagó al instante, lo que te dejo en la penumbra. Temías moverte si quiera. Tu cuerpo estaba congelado en la misma posición. Ante la falta de luz, lo único que podías percibir era el sonido. Sin embargo, el único sonido allí era tu respiración. Del exterior apenas provenía un murmullo apagado, por lo que el silencio que te rodeaba era sepulcral. Luego de un par de minutos inquietantes, decidiste que lo mejor era salir de allí.
Al llegar a una zona iluminada te sentiste mucho más aliviado. Tu respiración era entrecortada. Nunca en tu vida te ocurrió algo semejante, nunca te comportaste de manera imprudente ante un paciente. Al instante el arrepentimiento llegó a tu mente. No solo se debía a la falta de profesionalismo, sino que, igualmente, aquel acto podía ser malinterpretado ese hombre y ofenderlo bastante.
Así que, antes que nada, decidiste ir por una nueva lámpara y regresar donde tu paciente. De vuelta, lo encontraste dormido nuevamente, o al menos eso aparentaba. Por supuesto, era posible que solo fingiera para no tener que lidiar contigo; después de todo, era algo bastante usual; llegaba a ser un cliché entre pacientes.
Al acercarte para verlo con más detalle, te llevaste la sorpresa más grande de tu vida. Antes, tenía la piel llena de heridas bastante preocupantes; parecían ser del tipo que sanarían con mucho tiempo y dejarían cicatrices horrorosas. A pesar de todo eso, el hombre frente a ti tenía una piel totalmente curada, si posabas tu mano sobre él, seguramente se sentiría lisa.
Al verlo con más detalle, descubriste que en realidad no fingía dormir, como pensaste al principio. En realidad, su mirada parecía la de alguien que estaba deprimido. Sus parpados estaban tan cercas, que parecían cerrados. Apenas y se notaba que respiraba. Realmente no estaba deprimido, pero tampoco aparentaba que poseyera ganas de vivir. De repente, ese rostro que era misterioso y hermoso, se volvió uno lamentable. Como un profesional que eras, te limitaste a revisar sus signos vitales, sin tener que preguntar por nada que no fuera estrictamente necesario.
Su cuerpo estaba mortalmente frio; casi te causaba un susto la temperatura de su piel. También tenía un pulso tan lento y pequeño, que parecía inexistente, como si no tuviese uno en primer lugar. Su corazón por otra parte no era tan diferente. El que no lo escucharas te parecía preocupante. Estuviste un largo rato con la oreja recostada contra su pecho en búsqueda de algún latido. Cuando finalmente escuchaste algo, te asustó el que viniese acompañado de su voz. Era bastante peculiar, pues no era nada parecido a algo que hubieses escuchado antes.
—Deja de hacer eso —ordenó sin ganas.
Parecía molesto, y el que fuera directo también indicaba que no tenía de intenciones insistir. De inmediato te apartaste e intentaste guardar algo de distancia. Él apartaba la vista para no tener que verte, pero desde tu posición eras capaz de notar su rostro irritado. Luego de un profundo respiro para ganar valor, le respondiste:
—Es necesario que lo haga para verificar tus signos vitales. No pretendía molestarte.
Luego de un prolongado silencio sepulcral dijo:
—¿Signos vitales? Sigo vivo.
La manera en que dijo “vivo” te daba a entender que no era una situación muy agradable para tu paciente.
—Déjame en paz entonces.
Aunque tu primer pensamiento fue insistir y tratar de razonar, también comprendías que no todos se alegraban de seguir con vida. Fuese cual fuese el problema detrás suyo, era mejor dejarlo descansar y reflexionar. Incluso si no deseaba mejorar, lo peor que podías hacerle era presionarlo para que hiciera algo que no quería.
Más tarde trajiste la comida, la cual se negó a probar siquiera. Simplemente se limitó a mantener la mirada lejos de ti, como si hubiese algo más interesante en el vacío. No insististe en ese momento, ni en las varías ocasiones que se repitió aquello; pero tu paciencia llegó a un límite. Una semana más tarde seguía sin comer un solo bocado de lo que le ofrecías. Tú comida era más que decente. Aunque no resultara en lo más refinado, aún tenía buen sabor y se miraba apetecible.
—No sé qué comías antes, pero te aseguro que esto no es tan malo.
Aun apartaba la vista cada que le acercabas la cuchara con sopa. No importaba en qué dirección te movieras, él encontraría la forma de evadirla. Al principio te veía como a un mosquito molesto al que ignorar y esquivar, sin embargo, no podría continuar así por más tiempo. Cuando fue su turno de perder la paciencia te dio un manotazo. Su fuerza no era para nada minúscula. El dolor que te dejó fue muy intenso; y el impacto del golpe no solo hizo volar a la cuchara, sino que también a el recipiente de comida.
Ofendido, lo dejaste allí y ni siquiera te molestaste en limpiar su desastre. No entendías cuál era su problema. Tenías buenas intenciones, y hasta ese punto, lo tratabas bien. Le atendías cualquier posible malestar y vigilabas que se encontrara bien, a la vez que le dabas su espacio. Desde aquella primera vez no volvieron a cruzar palabras. Si bien le decías una que otra cosa, jamás lo obligaste a realizar una conversación.
Al día siguiente, la comida seguía en el suelo y él recostado sobre la camilla como si nada hubiese pasado. El olor de la comida comenzaba a resultar desagradable, por lo que dejaste de lado tu orgullo y limpiaste el suelo. Ni si quiera te molestaste en dirigirle la mirada y él tampoco lo hizo, al menos así fue al principio. Tú nunca fuiste capaz de notarlo, pues estabas distraído limpiando, pero él volteo a tu dirección cuando descubrió que lo ignorabas.
Más tarde saliste a comprar comida y regresaste con un plato de morcillas. Mientras picabas algunos trozos, te cortaste un dedo. No era una herida preocupante, si bien era dolorosa, y la sangre que emanaba era algo abundante. Esta salpicó la comida, pero antes de preocuparte por ello chupaste tu dedo para limpiar la sangre. Mientras rebuscabas un trozo de tela para envolver tu dedo, tu paciente apareció en la cocina sin hacer nada de ruido.
