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La primera hija del rey y su heredera al trono la princesa Rhaenyra Targayen, se sentía muy orgullosa de sus hijos pero en especial de Jacaerys. Ella sabia que había criado al príncipe perfecto. Un alfa dominante, atractivo, inteligente, educado, un excelente jinete de dragón, un gran luchador afilado por el mismo Daemon Targaryen. Muchos señores que estaban a favor de la princesa Rhaenyra se habían atrevido a asegurar que su hijo Jacaerys Velaryon sería el mejor rey de la historia, el mejor rey de la dinastía Targaryen por sus dotes como guerrero y en la política. El joven príncipe Velaryon y futuro rey de los siete reinos, se había convertido en un elemento indispensable en consejo de su madre. Era irremplazable. Su mano derecha. Su consejero más importante aún cuando solo era tan joven, ya que es un gran estratega pero sobre todo un maravilloso consejero, siempre pensaba muy bien las cosas y mostraba una sabiduría pocas veces vista en su familia, la cual por lo general era dominada por los impulsos. Así se colocó en el consejo de su madre y ahora en el consejo de su abuelo, el rey Viserys I Targaryen.
Habían pasado casi nueve meses desde que se mudo a Desembarco del Rey, y ocho desde que se caso con su tío Aegon II.
«Por los siete malditos infiernos, estoy jodido.» fue el primer pensamiento que cruzó su cabeza cuando su madre le informó la decisión que había tomado su abuelo de casarlo con su tío, y así acabar con las disputas familiares de una vez por todas Para evitar una guerra y dejar todo aquel desastre resuelto antes de morir, el rey Viserys I pensó que sería una gran idea unir a su nieto y a su hijo por deber, pero nada más lejano a la realidad. Y lo que en aquel momento le pareció una buena idea, considerando que en algún tiempo durante su niñez Aegon y Jacaerys eran inseparable. No estaba resultando.
Tap, tap, tap. Sus dedos rebotaban contra la mesa del consejo mientras escuchaba de manera selectiva la discusión de Sir Lannister y la mano del rey. Esta mañana, no podía mantener la cabeza al cien por ciento en el concejo. ¿Y como? después de lo que sucedió.
«Ocho meses.» Ocho meses habían pasado desde su boda. Ocho meses evitando a su propio esposo. A consecuencia de que en los pasillos se murmuraba mucho respecto a la naturaleza de aquella desdichada unión. Los sirvientes de la fortaleza roja cotillaban al respecto. Nunca habían visto nada igual. Ya tenían meses de matrimonio y el príncipe Aegon II aún no tenía marca, seguía llevando aquella promiscua vida que tanto disfrutaba y nunca se veían justos. Nadie los había visto besarse desde su boda. Los príncipes y esposos actuaban como si el otro no existiera, atendiendo sus deberes y vidas con normalidad ajenos a su contraparte. Muchos se preguntaban si de verdad estaban casados. Pero al alfa no le podía importar menos las habladurías. Él solo quería lejos aquel omega, quería que aquellas insistentes fantasías con él, con alguien que ni siquiera deseaba desaparecieran. Era tan molesto pensar en él así, en alguien que odiaba. «Bueno, eso no era del todo cierto.» Si lo odiaba pero sabía muy bien que no solo lo evitaba porque le sacaba de quicio o lo detestara. Había algo más, una atracción inexplicable que seria favorable para su situación si no fuera porque Aegon era un verdadero dolor de cabeza.
Jacaerys se frotó la cara con las manos, intentando volver a la conversación frente a él.
—Enviar al príncipe Daemon a una guerra que está casi finalizada me parece una desperdicio de recursos.
El joven Velaryon levantó la mirada hacia su abuelo y luego miró a su padre Daemon que suspiró cerrando sus ojos, conteniéndose. Le había prometido a su esposa que no causaría problemas.
—¿Un desperdició? —El joven alfa heredero al trono desvío la mirada hacia la mano del rey, Otto Hightower el abuelo de su esposo.
—La guerra está casi ganada príncipe Jacaerys. —Otto le respondió con esa condescendencia que le caracterizaba. —Enviar a un dragón para finalizar algo que nuestros hombres pueden hacer con un poco más de tiempo me parece innecesario.
