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El crepúsculo matutino no había despuntado, pero Aemond Targaryen ya estaba vestido y peinado para el día. Los sirvientes acababan de dejar su habitación, se llevaron la ropa sucia y cambiaron las sábanas, dejando la cama tendida. Sin embargo, el fuego en la chimenea que debería haber sido extinguido —ya que Aemond dejaría pronto la habitación, permanecía encendido, avivado al máximo para mantener caliente la habitación de por sí sofocante por el clima cálido de Desembarco del Rey.
Una ligera capa de sudor perlaba la línea de cabello de Aemond, así como su nuca, pero él lo ignoró tal como ignoraba la incómoda sensación de su piel demasiado caliente debajo de la tela y el cuero que la cubría. Aemond estaba sentado en el borde de su cama; espalda recta, pies juntos sobre el suelo y las manos sobre sus muslos. Era una pose seria, militante, y si se tratara de una mujer podría pasar por excepcionalmente recatada. Aemond Targaryen no era ninguna de esas cosas; un caballero ejemplar sin duda, pero no estaba sentado de esa manera esperando por un comandante, mucho menos era así como aguardaba por o bajo la atención del Rey o la Reina. No, Aemond Targaryen, un príncipe y jinete de dragones, aguardaba así por alguien mucho peor.
El sonido de su puerta siendo abierta lo hizo alejar la mirada de la ventana y volverla hacia su visitante.
Túnicas azules y negras.
Uñas rojas.
Rizos largos, oscuros y despeinados.
Expresión risueña.
—Buenos días, Aemond —saludó Lucerys mientras avanzaba hacia la cama, sin apartar sus ojos brillantes de Aemond.
Al menos esa mañana Lucerys estaba usando zapatos.
—Lucerys —dijo Aemond, todavía sin mover nada excepto su cabeza que seguía el recorrido de Lucerys hasta que paró frente a él.
Las puntas de los zapatos de Lucerys tocaron las suyas y permaneció erguido con las manos a la espalda mientras observaba a Aemond. Los ojos oscuros de Lucerys recorrieron cada parte de Aemond, desde sus pies hasta su cabeza. Su mirada era suave y concentrada, su rostro todavía era abierto y su boca mantenía una curva dulce y alegre, pese a sus manos escondidas, su cuerpo estaba relajado y su respiración era uniforme.
Todo se sentía más caliente.
La presencia de Lucerys tendía a hacer eso —magnificar el calor alrededor de Aemond, aunque las puntas de sus dedos estaban frías contra él —las manos de Lucerys siempre estaban frías, su piel siempre fresca.
Aemond soportó un estremecimiento de anticipación cuando Lucerys sacó sus manos de la espalda y las dirigió a su rostro.
Sus dedos siguieron el mismo recorrido metódico que su mirada hizo momentos antes. Trazaron desde el hueco de sus clavículas hacia la columna de su garganta, entonces trazaron las líneas de su mandíbula hasta sus orejas, bajaron por sus mejillas hacia las comisuras de sus labios donde Aemond los separó ligeramente para que Lucerys pudiera sentir cada línea agrietada. Desde el arco de su labio superior los dedos de Lucerys subieron a su nariz, pasaron por sus crestas y su puente hasta sus cejas. Ahí sólo sus dedos índices las delinearon hasta bajar a la piel tierna debajo de sus ojos y continuaron para rozar sus pestañas —Aemond parpadeó por reflejo, ocasionando una risita de su sobrino. La mano izquierda de Lucerys se detuvo contra el costado derecho del rostro de Aemond, con su pulgar rozando la esquina de su ojo, mientras su mano derecha continuó explorando su cicatriz.
Excepto por su pulgar, los dedos de Lucerys acariciaron de arriba abajo, hasta estar satisfecho, la piel levantada y áspera de su cicatriz para detenerse debajo del zafiro. Entonces imitó el agarre de su mano izquierda por un instante, antes de alejarlas para trazar su línea de cabello hasta su frente. Por último, bajaron por los costados de su cuello y engancharon un par de mechones de cabello plateado que Lucerys dejó deslizar entre sus dedos.
Lucerys por fin quitó sus manos y las llevó de nuevo a su espalda.
Clavó sus ojos en el ojo amatista y el zafiro de Aemond, su mirada ligera, dulce y complacida.
—Perfecto —dijo.
Ya había amanecido, los rayos del sol empezaron a filtrarse por la ventana, arrojando más luz a la habitación. Aemond sintió que habían pasado horas.
—Ten un bien día, Aemond —su mirada ya no estaba en Aemond, sino en las sombras que poco a poco se retiraban.
No dijo nada más mientras se iba.
Cuando la puerta se cerró, Aemond inhaló y exhaló una respiración entrecortada. Cerró y abrió sus manos, y relajó su cuerpo.
Toda su piel cosquilleaba, todavía sintiendo el peso de la mirada de Lucerys. La sensación de esos ojos brillantes recorriendo su cuerpo y de esos dedos fríos tocando su rostro y su cabello permanecería durante horas, como siempre.
Lucerys iba cada mañana, sin falta, a la habitación de Aemond para inspeccionarlo. Lo veía listo y preparado para el día, grabando cada detalle en su mente para comparar la apariencia de Aemond por la mañana con su apariencia al anochecer. Lucerys regresaba cada noche antes de que Aemond se acostara, para revisar los cambios en su apariencia. Si su ropa o zapatos estaban manchados, si los había cambiado, si su rostro tenía una herida o un moretón, si su cabello estaba enredado, cortado o cualquier cosa que Lucerys podía interpretar como fuera de lugar.
Era una rutina de años, desde que Lucerys había regresado a Desembarco del Rey después del incidente del ojo en Marcaderiva.
Desde que se volvió loco.
El Rey no había castigado a Lucerys Velaryon por cortar del ojo de Aemond Targaryen y la Reina no obtuvo el ojo por ojo que demandó, pero Lucerys Velaryon todavía pagó por su acción. Es el castigo de los Dioses, su pecado no podía quedar impune, había dicho la madre de Aemond cuando les llegaron los primeros susurros de Dragonstone que contaban historias de un pequeño príncipe que se echaba a llorar cada vez que veía espadas y cuchillos, susurrando en alto valyrio disculpas y el nombre de Aemond, y que sólo podía ser calmado con leche de amapola.
Los susurros también hablaban de un príncipe que bailaba descalzo y en camisón por los pasillos de Dragonstone, que deambulaba por la playa con la mirada perdida en el cielo y que hablaba solo, manteniendo una conversación con alguien que no estaba ahí.
Un pequeño príncipe que se escapaba para explorar las cuevas de la isla en busca de Silverwing y Vermithor, y que se escabullía en las guaridas de los dragones en busca de huevos. Un príncipe que casi fue quemado cuando se acercó a los dragones salvajes que visitaban Dragonstone. Intento conseguir un dragón para mi tío favorito, él no tiene uno, ya ves, y no quiero verlo triste nunca más, respondía el niño cada vez que su madre lo reprendía entre lágrimas por sus peligrosas acciones.
Tuvo que pasar un año con Lucerys actuando de la manera más extraña y poniéndose en peligro tratando de conseguir un dragón para alguien que ya lo tenía, para que Rhaenyra decidiera viajar con su hijo a la Fortaleza Roja y éste pudiera enfrentar a Aemond y, tal vez, regresar a la cordura.
Lo que sucedió fue que Lucerys no reconoció a Aemond como su tío, no, no, él no es mi tío. Mi tío no está herido, mi tío es serio y estudioso, él nunca haría algo para terminar así.
Aemond, absolutamente furioso e indignado, había arremetido, gritándole palabras viles de acusación a Lucerys. Entre gritos y llanto enojado le dijo que él le había quitado el ojo, que él era el tío que había mutilado, que no fingiera más —porque, ¿qué más podía ser eso? Lucerys no podía estar loco de verdad, seguramente era una artimaña para no enfrentar sus acciones.
Había funcionado, Lucerys se había derrumbado frente a Aemond, la claridad y el reconocimiento en su mirada mientras lloraba y se disculpaba una y otra vez. El llanto y los gritos de disculpa habían sido fuertes y desgarradores, todo su pequeño cuerpo se había convulsionado por la fuerza de todo. Los adultos a su alrededor habían mirado sin saber qué hacer, asustados, preocupados y horrorizados a partes iguales. Alguien había gritado por el Maestre, mientras Rhaenyra había caído de rodillas, tratando de alcanzar a su hijo y tranquilizarlo, pero Lucerys sólo siguió llorando con las manos en el pecho.