Al dar media vuelta lo encontraste comiendo el embutido cubierto en sangre. Más allá de asustarte, te sentiste alegre de verlo de pie y con apetito. Se acercó a ti y tomó tu mano con la herida expuesta. La vio por algunos segundos. En sus ojos había un extraño brillo difícil de explicar. En momentos parecía desesperado, en otros deseoso, en algunos parecía resistir un impulso, pero al final solo te dijo:
—No deberías de chupar las heridas.
Y así como llegó, dio media vuelta y se fue con el plato de comida. Aquel extraño incidente te dejó con muchas preguntas, aunque con mucha satisfacción de verlo en mejor estado. Esa noche regresaste con él. Gracias a que el sol se fue, pudiste abrir las ventanas de la habitación. Desde su llegada, ese cuarto se mantuvo en una oscuridad casi total.
—Probablemente no esté aquí para cerrarlas cuando el sol salga, así que si no he regresado ¿podrías cerrarlas tú? He notado que tienes una especie de alergia al sol.
No te respondió, tampoco esperabas que lo hiciera. Miraba en tu dirección con indiferencia. En sus ojos dejaba en claro que no le importaba nada de lo que le decías o las posibles consecuencias de quedar expuesto al sol.
Acercaste una silla a su camilla y colocaste los codos sobre la cama para sostener tu rostro y verlo directo a la cara, con una sonrisa. Ya era mucho tiempo sin saber de él; era momento de iniciar el interrogatorio.
—Y bien. Sé que no me dirás que te ha ocurrido, pero, al menos podrías decirme tu nombre.
—No.
Directo y sin espacio para las insistencias, pero no es el primero como él, por lo que no te diste por vencido con tanta facilidad.
—Necesito saber tu nombre para poder tratar contigo. Quiero decir, ¿Cómo debería llamarte? No puedo tratarte como un individuo sin nombre.
—No quiero que me llames.
—No quiero ser tan terco… pero estás en mi casa y bajo mi cuidado. Lo mínimo que pido de ti es tu nombre.
—No necesitas mi nombre.
Parecía harto, sus ojos brillaban con exasperación.
—¿Acaso no te gusta tu nombre? No te juzgare por eso, ni me burlare…
—Gyutaro —escupió—. Ya no insistas.
Querías decirle que era un nombre muy bonito, que en realidad te encantaba, pero sus ojos, como siempre, decían más que su boca, y estos te advertían las cosas que te haría si hablabas de nuevo. Estaba cansado de escuchar tu voz. En parte quizá tenía razón pues era la primera vez que tenían una conversación tan larga. Debía de tener un límite de oraciones para ti, no solo las que era capaz de decirte, sino también las que era capaz de escuchar de tu parte.
Lo dejaste en paz el resto de la noche y fuiste a dormir. A la hora de despertar, seguía en el mismo lugar, en la misma posición, sin que le importara el sol que comenzaba a filtrarse por la ventana. Permaneciste de pie en una esquina por algunos minutos, durante los cuales los rayos de sol avanzaron hasta llegar a donde él. Al instante, su piel comenzó a tornarse de un color oscuro, bastante peligroso y preocupante. Su rostro no mostro signos de inmutarse. Parecía que le daba igual enfermar y recibir daño, o al menos así fue hasta que, por un segundo, el dolor a travesó su rostro. La expresión desapareció tan pronto como apareció. Con eso te basto para moverte hasta la ventana y cerrar toda fuente de luz.
Al terminar, la oscuridad te invadía. Un pequeño halo de luz provenía de la puerta. Sin embargo, era una iluminación tan escaza, que se sentía distante. Trataste de mantener la calma. No tenías motivos para actuar nervioso. No existía peligro alguno alrededor tuyo, por mucho que tu corazón e instinto dijeran lo contrario.
A tu espalda se escuchó un ruido, y sentiste la respiración de alguien en tu cuello. Tu cuerpo reaccionó automáticamente, obligándote a correr en dirección a la puerta. Tan pronto como la apartaste, una mayor cantidad de luz entro al cuarto, y te permitió ver con mayor claridad lo que te rodeaba, o al menos una parte de lo que allí había.
Nada nuevo se encontraba en la habitación. Gyutaro seguía en el mismo lugar, en la misma posición. No parecía haberse movido siquiera un centímetro. Lo que acababa de ocurrir era tan real como lo que veías; de eso estabas totalmente seguro. Estabas seguro que aquello que sentiste era el aliento de alguien y no una briza. Por muchas vueltas que le dieras al asunto, no podrías responderlo, así que decidiste dejarlo allí antes de seguir perdiendo el tiempo.
La tarde cayó bastante más rápido de lo normal. Con el invierno cerca, era común que las tardes fueran bastante oscuras. Aunque aún existía claridad en el exterior, la luz del sol no era tan directa. Decidiste regresar al cuarto de Gyutaro y abrir la ventana. Tal y como sospechabas, esta luz era tan tenue que no le causaba daño alguno.
—Es una tarde muy pálida —le comentaste—, pero aún es bonita.
No respondió, aunque no esperabas que lo hiciera. Te acercaste a él con la idea de que tan pronto como sus ojos se cruzaran con los tuyos, él apartara el rostro, como siempre hacía. Contrario a lo esperado, su mirada se volvió profunda e indescifrable. Era un poco intimidante y atractiva al mismo tiempo.
—No pareces el tipo de personas que suele ver el atardecer con frecuencia. Pero hoy la cantidad de luz es perfecta. Dudo que te haga daño alguno si te asomas a la ventana.
Sin esperar una respuesta, te apartaste y lo dejaste solo para que hiciera lo que más le diera la gana. En poco tiempo caería la noche, por lo que era la hora perfecta para salir. Tus reservas de hierbas medicinales estaban escaseando, por lo que era indispensable salir por más de ellas. El problema era que algunas de ellas solo crecían en el bosque cercano y solo florecían durante la noche. Ir a buscarlas durante el día era una pérdida de tiempo, así que siempre tenías que esperar a la noche para conseguir más. Aunque la idea de vagar por la noche resultaba intimidante, estabas tan acostumbrado a esa actividad, que no te preocupabas demasiado.
Caminaste por la aldea cuando el cielo se pintaba de gris. Las personas a tu alrededor te saludaban cada que te reconocían y tú les regresabas el saludo o te limitabas a asentir con una sonrisa simple. Durante la próxima hora vagaste entre los árboles y arbustos en búsqueda de tus hiervas. Estas eran un poco escasas, así que podía tomarte gran parte de la noche para encontrar una cantidad decente.