—Nuestros hombres. —el príncipe repitió las palabras de aquel hombre, dejando ver una sonrisa pero no parecía contento. Para nada. Había frustración en su mirada y enojo, mucho enojo. La mano del rey se puso rígido contra su silla. Todos en la sala pudieron sentir aquella presión producto de las feromonas del joven alfa dominante. Una de las doncellas que servían vino, era omega así que retrocedió de inmediato hasta una esquina. —Mis hombres, los hombres de mi casa. La casa Velaryon. La casa de mi abuelo Corlys, la serpientemarina. Ellos son los que por años han estado peleando una guerra que no solo es suya, es de todo el reino y aún así usted Sir Otto Hightower no ha querido intervenir, ese ha sido su consejo al rey. A mi abuelo, que lo escucha claramente más de lo que debería.
El silencio inundó la sala. Parecía que todos habían quedado mudos. Daemon Targaryen sonrió satisfecho.
—Príncipe Jacaerys, está siendo muy imprudente.
—No, usted es muy imprudente —Jacaerys le contestó secamente a la mano del rey. —Hablando y aconsejando al rey sobre la guerra cuando su casa no son más que nobles religiosos y el único valor de su familia es su dinero, no son guerreros, no tiene dragones, no-
—¡Jacaerys! —el rey le interrumpió dándole un golpe a la mesa. Jacaerys mordió su lengua para no seguir y desvío la mirando a Daemon quien le miró con aprobación. —Creo que hoy no estás muy en tus cabales. Por hoy deberías retirarte muchacho.
Jacaerys se levantó de su silla sin decir una palabra y se marchó de aquella sala. Era muy extraño que el joven príncipe Velaryon perdiera la compostura pero el tema de su casa lo tenía realmente agobiado y se sentía con la responsabilidad de ayudar. Sobre todo pensando en su hermano que heredera Driftmark y a esta paso también esa guerra.
Además, lo que pasó esta mañana. Oh mierda, no podía dejar dd pensar en eso. Necesitaba algo de aire, despejar su cabeza, así que caminó por los pasillos de la fortaleza con un rumbo claro, el bosque de dioses. Pero hoy no era su día. Los problemas lo estaban siguiendo y este problema tenía nombre y apellido, Aegon II Targaryen. La última persona con la que quería encontrarse. Su esposo.
El omega yacía bajo el gran árbol, acotado en césped utilizando un libro como almohada. Tenía sus ojos cerrados, sus respiraciones eran suaves, parecía que estaba dormido. Así, tan tranquilo hasta parecía un ángel pero la realidad era que Aegon era un repugnante de mierda muy atractivo. Su mente se desvío a la imagen de su tío esta mañana. Maldición, maldición, maldición, deja de pensar en eso.
Cuando volvió a desembarcar del Rey para su boda, Jacaerys apenas si pudo reconocerlo. No tenía expectativas con su tío pero según lo que había escuchado de él esperaba ver a una persona totalmente diferente a lo que se encontró. Sin embargo aunque sí era un desastre andante como todos decían eso no había afectado en nada su belleza, seguía conservando aquel brillo que le cautivo de niño. Su estómago se le retorcía solo con pensar en él: divertido, hermoso y la maldad personificada. Incluso algunos aseguraban que era el verdadero príncipe canalla. El idiota más creído, cínico y pedante de los siete reinos. Y lo era, su belleza solo es externa, y su fealdad llega hasta lo más profundo.
—Aunque sea salúdame esposo —habló Aegon aún con sus ojos cerrados, esbozando una sonrisa. Su voz tenía una nota dulce como la miel pero venenosa. Lentamente elevó sus largas y oscuras pestañas que contrastan con sus cabellos blancos. Sus ojos amatista brillaron y el alfa sintió la necesidad de mirar a otro lado.
—Hola, esposo —Cada palabra salió arrastrada de la boca del príncipe Velaryon. Aegon sonrió satisfecho y se levantó abrazando el libro entre sus brazos. Jacaerys bajo la mirada al libro y se maldijo internamente reconociendo la portada. Era el libro que él estaba leyendo esta mañana.
Leyendas cortas de la antigua Valyria.