Cuando Lucerys había comenzado a ahogarse, Aemond reaccionó.
Había caído al suelo y alcanzado a su sobrino, diciéndole que lo perdonaba, que todo estaba bien, que fue justo, que ahora tenía un dragón, que dejara de llorar. Había repetido todo una y otra vez mientras trataba de mover a Lucerys a una posición que le hiciera más fácil respirar. Aemond había estado susurrando palabras de aliento y calma, así como de perdón. Cuando el Maestre llegó, había intentado sacar a Lucerys de los brazos de Aemond, pero sólo logró que Lucerys se aferrara más a su tío. Habían intentado darle leche de amapola, pero Lucerys también la había rechazado mientras escondía su rostro en el pecho de Aemond.
Así se habían quedado en el solar del Rey.
Ambos niños y Rhaenyra en el suelo, con Lucerys aferrado a Aemond.
El Rey había observado desde un asiento, exhausto y preocupado.
La Reina había estado rascándose fuertemente las manos, sacando sangre, mientras veía con ojos llorosos y una expresión desgarrada a los niños.
Rhaenyra mantuvo sus ojos fijos en su hijo, completamente desconsolada, con Daemon parado detrás de ella, quien había estado mirando atento a un Otto Hightower ceñudo.
Aegon había mirado asustado a su hermano y sobrino, mientras Helaena susurraba, sentada a un lado de la ventana.
Todo estuvo quieto, con la respiración pesada de Lucerys y las palabras calmantes de Aemond como único sonido.
Cuando Lucerys por fin se calmó y se separó de su tío, lo había mirado a la cara. ¿Qué te ocurrió? Había preguntado, tocando tiernamente debajo de la cicatriz. Aemond había fruncido el ceño, sin comprender lo que estaba haciendo Lucerys.
Lucerys se había movido para ver a los demás, cuando vio a Aegon y Helaena, pareció buscar frenéticamente algo o alguien más con la mirada. ¿Dónde está mi tío Aemond?
¿Había sido Rhaenyra o la madre de Aemond quien hizo un sonido ahogado?
Estoy aquí, Lucerys, Aemond había dicho. Soy Aemond, tu tío.
Mi tío no está herido, Lucerys lo había mirado fijamente. Eres Aemond, pero no eres él. ¿Dónde está? Tengo que decirle que pronto encontraré un dragón para él. No quiero que esté triste por más tiempo.
Aemond todavía recordaba el llanto tembloroso que Rhaenyra se había esforzado por sofocar cuando alejó a Lucerys de Aemond para tomarlo en sus brazos. La madre de Aemond también se había arrodillado, abrazando a Aemond contra su costado, sin poder responder a las preguntas de su hijo sobre lo que estaba pasando. El Rey había exigido al Maestre Mellos que hiciera algo, pero el anciano sólo había balbuceado tonterías sobre histeria, trauma y hierbas.
Los siguientes días fueron una repetición de lo mismo.
Maestre Mellos había sugerido que una repetición de la verdad haría a Lucerys regresar a la realidad, pero todo lo que ocasionó fueron ataques de histeria. Rhaenyra había decidido parar, no queriendo ver a su hijo sufrir una y otra vez. Aemond tampoco había querido ser parte de eso nunca más. Era terrible ver a su sobrino derrumbarse de esa manera, por todo el enojo que había sentido en su momento, no soportaba ver —y causar— tal estado en un niño como Lucerys. No había alegría ni reivindicación en eso.
Rhaenyra había decidido volver a Dragonstone, pero Lucerys había lanzado un nuevo ataque al no querer separarse de Aemond. Era extraño, pero parecía reconocer como dos entidades separadas a Aemond y se había aferrado a la que tenía al alcance. Nadie podía entender lo que sucedía con Lucerys Velaryon, pero llegaron a un acuerdo tácito de que lo mejor era mantenerlo calmado y feliz. Así, Rhaenyra, Daemon y su prole habían regresado a Desembarco del Rey, para disgusto de muchos, ellos mismos incluidos.
Como Lucerys no había dejado de preguntar por su tío Aemond, inventaron una historia para apaciguarlo, así como para frenar sus intentos de conseguir un dragón. Aemond, el Aemond por el que Lucerys preguntaba, se había unido a un dragón y emprendió un largo viaje para fortalecer su vínculo. Era una historia sencilla, francamente tonta, pero funcionó para Lucerys, quien después de escucharla atento y pensarlo unos momentos, la aceptó.
Con el paso de los días, Lucerys había empezado a buscar a Aemond antes del amanecer, antes de que el mismo Aemond despertara. Había asustado a Aemond al principio, despertar con un silencioso Lucerys que lo observaba atentamente. No lo había entendido hasta que una noche, una de las que también fue objeto de estudio de su sobrino, Lucerys había entrado en un nuevo ataque de histeria cuando vio a Aemond con un corte superficial en la barbilla por el entrenamiento. No puedes estar herido más, no, Aemond, no más heridas, una es suficiente, había estado susurrando al final.
Ahora Aemond tenía que ser más cuidadoso sobre casi todo, especialmente de evitar heridas o moretones —a la vista. Así como también hacía esfuerzos extra por complacer a su sobrino, razón por la que se levantaba temprano y se aseguraba de que la habitación estuviera cálida para Lucerys —y su tendencia a no usar zapatos la mayor parte del tiempo— y se mantenía quieto para la inspección, sin querer perturbar al chico.
Sin embargo, lo último que había esperado era que la atención de Lucerys se convirtiera en algo tan intenso de soportar. Lucerys ya no era más un niño, tampoco el chiquillo de extremidades demasiado largas y torpes de esa etapa transitoria para convertirse en hombre. Lucerys estaba en su mayoría de edad, un joven hombre apuesto y dulce, hermoso. Aemond se reprendía a sí mismo por tales pensamientos, incapaz de culpar a su sobrino que no sabía lo que causaba, lo que provocaba.
No sabía cuándo comenzó.
Un día Aemond había estado cansado de seguir los caprichos, los delirios, de Lucerys, fastidiado de tener que complacer a su sobrino y caminar sobre cascaras de huevo metafóricas para no perturbarlo —como el resto de la familia y la fortaleza. Y al siguiente estaba estremeciéndose bajo la mirada y las manos de Lucerys, bajo su atención, sintiendo que llamas ardientes lo consumían.
Aemond ya no era un tío y un príncipe obediente que hacía lo posible por ayudar a su familiar roto, sino un sirviente devoto y dispuesto a cumplir las órdenes de su amo.
…
Encontró a Lucerys saliendo de las habitaciones del Rey, el olor a incienso y medicina lo siguió, así como Ser Harrold Westerling. Lucerys no podía ir a ningún lado sin su sombra blanca; los miembros de la Guardia Real rotaban para proteger a los miembros principales de la familia, siendo estos el Rey, la Reina, la Princesa Heredera y su heredero, el Príncipe Jacaerys, así como su esposa, la princesa Helaena. Lucerys, como siempre, era una excepción y todos se sentían mejor sabiendo que los caballeros más capaces lo protegían.
Daemon Targaryen no había estado satisfecho con eso y había puesto un par de sus propios hombres para seguir a su hijo en todo momento. Lord Corlys Velaryon no se había quedado atrás. Lucerys Velaryon, el Príncipe Loco, era la persona más protegida en los Siete Reinos. Y aun así se las arreglaba para escapar de sus protectores cuando menos se esperaba; sus momentos más traviesos, los había nombrado el Rey.
Sin embargo, de entre los siete Capas Blancas, Rhaenyra prefería que fueran Ser Harrold y Ser Erryk quienes siguieran a Lucerys. Aemond y el resto de la familia estaban de acuerdo de todo corazón, incluso la Reina.
Sucedió años atrás, los primeros intentos de usurpación —no podían ser considerados otra cosa— de Vaemond Velaryon habían llegado a oídos de la familia real. La Princesa Rhaenys había volado a la Fortaleza Roja con noticias, que Vaemond Velaryon intentaba presionar a su hermano Corlys para que cambiara la sucesión de Marcaderiva. Lucerys Velaryon estaba loco, lo que lo hacía incapaz de convertirse en el Señor de las Mareas, decía el hombre.
Y porque soy un bastardo, había agregado Lucerys, quien comía pequeños trozos de pan mientras veía bailar las llamas de las velas en la mesa. Sus palabras habían vuelto todo silencioso, las miradas de todos los presentes se fijaron en él. ¿Lucerys? ¿Qué dices? ¿Dónde… dónde escuchaste eso? Rhaenyra había estirado el brazo para tomar una de las manos de Lucerys y atraer su atención.