Tu lámpara comenzó a tintinear conforme se iba agotando el combustible. En poco tiempo, la llama de esta se apagó de repente. No estabas en una penumbra total, pues la luz de la luna te iluminaba un poco; con eso debía de bastar para regresar a casa. En ese momento pensaste que era mejor regresar a casa de inmediato, en lugar de seguir arriesgándote.
Luego de dar unos cuantos pasos, de detrás de un árbol apareció una figura. Estaba encorvado, por lo que su cabeza se encontraba a la altura que la tuya, pero si se parara con firmeza, seguramente te superaría. Con un pequeño destello de la luna, descubriste el rostro de Gyutaro. Se miraba un poco diferente. Si bien su piel era igual de pálida, y su complexión no cambiaba en nada, algo en su persona aparentaba tener más vida, como si se hubiese alimentado recientemente.
—¿Qué haces aquí? —te cuestionó.
—Mmmm, podría preguntar lo mismo. Se supone que estabas en casa recuperándote.
—No necesito recuperación —casi parecía que se burlaba de ti—, que quiera perder el tiempo allí no significa que este débil.
—¿Entonces te has estado aprovechando de mí? —comenzaste a reír, pero añadiste al instante—, no importa. Si no tienes otro lugar al que ir, puedes quedarte conmigo. No me importa tener algo de compañía.
—¿Qué haces aquí? —insistió.
—He salido a buscar hiervas, las uso para medicina y cosas por el estilo…
De repente sentiste una gran emoción por explicar todo acerca de las hiervas medicinales. No tenías muchas personas con quien hablar acerca del tema, por lo que aprovecharías cualquier oportunidad para sacar el tema a colación. Gyutaro por otro lado no sentía ningún interés en ese tema, así que dio media vuelta y te dejo allí con las palabras a media boca. Quizá tenía razón en no escucharte. Solo preguntó por lo que hacías afuera, no por toda tu carrera medicinal. Este hombre era demasiado extraño. Entre ratos parecía muy interesado, y en otros parecía sentirse indiferente, ante todo. Decidiste seguirlo; después de todo, iba por el mismo camino que les llevaría de regreso a la aldea. Mantuviste una distancia de unos dos o tres pasos para no molestarlo. Tampoco parecía importarle que lo siguieras. Ninguno de los dos dijo nada por un largo rato, hasta que llegaron a medio camino.
Gyutaro se detuvo de repente y no parecía querer avanzar más. Nada se miraba adelante, por lo que no entendías que ocurría más allá. Por lo tanto, tomaste la iniciativa de ir más adelante, pero antes de que pudieras dar más de dos pasos. Gyutaro te cerró el paso parándose frente a ti. No te miraba a la cara, solo te impedía avanzar. No importaba en qué dirección te movieras, él iría allí tan solo para prohibirte el paso.
—No puedes ir por allí —dijo finalmente, con mucha tranquilidad.
—Pero es el camino más corto —protestaste—, no veo cual es el problema. Es un camino que siempre tomó.
—No quieres ir por allí ahora —insistió, con una sonrisa inquietante—, no quieres saber que hay allí.
Por primera vez veías una expresión diferente en su rostro que no fuese la indiferencia o el enojo. Su sonrisa era muy diferente a lo que hubieses imaginado previamente. Resultaba inquietante y amenazadora. Parecía ser la sonrisa de alguien peligroso. Era un tipo de sonrisa que antes viste en personas con muchos problemas y crímenes detrás. Diste un paso para retroceder, y Gyutaro dio uno para no perder la distancia entre ustedes. En lugar de seguir moviéndote, te quedaste de pie y lo viste a los ojos.
Ver alguna intención en sus ojos era muy difícil. En apariencia, parecía que solo deseaba intimidarte para que no dieras un paso más en la dirección que él te prohibía tomar. Pero, muy a duras penas, también eras capaz de observar otros sentimientos más difíciles de descifrar y comprender. Quizá era sentimientos e intenciones que ni él mismo era capaz de comprender.
Al ver que no tenía ni intenciones de darte explicación alguna, ni te permitiría avanzar por ese camino, te viste obligado a tomar una ruta alternativa, un poco más larga. Él por su parte decidió seguirte con cierta distancia entre ustedes. Y agradecías eso, pues no querías tenerlo tan cerca en ese momento. Entre más interactuabas con Gyutaro, más perturbador y extraño te parecía. Por si solo ya era extraño, pero, sus nuevas actitudes no ayudaban a mejorar su imagen.
—Hey —murmuró, con un tono burlón— ¿no vas a preguntarme acerca del camino que no te deje tomar?
Luego de dudas y un largo silencio respondiste con una pregunta.
—¿Me dirías si te preguntara?
—No.
—¿Entonces por qué deseas que te pregunte?
Silencio.
—¿Te burlas de mí? Parece que sí. Veo que te sientes mejor, me has seguido hasta aquí, así que no debes de tener más dolencias y podrás moverte con total libertad. No importa si aparentas debilidad, parece ser que no estas para nada débil. Es por eso que te burlas de mi ¿no? Ahora que te sientes mejor, tienes la energía para molestarme.
Silencio de nuevo. Se limitó a verte con una sonrisa descarada. No importaba cuanta firmeza pusieras en tus ojos, él no te daría la respuesta que tanto le exigías. Por lo tanto, no quisiste seguirle la corriente por más tiempo y diste media vuelta para ir por el camino principal, como planeaste desde un principio. De inmediato te atrapó por el brazo con una fuerza aterradora. Si bien el dolor que te infringió su agarre no era tal para causarte una herida, igual te tomó por sorpresa.
—¡Suéltame! —comenzabas a enojarte— ¿Qué es lo que quieres? ¿podrías simplemente dejarme en paz?
—No puedes ir por ese camino.
—¿Por qué? ¿Qué escondes allí?
—No quieres saber.
—Sí quiero saber —intentaste soltarte. Déjame ir a ver lo que hay allí.
