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Karma

Summary:

Karma según la religión budista y en el hinduismo, Karma es la creencia según la cual toda acción tiene una fuerza dinámica que se expresa e influye en las sucesivas existencias del individuo.

Esta fuerza se encuentra alrededor de cada persona, lo que pasa es que muy pocos individuos lo conocen o le toman alguna importancia, algunos no le presta atención ya que a veces el Karma tardan años en suceder, otros sufren consecuencias al instante por lo tanto aprenden de su error y reconocen el poder detrás del Karma.

Pero también hay personas crueles que no comprenden, que se llenan de tanto odio y negación, que cuando les toca piensa que la culpa esta adherida al que le hicieron mal, algunas personas aprenden crecen y maduran, otros lastimosamente no lo hacen, Petunia Dursley de soltera Evans es por desgracia la última clase, y es por ello que cuando el Karma llega a su vida esta niega cualquier sentimiento de culpa, y piensa en el monstruo que causo esto.

Notes:

Hola este es una historia en base a lo que le sucede a Petunia luego de que Tony se lleva a Harry esta historia tiene luegar en el universo de segundas oportunidades. Actualizado 21/04/2026

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Capitulo:

“Mis acciones son mis únicas pertenencias. No puedo escapar de las consecuencias de mis acciones. Mis acciones son el suelo sobre el que me mantengo”

ThÍch Nhãt Hαnh


Petunia Dursley, de soltera Evans, se esforzaba cada mañana por convencer al espejo de que ella era una persona perfectamente normal. En su mente, la normalidad no era una condición, era un logro, una medalla que se colgaba al cuello para distinguirse del caos que habitaba en su propia sangre. Su familia, en apariencia, era el retrato del orden británico: un padre trabajador, una madre dedicada y dos hijas. Pero esa imagen era una fachada de papel que se desmoronaba cada vez que Lily entraba en la habitación.

Para Petunia, su hermana no era solo "especial"; era un recordatorio viviente de su propia insuficiencia. Mientras Petunia se desvivía por obtener calificaciones perfectas mediante el estudio extenuante y la disciplina, Lily obtenía el asombro del mundo simplemente por existir. La "normalidad" de Petunia era su refugio y, a la vez, su condena. Se obligó a desear una vida de paredes color crema y tazas de té a juego, no porque fuera su sueño original, sino porque era el único territorio donde Lily —con sus chispas en los dedos y sus castillos en el aire— no podía entrar a competir. Si no podía ser mágica, sería la perfección de lo ordinario.

Su sangre hervía, no por odio puro, sino por el dolor punzante de la exclusión. Observaba a sus padres mirar a Lily con una mezcla de reverencia y temor reverencial, una mirada que nunca se posaba en ella, la hija que sí seguía las reglas, la que sí limpiaba sus zapatos, la que no hacía que las cosas explotaran. En el fondo de su corazón, en un rincón que Petunia mantenía bajo llave, guardaba el eco de una súplica rechazada: el deseo de ser un monstruo también, con tal de ser amada con esa misma intensidad.

Cuando Lily se marchó para casarse con ese arrogante y desastroso Potter, Petunia no sintió pena, sino una liberación violenta, casi física. Al cerrar la puerta tras ellos, sintió que finalmente recuperaba el aire que su hermana le había robado durante años. Sin la sombra de la "perfecta Lily" oscureciendo su pasillo, Petunia podía finalmente convencerse de que su vida pequeña, pulcra y predecible era la única que valía la pena vivir. Se refugió en la absoluta cotidianidad, jurándose a sí misma que el mundo de Lily estaba muerto.

Lo que más amargaba su sangre era la figura de James Potter. Petunia lo observaba desde el rincón de la sala, ocultando su desprecio tras una taza de té, mientras él seguía a Lily con la mirada. No era solo que fuera un mago; era que James era hermoso. Tenía esa apostura natural, un descaro magnético y una elegancia despreocupada que lo hacía parecer salido de una revista. Ver cómo él reverenciaba cada paso que Lily daba, cómo la envolvía en un amor ridículamente grande y desvergonzado, le causaba a Petunia un nudo de celos que no podía nombrar.

Sus padres eran los peores cómplices. Observaba con los puños apretados cómo celebraban la relación de Lily con una alegría que rozaba la adoración. Para ellos, James no era un extraño peligroso, sino el príncipe que su hija especial merecía. Mientras Petunia se esforzaba por ser la hija que mantenía el orden y la lógica, sus padres se perdían en relatos de castillos y proezas, validando que el brillo de Lily era lo único que iluminaba esa casa.

Para Petunia, el amor de James por Lily era una injusticia cósmica. No entendía por qué a la hermana que ya lo tenía todo —la magia, la atención, el don de gentes— se le otorgaba también un hombre que la amaba con esa intensidad absoluta. En ese entonces, Petunia estaba sola, rodeada de su propia normalidad estéril, sintiéndose como un boceto sin terminar frente a la pintura vibrante que era su hermana.

Poco después apareció Vernon Dursley y, para Petunia, él fue un milagro de lo ordinario. En un mundo que le había dado la espalda por no ser "especial", Vernon era una presencia rotunda, sólida y benditamente predecible. Con él, las conversaciones no trataban sobre castillos ocultos o leyes físicas rotas, sino sobre el precio de los taladros y la puntualidad de los trenes. A su lado, ella era simplemente Petunia, y esa simplicidad se sentía, por primera vez, como un privilegio.