Lucerys había vuelto su mirada lentamente a su madre, parpadeó y sonrió cariñoso mientras tomaba su mano en las suyas, sin darse cuenta del peso de sus palabras. Lo escucho en todas partes. Los sirvientes y las damas y los señores, se divierten mucho cuando lo dicen, siempre ríen. ¿Es una palabra divertida, madre?
No es una palabra divertida, ni siquiera es una buena palabra, Luce, Daemon se había parado bruscamente de su asiento mientras lo decía. ¿No lo es? Pero también lo dicen los caballeros, eso había ocasionado un sonido ahogado de la Reina, y Ser Harrold y Ser Criston, quienes vigilaban a la familia, se movieron incómodos cuando las miradas de Daemon y el Rey se centraron en ellos.
Ser Criston la susurra cuando paso junto a él, le gusta susurrar mucho, Lucerys pasó su mirada por todos los ocupantes de la mesa y cuando vio a Jacaerys se iluminó. ¡Jace también la ha escuchado! Ser Criston le dice muchas cosas extrañas y divertidas a Jace, su mirada cambió rápidamente a una pensativa, pero tal vez no son tan divertidas, tienes razón, padre. Jace siempre parece triste y molesto cuando me lo cuenta, Lucerys entonces había mirado a Ser Criston, quien estaba sonrojado y con la mandíbula apretada.
Lucerys había tarareado un par de veces y asintió para sí mismo, Ser Criston no tiene buenos ojos, no como Ser Harrold y Ser Erryk. Sus ojos son buenos, correctos, me gustan, tras decir eso había soltado la mano de su madre y regresó su atención a las velas, tarareando entre bocados de pan.
Sólo había pasado un instante cuando el Rey comenzó a exigir respuestas de Ser Criston. Daemon ya había sacado a Darksister de su vaina mientras se acercaba al caballero y la Reina había comenzado a hablar para detenerlo. Fue un caos y Ser Criston se había defendido, desmintiendo lo dicho por Lucerys y llamándolo loco, que fue otro error. Aegon entonces, en un arranque de valentía, había gritado que era verdad y soltó de una vez todo el maltrato de Ser Criston hacia Jacaerys; Aemond, pese a notar la angustia de su madre por su caballero jurado, secundó lo dicho por Aegon. Rhaenyra había preguntado también a Jacaerys, instándolo a hablar, y el sobrino de Aemond finalmente lo hizo. Sin embargo, su relato también había tenido palabras condenatorias sobre el trato de Criston Cole hacia Aegon y Aemond.
Escuchar del abuso verbal y físico hacia Jacaerys —y a Lucerys antes del funeral de Laena Velaryon—, además de la exigencia fuera de lugar hacia Aegon y Aemond, había sofocado cualquier defensa de la Reina en favor de Criston Cole. Aemond no era tonto, él sabía que su madre siempre había sido consciente de lo que su caballero hacía, incluso pudo haberlo instigado, pero por su reacción, no había estado al tanto del aspecto físico violento, mucho menos que también había estado dirigido a sus propios hijos.
Cuando Criston Cole no había podido mantener más la boca cerrada, empezó a llamar bastardos a los hijos mayores de Rhaenyra, así como impíos a sus mellizos recién nacidos —Viserys y Visenya— y puta a ella. Ser Harrold había tenido que contener a Daemon para evitar que matara al hombre estúpido; Baela y Rhaena habían estado abrazando a Helaena y Lucerys, como si así pudieran protegerlos de las palabras viles y la Princesa Rhaenys se había parado frente a ellos, evitando que vieran lo peor. Completamente fuera de sí, Cole incluso empezó a gritar que Aegon era el verdadero heredero, el único que podía y merecía ser Rey.
Ese fue el último clavo en su ataúd.
El Rey todavía le concedió el derecho a un juicio, pero estaba destinado a perderlo. Rhaenyra había agregado el asesinato de Ser Joffrey Lonmount a su lista de infracciones.
Cuando pidió defenderse por combate en nombre de los Siete, Daemon Targaryen fue su contendiente representando a la Corona. El combate duró mucho, alargado para diversión de Daemon y humillación de Cole. Perdió y su cuerpo sólo fue un bulto rojo y morado al que nadie dio una segunda mirada. Su historia en el Libro Blanco constaba de unas pocas líneas; su nombre, la fecha de su juramento y las fechas de su baja deshonrosa, su juicio y su muerte.
Su muerte había sido un mensaje para toda la Corte y el reino, también. Los Siete habían negado su favor a Cole, por lo que sus acusaciones de bastardía, putas y herederos legítimos habían estado equivocadas y fueron condenadas y cobradas en consecuencia.
Daemon también había limpiado, con el permiso y la bendición del Rey, la Fortaleza Roja tan concienzuda y brutalmente como había limpiado Desembarco del Rey y Fondo de Pulgas en su tiempo como Comandante de las Capas Doradas. El abuelo de Aemond no había estado complacido; con todos acobardados y la fortaleza en manos de Daemon, su poder y el de su facción había menguado. Había estado especialmente furioso cuando el Rey reafirmó el derecho de Rhaenyra como legítima heredera al Trono de Hierro frente a la Corte y enviando cuervos a cada rincón de los Siete Reinos. También había anunciado el compromiso matrimonial del Príncipe Jacaerys Velaryon y la Princesa Helaena Targaryen.
Sorprendentemente la Reina no había reaccionado igual.
La madre de Aemond se había unido a Rhaenyra en su preocupación por la terrible experiencia que todos sus muchachos habían experimentado. Aemond no lo había presenciado, pero le llegaron susurros de una reunión entre Rhaenyra y la Reina en el solar de la última; nadie sabía lo que habían hablado, pero cuando salieron ambas tenían los ojos rojos y estaban más tranquilas la una con la otra. Los malentendidos se resolvieron, Helaena había dicho un día, cuando vieron a su madre sostener en sus brazos a uno de los mellizos de su hermana mayor.
A decir verdad, la madre de Aemond había comenzado a actuar como una verdadera madre, como la madre que él y sus hermanos siempre habían necesitado, deseado. Ella pareció tomar nota del trato de Rhaenyra con sus propios hijos y cómo tentativamente empezaba a acercarse a sus medios hermanos; sobre todo, observó con especial atención la forma en que Rhaenyra cuidaba y se relacionaba con Lucerys, pues empezó a ser más tolerante y comprensiva con Helaena y sus aficiones. Cada uno de ellos, extraños a su manera, eran adorados también de diversas formas por sus madres y familiares. Y ya que la Mano estaba ocupada lidiando con el nuevo desequilibrio de poder, no tenía tiempo para imponerse como solía hacer a su hija y nietos.
Aemond todavía se esforzaba por alcanzar nada menos que la excelencia en todo lo que hacía. El sentimiento de insuficiencia que lo había acosado durante años era difícil de desterrar, además de que estar rodeado tanto de sus sobrinos como de sus primas que también sobresalían en diversos campos, hacía de Aemond más competitivo. Aemond sentía que debía demostrar su valía, demostrar que ser un príncipe Targaryen y el jinete de Vhagar no era una casualidad —el espectro de la noche que reclamó a Vhagar, de su acción furtiva, nunca dejaría de perseguirlo pese a haber hecho las paces con los involucrados— y que era digno de su sangre y su nombre. Su continuo trabajo duro también tenía el beneficio de alejar lo peor de la atención de su abuelo.
—Te encontré —dijo Aemond, a unos pasos de la habitación del Rey.
— ¡Aemond! —Lucerys corrió a su encuentro, lanzando sus brazos alrededor del cuello de Aemond para un abrazo —. ¿Cómo pudiste haberme encontrado? No estaba perdido.
Aemond no respondió y, en cambio, ganó una risa encantada cuando levantó a Lucerys de sus pies y lo balanceó un poco. Cuando lo bajó se aseguró de colocar sus pies desnudos sobre sus propios zapatos.
—Criatura tonta, otra vez andas por ahí descalzo—regañó, todavía con Lucerys encerrado en el círculo de sus brazos pese a que su sobrino ya había soltado su cuello.
—Los estaba usando hace un momento, pero siempre escapan, les gusta mucho hacer eso, lo sabes —Lucerys se sostenía de los brazos de Aemond, sus dedos tocaban rítmicamente contra el cuero y sus ojos se deslizaban por la caída de su cabello plateado sobre sus hombros.
—Los zapatos del príncipe Lucerys están aquí, príncipe Aemond —Ser Harrold se los entregó —. Los dejó en la última vuelta del pasillo antes de llegar a la habitación del Rey.