Sin importar cuanto tiraras y te esforzaras, era casi imposible que pudieras liberarte del agarre de Gyutaro. Su empeño por prohibirte ese camino era mayor a tu curiosidad. En realidad, ni siquiera sentías curiosidad. Solo estabas molesto por su actitud, lo que te obligaba a llevarle la contraria. En el fondo presentías que sus intenciones no eran malas, y de alguna forma quería ayudarte. Estaba claro que Gyutaro no era del tipo que supiera como expresar ciertas emociones, así como intenciones, y por lo tanto era normal que tomar esa postura tan misteriosa. Aun con ese conocimiento, si él te pidiera que confiaras en su palabra y su buena intención, lo harías con mucho gusto. A pesar de ello, Gyutaro no dijo absolutamente nada, y solo se limitó a retenerte allí, sin mucho esfuerzo de su parte. Por lo tanto, te rendiste y escuchaste su orden.
Durante el trayecto a casa, aun te sostenía por el brazo, para impedir que lo desobedecieras; esa era la clara intención. Sin embargo, para no manchar su nombre, preferías pensar que en realidad tenía la intención de protegerte. El camino alternativo, y el que te sostuviera durante gran parte de trayecto los hizo tardar más de lo debido. Al llegar a casa debía de faltar aproximadamente una hora para la medianoche, más o menos.
Al entrar apenas por la puerta, arrojaste al suelo tus hiervas sin muchas ganas de nada. Aun sentías una leve irritación. Sin embargo, apenas diste media vuelta, viste que Gyutaro seguía en el exterior. Te daba la espalda en ese momento, pero eras capaz de percibir la duda en su persona. No estabas del todo seguro acerca de lo que debías hacer. Era claro que él ya estaba mejor y era capaz de valerse por sí mismo; aunque eso no cambiaba el hecho de que lo hubieses encontrado solo, mal herido y abandonado a su suerte. Era claro que no tenía a donde ir. Gyutaro no pertenecía a tu aldea y no conocía a nadie de allí que pudiera ayudarle u ofrecerle un refugio. Por lo tanto, tenías el deber de protegerlo para evitar que muriera bajo el sol, debido a su padecimiento.
—Gyutaro —murmuraste al principio, pero luego añadiste con mayor firmeza— ¿Buscas algo? ¿esperas a alguien? Deberías de entrar a la casa.
Te vio un tanto confundido al principio. Probablemente no esperaba que lo aceptaras de nuevo. Además de ello, era claro que no tenía una respuesta para explicar lo que pensaba, por lo que decidió usar una excusa.
—No voy a regresar contigo. Ya estoy mejor, así que me puedo ir a donde quiera… solo… estoy pensando la dirección que debería tomar.
Te acercaste a él y tomaste su brazo para hacerlo regresar a la casa. Tu corazón latía con mucha emoción al entrar en contacto con su piel. Esta nueva interacción voluntaria era asombrosa, era diferente a lo anterior. Ahora que no debías de cuidarlo o ayudarlo, solo querías que permaneciera a tu lado.
—Te has vuelto un mal mentiroso de repente. No sé porque querrías irte. No puedes estar bajo el sol para empezar, sin que tu piel sufra daño. Gyutaro, puedes quedarte conmigo por todo el tiempo que sea necesario —comenzaste a sonreír mientras lo arrastrabas al interior, por mucho que este se opusiera—, me alegrará tenerte como compañía.
De repente se detuvo en seco. Su mirada era muy dura y seria. No parecía contento con tu propuesta. Aunque, la duda a travesó su rostro por algunos segundos. Intentabas moverlo con todas tus fuerzas, pues ya estaban a solo un par de pasos para llegar a la puerta, pero este estaba tan firme sobre el suelo como un árbol.
—¿Qué pasa? —le cuestionaste un poco confundido— ¿realmente tienes algún lugar al que ir?
Su mirada pasó de dura a fría, y de fría a indiferente. Sin embargo, finalmente cedió y dejó que lo guiaras al interior. Estabas más que feliz. Gyutaro ya no sería un paciente tuyo, sino un invitado en todo el sentido de la palabra. Por lo tanto, ya no podías tratarlo como a un paciente. Ahora podías ser más cercano a él y tratarlo incluso como a un amigo.
—Ya no puedes dormir en ese cuarto —explicaste, aun aferrado a su brazo—, puede que lo necesite en un futuro. Pero en mi habitación hay espacio más que suficiente para los dos. No me importa compartir mi espacio.
De inmediato acomodaste un futón al lado del tuyo, aunque aún se conservaba una distancia considerable, para no incomodarlo con tanta cercanía. También cerraste y cubriste la ventana, para impedir cualquier posible fuente de luz cuando la mañana llegase. Lo único que restaba era que ambos se acostasen en sus respectivos espacios para dormir. Tú lo hiciste pues te resultaba tan natural como siempre, más Gyutaro mantuvo sus ojos sobre el futón que le correspondía y luego los movió en tu dirección, para luego regresar al futón y repetir el proceso una y otra vez. Claramente no terminaba de comprender lo que ocurría frente a él. ¿Qué tan complicada era su vida antes de que llegara a tu lado?
Entonces lo ayudaste a acostarse y lo cubriste. Al principio se negaba a dejar que tus manos le dijeran que hacer, pero eventualmente cedió a tu deseo. Su cuerpo se encontraba demasiado rígido como para parecer relajado y cómodo, sin embargo, ¿Qué más podías hacer por él? No quisiste insistir en nada más, por lo que regresaste a tu espacio para ir a dormir de inmediato. Por lo tanto, no fuiste capaz de ver como Gyutaro pasó la noche entera viéndote dormir. Era natural para él no dormir si no lo quería, pero tampoco era difícil enfocarse en algo más.
Mientras te observaba, Gyutaro se preguntaba cuál era tu problema. Así de simple. Él no terminaba de entender porque eras tan considerado con un extraño de aspecto peligroso, mucho menos comprendía como es que era capaz de dormir tan cerca suyo, con tanta tranquilidad. Él era un peligro para cualquier ser humano, y a pesar de ello no tenía ningún deseo de causarte daño. Ningún instinto salvaje o agresivo despertaba en él cuando te veía. Aunque el olor de tu sangre era agradable y atractivo, como el olor de cualquier sangre, incluso después de probarla, no nacía en él más deseos por consumirla. A pesar de todo lo mencionado, tampoco estaba muy seguro de su opinión respecto a ti, pues tampoco se sentía del todo seguro si le agradaba estar a tu lado; no terminaba de comprender si quería estar contigo, si quería acompañarte y convivir contigo. Muchos de estos sentimientos resultaban nuevos para él, y, por lo tanto, confusos. Por lo que sí, todo se puede resumir en confusión.