Vernon se desvivía por ser el retrato del galanteo convencional. En sus citas, se mostraba exageradamente meloso, envolviéndola en una atención constante que Petunia bebía con una gratitud silenciosa. Le abría las puertas con un ímpetu ruidoso, le regalaba cajas de bombones con lazos simétricos y la llamaba "su tesoro" con una voz ronca que buscaba proyectar una autoridad protectora. Petunia lo observaba con orgullo mientras él inflaba el pecho al caminar por la calle, hablando de sus futuros ascensos en Grunnings con una pomposidad que a ella le parecía la ambición natural de un hombre de éxito. Le encantaba que él siempre buscara la mesa más central en los restaurantes, exigiendo atención con una voz potente que, para ella, no era más que la seguridad de alguien que sabe lo que merece.

Incluso cuando el cuello de Vernon se tornaba de un rojo violáceo porque el camarero se equivocaba con la cuenta, o cuando golpeaba el volante del coche con un puño cerrado ante un semáforo en rojo, Petunia no veía una señal de alarma. Para ella, esos ojos pequeños que se tornaban duros como cuentas de cristal eran la prueba de un carácter firme, la virilidad necesaria para mantener el orden en un mundo caótico. Si él apretaba su mano con una fuerza que llegaba a dejarle marcas en la piel, ella lo interpretaba como el miedo de un hombre enamorado a perderla. Eran los gestos de alguien que, al igual que ella, detestaba cualquier asomo de irregularidad.

Cuando él le propuso matrimonio en un pequeño y modesto restaurante, entre el olor a carne asada y la seguridad de lo convencional, el momento fue perfecto en su rigidez. Vernon se inclinó sobre la mesa, buscando su mano con una posesividad que la hizo sentir, por fin, el centro del universo de alguien.

—Petunia —dijo él, con una solemnidad casi religiosa mientras le mostraba el anillo—, construiremos una vida tan limpia y tan recta que nadie podrá encontrarle una sola mancha. Seremos el ejemplo de lo que debe ser una familia de verdad.

Al aceptar, Petunia sintió que finalmente tomaba las riendas de su destino. No escuchó el tono de mando en su voz ni notó que el "nosotros" de Vernon sonaba siempre a "mío". Ella solo veía al hombre que la sacaría para siempre de la sombra de Lily. Se aferró a su brazo, ignorando que la presión de sus dedos era un poco demasiado firme, y sonrió al futuro, convencida de que su armadura de normalidad era inexpugnable.

Sin embargo, la amargura regresó cuando sus padres, en lugar de celebrar su estabilidad, mostraron su desaprobación. Aquello encendió en Petunia una rabia sorda e indignada. ¿Cómo podían cuestionar a Vernon, un hombre con un empleo respetable y un coche propio, cuando habían recibido con los brazos abiertos a un vago excéntrico como Potter? Entendió entonces que para sus padres nunca nada de lo que ella hiciera sería suficiente si no venía acompañado de chispas o imposibles. Pero esta vez no cedió. Vernon la encontraba hermosa, la deseaba y la ponía en un pedestal donde ella ya no era "la hermana de la bruja", ni la chica de facciones duras que se escondía en los rincones. Por primera vez en su vida, Petunia no era la segunda opción.

Se mantuvo firme, luchando contra el juicio de sus padres hasta que, de mala gana, aceptaron la unión. Para cuando llegó el día de la boda, sus padres ya habían fallecido, llevándose con ellos el peso de sus comparaciones. Petunia no envió invitación a su hermana; no quería "monstruos" manchando su vestido blanco ni miradas de superioridad arruinando su banquete perfecto. Se casó con su dulce Vernon en una ceremonia tan normal que rayaba en lo sublime, y en ese momento, mientras intercambiaban votos, Petunia enterró el recuerdo de Lily bajo capas de resentimiento y olvido. Había ganado. Tenía su casa, tenía su apellido y, pronto, tendría a su hijo, Dudley, la prueba final de que su mundo normal era, en realidad, el único mundo que importaba.

 

Años después, la mañana en que Petunia abrió la puerta para recoger la leche, el mundo que tanto le había costado construir se hizo pedazos. Allí, envuelto en mantas, encontró a otro monstruo. Era el hijo de ella. Al ver esa cara, Petunia no solo gritó por la sorpresa; gritó por la invasión, por la audacia de ese mundo que creía haber enterrado y que ahora le arrojaba sus sobras en el felpudo. Peleó con Vernon, chilló hasta quedarse sin voz, pero al final, el miedo fue más fuerte que el asco. Se quedaron con el niño no por un gramo de amor, sino por la fría lógica de la supervivencia: si lo entregaban, quizá los otros, los "anormales", vendrían a buscarlo. Lo usaron como un amuleto de protección contra una magia que odiaban, ignorando con desprecio la carta de ese tal Dumbledore. ¿Quién se creía ese hombre, con sus títulos pomposos, para exigirles caridad después de haberle arrebatado a su hermana y haberle dejado a cambio una carga viviente?

El niño era un recordatorio constante del fracaso de Petunia. Lloraba sin descanso, acosado por pesadillas de luces verdes y estruendos que su mente infantil no lograba procesar. Pedía a gritos el calor de una madre y la seguridad de un padre, pero en Privet Drive solo encontró muros de hielo. Para Petunia, era más fácil sentir rabia que lástima; la lástima implicaba reconocer que su hermana estaba muerta, y reconocer su muerte significaba admitir que la amaba a pesar de todo. El dolor de la pérdida era una herida supurante que ella prefería cubrir con capas de resentimiento.

Cada vez que Harry la miraba, Petunia sentía un escalofrío de terror: esos ojos eran los de Lily. Eran exactamente los mismos ojos que la habían mirado con cariño en la infancia y con condescendencia en la adultez. Para no volverse loca, Petunia se aferró a su propio hijo con una desesperación asfixiante, volcando en Dudley todo el afecto que le negaba al sobrino.