—Así que volviste a ver a Su Gracia con un aspecto tan indecoroso —amonestó sin calor a su sobrino.
—Al abuelo rey no le importa. No se necesitan zapatos para hablar de Valyria.
—No necesitas zapatos para muchas de las cosas que haces, parece.
— ¿Por qué se necesitarían zapatos para hacer cosas importantes?
Aemond no respondió, consciente de que sólo empezarían una conversación circular. Cargó a Lucerys y lo llevó hasta un barandal de piedra, lo sentó y se arrodilló en una pierna para ponerle los zapatos.
—Los dragones me esperan, voy a verlos.
—Entre más rápido te ponga los zapatos, más rápido estarás con ellos.
—No voy a montar —se quejó, pateando ligeramente, mostrando su inconformidad respecto al calzado.
Como si sólo lo necesitara para montar y como si no hubiera intentado escalar a Arrax sin botas antes. Lucerys había terminado con los pies sangrantes y fue una lucha conseguir que prometiera no volver a montar en dragón con los pies desnudos.
—Todavía necesitas usar zapatos para llegar ahí —no hubo más lucha y cuando terminó de atarle los zapatos, levantó la mirada.
Lucerys tenía vuelta la cabeza hacia la izquierda, dejando sus ojos vagar por la piedra y la madera que los rodeaba, sus pensamientos perdidos en un lugar que Aemond no podía alcanzar. Aemond no estaba seguro de cuánto tiempo permanecieron así, pero Lucerys por fin regresó sus ojos a él. La mano derecha de Lucerys alcanzó el rostro de Aemond, sus dedos acariciaron su parche y bajaron para sostener su barbilla en un agarre gentil.
— ¿Vendrás conmigo? ¿Podemos irnos ya?
Aemond tomó su mano e hizo un gran esfuerzo al evitar besarla, se levantó —. Vamos.
Ninguno de los dos se dio cuenta de la mirada cálida y conocedora con que Ser Harrold los siguió.
…
El clamor de la gente y los gritos de los niños inundaban la plaza principal de Fondo de Pulgas. La gente hacía filas para recibir un tazón de estofado y rellenar sus canastas con alimentos básicos para su hogar. Aemond era uno de los supervisores, asegurándose que nadie recibiera más o menos de la despensa asignada, así como vigilaba que los hombres y mujeres encargados de repartir no tomaran algo para sí mismos. Rhaena ayudaba a servir el estofado desde una de las enormes ollas y también vigilaba que las porciones fueran las adecuadas. Joffrey y los mellizos jugaban con los niños de los orfanatos o aquellos que habían llegado con sus padres, bajo el ojo atento de Daemon y algunos Capas Doradas. Jacaerys y Helaena vivían en Dragonstone y Baela estaba bajo la tutela de su abuela en Marcaderiva, por lo que ninguno de ellos los acompañaba.
Lucerys y Aegon, mientras tanto, estaban entreteniendo a otro grupo de niños y mujeres jóvenes, sentados frente a la fuente de la plaza. Desde donde estaba, Aemond tenía una vista perfecta de Lucerys, quien reía mientras enseñaba a una joven a pintarse las uñas con pétalos de flores. Aegon hacía lo mismo, aunque con una disposición más alborotada y grandilocuente, con un niño pequeño.
Había sido una sorpresa para todos cuando vieron las uñas pintadas de Lucerys en una cena después de su décimo onomástico. Lo había aprendido de la hija de uno de los jardineros de la Fortaleza Roja. Había estado tan entusiasmado que toda la familia, excepto el abuelo de Aemond, había aceptado que Lucerys les pintara las uñas; los Capas Blancas y los hombres de Daemon y los Velaryon que siempre lo seguían tampoco se habían salvado. Incluso los bebés y la Princesa Rhaenys y Lord Corlys habían sido víctimas de la nueva afición de Lucerys.
Con el tiempo sólo las chicas, Rhaenyra y Aegon continuaron haciéndolo. Pero sólo Rhaenyra mantenía el privilegio de que Lucerys lo hiciera por ella, era su momento de unión, Aemond había escuchado a su hermana mayor comentándolo a su madre una vez. Daemon se burlaba —sin intención real detrás— y la Mano lo detestaba, pero Aegon siempre mostraba sus uñas anaranjadas con orgullo y solía vérsele hablando con los jardineros.
Las damas, jóvenes y mayores, de la Corte, habían copiado la nueva tendencia de Lucerys, sobre todo cuando vieron a la Princesa Heredera hacerlo —como también habían copiado el usar muchos anillos de ella. Sin embargo, dejaron de hacerlo cuando descubrieron que la gente pequeña también lo hacía y empezaron a lanzar burlas sutiles contra Rhaenyra, Helaena, Baela y Rhaena, sobre todo a Lucerys y Aegon. Pero mientras ellos cayeron ante los ojos de la Corte y la nobleza sureña, fueron más amados por el pueblo llano ya que tenían algo en común, por pequeño y tonto que fuera.
Dicho amor sólo iba en aumento con las decisiones de Rhaenyra de actuar en beneficio del pueblo común. Con la bendición del Rey y el apoyo reticente de la mitad del Consejo, Rhaenyra puso manos a la obra para abrir comedores en la ciudad, así como supervisar los orfanatos y los asilos. Ella en persona había visitado cada uno de esos lugares, también se había sentado en una plaza y escuchó a cada una de las personas que se acercó a ella. Así, Rhaenyra y la Reina comenzaron no sólo a financiar los lugares necesitados, sino también a construir nuevos orfanatos y asilos para ancianos y mujeres, así como para personas sin hogar.
Cada semana miembros de la familia real bajaban a la ciudad, a Fondo de Pulgas específicamente, para repartir comida, escuchar peticiones e interactuar con la gente. Eran pasos pequeños, se quejaba su hermana, frustrada consigo misma por no poder hacer más y más rápido, además de molesta por nunca haberse dado cuenta de la situación de la ciudad, sin mencionar su preocupación por cómo debía estar el resto del reino. Todos tenían palabras de aliento y consuelo para ella, asegurándole que estaba en el camino correcto y que ya estaba haciendo lo que podía con lo que tenía. La Mano y varios señores del Consejo estaban molestos por la nueva atención de la familia real en el bienestar del pueblo, los Verdes odiaban sobre todo el amor que Rhaenyra y los Negros estaban obteniendo.
Todo eso, sin embargo, no hubiera sido posible de no ser por Lucerys.
Había sucedido pocas lunas después de su descubrimiento de las uñas, Lucerys había comenzado a guardar alimentos de las comidas. A veces rebanadas de pan y piezas de fruta, otras, trozos de queso y pequeñas tartas. Cuando le preguntaron por qué lo hacía, él simplemente contestaba que lo necesitaba. No le habían prestado mucha atención, tomándolo como otra de sus acciones menos cuerdas e inofensivas. Y entonces se había intensificado. El Maestre Orwyle —que había suplido a Mellos después de que fuera enviado al Muro por intentar dosificar a la fuerza a Lucerys con hierbas— se había acercado a Rhaenyra en nombre de los cocineros para informarle que Lucerys estaba robando comida de las cocinas. Las palabras del Maestre habían sido más sutiles y menos condenatorias, por supuesto, pero la información había sido correcta.
Rhaenyra había decidido preguntarle a Lucerys al respecto cuando estaban rompiendo el ayuno, para que estuviera en un ambiente cómodo y rodeado de quienes lo amaban y se sintiera como una conversación familiar. Lucerys había contestado de inmediato, alegre mientras les contaba de sus incursiones en la cocina y posteriores viajes a Fondo de Pulgas para repartir la comida a los niños y ancianos que encontraba. Por los túneles, había contestado cuando la Reina preguntó cómo salía de la fortaleza. Daemon había soltado una carcajada, así que eso es lo que haces cuando desapareces.
¿Por qué lo haces, Luce? Había preguntado Rhaenyra. Porque lo necesitan, había sido la respuesta de Lucerys. Lo entiendo, mi dulce niño, pero es muy peligroso, Rhaenyra había tomado el rostro de Lucerys entre sus manos. Lucerys, con diez onomásticos, había observado fijamente a su madre, su mirada más clara de lo que nunca había sido desde que su mente se perdió, y negó suavemente con la cabeza, ¿no es peligroso pasar hambre? Ellos están en peligro todos los días.
Su mirada había cambiado de nuevo y salió del agarre de su madre. Lucerys había continuado comiendo su tazón de avena, como si no hubiera dado una lección de vida y una reprimenda a toda su familia con dos frases.