Aegon se detuvo justo a un lado del castaño. Levantó la mirada, Jacaerys ya era unos centímetros más alto que él. Recientemente había cumplido diecinueve primaveras si mal no recordaba. Se había dejado crecer el cabello y sus rizos oscuros que enmarcaban su hermoso y fuerte rostro. Cuando lo vio llegar a la fortaleza roja unos meses atrás tuvo que mirarlo dos veces para reconocerlo. Y le ardió un poco el pecho cuando admitió en su cabeza que era muy apuesto, mucho más de lo que esperaba. Jacaerys le sostuvo la mirada fría. Una mirada que Aegon solo había visto con él, su hermano y con su abuelo. Porque con el resto Jacaerys actuaba tan amable y encantador como el príncipe que era. Eso realmente le asqueaba al príncipe omega que no entendía porque todos parecían tan encantados por su sobrino.
—¿No deberías estar en el consejo?
—¿Y tú no deberías estar follando con alguno de nuestros sirvientes en algún rincón de este castillo o maltratando a alguna doncella?
—Uff —Aegon parpadeó y apartó la mirada con una sonrisa evitando deliberadamente aquellos ojos intensos color avellana. Su sobrino tenía algo que su mirada que si lo miraba mucho tiempo a los ojos sentía que le consumía. Era algo muy de los Strong y esos hermosos ojos oscuros con espesas pestañas que sus tres sobrinos poseían. Estaba empezando a entender a su hermana o mejor dicho: ya la entendía. —¿Estamos de mal humor hoy cariño? ¿No te gustó el espectáculo de esta mañana?
El alfa chasqueó la lengua desviando la mirada. Esperó a que la burla terminara, pero Aegon siguió mirándole con expresión burlona. El alfa se movió un poco hacia delante. Aegon se echó a reír, su melodiosa risa era casi… dulce. Y desvío la mirada evitando mirar como el pecho de Jacaerys se tensaba bajo su ropa. El primer día, cuando Jacaerys llegó a Desembarco del Rey. Un día antes de su boda. El alfa fue al patio a entrenar con Daemon y Aegon cometió el grave error de ir a observar aquel entrenamiento, pero es que no iba a observar a Jacaerys si no al príncipe Daemon quien era descrito como el mejor guerrero de la familia Targaryen, el alfa más fuerte. Tenía curiosidad. Pero... no tardó mucho en desviar su atención a su sobrino quien al final del entrenamiento estaba cubierto de sudor, y se sacó la camiseta para limpiar su el sudor de su cuello con esta. Esa imagen había quedado grabada con fuego y sangre en su cerebro. Y ahora que estaban casados lo veía con demasiada frecuencia sin camisa, saliendo del baño por las mañanas o en las noches. Siendo el vivo recuerdo de lo que se estaba perdiendo.
—Por culpa de tu espectáculo, esta mañana no he sido más que una cadena de desastres esposo—, dijo con voz firme. Y era verdad por que gracias a eso llegó tarde a la reunión del concejo y el nunca había llegado tarde, ni una vez, además tampoco pudo concentrarse como era debido y fue corrido de la maldita reunión.
Aegon levantó la vista para mirarlo; estaba claramente cabreado y miraba a Jacaerys fijamente. Ahhh, Jacaerys odiaba esa mirada desafiante y burlona que tenía Aegon. Le calaba en lo más profundo de sus entrañas. —Bueno, el lado positivo es que parece que no seguirás ignorándome. Llame tú atención esposo.
Jacaerys arqueó las cejas.
—No sabía que estuviese ignorándote.
Aegon tuvo que controlar su irritación. No pensaba darle aquella satisfacción.
—Bueno, linda charla —Aegon sonrió con desdén dando un paso atrás. —Se me hace tarde.
—¿Para qué? —replicó el alfa con sequedad.
—Una vez me dijiste que podía hacer lo que quería sin decírtelo, que no somos los suficientes cercanos, y esto —se señaló y luego a Jacaerys —Ni siquiera es real —le espetó Aegon entre dientes. —Así que no preguntes. Mi vida personal no es de tu incumbencia.
El príncipe Velaryon le dio una mirada de descontento y antes de que pudiese contestar una tercera voz llamó su atención, cortando la pesada atmósfera entre el alfa y el omega.
—¡Jace! —era Helaena que estaba de pie bajo el umbral de la salida. —Que bueno que te encuentro —ella camino hacia Jacaerys ignorando totalmente a su hermano. —Quería ir a pasear pero no quiero ir sola, ¿me acompañas?
Aegon dio la vuelta, y se marchó. Su hermana era la única que tenía una buena relación con Rhaenyra y sus hijos, y ahora que Jacaerys estaba aquí su relación parecía afianzarse con los meses. Eso molestaba un poco Aegon, por que no entendía que tenía Helaena que él no.