Se obligó a ser sorda y ciega. Cuando Vernon, harto de los llantos, empujó al "monstruo" al oscuro armario debajo de las escaleras, ella no dijo nada. Cuando escuchaba el impacto de un puño contra esa piel tan joven o los gritos de auxilio que se apagaban en el polvo del hueco de la escalera, Petunia simplemente subía el volumen de la radio o se concentraba en sacar brillo a una encimera que ya estaba limpia. No era solo crueldad; era una defensa. Porque si miraba de cerca esas lágrimas y esos ojos llenos de miedo, vería a la niña que ella misma fue: alguien que solo quería ser aceptada y que terminó escondida bajo la sombra de un milagro que nunca llegó para ella.

Los años no pasaron, se arrastraron sobre Privet Drive como una densa niebla de silencios cómplices. El niño se convirtió en una sombra que limpiaba, una herramienta sin nombre ni derecho a historias; porque para Petunia, los monstruos no tienen pasado, solo utilidad. Harry vestía las prendas que a su hijo ya no le servían, telas que colgaban de su cuerpo escuálido como una mortaja de segunda mano, pero que para Petunia eran una prueba de su generosidad. No importaba que la ropa apenas ocultara los mapas de color púrpura que Vernon dibujaba en la piel del chico tras cada día de estrés en Grunnings; Petunia simplemente miraba hacia otro lado, ajustando las cortinas para que los vecinos no vieran nada que no fuera "normal".

En Navidad, el contraste era su mayor orgullo. Mientras la hermana de Vernon, Marge, llenaba la casa con su risa ruidosa, el niño se tropezó. El sonido seco de su brazo rompiéndose apenas fue un murmullo comparado con el estruendo de los villancicos. Vernon lo encerró en el armario, condenándolo al hambre y al dolor por el pecado de arruinar el ambiente festivo. Petunia lo ignoró con maestría quirúrgica. Sentada en el sofá, rodeada de envoltorios caros, abrazó a su pequeño Dudley, su niño hermoso y robusto, el retrato de la salud y la prosperidad que ella tanto había anhelado. Para ella, Dudley no era un niño malcriado, era un príncipe que merecía cada juguete y cada gramo de su atención.

Sin embargo, por un segundo, el fantasma de una niña pelirroja cruzó su mente; recordó el sonido de sus risas compartidas antes de que el mundo se partiera en dos. El corazón le dio un vuelco, una punzada de algo que pudo ser amor, pero lo asfixió de inmediato. Al subir las escaleras, en un acto que no era caridad sino una forma de acallar un eco molesto en su conciencia, deslizara un trozo de pan mohoso por la rendija del armario. Un regalo justo para un monstruo que, muy en el fondo, le recordaba demasiado a la parte de ella misma que también se sentía pequeña y despreciada.

Cuando el niño cumplió cuatro años, Petunia lo puso frente a la estufa para que aprendiera a ser útil. El olor a tocino quemado desató una rabia que la consumió por completo. El sartenazo que descargó sobre su cabeza no era solo por el desayuno arruinado; era el impacto de años de frustración acumulada. El golpe debió haberle roto algo, pero el niño vivió. Sin embargo, la forma en que él la miró desde el suelo —fría, carente de sorpresa, con una comprensión que un niño no debería poseer— la hizo sentir sucia e incómoda.

No volvió a tocarlo. No fue por compasión, sino por el miedo visceral a convertirse en una asesina por culpa de una criatura que no valía ni el esfuerzo de su odio. Petunia necesitaba que él fuera el culpable de todo: de su amargura y, sobre todo, del olor a perfume ajeno en las camisas de Vernon. Se convenció de que, si ese "fenómeno" no hubiera llegado a su puerta, su esposo jamás habría buscado refugio en otros brazos. El niño era el chivo expiatorio de su matrimonio fallido, el único ser al que podía castigar por las traiciones que no se atrevía a reclamarle a su "dulce" Vernon.

Esa tarde, el aire en Privet Drive se sintió extrañamente ligero. Vernon cruzó el umbral con una sonrisa que Petunia no veía desde sus días de cortejo en aquel pequeño restaurante. Por un momento, el hombre tosco y ruidoso desapareció, dejando paso al "dulce Vernon" que ella siempre quiso proyectar ante los vecinos. La propuesta que traía era el regalo que Petunia no se atrevía a pedirle a las estrellas: se desharían del niño. Vernon, con una convicción que no admitía réplicas, le aseguró que Lily no era la mártir que todos creían; que el niño era el fruto de una traición y que su "verdadero" padre, un hombre de la misma calaña, se haría cargo. Petunia no hizo preguntas. Prefirió abrazar esa mentira como si fuera la verdad más pura del evangelio, porque creerla significaba que Lily era, finalmente, tan imperfecta como ella. Al firmar los papeles, sintió que no solo entregaba a un sobrino, sino que borraba una mancha de su propia alma. El mundo volvía a ser suyo.

Los meses siguientes fueron un sueño de terciopelo. Sin la presencia opaca del niño en el armario, Petunia sentía que las flores de su jardín brillaban más. Viajaron a la costa, cenaron en los restaurantes más exclusivos de Londres y presumieron de un estilo de vida que gritaba éxito y normalidad. Dudley, radiante con sus juguetes nuevos, caminaba con el pecho inflado junto a su padre, imitando su zancada pesada. Eran, al fin, la familia perfecta de los anuncios de televisión. Pero la perfección, cuando se construye sobre mentiras, es una cáscara de huevo.