—No parece que esté loco.
Aemond buscó de dónde venían las palabras.
—Sabes cómo es el Loco Morris, siempre caminando desnudo por el puerto, recogiendo piedras y hablando solo —dijo la misma voz —. Mira al Príncipe, no se ve como un loco.
— ¿Hablaste con él? Tal vez su locura esté en sus palabras —dijo otra voz.
—Dice cosas extrañas, pero no grita ni maldice ni tuerce sus palabras como el Loco Morris —intervino una voz de mujer.
—No importa si el Príncipe está loco o no, fue el primero de esos dragones en preocuparse por nosotros y traernos comida. Nunca voy a olvidar cuando mi hija llegó con pan y frutas que el Príncipe le regaló, menos que mi viejo lloró cuando mordió una pera por primera vez en su vida—contó la primera voz.
Hubo una pausa y entonces la segunda voz masculina habló —: Creo que el Príncipe es el más cuerdo de ellos.
…
El banquete de celebración por el nacimiento de Maelor, el primer hijo de Jacaerys y Helaena estaba en apogeo. La cena acababa de terminar y los asistentes ya estaban levantándose de sus asientos para comenzar a interactuar con los demás, sin embargo todavía ninguna pareja comenzaba a bailar.
—Tonterías —Aegon resopló, acabó su vino de un trago y se levantó —. Vamos, Luce, enseñemos a estas personas cómo divertirse.
Lucerys que había estado ayudando a sujetar la corona de rosas de Helaena —Daemon la había coronado en la justa— en el cabello de Rhaena, miró a su tío mayor y aceptó con una exclamación de deleite.
—Me gusta bailar —besó la mejilla de Rhaena y tomó la mano de Aegon.
Aemond miró con envidia disimulada a su hermano mayor y a Lucerys empezar a bailar. Intelectualmente sabía que era una tontería sentir envidia cuando los dos lucían como desquiciados mientras saltaban y se movían sin seguir el ritmo de la música.
—Debiste pedirle su primer baile con anticipación —Baela rio a su lado.
—Lucerys no es una doncella a la cual pedir un primer baile —dijo con voz seca.
—Pero sí querías ser el primero en llevarlo a bailar hoy.
— ¿Desde cuándo sabes lo que quiero, prima?
—Desde que tengo ojos —Baela jaló juguetonamente un mechón de cabello de Aemond —. Deberías ser más audaz con él, a este paso alguien ajeno podría darse cuenta de la joya que es y llevárselo lejos de ti.
—Rhaenyra nunca se lo entregaría a nadie —apretó la copa en su mano, molesto con la sola idea de un hombre o una mujer sin rostro llevándose a Lucerys.
— ¿Y si esa persona es digna? ¿Si Luce la ama? Hay poco que mi madre le niegue a Lucerys, sobre todo si es algo que lo hace feliz.
—No existe nadie lo suficientemente digno de él, es imposible —así como no existía nadie que se comparara a Lucerys Velaryon, no cabía posibilidad de que alguien fuera merecedor de él.
Lucerys Velaryon era demasiado, él era todo.
— ¿Ni siquiera tú? —preguntó Baela.
—Mucho menos yo —ignoró el suspiro sufrido de Baela y se levantó para invitar a bailar a su madre.
Bailó con Rhaenyra y Helaena, robó a Rhaena de un Lannister y, valientemente, intercambió a Baela por la Princesa Rhaenys con Daemon, incluso hizo girar a Visenya en uno de los bailes más rápidos y casi perdieron la corona de rosas por sus esfuerzos. Cuando regresó a la mesa, Rhaenyra estaba enviando a los niños más pequeños a dormir, Viserys desenredó la corona de rosas de la cabecita de Baelon —el más pequeño de los hijos de Rhaenyra y Daemon— y se la entregó a Joffrey, quien la colocó en la cabeza de Daeron. Aemond tomó asiento junto a Jacaerys, que estaba en una conversación profunda con su hermano jurado, Cregan Stark.
Aemond estaba a la mitad de su copa, saciando su sed, cuando Lucerys apareció del brazo de la Reina. Ambos estaban sonrojados y sonrientes, un poco despeinados también. La madre de Aemond pasó por las formalidades con Lord Stark, alisó los rizos de Lucerys y le dio un beso en la frente antes de ayudar a Rhaenyra a pastorear a los niños.
—Hola, hermano lobo —saludó Lucerys a Cregan Stark.
—Hola, pequeño dragón marino —Cregan Stark le sonrió con sus tormentosos ojos grises —. ¿Dónde están tus zapatos?
Ante lo dicho, Aemond y Jacaerys se levantaron para ver los pies de Lucerys.
— ¿Dónde los dejaste esta vez, Luce? —Jacaerys ya estaba haciendo señas a un sirviente para pedir un nuevo par.
—En ningún lado, ellos se fueron, tenían mejores lugares para estar —contestó con los ojos clavados en la capa de piel del Stark.
— ¿La Reina no se dio cuenta? —preguntó Aemond, acercándose a Lucerys para sacarlo del frío suelo.
—Lo hizo y lo olvidó —dejó que Aemond lo guiara a una silla y se sentó, todavía con la mirada fija en la capa del norteño —. Es más divertido bailar que preocuparse por zapatos. Me gusta bailar. ¿Te gusta bailar, hermano lobo?
—La distrajiste —suspiró Jacaerys al mismo tiempo que Cregan Stark contestó.
—No soy muy aficionado al baile —admitió y agregó —: ¿Te gusta mi capa, pequeño dragón de mar?
No era la primera vez que Lord Stark y Lucerys se encontraban, pero sí la primera que el norteño usaba su capa pesada con pelaje gris a la vista de Lucerys.
—Sí, parece muy cálida —extendió una mano y la pasó por el hombro de Cregan Stark —. Quiero una para mi tío Aemond.
Aemond se sintió frío de repente, tan frío como cada vez que Lucerys les recordaba que había una grieta muy profunda y triste en su mente, como cada vez que Aemond recordaba que no era el Aemond que Lucerys añoraba. Apenas se dio cuenta de la mirada que Cregan Stark le lanzó antes de enfocarse de nuevo en Lucerys, no debía ser una novedad para él, con Jacaerys como su hermano jurado tenía que estar lo suficientemente informado de lo que pasaba con su hermano de sangre.
—Mi madre y mi abuela dicen que mi tío está explorando Essos y Essos es cálido, pero cuando regrese él necesitará ropa más abrigadora, Westeros no es tan cálido como Essos —explicó Lucerys —. Una capa como esta sería perfecta y podría dársela con los otros regalos que tengo para él.
Un pañuelo con pequeños dragones volando que Helaena le había enseñado a bordar, un brazalete con las escamas blancas caídas de Arrax —que había guardado cuando Arrax había sido una cría—, libros de historia de la Vieja Valyria que él mismo había transcrito de sus muchas lecciones con el Rey, un cinturón con hebilla en forma de dragón que había robado de Daemon, una botella llena de plumas de diferentes aves y el dibujo de las constelaciones estelares que él mismo había trazado cuando Lord Corlys le dio lecciones teóricas de navegación.
Escocía al corazón de Aemond saber que todos esos regalos que Lucerys guardaba con alegría y celo nunca serían para él, nunca podría reclamarlos como propios. Tenían su nombre, pero no le serían entregados nunca.
—Conseguiré una capa para tu tío, te doy mi palabra —Cregan Stark se levantó y se quitó la capa —. Mientras tanto puedes usar ésta y asegurarte que es lo suficientemente cálida para el propósito que buscas.
Lucerys se levantó de un salto y permitió que Cregan Stark envolviera la capa alrededor de sus hombros. Se balanceó, observando el movimiento de la capa con él. La tela arrastraba en el suelo, escondiendo sus pies desnudos, el pelaje ahogaba sus hombros y tapaba su barbilla. Lo único visible de él era una parte de su rostro y su cabello revuelto. Lucerys parecía un duende chiflado y peludo, sumamente ridículo. Nunca antes se había visto tan encantado consigo mismo.
—Mírate, todavía podemos hacer un norteño de ti —Cregan Stark palmeó los hombros cubiertos de Lucerys, quien se pavoneó al escucharlo.
—Bailemos con los Primeros Hombres —Lucerys pareció saltar con las puntas de sus pies, si el movimiento que hizo era algo por lo que pasar —. Soy uno de ellos ahora —sacó una mano debajo de la capa y tomó una de las muñecas de Cregan Stark, quien no se resistió.