Seis horas antes.
Alrededor de las ocho de la mañana.
Aegon despertó girándose sobre su cuerpo. Como todas las mañanas su esposo ya no estaba. Desvío la mirada al techo dejando salir un suspiro aliviado. Este matrimonio estaba siendo una verdadera tortura. Volvió a respirar profundo contra las sábanas dejando embriagarse por el aroma del alfa que quedaba impregnado en blanca seda. Para su mala suerte Jacaerys tenía un aroma delicioso, era ahumado y fresco a la vez, tan embriagador que le ahogaba. Al príncipe Targaryen ser un omega dominante, las feromonas de los alfas comunes nunca le afectaron en realidad. El siempre tenía el control. Era a lo que estaba acostumbrado, ya que los alfas dominantes (que eran los que podían someter a los omegas dominantes) eran un subgénero bastante escaso, Aegon solo conocía a unos cuantos como su hermano Aemond, su tío Daemon Targaryen, y ahora según había anunciado su hermana el joven Joffrye Velaryon también era un alfa dominante y obvio su odiado esposo. Pero con ninguno de ellos había tenido tanto contacto a excepción de su hermano pero no era ese tipo de contacto (es su hermano) así que nunca había sentido realmente las feromonas de un alfa dominante hasta Jacaerys.
Si bien, su esposo le evitaba como la plaga, en realidad los dos se evitaban, apenas hablaban y no de una manera muy cortés. Compartían habitación y cama. Por lo que sus feromonas estaban impregnadas en cada rincón de aquella habitación aún cuando Jacaerys era posiblemente uno de los alfas más controlados que había conocido, rígido y perfecto, y lo detestaba de verdad. Le recordaba todo lo que había mal con él pero sus feromonas causaban algo en Aegon que nunca había experimentado. Eran realmente tentadoras y más embriagadoras que el mismo vino de uva que amaba tanto. Pero también tenían una pequeña dosis de peligro que le ponía en alerta máxima, como si su omega supiera que aquel alfa podía destruirlo o poseerlo por completo. Por eso el príncipe omega había hecho todo lo posible por disimular aquello que le causaba. No iba a rebajarse por aquel imbécil engreído y perfecto príncipe.
Gimoteo casi lloriqueando con frustración. Nunca había conocido a nadie que le sacara de quicio como Jacaerys y al mismo tiempo su nombre ya le ponía a mil. Y no importaba con cuánto alfa se acostara, desde que sintió y olió aquellas feromonas por primera vez no podía dejar de pensar en ellas y disfrutar de una maldita follada sin recordar aquel aroma. Por lo que terminó metiendo a sus amantes aquella habitación para sentir las feromonas de su marido mientras era tomado por alguien más. ¿Retorcido? Mucho. Aegon se removió en su lugar. El calor comenzó a crecer entre sus piernas, lentamente soltó su pantalón y deslizó su mano dentro de este.
—Maldita sea —gimoteo comenzando a mover su mano con más intensidad. —Estúpido Jacaerys. .
El movimiento se hizo más rápido, cerró los ojos hundiendo su rostro contra la almohada de su esposo e Intentó no hacer ruido mordiéndose el labio con fuerza pero se le escapó un leve gemido. Entonces, un ruido seco lo hizo levantar su rostro y mirar a la esquina donde estaba su esposo con un libro en sus manos, sentado en el sillón que adornaba aquel sector de la habitación.
¿No se había marchado aún? Oh no.
Contuvo la respiración cuando sintió una oleada de calor le golpe las mejillas. El pesado aroma de sus fenómenos le golpeó nuevamente, pero esta vez más intensas y abrumadoras. El omega levantó la mirada y vio como los ojos del alfa subieron por su cuerpo y su mirada se fue oscureciendo poco a poco. Su cuerpo estaba tenso, sus manos sujetaban al libro con tanta fuerza que parecía que iba a partirlo en dos, sus venas se marcaban en sus brazos producto de la fuerza que contenía. Su mandíbula está tensa, y sus respiraciones eran pesadas. Sus ojos estaban deseosos, no se apartaban. Aegon se permitió relajarse y arqueó una ceja divertido. Extrañamente no se sentía avergonzado, ni nada similar. Todo lo contrario se sentía muy bien bajo su mirada. Aegon sentía la tensión en él, tan fuerte como los latidos de su corazón. El príncipe Jacaerys mantuvo su mal humor previo en su interior, contenido, y lo convirtió en otra cosa. Estaba luchando contra el impulso de caminar a esa cama. Tenían que mantener la compostura.