La burbuja estalló una noche de martes. Vernon no entró silbando; entró como un vendaval negro. El estruendo de la puerta al chocar contra la pared fue el primer aviso. Petunia, que estaba sirviendo el té, sintió que el frío le recorría la columna. Algo en Grunnings había salido mal, y la furia de Vernon buscaba una salida. Por instinto, el hombre se dirigió al pasillo, hacia el armario debajo de las escaleras, con el puño ya cerrado y el rostro encendido como un carbón al rojo vivo.

Al abrir la puerta y encontrar solo el vacío y el polvo, Vernon se quedó paralizado un segundo. El silencio que siguió fue más aterrador que cualquier grito. Se dio la vuelta lentamente, sus ojos pequeños y porcinos inyectados en sangre, buscando el objetivo que ya no estaba.

 Al abrir la puerta y encontrar solo el vacío y el polvo, Vernon se quedó paralizado. La ausencia del "monstruo" lo dejó a solas con su propio fracaso.

Se dio la vuelta lentamente, sus ojos inyectados en sangre fijos en Petunia.

—¿Dónde está? —rugió, y su voz hizo vibrar la porcelana fina de la vitrina—. ¡¿Dónde está ese maldito desperdicio?!

Petunia retrocedió hasta que sus talones chocaron con el borde de la encimera, sintiendo el frío del mármol clavándose en su espalda. Su corazón martilleaba contra sus costillas con un ritmo sordo y aterrador que intentaba ahogar el rugido de la respiración de su marido.

—Vernon, querido... se ha ido, ya lo sabes —respondió ella, forzando una dulzura que le raspaba la garganta como el cristal roto—. Siéntate, por favor... te preparé tu cena favorita, está justo como te gusta.

Extendió una mano temblorosa, un gesto instintivo de la esposa perfecta que intenta calmar a una bestia antes de que muerda. Pero Vernon ya no buscaba consuelo; buscaba un objetivo.

—¡Me importa un bledo la cena! —rugió él.

El estruendo de su puño golpeando la mesa de madera fue tan violento que una de las tazas de porcelana, esa vajilla que Petunia lavaba y secaba con devoción religiosa, saltó por los aires y estalló en mil pedazos contra el linóleo. Petunia miró los fragmentos blancos esparcidos por el suelo y sintió un pánico gélido. Comprendió, en el brillo maníaco de los ojos de Vernon, que él no estaba enfadado por la comida ni por el silencio de la casa. Estaba cazando una excusa.

Sin el sobrino de Lily en el armario, Vernon se había quedado sin su saco de boxeo personal. Ya no tenía un recipiente donde verter la bilis que acumulaba en la oficina, y esa presión interna, desprovista de su válvula de escape habitual, estaba buscando una nueva grieta que romper.

—¡Esta casa es un desierto, Petunia! —gritó él, avanzando con pasos pesados que hacían vibrar las vitrinas—. ¡Tú y tus brillantes ideas de "limpiar la familia"! ¡Me vendiste una mentira!

—¡Tú estuviste de acuerdo! —replicó ella, y la indignación le quemó la garganta hasta que su voz se quebró en un agudo reproche—. ¡Dijiste que era lo mejor! ¡Dijiste que ese niño era un estorbo y que estaríamos mejor sin él! ¡No me culpes ahora por una decisión que tomaste con una sonrisa en la cara!

Vernon se detuvo a milímetros de su rostro. Petunia pudo oler el sudor rancio y la furia que emanaban de él como un vaho venenoso. En ese momento, la venda se le cayó de los ojos: a Vernon nunca le había importado si el niño era un fenómeno o un peligro. Solo le importaba tener a alguien más pequeño a quien aplastar para sentirse un hombre importante.

Antes de que Petunia pudiera procesar el puñal que Vernon acababa de clavar en su propia identidad —esa que ella había construido con tanto esmero sobre los cimientos de la decencia y la normalidad—, la mano de su esposo se movió con una rapidez mecánica, brutal. No hubo advertencia, solo el desplazamiento del aire antes del impacto.

El sonido de la cachetada fue seco, un estallido que le nubló la vista y le hizo zumbar los oídos. Petunia cayó sobre el linóleo frío, ese suelo que ella misma sacaba brillo cada mañana con la esperanza de que la limpieza absoluta ocultara la podredumbre de su hogar. Mientras sentía el ardor punzante en la mejilla y el sabor metálico de la sangre brotando de su labio partido, levantó la vista con una incredulidad desgarradora. Su "dulce Vernon" ya no estaba; en su lugar había un extraño con los ojos inyectados en odio, un hombre que no buscaba justicia, sino simplemente un cuerpo donde descargar su propia miseria.

Mientras Petunia sentía el frío del linóleo contra su mejilla ardiente, un recuerdo que había mantenido enterrado bajo capas de negación emergió con una claridad despiadada. El impacto de la mano de Vernon no solo le había roto el labio, sino que había fracturado el muro de mentiras que ella misma construyó para sobrevivir. Se vio a sí misma años atrás, joven y obstinada, ignorando las advertencias susurradas de sus padres sobre el temperamento de aquel hombre "sólido" que ahora la miraba con desprecio desde las alturas.

Aquel recuerdo tenía lugar meses antes de su boda. Sus padres, que siempre habían mirado a Vernon con una cortesía forzada que Petunia confundía con envidia, la llamaron a la cocina en un intento desesperado por salvarla. Su padre, un hombre de gestos suaves, jugueteaba nerviosamente con una taza de té, mientras su madre no dejaba de mirarle las manos a Petunia, buscando marcas o temblores, buscando algo que no quería encontrar.