Nadie podía resistirse a Lucerys.
Nadie lo suficientemente decente.
— ¡Luce! ¡Tus zapatos! —Jacaerys intentó alcanzarlos, pero la pequeña criatura delirante ya se había mezclado entre la gente.
— ¡Se los llevaré! —Daemon tomó las botas del sirviente que acababa de llegar y se dirigió hacia el grupo de norteños.
Ni Aemond ni Jacaerys tenían idea de dónde había salido el hombre y pronto se distrajeron cuando canciones del Norte comenzaron a sonar.
—Por fin un reino que sabe divertirse en un banquete —Aegon quitó la corona de rosas de Daeron y se la colocó a sí mismo mientras avanzaba hacia los norteños.
—A este paso lo próximo que veremos será una celebración dothraki —Lord Corlys se burló con buen humor mientras tomaba asiento.
—Es una pena que el Rey se retirara temprano, mi primo habría disfrutado de esta energía —la Princesa Rhaenys tomó asiento junto a su esposo —. ¿No deberían estar en la cama ya, muchachos? —preguntó a Joffrey y Daeron.
—Nos permitieron quedarnos una hora más, abuela —respondió Joffrey, tomando una ciruela confitada de un plato.
—Los banquetes nunca son así en Oldtown, princesa —Daeron veía con grandes ojos deslumbrados cada detalle —. ¿Puedes hablarme de las fiestas en Marcaderiva? Por favor.
Aemond lo sintió por su hermano pequeño, enviado desde que era un bebé a la Casa Hightower por pedido de su abuelo. Nunca entendería por qué su madre y el Rey lo habían aceptado. Actualmente su madre lo quería de vuelta por completo, pero la Mano insistía en que no era oportuno interrumpir la educación de Daeron.
— ¿Cuándo llegó Helaena ahí?
La voz de Jacaerys hizo que Aemond buscara a su segunda hermana con la mirada. Ella, de alguna manera, se las había arreglado para unirse también a los norteños. En realidad, todas las mujeres de su familia, excepto por la Princesa Rhaenys, estaban bailando con los hombres del Norte.
Helaena bailaba con un gigante, un Umber o un Flint, que seguía sus movimientos con una agilidad que desmentía su tamaño. Rhaena copiaba los pasos que un señor mayor le enseñaba. Baela bailaba con Cregan Stark y parecía que también estaban hablando, tal vez compartiendo chismes de Jacaerys. Rhaenyra y la madre de Aemond se habían unido a algunas mujeres del Norte, quienes las hacían girar de una a otra entre revuelos de faldas. Aegon se deslizaba con la delicadeza de un potro recién nacido entre las parejas de baile, siguiendo su propio ritmo.
Era bueno que la Mano se hubiera retirado con el Rey, aunque seguramente todavía le informarían de las acciones reprochables de su hija y nietos. Aemond comenzó a prepararse mentalmente para la reprimenda del día siguiente, pero la risa de Lucerys atrajo su atención.
Daemon lo balanceaba de un lado a otro y Lucerys tenía una sonrisa enorme en su rostro, sus ojos estaban prácticamente cerrados mientras dejaba que su padre lo maltratara al ritmo de la canción. La capa de piel escondía su cuerpo y la corona de rosas —que había encontrado su turno sobre los rizos de Lucerys— se tambaleaba peligrosamente cada vez que Lucerys echaba la cabeza hacia atrás para reír.
Las manos de Aemond cosquillearon con el deseo de tomarlo en sus brazos y guiarlo en su propio baile, de apretarlo contra su pecho y absorber todo su deleite y regocijo.
…
—Es el hombre enojado —Lucerys miró con grandes ojos a Vaemond Velaryon por un instante antes de regresar su atención al cabello de Helaena que estaba trenzando con flores.
— ¿Hombre enojado? —Aemond observó al hermano de Corlys Velaryon avanzar con arrogancia hasta parar frente al Trono de Hierro.
—Grita mucho, escupe —Lucerys arrugó la nariz como si recordara algo desagradable —. Sus ojos no son buenos, son los ojos de la Mano.
Antes de que Aemond pudiera preguntar a qué se refería, Lucerys dejó la trenza de Helaena a medio hacer y fue con su abuela. La Princesa Rhaenys estaba reuniendo a sus nietos y nietas frente a ella mientras Rhaenyra y Daemon hablaban en voz baja con la madre de Aemond.
—Esta mañana encontré a Lucerys acorralado por Vaemond Velaryon —dijo Aegon, quien hizo una mueca cuando la mirada furiosa de Aemond cayó sobre él —. ¿Por qué me ves así? Mejor dirige esa mirada de muerte al hombre idiota. No puedo creer que ese sea el hermano de Lord Corlys.
—Aegon —Aemond no tenía tiempo para el despotricar de su hermano, lo que quería era saber qué había ocurrido con Lucerys.
—No sé cómo llegaron a esa situación, ¿de acuerdo? Lucerys debió haber escapado de sus guardias otra vez y desafortunadamente se encontró con Vaemond Velaryon. Yo iba de camino a las habitaciones de Jace y Helaena, cuando vi a Luce en un pasillo. Vaemond Velaryon ya se estaba yendo cuando aparecí. Luce no parecía herido ni afectado, sólo actuaba como él mismo. Lo llevé conmigo, estuvo arrullando a Maelor como si nada hubiera pasado. ¿No es así, Hel?
Helaena asintió —. Un caballito de mar engañoso no puede lastimar a un dragón como Luce. Él obtendrá su merecido, hermano.
Las palabras de su hermana no hicieron nada para apaciguar la ira de Aemond. ¿Cómo se atrevía ese hombre a acercarse y maltratar a Lucerys? El cobarde lo había acorralado a solas y le dijo quién sabe qué cosas viles, como si Lucerys tuviera la culpa de algo. Lucerys ni siquiera era el heredero de Marcaderiva, hacía años que Rhaenyra y Lord Corlys llegaron al acuerdo de pasar dicha herencia a Joffrey debido al estado mental cuestionable de Lucerys, en un intento de apaciguar las preocupaciones de los otros miembros de la Casa Velaryon. Por supuesto, eso sólo había molestado más a Vaemond Velaryon y ahora, aprovechando el estado herido de su hermano, estaba reclamando la herencia de su Casa. El hombre no sólo estaba irrespetando la decisión del jefe de su familia y estaba pasando sobre los hijos de su sobrino fallecido, Ser Laenor, sino también sobre Baela y Rhaena quienes —gracias al precedente que el Rey y Rhaenyra estaban fomentando— tenían un derecho mayor que él y también podían pelearlo.
Cuando la Mano del Rey entró, todos cesaron sus conversaciones y encontraron sus lugares. Helaena se unió a su esposo con los Targaryen Velaryon y la madre de Aemond se acercó hasta pararse junto a sus hijos cerca del Trono de Hierro. Aemond contuvo una mueca cuando vio a su abuelo sentarse en el Trono, Aegon no lo hizo y se ganó una reprimenda susurrada de su madre.
Después de que el Rey apareciera, todo se intensificó rápidamente.
Jace abrazó a Helaena tan rápido como vio a Daemon desenvainar a Darksister, alejándola de la vista sangrienta. Baela también abrazó a Joffrey, moviéndose para darle la espalda al espectáculo. Rhaena cubrió los ojos de Lucerys con una mano, escondiéndolo entre su cuerpo y el de Rhaenyra.
Cuando la Mano ordenó que sometieran a Daemon, sólo un par de caballeros, de todos los guardias presentes, avanzaron y ni uno fue un miembro de la Guardia Real. Aemond no estaba seguro cuál, si eso o el cinismo con que su tío limpió la sangre de Darksister, era la verdadera muestra de poder.
Daemon envainó a Darksister y se acercó a su familia. Lucerys retiró la mano de Rhaena de sus ojos y salió del círculo protector donde estaba.
— ¡Luce! ¡Lucerys! —Rhaenyra llamó con desconcierto a su hijo al verlo arrodillarse junto al cadáver y empezar a hurgar en su ropa.
—Ahora sí se ha vuelto completamente loco —dijo alguien al fondo.
—Príncipe Lucerys, esto no está bien —la Reina intentó acercarse, pero la sangre que avanzaba la detuvo —. En nombre de los Siete, por favor detente.
— ¡Qué crees que haces! ¡Aléjate de mi padre! ¡Maldito loco, déjalo! —el hijo de Vaemond Velaryon intentó acercarse, pero Daemon lo empujó lejos y Ser Erryk lo contuvo.