Como siempre, fuiste el primero en despertar. Tan pronto como saliste del futón, Gyutaro cerró los ojos para que no descubrieras que te observaba. Incluso redujo el ritmo de su respiración para aparentar aun mayor serenidad. Incluso una hora más tarde, Gyutaro seguía en su mismo lugar, en parte porque no sabía y no tenía nada que hacer en casa, en parte porque no podría moverse por los pasillos inundados de luz solar. A pesar de ello, seguía pendiente de tus movimientos. Su potente oído era capaz de detectar tus diferentes movimientos, mientras que su agudo olfato le avisaba si te encontrabas más cerca o más lejos.
Tú vida era bastante aburrida, gobernada por la rutina. Si te pusieras a relatar tu día a día a cualquier persona, seguramente la matarías del aburrimiento. Incluso Gyutaro admitía que no hacías nada interesante, y aun así quería saber todo acerca de ti a lo largo de las horas. Al medio día alguien en el exterior llamó por ti. De inmediato se dio cuenta que se trataba de un hombre joven, más o menos de tu edad; todo gracias a su voz. Su oído se agudizo aún más para poder captar las cosas que aquel hombre dijera. Esto fue lo que Gyutaro escucho:
—…te ves bien hoy, aunque, en realidad siempre te ves bien.
—Gracias —respondiste con incomodidad— ¿Qué es lo que te trae aquí hoy?
—Solo voy de pasada ¿sabes? Solo pasaba a verte y dejarte un obsequio, algo de comer… también quería contarte algo, ¿no has escuchado la noticia ya? Se habla de ello en todos lados.
—No he salido de casa, no sé de qué noticias hablas.
—Es algo un poco perturbador… han encontrado el cadáver de un hombre en el bosque. Aunque nadie se preocupa por el hombre, ya que era un ladrón y asesino, lo inquietante es la forma en que murió. Le han vaciado toda la sangre del cuerpo; también le han arrancado algunas partes del cuerpo y desgarrado la carne.
—Suena horrible —tu voz denotaba preocupación—, no creó que una persona fuese capaz de hacer eso. Pero tampoco podría decir que clase de animal podría ser el culpable.
—Yo tampoco, pero mientras tanto, deberías de permanecer en casa. Sé que sales durante las noches al bosque. Es peligroso andar en el exterior, incluso sin el peligro que asecha ahora. Al menos, para la próxima podrías informarme, yo te acompañare con gusto.
—Tal vez lo considere.
Luego de eso, se despidió y comentó que probablemente pasaría por allí otro día. Desde una grieta, Gyutaro vio al exterior para conocer a aquel hombre que avanzaba por la calle con una sonrisa de satisfacción en el rostro. Una sonrisa que le parecía de lo más desagradable. Sus instintos e impulsos le suplicaban en ese momento para que saliera a la calle y lo golpeara hasta que su cuerpo perdiera la forma; hasta que su carne se volviera papilla y su vida se extinguiera, hasta que su cuerpo estuviera tan revuelto con la tierra, que se volviera imposible poder comerlo.
El que aparecieras en la habitación en ese momento hizo que sus impulsos se calmaran para concentrarse totalmente en ti. No estaba alegre de verte, o al menos no tanto porque se tratará de ti, más bien estaba alegre porque representabas una distracción, o al menos de eso se trataba de convencer él mismo.
Lo invitaste a comer, pero él se excusó diciendo que no sentía nada de hambre. Aunque de hecho estaba un poco hambriento, incluso si lo negaba. Aquel hombre no fue suficiente para apaciguar su sed de carne, y ni si quiera fue capaz de consumirlo en su totalidad. Más tarde, durante tu tiempo libre le comenzaste tu cuestionario para él.
Le preguntaste acerca de alguna familia, a lo que él negó poseer alguna, le preguntaste acerca de algún hogar en alguna parte, a lo que él negó pertenecer a algún lugar. Tampoco parecía recordar poseer algún empleo, trabajar para alguna autoridad o dedicarse a vagar siquiera. Gyutaro negó padecer amnesia, pero tampoco podía dar detalles de su vida antes de conocerte. Era posible que te ocultara todo, por vergüenza o por temor a asustarte. Si era así, tampoco te importaba. Sentías que, si él quería dejar todo su pasado detrás, entonces tal vez merecía una segunda oportunidad para empezar de nuevo.
—Bueno, si no tienes a donde ir —le dijiste con una sonrisa de lo más grande—, entonces puedes quedarte conmigo todo el tiempo que quieras. Sin embargo —añadiste con una sonrisa algo maliciosa—, primero deberás tomar un baño.
Y es que, desde su llegada, Gyutaro jamás se había bañado. Cuando estaba despierto parecía tan irritable, que incluso temías despertar su ira al frotar su cuerpo con un paño húmedo, como usualmente se hace con los pacientes que no pueden salir de la cama. Al principio se negó rotundamente, y solo aceptó cuando le dijiste que él podría hacerse cargo de su propio aseo personal sin tu intervención. Aunque al final, necesito de tu ayuda, por mucho que él se negara a admitirlo. Gyutaro tenía un cuerpo muy delgado, lleno de cicatrices y marcas aterradoras. Aquello decía más de lo que el aparentaba no recordar. No estabas del todo seguro si quería averiguar la verdad, pero era un hecho que te encontrabas mejor sin saber acerca de ello, por mucha curiosidad que sintieras.
Al finalizar, aunque su cuerpo estaba limpio, su cabello lucía igual de desastroso y las marcas alrededor de él no parecían que fueran a desaparecer. A pesar de ello, no dejaba de parecerte un hombre atractivo. Inconscientemente comenzaste a imaginarte entre sus brazos, recibiendo su amor. Pensamiento que fue tan rápido como la mirada de Gyutaro se cruzó con la tuya. Tu mirada pasó de perdida a una avergonzada, por lo que mejor apartaste el rostro y posteriormente fuiste a preparar la habitación para esa noche.