—Petunia, cariño —había dicho su madre, bajando la voz como si las paredes pudieran oírla—, hemos notado cómo Vernon te habla cuando cree que no escuchamos. Ese... ese temperamento. La forma en que te sujeta del brazo para "guiarte" de un lugar a otro. No nos parece la conducta de un hombre tranquilo, hija.

—Es un hombre con ambición, mamá —había respondido ella en aquel entonces, con la voz afilada por una defensiva casi violenta—. No todos pueden ser tan "etéreos" y suaves como los amigos de Lily. Vernon es sólido. Es normal. Tiene un plan para el futuro.

—Hay una línea muy delgada entre la firmeza y la brutalidad, hija —intervino su padre, clavando sus ojos cansados en ella—. Tememos que, cuando las cosas no salgan como él quiere, esa fuerza se acabe volviendo contra ti. Aún estás a tiempo de retractarte.

Pero Petunia se había levantado de la silla, indignada. Para ella, la preocupación de sus padres era un insulto personal, una señal de que preferían el caos mágico de Lily antes que la estabilidad cuadrada y segura de su prometido. "Ustedes solo quieren que yo sea igual de rara que ella", les gritó antes de salir de la habitación, dando un portazo que hoy resonaba en su cabeza con un eco amargo.

En su obsesión por superar la vida "anormal" de su hermana, Petunia se había quedado ciega. Confundió el control con la seguridad y la agresividad con la virilidad. Se convenció de que los estallidos de Vernon eran solo "estrés de hombre proveedor" y que su obsesión por el control era simplemente "protección". En su afán por ser la hija con la vida perfecta y convencional, cerró los ojos ante las venas hinchadas en el cuello de Vernon y sus puños apretados bajo la mesa. Eligió ignorar las señales de que el hombre que juró ser su muro contra el mundo era, en realidad, quien acabaría por derrumbarlo sobre ella.

Quien diría que años después, el eco de las palabras de su padre resonaría tan fuerte en la cocina vacía de Privet Drive, mezclándose con el llanto de Dudley en el piso de arriba. Sus padres habían muerto viendo cómo ella se alejaba hacia los brazos de un hombre que odiaban, y Petunia comprendió, con una punzada de dolor más fuerte que la cachetada, que su "normalidad" había sido el disfraz más caro y peligroso de su vida.

Permaneció inmóvil, escuchando cómo el sollozo de su hijo se volvía más errático, más cargado de un miedo que ella ya no podía aliviar con una de sus mentiras perfectas. La realización la golpeó con la fuerza de una verdad física: al intentar borrar a Lily y su mundo, se había borrado a sí misma. Había construido una fortaleza de orden y pulcritud solo para descubrir que ella no era la guardiana, sino la prisionera. En ese silencio absoluto que siguió a la partida de Vernon de la habitación, Petunia se dio cuenta de que no había nada de "normal" en el terror que sentía al oír unos pasos en el pasillo.

Levantó la vista hacia el armario debajo de las escaleras, vacío y oscuro. Irónicamente, ahora que el niño se había ido, ella entendía por primera vez lo que era vivir en la oscuridad. Había sacrificado su propia sangre para mantener la paz de un hombre que nunca la quiso por quién era, sino por lo bien que encajaba en su farsa.

Petunia cerró los ojos, apretando los párpados con fuerza como si pudiera borrar la realidad por puro deseo. A pesar del dolor latente en la mandíbula y del sabor a hierro en su boca, la maquinaria de su negación, alimentada durante décadas, volvió a ponerse en marcha. No podía irse. No tenía a dónde ir, ni dinero propio, ni una hermana a la que acudir. Su orgullo era lo único que la mantenía en pie y admitir que su matrimonio era un fracaso significaba darle la victoria póstuma a Lily.

Se obligó a levantarse, ignorando el temblor de sus rodillas. Con movimientos mecánicos, recogió los trozos de porcelana, limpiando el linóleo hasta que no quedó ni rastro del estallido de Vernon. Se lavó la cara con agua helada y, frente al espejo del pasillo, aplicó una capa de polvos para cubrir la mancha que empezaba a oscurecerse. Se tragó el sollozo que le quemaba la garganta y, con la espalda recta, subió las escaleras.

Al entrar en la habitación de Dudley, lo encontró hecho un ovillo en su cama. El niño ya no lloraba con la desesperación de quien busca consuelo, sino con un silencio rígido.

—Ya pasó, Diddy —susurró ella, sentándose en el borde del colchón y extendiendo la mano para acariciar su cabello.

Dudley no se movió de inmediato. Se quedó rígido bajo su tacto, con la respiración entrecortada por el remanente del llanto. En sus ojos de cuatro años, empañados por las lágrimas, ya no había la adoración absoluta de antes; en su lugar, brillaba una chispa de esa misma desconfianza que Vernon sentía por las cosas "rotas". Para el pequeño, el estruendo de la porcelana y los gritos de su padre habían sido un terremoto que no sabía nombrar. No había visto el impacto, pero el estallido de furia de su héroe invencible había transformado su hogar en un lugar desconocido y aterrador.

—Mami... —balbuceó el niño, buscando con torpeza el calor de Petunia.

Ella lo atrajo hacia sí, abrazándolo con una desesperación asfixiante, como si al apretarlo pudiera unir los pedazos de su propia vida fracturada. Lo besó en la frente una y otra vez, barriendo con sus labios el miedo de la piel del niño. Para Petunia, Dudley no era un niño difícil ni consentido; era un ángel sensible que necesitaba toda su protección, la única criatura pura en un mundo que se empeñaba en herirlos.