—Luce —Daemon se arrodilló junto a su hijo, sin importarle la sangre encharcada bajo ellos —. ¿Qué buscas?
—El hombre enojado habló conmigo —dijo Lucerys sin mirar a su padre y abriendo el abrigo de Vaemond Velaryon —. Tiene amigos que lo ayudan, me mostró una carta. Estaba complacido, sus amigos ya habían matado a su propia familia, si el hombre enojado lo deseaba, sus amigos matarían a su familia. No somos su familia, dijo, pero aceptaría la ayuda. Me mostró la carta de su amigo. No sabía por qué, pero ahora sí. El hombre enojado no puede llevarse la carta con él.
Todo quedó en completo silencio.
Todos trataban de procesar el significado de las palabras de Lucerys. Aemond vio a la Mano dar un paso hacia atrás, su rostro estaba completamente pálido. La respiración temblorosa de su madre también lo alertó, pero antes de que pudiera ver su rostro, Lucerys se levantó.
—Toma, padre —le entregó un pedazo de pergamino doblado al mayor.
Daemon tomó el papel y lo desdobló rápidamente. Rhaenyra ya tenía a Lucerys en sus brazos, sin darse cuenta o sin importarle mancharse de sangre también por los pantalones empapados de líquido escarlata de su hijo.
— ¡Arresten a Larys Strong! —gritó de pronto Daemon —. ¡Encuéntrenlo y tráiganmelo!
Un instante de terrible realización los sacudió a todos y pronto los caballeros se movieron. Daemon entregó la carta a Rhaenyra, susurró algo a ella y después a la Princesa Rhaenys, y salió también. Presumiblemente a unirse en la búsqueda de Lord Strong. La Princesa Rhaenys de inmediato ordenó a sus hombres Velaryon que custodiaran a la familia de Vaemond Velaryon y los guardias que había traído con él. Rhaenyra entregó a Lucerys a Jacaerys, quien de inmediato se aferró a su hermano, y se acercó al Rey, hablándole en voz baja y mostrándole la carta.
Aegon maldijo y caminó a grandes zancadas hacia sus sobrinos y hermana. Aemond lo imitó una respiración después. Tomó el pañuelo que Helaena estaba ofreciendo a Lucerys y él mismo empezó a limpiar las manos manchadas de sangre de su sobrino. La Princesa Rhaenys los guio junto con sus nietas y Joffrey fuera del Salón, todo su grupo protegido por los caballeros de confianza que siempre los seguían.
Aemond no se dio cuenta de la mirada horrorizada de su madre ni que la Mano logró descongelarse y ya se dirigía al Rey y a Rhaenyra.
Días después, Lord Larys Strong fue ejecutado por el asesinato de su padre y hermano, Lyonel y Harwin Strong, también por las muertes de las personas inocentes que habían quedado atrapadas en el fuego y por robo de línea.
…
El sonido de las olas y la risa encantada de Lucerys era todo lo que Aemond necesitaba para sentirse en paz y contento. Desde que se descubrieron los crímenes de Larys Strong la Fortaleza Roja estaba impregnada de un ambiente incierto, todos temerosos de los enemigos silenciosos que todavía podían estar acechando. Jacaerys y Helaena habían regresado a Dragonstone en la primera oportunidad que tuvieron y Aemond no los culpaba, con Maelor tan pequeño y vulnerable preferían tenerlo en un lugar donde sabían que estaba protegido y a salvo.
La Princesa Rhaenys también había regresado a Marea Alta, llevándose a Baela y Joffrey con ella. Rhaenyra había querido que Rhaena fuera con ellos, pero la prima de Aemond había deseado quedarse, especialmente porque sus hermanos pequeños también permanecerían y quería ayudar en lo que pudiera. Daemon había tomado un control férreo en la Fortaleza; Aemond lo había acompañado en los pasadizos para asegurarse que nadie pudiera acceder a ellos y para mapear las habitaciones que podían ser espiadas. Afortunadamente el Fuerte de Maegor, donde Daemon y Rhaenyra habían solicitado mudar a la familia real después de la primera purga de Daemon, tenía pocos túneles o, mejor dicho, los túneles sólo eran conocidos por Daemon, quien había pasado años explorándolos en su juventud. Y ahora Aemond también los conocía.
Rhaenyra también había empezado a pasar más tiempo con el Rey y aunque él no la había nombrado regente, le concedió el poder de hablar por él en las reuniones del Consejo. La palabra de la hermana mayor de Aemond ahora era tan fuerte como la de la Mano, a quien se había visto obligada a deferir todos estos años. Sin embargo, su relación con la Reina volvió a enfriarse. Aemond ni sus hermanos sabían lo que había ocurrido con ellas, pero el cambio de su relación tenía raíz en lo descubierto sobre Larys Strong. La madre de Aemond, cuando pensaba que nadie la veía, lanzaba miradas de remordimiento a Rhaenyra y Lucerys. Aemond había estado tentado a preguntar a su madre, pero se abstuvo, parecía que se trataba de algo que era mejor no saber.
El nuevo cambio de poder había molestado a la Mano, como era de esperar y había comenzado a empujar con más fuerza a Aegon, Aemond y su madre. Debido al acoso de su abuelo, Aegon empezó a pasar más tiempo fuera de la fortaleza; la mitad del tiempo volaba en Sunfyre y la otra mitad se escondía en las calles de Desembarco del Rey. Aemond era quien iba a buscarlo y siempre se tomaba su tiempo, deseando también estar lo más lejos posible de la presencia de su abuelo. Y su madre, que siempre había encontrado resguardo junto a Rhaenyra, pasaba casi todo su día y noche en la habitación del Rey cuando Rhaenyra no estaba con él.
Este día, sin embargo, Aemond había necesitado un escape más que nunca.
Otto Hightower les había informado que era tiempo de esponsales para Aegon y Aemond. Habiendo perdido a la pareja ideal para Aegon —Helaena — necesitaban una novia que no sólo aportara el poder de su Casa, sino que tuviera el linaje correcto. Una de las hijas de Lord Baratheon sería la esposa, la reina, de Aegon, por la sangre valyria en sus venas —por poca que esta fuera. En cuanto a Aemond, su esposa estaba destinada a ser Cerelle Lannister, la hija mayor de Lord Jason Lannister y sobrina de Lord Tyland Lannister, el Consejero Naval y un Verde.
La Mano ya estaba en proceso de arreglarlo todo, lo había hablado con Lord Tyland y tenían la aprobación de Lord Jason. Lord Baratheon estaba tomando su tiempo, pero ya estaban intercambiando cuervos sobre el tema. También había recomendado a la Reina que invitara a las damas Lannister y Baratheon a Desembarco del Rey para que sirvieran como sus doncellas. Pronto presentarían los compromisos para aprobación del Rey, pero era mejor que ambos empezaran a familiarizarse con sus futuras prometidas, había dicho su abuelo.
Cuando salió del solar de la Reina, Aemond había buscado inmediatamente a Lucerys. Cuando lo encontró, lo llevó a volar. Volaron en Arrax y Vhagar hasta llegar a un archipiélago que Aemond había encontrado años atrás. Llevaban horas ahí. Habían caminado por la playa, recogido conchas y tomado una corta siesta bajo el sol.
Ahora Lucerys jugaba. Corría hacia el oleaje y luego escapaba de él hacia la arena seca, una y otra vez corría hacia dentro y fuera del mar. Su ropa estaba empapada de las veces que no había sido lo suficientemente rápido, su cabello y su rostro tenían arena, y su piel estaba un poco enrojecida. Aemond no se cansaba de verlo.
Aemond podía pasar toda su vida viendo a Lucerys de esta manera.
Libre.
Dichoso.
Sólo para los ojos de Aemond.
Sabía que no podía tenerlo, pero tampoco quería a nadie más.
No una doncella ruborizada con una familia poderosa y ciertamente no a una doncella que su abuelo había escogido.
Aemond no quería a Cerelle Lannister.
No quería a nadie.
Nadie excepto Lucerys.
…
Después de hablar con Rhaenyra y su tío Daemon sobre los esponsales que la Mano estaba planeando, y de insinuarle a su hermana el estado en picada que estaba atravesando su madre, se dirigió a su habitación.
Ya había anochecido, la cena había sucedido horas atrás y pronto Lucerys aparecería para inspeccionarlo.
Atizó el fuego, cerró las cortinas de la ventana y se sentó en la orilla de su cama.
Esperó.
Lucerys no llegaba.
Atizó de nuevo el fuego.
Caminó por la habitación.
Descorrió las cortinas.