Una vez más, Gyutaro fue incapaz de cerrar los ojos, pues solo podía verte dormir plácidamente. Las horas parecían minutos mientras se concentraba en los detalles de tu rostro. Estaba tan hipnotizado como confundido, además de no saber qué era lo que sentía. Aquellos sentimientos nunca los experimentó en el pasado. No recordaba sentir interés y celos por alguien a quien no conocía, tampoco el deseo de poseer o proteger. En su corazón muerto, tu despertabas impulsos desagradables y necesidad carnosas. Conforme más horas pasaban, más convencido estaba de que deseaba poseerte, tanto como cuidarte.
El incidente de la noche anterior no fue más que una coincidencia. No sabía quién era ese hombre y lo que representaba para tu bienestar. Tampoco hubiese representado una diferencia si se trataba de una persona común, pues él solo pensaba en su hambre y nada más. Sin embargo, una vez que pudo medio apaciguar su instinto, decidió considerar lo que significaría para ti ver la escena del crimen que había dejado detrás. En ese momento tampoco buscaba protegerte, sino proteger su imagen.
Con la llegada de la mañana, Gyutaro descubrió que se arrastró inconscientemente más cerca de ti. Si bien no estaban pegado el uno al otro, la distancia reducida podría apreciarse con mucha facilidad. Tu por otra parte descubriste que estabas resfriado. El pasar de la noche solo te hizo enfermar y no querías moverte en lo absoluto, por lo que tampoco fuiste capaz de notar su reciente cercanía.
Fue entonces que decidiste quedarte acostado durante el resto del día. Tus deberes podían esperar un día o dos, gracias a que no tenías ningún paciente que atender. Pero de inmediato Gyutaro apareció en tu mente. No creías que fuese capaz hacer las cosas básicas que tu hacías. No parecía el tipo de persona que cocinaba para sí mismo. En realidad, ni si quiera parecía tener hambre la mayor parte del tiempo. Si estuvieras solo, no te importaría perder un día o dos, pero con un invitado, era preocupante dejarlo desatendido. Así que, contrario a lo que querías, te pusiste de pie para hacerte cargo de tus deberes y no dejarlo olvidado.
Gyutaro solo era capaz de verte ir y venir con apenas fuerza en tu cuerpo. En momentos solo te tambaleabas por los pasillos, agitado por la falta de aire. Fue entonces que decidió ponerse de pie y acercarse a ti. De la nada apareció por tu espalda y te tomó por la cadera, para alzarte en sus hombros, como si no pesaras nada. Te cargó de vuelta a la habitación y acomodó en el futón. Aunque sus movimientos se sentían bruscos, también eras capaz de notar sus buenas intenciones, así como el empeño que ponía por no causarte algún daño.
—Tu… no deberías de hacer nada… estás enfermo… quédate aquí…
Lo observaste desde el suelo, un poco confundido, así como agradecido. Gyutaro estaba sentado a tu lado. Te observaba con aparente indiferencia, aunque sus ojos reflejaban interés. Ninguno de los dos dijo nada, hasta que te quedaste dormido.
Despertaste igual de salud cuando la noche recién cayó. Tu cuerpo se retorcía debido al frío. En el exterior, las primeras nieves del invierno comenzaban a caer. Te quejaste apenas, para evitar molestar a Gyutaro, aunque él fue capaz de notar tu malestar.
—No te preocupes, solo siento algo de frio, no es nada grave.
Cerraste los ojos una vez más, cansado de tenerlos abiertos, incluso con tan poco tiempo. Pasó un par de minutos, hasta que sentiste como algo se acomodaba a tu lado. Al principio lo atribuiste a la propia enfermedad. Sin embargo, pronto descubriste que en realidad Gyutaro estaba acostado a tu lado, con su frio cuerpo pegado al tuyo. Su vista estaba fija en el techo, y la expresión en su rostro reflejaba timidez mal disimulada. Era la primera vez que notabas una expresión como esa en su rostro. Al minuto siguiente, un brazo suyo rodeo tu cuerpo. Aun se negaba a verte. Su cuerpo se sentía demasiado rígido debido al temor. Querías hacerlo sentir cómodo, así como confiado, por lo que, sin cuestionarlo dos veces, decidiste abrazarlo.
Una vez más, su cuerpo era frio, pero sus intenciones cálidas, así que podías disfrutar ese gesto suyo. Abrazar a Gyutaro era como abrazar una roca que permaneció por mucho tiempo en las sombras: duro y fresco. Nadie podría imaginar que fuera una sensación tan placentera. Su aliento leve se sentía sobre tu cabello, sus latidos acelerados retumbaban en tu oído, hasta que comenzó a relajarse.
Su cuerpo se sintió más libre y sus latidos más suaves. Su otro brazo también se amoldó alrededor de tu cuerpo, para aferrarse a ti por completo. Finalmente, te sentías en paz y con la capacidad de descansar tranquilo.
Al día siguiente Gyutaro seguía a tu lado, dispuesto a quedarse contigo el tiempo que fuese necesario. Solo se ponía de pie de vez en cuando para traerte un poco de té, que no le parecía demasiado difícil de preparar, o alguna sobra de comida que picar. El resto del tiempo, te mantendría entre sus brazos para cuidar tu temperatura. Al tercer día, durante la tarde fría y oscura, cargó tu cuerpo hasta el cuarto de baño, donde te ayudó a limpiarte con agua tibia. Sus manos eran toscar al acariciar tu cuerpo, por mucho que sus intenciones no fuesen dañinas. Sus uñas largas, dejaban algunos raspones aquí y allá, mientras que sus dedos y nudillos huesudos provocaban dolor al ser frotados contra la piel. A pesar de todos esos detalles, el acto que realizaba Gyutaro era suficiente para calentar tu corazón y hacer que tu estima por él creciera. De repente, sentías un profundo cariño, que, tal vez, si lo considerabas por más tiempo, podrías considerar como enamoramiento.
Dos días más tarde, despertaste bastante mejor. No te dolía la cabeza, o el cuerpo, además de que podías respirar mejor. Gyutaro fingía dormir a tu lado. En realidad, no estaba del todo consiente. La falta de comida, así como tener que cuidarte, lo dejaron algo cansado, por lo que simplemente se acostó a tu lado con los ojos cerrados mientras reflexionaba.
Sus ojos se abrieron lentamente, pero los cubrió con su mano para protegerse de la claridad proveniente del exterior. Su otro brazo te rodeaba y atraía a su lado. Si tu quisieras, podrías recostar tu cabeza sobre su pecho. Parecían una pareja real; se veían como dos personas que se conocían a profundidad, como dos personas que hubiesen compartido muchas experiencias a lo largo de sus vidas.