—Shhh, mi Diddy, ya pasó. Solo fue un accidente en la cocina —mintió ella, y su voz, aunque quebrada, recuperó ese tono meloso y protector que era solo para él—. Papá está muy cansado porque trabaja mucho para comprarnos cosas bonitas, eso es todo. Vamos a leer tu cuento favorito, ¿sí? El de los coches de carreras.

Durante la siguiente hora, Petunia se entregó a un ritual de ternura absoluta. Se sentó en la cama, rodeada de los peluches caros y los juguetes brillantes que poblaban el refugio de su hijo, y leyó con una entonación alegre que le desgarraba la garganta. Acarició las manos regordetas de su pequeño y le permitió esconderse bajo su brazo, saboreando ese tiempo dulce donde Dudley volvía a ser su bebé, el niño que solo la necesitaba a ella.

Por fuera, ella era el retrato de la madre perfecta; por dentro, su mente era un campo de batalla. Mientras Dudley se relajaba, arrullado por la cadencia de su voz, Petunia no podía dejar de pensar en el sabor a sangre que aún persistía en su boca. Se preguntaba qué sucedería ahora que Vernon se había marchado de la habitación tras haber cruzado una línea que ella juró que nunca existiría en una "casa normal". Su matrimonio, ese castillo de estabilidad que había alardeado frente al fantasma de Lily, se revelaba ahora como una trampa de muros delgados.

Se dio cuenta, con una claridad gélida, de que el peligro real no venía de cartas voladoras ni de gente con túnicas, sino del hombre que roncaba en la habitación de al lado o se marchaba dando portazos. Petunia apretó a Dudley un poco más, ignorando la punzada de dolor en su mejilla. En la penumbra de la habitación, se juró que mantendría la farsa a cualquier precio. No podía permitir que su hijo supiera la verdad; Dudley merecía crecer en la luz de esa perfección fingida, incluso si ella tenía que consumirse en las sombras para sostenerla.

Esa noche, el silencio en el número 4 de Privet Drive era una entidad física, pesada y gélida. Tras la agresión, Vernon se marchó dando un portazo que pareció sacudir los cimientos de la casa, dejando a Petunia sola con el zumbido en sus oídos y el sabor metálico de la sangre. Se acostó en el lado izquierdo de la cama matrimonial, manteniéndose rígida, casi sin respirar, mirando las sombras que proyectaban las cortinas perfectamente planchadas. Cada crujido de la casa la hacía saltar; el miedo, una emoción que antes reservaba para lo "anormal", ahora emanaba de las paredes que ella misma había decorado. Se preguntaba dónde estaba él, si estaría con esa otra mujer, o si simplemente estaba esperando en el coche a que ella se durmiera para volver y terminar lo que había empezado. Por primera vez en su vida, Petunia deseó que hubiera un rincón oscuro donde esconderse, un armario como el que le había impuesto al hijo de su hermana.

Al amanecer, Vernon regresó. No traía una explicación, sino un ramo de claveles baratos, ya algo marchitos, comprados en alguna gasolinera de camino. Sus ojos evitaban los de ella, y su voz, antes atronadora, era un susurro quebrado. "No volverá a pasar, Petunia. Es el estrés... el trabajo... tú sabes cómo me pongo". Ella aceptó las flores y el abrazo tosco, perdonándolo de inmediato. Lo hizo con una mezcla asfixiante de esperanza y terror: esperanza de que el "dulce Vernon" regresara para siempre, y el miedo paralizante de admitir que, si no funcionaba, ella no tenía a dónde ir. Había quemado todos los puentes con su pasado y ahora estaba atrapada en una isla con un hombre que empezaba a parecerse a un extraño.

Pasaron dos meses desde aquella promesa de las flores marchitas, dos meses en los que Petunia caminó sobre cáscaras de huevo, puliendo la plata hasta que sus nudillos sangraban, intentando desesperadamente restaurar el barniz de su hogar. Pero la realidad no se puede abrillantar. El hedor a fracaso se filtraba por las rendijas de las puertas, y el golpe de gracia llegó desde el preescolar.

La llamada llegó el martes por la tarde, rompiendo la frágil calma de la hora del té. El repicar del teléfono sonó como una alarma de incendio en el silencio sepulcral de la cocina. Petunia sintió un vuelco violento en el estómago al escuchar la voz engolada del Sr. Henderson; no alcanzaba a comprender por qué los citaban con tal urgencia para el miércoles por la mañana.

Cuando colgó, la confusión dio paso a una punzada de decepción que le escoció en el pecho: Dudley, su niño perfecto, su orgullo, les había ocultado la nota de citación oficial durante días. La encontró después, arrugada y escondida en el fondo de su mochila de superhéroes, manchada de zumo. Fue la primera grieta consciente en su pedestal maternal; la idea de que su hijo pudiera ser deshonesto o —peor aún— que le tuviera miedo a la reacción de su padre, era una posibilidad que Petunia intentó ignorar con desesperación mientras planchaba su mejor vestido para la mañana siguiente.

El miércoles, el aire en el despacho del director se sentía denso, casi irrespirable. El Sr. Henderson los recibió con una calma profesional, una cortesía gélida que a Petunia le resultó mil veces más humillante que si les hubiera gritado en la cara. Ella se sentó en el borde mismo de la silla de cuero, con la espalda tan rígida que sentía que las vértebras podrían quebrarse en cualquier momento, apretando su bolso de mano contra su pecho como si fuera un escudo contra el juicio del mundo que la rodeaba.