Voces fuera de su habitación lo alertaron y decidió salir.
— ¿Qué ocurre? —preguntó cuando vio a Ser Harrold hablar con los guardias de su habitación —. ¿Dónde está mi sobrino, Ser?
—Príncipe Aemond, pensé que el príncipe Lucerys estaría con usted viendo la hora que es. Escapó de mi guardia después de la cena, yo y los hombres del príncipe Daemon fuimos a buscarlo de inmediato. Los hombres de Lord Corlys aguardaron fuera de la habitación del príncipe su regreso. Me dirigí ahí, a esta hora debería haber regresado de verlo a usted, pero todavía no estaba en su habitación y vine a comprobar, pero sus guardias me dicen que el príncipe no ha venido.
Aemond ya había comenzado a caminar.
—Debe estar bailando en alguna habitación con balcón —dijo Aemond —, siempre se olvida del tiempo cuando la luna ilumina las habitaciones como a él le gusta.
— ¿Debería informar a la princesa Rhaenyra?
—No, no quiero preocuparla sin razón —tampoco era la primera vez que Lucerys hacía algo como esto, además, con la fortaleza custodiada por la gente de Daemon era casi imposible que algo ocurriera a Lucerys.
Y con Lucerys siendo inofensivo como era y con su locura, nadie debía estar interesado en hacerle daño. Los Verdes no serían así de estúpidos, no cuando el Rey todavía vivía y no bajo las narices y en el dominio de Daemon Targaryen.
Recorrieron los pasillos, los jardines y las habitaciones que Lucerys más frecuentaba. Pese a su razonamiento, Aemond se ponía cada vez más nervioso. Los sirvientes tampoco tenían mucha información, no habían visto a Lucerys desde la cena. Encontraron un acólito que les dijo haber visto a Lucerys caminar hacia el ala abandonada donde la difunta Reina Aemma había vivido. El alivio que Aemond sintió se evaporó cuando el acólito agregó que Lucerys iba acompañado por la Mano del Rey.
Aemond y Ser Harrold apresuraron sus pasos.
Cuando llegaron a ese lado de la fortaleza, Aemond casi corría por los pasillos, los latidos de su corazón eran atronadores contra su pecho y sus oídos. Si no estuviera consciente de la poca estima que el Lord Comandante de la Guardia Real le tenía a la Mano, la urgencia de Aemond sería reveladora para Ser Harrold. Ambos desconfiaban de Otto Hightower con Lucerys.
Ellos no tuvieron que revisar habitación por habitación cuando entraron al pasillo solitario, sólo había una puerta abierta. Llanto salía de ella.
El llanto de Lucerys.
Cuando Aemond entró, lo primero que vio fue un cuchillo tirado en medio de la habitación, iluminado por la luz de luna que entraba por una ventana sin cortinas. Lo siguiente que vio fue a Lucerys hecho un ovillo en la esquina más alejada del cuchillo, estaba pegado contra la pared, sus manos tapaban sus oídos y su cuerpo se estremecía incontrolablemente por la fuerza de su llanto.
Otto Hightower no estaba en ninguna parte.
No tenía que estarlo para saber que eso era su obra.
No era porque el acólito les hubiera dicho que lo vio con Lucerys, el cuchillo era suficiente prueba. Aemond lo había visto varias veces en sus manos.
— ¡Ser Harrold, ver por ayuda! ¡El Maestre, un acólito, quien sea! —ordenó mientras se acercaba a Lucerys.
Cayó de rodillas.
—Lo siento, lo siento, lo siento —susurraba Lucerys —. Tío Aemond, lo siento.
—Lucerys, Lucerys —dijo con voz gentil, llevando sus manos a las de su sobrino para intentar bajarlas y que lo escuchara —. Todo está bien, Lucerys.
—No quería hacerlo, no quería hacerlo.
—Lo sé, lo sé. Escúchame, soy tu tío Aemond. Estoy bien —guio las manos de Lucerys hacia ambos lados de su rostro —. Mírame, Lucerys, estoy bien. ¿Lo sientes? Estoy aquí.
El llanto no se detenía, pero Lucerys abrió los ojos y su mirada se movió poco a poco. Del espacio frente a él a sus mangas y luego a sus manos, finalmente llegaron al rostro de Aemond y ahogó un lamento angustiado.
— ¿Qué te hice? Tío Aemond, ¿qué te hice? —sus lágrimas salieron con fuerza renovada —. No quería hacerlo, lo prometo. No quería, no quería.
Se movió hasta que estuvo de rodillas frente a Aemond, sus manos se apretaron contra su rostro.
—Lo sé —la voz de Aemond sonó estrangulada.
Lucerys lo veía con reconocimiento.
Sabía quién era él.
Lo estaba viendo de verdad.
—Aemond, Aemond, perdóname, lo siento, Aemond, perdón.
Aemond apretó su agarre sobre las manos de Lucerys y se inclinó para que sus frentes se tocaran.
—Escúchame —susurró, su mirada no se apartó de los ojos oscuros de su sobrino —. Lucerys, te perdono. Te perdono, siempre te perdono.
Eso sólo hizo llorar más fuerte a Lucerys.
— ¿Cómo puedes? Te hice algo terrible. Debes odiarme. Aemond, ódiame —las puntas de sus dedos se clavaron en la piel de Aemond —. Ódiame, ódiame.
—No te odio, no puedo odiarte, nunca podría.
¿Cómo podría odiar a mi corazón?
—Detéstame.
—Luce, Luce, no te odio, no te detesto.
¿Cómo podría detestar la sangre en mis venas?
—Lo siento, lo siento, tío Aemond.
—Lo sé, lo sé.
Eres todo lo que quiero, todo lo que deseo.
Las pestañas de Lucerys estaban empapadas, sus parpados hinchados y sus mejillas húmedas. La claridad en su mirada comenzaba a desvanecerse, el reconocimiento también.
—Nunca quise lastimarte.
—Todo está bien, Lucerys. Estamos bien. ¿Me escuchas?
Eres el fuego que me mantiene caliente, Lucerys.
Lucerys le sonrió. Creyente, aliviado, consciente.
—Sí. Estás bien. Estamos bien. Tío Aemond, Aemond.
Entonces un parpadeo.
— ¿Dónde está mi tío? Tengo que disculparme —frentes y manos se separaron —. No quise hacerlo, tío Aemond, lo siento. ¿Dónde estás?
Aemond suspiró, tembloroso, y alcanzó de nuevo a Lucerys.
—Él lo sabe, Luce —rodeó a Lucerys en un abrazo y pegó su espalda contra su pecho —. Tu tío Aemond está bien. Ahora tienes que tranquilizarte, para de llorar. Todo está bien.
Lucerys no se resistió al abrazo, pero siguió sollozando y algunas lágrimas cayeron sobre los brazos de Aemond, dejando pequeñas manchas húmedas.
Te amo, fue incapaz de decir mientras sentía a Lucerys respirar y temblar contra él.
Así fue como los encontraron momentos después.
…
Una vuelta de luna después, durante la inspección nocturna, Lucerys no encontraría nada fuera de lugar en la apariencia de Aemond. Todo estaría igual a esa mañana; la misma ropa y sin rasguños, heridas o moretones. Lucerys se iría a dormir complacido y tranquilo. A la mañana siguiente, sin embargo, serían despertados con la terrible noticia de la muerte de Lord Otto Hightower, Mano del Rey y padre de la Reina.
Su muerte devastaría y aliviaría a partes iguales a la madre de Aemond. También sería lo que uniría de nuevo a su madre y hermana mayor, quien consolaría a su vieja amiga y la acompañaría en su duelo.
Aegon y Aemond no tendrían que casarse con Cassandra Baratheon y Cerelle Lannister.
Aegon no sería rey.
Y una vuelta de luna después de eso, durante otra noche de inspección, cuando Lucerys estuviera por salir con sus rizos oscuros más largos, una túnica negra, uñas rojas y pies descalzos, Aemond lo llamaría. Su sobrino giraría y su mirada bailaría de la luz de luna a las llamas en la chimenea.
—Lucerys, repetiría Aemond en alto valyrio y se levantaría, nada fuera de lugar en su apariencia y con el zafiro sin ocultar —. Quédate.
La mirada oscura y clara de Lucerys estaría sobre él en un instante.
Lucerys reiría, correría hacia él y enterraría su rostro contra la garganta de Aemond.
Aemond sentiría la sonrisa de Lucerys contra su piel, el roce de sus pestañas y el cálido suspiro de su aliento.
—Sí, diría Lucerys.