Gyutaro tenía mucho en que pensar, respecto a lo sucedido en los últimos días. Recordaba perfectamente que desde el momento en que se convirtió en demonio, perdió toda forma de compasión por los humanos. Su nivel de empatía estaba incluso por debajo del suelo. No entendía que tenías en tu ser, que lo obligaba a cuidarte. Podía ser tal vez solo un ajuste de cuentas. Tú cuidaste de él cuando lo encontraste moribundo, incluso si no te pidió ayuda de ningún tipo. Por lo que, Gyutaro se dijo así mismo que solo te cuidaba, para devolverte el favor. Aunque… tú te limitaste a curar sus heridas, intentar alimentarlo y dejarlo solo. Por lo tanto, él debía hacer lo mismo para ti; en cambio se acostaba a tu lado, te abrazaba y se acurrucaba contigo. Te vigilaba durante todo momento y se recompensaba a si mismo absorbiendo el aroma de tu cabello y piel. Pensar tanto en eso comenzaba a provocarle dolor de cabeza.
—¿En qué piensas tanto? —murmuraste, mientras lo observabas reflexionar—, pareces muy concentrado.
Aunque no movió su rostro, te observo por el rabillo del ojo durante algunos segundos. Aquel tiempo tan corto le bastó para verificar que te encontrabas mejor, y que, por lo tanto, era libre. Aun así, se quedó a tu lado. Aunque podía dejarte solo para que cuidaras de ti mismo, por alguna razón no quiso hacerlo.
—No pienso en nada —mintió.
Sonaba bastante convincente, así que no insististe. En cambio, te aferraste más a su cuerpo. Gyutaro se puso extraño ante eso. Ahora que estabas mejor, no era necesario ser tan íntimos; además, parecías estar mucho más consiente de tus acciones. Y vaya que estabas muy consiente de tus acciones. Eras consiente de lo que querías y lo que harías.
Comenzaste a acercar tu rostro al suyo. Él aún mantenía su mirada aparentemente en el techo, hasta que llegó a un punto en el que no podía fingir más. Fue entonces que tu mirada se encontró con la suya. Sus ojos pretendían verse indiferentes, casi rayaban en lo frio. No podías fingir más, no podías pretender que no querías hacer lo que tenías en mente. Por lo tanto, cerraste los ojos y acercaste tus labios a los suyos. Al principio solo estuvieron uno contra el otro. Solo se trataba de piel que tocaba piel. Sin embargo, llego un momento en que Gyutaro no pudo seguir fingiendo y se vio obligado a ceder. El también deseaba besarte, deseaba acariciar la piel de tus labios.
Su boca se abrió para permitirle el paso a tu lengua. Una de sus manos fue hasta tu mejilla, de forma que evitaría el que intentaras apartarte. Con un gran esfuerzo de su parte, hizo que tu cuerpo se moviera para que quedaras sobre él. Su otro brazo libre rodeo tu cadera al principio, aunque al poco tiempo comenzó a subir lentamente, para acariciar tu mejilla también, y darle mayor profundidad al beso.
Sentías el aliento de Gyutaro contra tu rostro, que era tan frio como el día más crudo de invierno. Incluso si su temperatura era la de un muerto, la energía de la cual su cuerpo rebosaba, le hacían parecer como que ardía por completo. Finalmente, cuando se separaron, ambos abrieron los ojos para verse el uno al otro.
En los ojos de Gyutaro se reflejaban el deseo, el misterio y la confusión. Parecía un poco confundido por lo recién ocurrido y al mismo tiempo alegre. Comenzaban a provocar sentimientos extraños en su corazón; y llenarlo de un calor que no experimentaba en muchos años. La expresión de su rostro confundido quería mostrarte una sonrisa algo tímida. No como la sonrisa burlona que una vez le viste, sino una sonrisa más amable y cariñosa; una con la cual transmitir confianza.
Tú por otra parte le sonreíste con toda la felicidad de tu corazón. Le sonreías porque habías logrado a travesar en su frio corazón; y te acomodaste allí para hacerlo mostrar una parte de él que quizá ni siquiera conocía. Lo besaste una vez más, apenas lo suficiente, para luego separar un poco y murmurar contra sus labios:
—Gyutaro, me gustas mucho.
Él no respondió a tu declaración. Estaba tan duro como una roca. A pesar de ello, tenías la seguridad de que se trataba de un sentimiento mutuo. Podías verlo en sus ojos y sus acciones. No solo porque aceptaba tu cariño, sino porque también lo correspondía. Sumado a eso, al decir aquellas palabras, sus pupilas se agrandaron y comenzaron a brillar como si hubiese escuchado la cosa más bella que pudieras decirle.
Recostaste tu rostro en su pecho para descansar. Él rodeo tu cuerpo para que no te alejaras en lo absoluto, cosa que tampoco deseabas que sucediera. Así permanecieron por un largo tiempo, pues no necesitaban palabras para expresar cariño. El simple hecho de estar en sus brazos te bastaba para saber que él te prometía mil cosas.
A las pocas horas, comenzó a besar tu cabeza, principalmente tu cabello, mientras tú jugabas con una de sus manos, entrelazando tus dedos con los suyos. Su otra mano decidió que quería bajar a través de tu ropa. Recorrió tu espalda y caderas, hasta llegar a tus nalgas. Las acaricio por un momento, hasta encontrar aquel agujero que tanto deseaba. Uno de sus dedos se introdujo en ti, lo que te hizo quejarte. En cuanto procedió a jugar con él, al dar vueltas, introducirlo más profundo o sacarlo, tus gemidos comenzaron.
Gyutaro sonrió con malicia al ver el placer en tu rostro sonrojado. Justo en el momento en que su dedo se introdujo, la mano con la que lo sostenías se apretó aún más, en señal de sorpresa. Al poco tiempo, un segundo dedo llego a hacerle compañía al primero. Estos se abrían como tijeras y giraban sin piedad. Tus gemidos salían uno detrás del otro, pues eras incapaz de ocultar el placer que sentías al ser estimulado por Gyutaro.