Se había pasado casi una hora frente al espejo antes de salir, aplicando una capa gruesa y pastosa de maquillaje con dedos temblorosos. Sus ojos se centraban obsesivamente en ocultar el rastro amarillento y violáceo de un moretón en su mandíbula, una marca que servía como recordatorio mudo del último episodio de "estrés" de Vernon. Cada vez que el director la miraba a la cara, Petunia sentía un pánico gélido, convencida de que, a pesar de los cosméticos caros, Henderson podía ver la verdad: que la mujer perfectamente normal de Privet Drive era, en realidad, una mujer rota viviendo en una casa de papel.

—Señora Dursley, señor Dursley —comenzó el director, entrelazando sus dedos sobre el escritorio con una parsimonia que cortaba el aire. Sus ojos, fijos y cansados, alternaban entre la postura defensiva de Vernon y la palidez de Petunia—. Deben comprender la gravedad de la situación. Dudley no solo muestra un retraso significativo en sus habilidades sociales y motoras, sino que su conducta ha pasado de ser problemática a ser peligrosa. Ayer atacó a un compañero de clase sin provocación alguna; lo golpeó con una saña que no corresponde a un niño de cuatro años.

El director suspiró, deslizando un informe sobre la madera pulida.

—¡Es un niño con carácter! ¡Un Dursley no se deja pisotear por nadie! —bramó Vernon. Su cuello se desbordaba sobre el nudo de la corbata y sus mejillas habían adquirido un tono violáceo. Sin embargo, su voz temblaba de una forma que Petunia reconoció de inmediato como una ansiedad volcánica; era el sonido de un hombre que ve cómo su estatus se resquebraja.

—El niño al que Dudley golpeó es hijo de dos de los abogados más prestigiosos del condado —continuó el director, bajando la voz, dejando que el peso de la ley y el estatus social llenaran la pequeña oficina como un gas asfixiante—. Ellos no están dispuestos a dejar pasar esto como una "travesura infantil". Son personas que entienden de consecuencias, y exigen la expulsión inmediata de su hijo. Además, están considerando seriamente iniciar acciones legales contra ustedes por negligencia. La escuela no puede hacerse responsable de un niño que parece no tener límites, ni disciplina, ni un ejemplo de contención en su propio hogar.

Petunia sintió que las paredes color crema se cerraban sobre ella. La vergüenza era un ácido que le quemaba la garganta, dejándola sin palabras. Aquella oficina, que debía ser el lugar donde ella presumiera los logros de su hijo, se había convertido en un tribunal. Al salir, los pasillos que antes recorría con la barbilla en alto se volvieron un guantelete de espinas. Los susurros de las otras madres, que aguardaban a sus hijos con abrigos de marca y sonrisas de superioridad, se sintieron como cuchillas en su piel. Ella, que siempre se creyó por encima de los "descuidados", que siempre juzgó la más mínima mancha en la ropa de otros niños, era ahora la madre del "niño monstruo". La fachada de la familia perfecta se desmoronaba en público, ante los ojos de aquellos a quienes ella más deseaba impresionar.

En cuanto cerraron la puerta del coche, el silencio de Vernon fue más aterrador que cualquier grito que hubiera podido proferir. Petunia veía la vena de su sien latir rítmicamente contra la piel tensa, una advertencia silenciosa de la tormenta que se avecinaba. No hubo palabras en el trayecto, solo el sonido del motor y el peso de una humillación que Vernon no sabía procesar.

Al llegar a casa, el estallido fue inmediato. En cuanto cruzaron el umbral y la puerta se cerró tras ellos, la furia de Vernon se desató con una fuerza renovada, pura y sin filtros.

—¡Abogados, Petunia! ¡Abogados! ¡¿Tienes idea de lo que esto le hará a mi posición en Grunnings?! —gritó Vernon, su voz retumbando en el vestíbulo. Su rostro estaba tan rojo que parecía a punto de estallar en sangre. Agarró un jarrón de porcelana, un regalo de bodas que Petunia atesoraba y limpiaba cada mañana, y lo lanzó con violencia contra la pared. Los trozos saltaron como metralla, uno de ellos rozando la mejilla de ella y dejando un fino rastro de fuego—. ¡Mi jefe se enterará! ¡Seré el hazmerreír de la empresa! ¡El hombre que no puede controlar a su propio cachorro! ¡Y todo por culpa de ese mocoso inútil que has criado entre algodones mientras yo me rompo la espalda!

—¡Es tu hijo también, Vernon! —chilló Petunia, perdiendo el control y la compostura por primera vez en años—. ¡Él solo hace lo que te ve hacer a ti! ¡Tú le enseñaste a golpear cuando estabas estresado! ¡Tú le enseñaste que ser fuerte significa...!

La frase quedó truncada por un segundo golpe, más rápido y pesado que el de la última vez. No fue una cachetada de advertencia; fue el impacto de toda la frustración de Vernon volcada sobre ella. Petunia terminó de nuevo en el suelo, el impacto le sacó el aire de los pulmones y la rodeó de los restos de su vajilla favorita, esa que solo usaba para las visitas "importantes" que ahora nunca vendrían.

Petunia permaneció en el suelo, con el aliento entrecortado y el sabor metálico de la sangre inundándole la boca. El silencio que siguió al estallido de Vernon fue casi peor que los gritos. Arriba, el llanto de Dudley había cesado de golpe, pero no porque se hubiera calmado.

A través de la bruma del dolor, Petunia escuchó unos pasos pequeños y torpes en el rellano de la escalera. Por un instante, una chispa de esperanza la atravesó; pensó que su hijo bajaría corriendo para abrazarla, para buscar refugio en ella como siempre lo había hecho. Pero Dudley se detuvo a mitad de los escalones. Sus ojos redondos, fijos en su madre tirada entre los restos de porcelana, no reflejaban compasión, sino una confusión gélida que pronto se transformó en algo más oscuro.