Aegon sonrió acariciándose nuevamente, mordiendo su labio para contener sus gemidos pero entonces se arrepintió y gimió con descaro el nombre de su esposo para atormentarlo. Sabía que el alfa seguía mirándolo así que giro su rostro para buscar aquellos ojos oscuros y pudo notar que su respiración parecía que se había regulado pero sus feromonas se estaban intensificando. Asfixiandole. Su mirada bajó a sus manos, mierda esas manos. El omega cerró sus ojos con fuerza y mientras seguía moviendo su mano y pensaba en las de Jacaerys agarrándole las caderas, la cintura, el cuello con la misma fuerza que tomaba aquel libro.
No tenía que mirarlo para saber que los ojos del alfa seguían mirándolo fijamente, podía sentir el calor de aquella mirada oscura y suplicante. Agh, gimió cuando sus ojos se encontraron nuevamente. Los ojos de Jacaerys bajaron a los labios ajenos cuando su tío volvió a gemir su nombre sin pudor y sus dulces feromonas se colaban por la habitación hasta su nariz, entrando a su sistema provocando un golpe de calor que le estaba enloqueciendo segundo a segundo. Y cuando su tío llegó claramente al clímax fue a la vez abrumador e insatisfactorio, para ambos. En algún momento Jacaerys había cerrado el libro en sus manos y se había enfocado en el espectáculo frente a él. Su respiración sonaba demasiado fuerte en la habitación que ahora estaba en silencio. Su tío seguía en la cama frente a él, se le veían gotas de sudor en la frente mientras su pecho subía y bajaba al ritmo de profunda respiración. —Maldita sea, ¿qué me acabas de hacer?—, preguntó Jacaerys en voz baja, en alto Valyrio.
Aegon sonrió cerrando nuevamente sus pantalones.
—Nada, lo que acabo de hacer me lo he hecho a mí. No a ti, esposo.
Jacaerys levantó ambas cejas.
—No, de eso no hay duda.
Un par de golpes a la puerta los sacó de aquel trance en el que ambos se habían inducido. —Príncipe Jacaerys —el alfa reconoció de inmediato la voz al otro lado de la puerta, era su guardia jurado Sir Erryk. —Llegará tarde al consejo.
Jacaerys se levantó del sillón dejando el libro ahí. Miró hacia abajo, a su entrepierna y se maldijo entre dientes. Desvió la mirada a su esposo y... dioses, su tío era la criatura más exquisita que jamás había visto. Le hubiera lamido desde el tobillo hasta la cadera y la espalda si él se lo hubiera pedido. Gracias a los dioses, sus responsabilidades le trajeron de vuelta a tierra, Sir Erryk para ser más específico. El príncipe Velaryon se había pasado casi toda la vida oscilando entre un comportamiento social apropiado y una conducta de sabihondo y perfecto príncipe, así que, por supuesto que mucho de su degradado hacia su tío se remontaba al hecho de que era su opuesto y lo que acaba de pasar era una muestra de ello. Por eso se mantenía muy alejado de él, porque le traería problemas si le dejaba consumirlo. —Ten un lindo día esposo —soltó Aegon desde la cama. Justo antes de Jacaerys cerrará la puerta con tanta fuerza que casi hizo estremecer la habitación.
Ya fuera de la habitación Sir Erryk miró al príncipe por unos segundos y dijo: —Perdón por interrumpir—, Jacaerys le dio una mirada asesina a su caballero y amigo. Sir Erryk contuvo la risa. El era el caballero jurado del príncipe Velaryon desde que este era solo un niño y él un adolescente. De cierto modo crecieron juntos y se volvieron buenos amigos. Había confianza entre ellos. —Su madre estará complacida de escuchar que su relación parece estar mejorando—, se atrevió a comentar divertido.
—Erryk ni se te ocurra informarle a mi madre —dijo amenazante y comenzó a caminar hacia la sala del consejo. Su amigo lo siguió de cerca dejando salir una risilla.
Y así fue como empezó la tortura infernal entre Jacaerys Velaryon y Aegon Targaryen.