Cuando estuvo satisfecho con su trabajo, sacó su erección de la prisión de tela que tanto dolor le causaba. Al instante sentiste como su polla rebotaba contra tus nalgas; lo que causo un escalofrió que recorrió toda tu espalda. La mirada maliciosa en el rostro de Gyutaro era aún más descarada. Su sonrisa te decía que no podía esperar para estar dentro de ti. Y así lo hizo, pues apenas tu mirada se cruzó con la suya, tomó su erección y comenzó a introducirla en ti.
Tener su polla en un lugar tan estrecho no era lo mismo que un par de dedos. Para empezar, su erección se sentía verdaderamente caliente, y el grosor, así como su tamaño eran mucho mayor. Sin dejar de verte a los ojos, Gyutaro comenzó a follarte, casi sin piedad. Sus manos se aferraron a tus nalgas, lo que dejó algunas marcas. Y aunque digo, “casi sin piedad”, en realidad se contenía un poco, pues era seguro que, si se liberara por completo, sus uñas se clavarían en tu piel y desgarrarían la carne.
Tu erección estaba aplastada entre tu peso y el abdomen de Gyutaro. No era necesario que te tocaras, pues la fricción entre sus cuerpos y era suficiente para generar estímulos. Pasado unos cinco minutos, todos eso provocó que te corrieras sobre el estómago de Gyutaro. Sin embargo, él aún no estaba listo.
Te dejo recostarte boca abajo para cambiar de posición. Con intención de restringirte el movimiento, tomó tus manos y las coloco en tu espalda, mientras seguía follandote. Con cada embestida, sentías que iba más y más profundo que la anterior. Siguió así, hasta el momento en que se paralizó. Fue la primera vez que lo escuchaste expresar placer alguno. En ese momento se corría dentro de ti, hasta dejarte lleno por completo.
Minutos más tardes tú estabas aferrado a su cuerpo, feliz de seguir en sus brazos. Pero también estabas muy cansado. Luego de pasar varios días enfermos y apenas recuperarte, hubiese sido mejor que te alimentaras un poco, antes de intentar algo que requería de tanta energía. Aun así, Gyutaro no pensaba soltarte y se encargaba de demostrarlo mientras besaba tu mejilla y cuello. De vez en cuando dejaba algunas mordidas que no podrías ocultar.
Los próximos días pasaron con tranquilidad. Gyutaro seguía distante y silencioso como siempre, pero a la hora de dormir se aferraba a ti y no te soltaba hasta el amanecer. De vez en cuando mostraba signos de interés por tus actividades, así que le permitías ayudarte. Le entregabas algunas raíces y hiervas secas para que las moliera, aunque su trabajo fuese un poco tosco.
Al pasar de un mes, Gyutaro ya no era un huésped en tu casa; podías considerarlo directamente como tu amante. Aunque no te tratara con palabras tan melosa, ni le gustara que tú la usaras para referirte a él, sabías por el brillo de sus ojos, que sentía un cariño especial por ti. Sonreía con más frecuencia, aunque fuese solo una vez por semana, o cuando dormías y no eras capaz de verlo. Te sostenía entre sus brazos todas las noches, aunque no fuese capaz de darte calor, y te acompañaba al bosque en los días más oscuros, solo para cuidarte.
Con la llegada de la primavera también llegaron los rumores. Para nadie era un secreto que junto a ti vivía un hombre misterioso, a quien casi nadie veía durante el día, y que realizaba actividades nocturnas misteriosas. Todo mundo quería saber acerca de Gyutaro, hasta el punto en que fingían malestares, solo para poder dar un vistazo en tu casa y conocerlo. Gyutaro no tenía mucha estima de otras personas, además de que siempre parecía disgustado por su presencia, así que dejaste de recibir visitas en casa. El misterio, las actitudes ermitañas y los rumores hicieron que las personas dejaran de consultarte; lo que a su vez provoco una pérdida importante de tus ingresos.
Desde entonces, Gyutaro se encargaba de llevar la comida a casa, pues de vez en cuando salía de casería. Con eso y un par de clientes lograron subsistir por un tiempo bastante alegre. Hasta que, descubriste su naturaleza. En realidad, ya sospechabas que Gyutaro no era un humano común. Incluso llegaste a suponer que no era humano en lo absoluto.
Una noche lo descubriste devorando un ave muerta como si fuera una bestia. Desgarraba la carne con sus dientes sin ningún problema. Sus garras destrozaban sus extremidades con tanta facilidad, que el animal parecía estar hecho de papel. Más que sentir temor alguno, los viste con asombro. Pero él ni siquiera te dejo tiempo para hacer preguntas, pues tan pronto como se percató de tu presencia, escapo al bosque, y no volteo a verte, por mucho que llamaras a su nombre.
Estuviste allí durante dos días, buscándolo desesperadamente. El único miedo que sentías era su bienestar. Estabas demasiado agitado, cuando lo encontraste una noche. Al ver que apenas eras capaz de caminar, decidió no huir de nuevo, pero tampoco se acercó a ti. Simplemente te vio, con ojos difíciles de descifrar, pues no parecía enojado, asustado o alegre de verte.
Diste un paso más con la idea de que él se alejaría uno más, pero no fue así. Entonces corriste hasta él y lo abrazaste. Ni siquiera tenías lagrimas para llorar, pero de estar en otras condiciones seguramente llorarías.
—No me dejes de nuevo, por favor —le suplicaste—. No me importa que seas, siempre y cuando estés a mi lado.
Lo siguiente para ti fue besarlo. Él se negó a corresponder, e incluso apartó tu rostro. Te vio a los ojos con aparente odio, pero luego de un tiempo, estos fallaron y sus manos comenzaron a temblar mientras te sostenía. Entonces te abrazó y acurrucó tu rostro contra su pecho. Aunque Gyutaro quisiera decir algo, no tenía forma de hacerlo. No conocía las palabras adecuadas para pedir disculpas o explicar su situación. Lo único que le hacía sentir bien, era saber que no le temías.
—Gyutaro… no quiero regresar a casa. Llévame lejos. Vayamos a otro lugar, donde podamos ser felices los dos solos.
Te vio a los ojos una vez más y asintió sin que su expresión cambiara en lo absoluto. Hizo que subieras a su espalda para iniciar su viaje a un nuevo lugar, donde ambos pudieran empezar de cero, pero empezar juntos.
El Fin.