Dudley, con sus escasos cuatro años, no tenía la madurez para entender la complejidad del abuso, pero sí la capacidad de absorber la lógica de su padre: si alguien era castigado, era porque era un "monstruo".

—Mala —susurró el niño desde la sombra de la escalera.

Petunia sintió que el corazón se le detenía. Quiso estirar la mano hacia él, pero Dudley retrocedió un paso, imitando el gesto de asco que Vernon solía dedicarle al niño del armario. En su mente infantil, la jerarquía de la casa había cambiado. Ya no veía a su madre como la proveedora de caricias y dulces, sino como el nuevo objetivo del desprecio de su padre. Si papá le pegaba, es porque mamá era "anormal", igual que el primo que se llevaron.

El niño no bajó a consolarla. Se dio la vuelta y regresó a su habitación en silencio, cerrando la puerta con un golpe seco.

Petunia se quedó sola, mirando las motas de polvo que seguían bailando en la luz. El dolor de la mandíbula no era nada comparado con la realización de que había perdido a su hijo sin que él siquiera se hubiera ido de casa. Dudley estaba aprendiendo la lección más importante de los Dursley: que el amor es condicional y que es mejor estar del lado del que golpea.

 

Petunia se quedó inmóvil en el rellano de la escalera, con la mano aún suspendida en el aire, sintiendo el vacío gélido que Dudley había dejado al cerrar su puerta. Ese "golpe seco" no solo cerró una habitación; clausuró el corazón de su hijo para ella. Petunia sintió un colapso depresivo que le dobló las rodillas, hundiéndola en la alfombra del pasillo. Allí, en la penumbra de su hogar "perfecto", la realidad la golpeó: Vernon no cambiaría, su hijo la despreciaba por ser débil y ella estaba irremediablemente sola.

Mientras se hundía en su miseria, una idea absurda y aterradora empezó a reptar por su mente. Miró sus manos temblorosas y luego la mancha de sangre que había quedado en el pañuelo con el que se limpió el labio. ¿Era posible? Por un instante, la lógica que tanto defendía flaqueó. Recordó cómo, desde que el niño se había ido, cada pequeña cosa en su vida se había torcido con una precisión quirúrgica, como si el universo estuviera cobrándole una deuda con intereses. Una sospecha gélida la recorrió de arriba abajo: ¿Estaba maldita? ¿Había dejado Lily algún tipo de rastro venenoso en su casa antes de morir?

Sacudió la cabeza con violencia, tratando de expulsar el pensamiento. "No seas estúpida, Petunia. La magia no existe", se dijo en un susurro que sonó a súplica. Sin embargo, ignoró deliberadamente cómo las rendijas del armario bajo las escaleras parecían emitir un brillo antinatural, una luminiscencia dorada y vengativa que palpitaba al ritmo de su propia desgracia. Era un brillo que no iluminaba, sino que parecía devorar la poca paz que le quedaba, recordándole que en el mundo de los Evans, nada era lo que parecía.

 

 

Si Lily Potter, de soltera Evans, estuviera viva para presenciar el colapso de Privet Drive, se estaría riendo. Había una concepción errónea en quienes la conocieron superficialmente; la recordaban como un ángel de bondad absoluta, una mártir de luz y sacrificio. Y aunque era cierto que poseía una capacidad de amar casi infinita, Lily Evans era mucho más que eso: era una mujer de orgullo feroz y una veta vengativa que rara vez salía a la luz, pero que, cuando lo hacía, era devastadora. Si alguien quería conocer la verdadera medida de su desprecio, solo tenía que preguntarle a su antiguo amigo Severus Snape, aunque este probablemente guardaría silencio por respeto al dolor que aquella ruptura le causó. Lily era cariñosa, sí, pero también era una estratega implacable que no perdonaba la crueldad, mucho menos si el objetivo de ese odio era su propio hijo.

Petunia, en su miseria, no estaba del todo equivocada: había realmente una maldición operando sobre ella. Lily, previendo con una sabiduría casi profética que sus testamentos podrían ser ignorados y su hijo entregado a su hermana, había entretejido un hechizo de contingencia. Ni siquiera el propio Dumbledore sospechaba de lo que era capaz la ira de una madre de la talla de Lily Evans.

Lily sabía que la protección de sangre y las leyes antiguas no serían suficientes si Harry terminaba bajo el techo de los Dursley; conocía demasiado bien el rencor que su hermana albergaba. Por lo tanto, ancló la defensa no a la buena voluntad de Petunia, ni a un vínculo afectivo inexistente, sino a la presencia física del niño. Harry era el eje: mientras él estuviera allí, la familia gozaría de seguridad, pero si Petunia se atrevía a expulsarlo, el escudo mutaría en una red de espinas.

Al ser entregado a Tony Stark, la protección de Harry no se desvaneció, sino que ejecutó la contingencia que Lily, con una sabiduría casi profética, había entretejido en el tejido mismo de su magia. El hechizo se transformó en algo mucho más insidioso y antiguo: el Karma. Esta fuerza comenzó a alimentarse de la magia residual que Petunia siempre había ocultado bajo capas de una normalidad obsesiva; pues el secreto mejor guardado de los Evans era que ella no era una simple muggle, sino una Squib.

Lily lo sabía perfectamente. Ella conocía su linaje familiar, una herencia nada ordinaria que juró proteger junto a James y Sirius bajo los votos más sagrados. Fue precisamente gracias a ese conocimiento ancestral y a los secretos de su sangre que Lily logró obtener el hechizo necesario para utilizar contra su hermana y sus enemigos; un seguro de vida que garantizaba que, si la lealtad de Petunia fallaba, la misma magia que ella tanto despreciaba se encargaría de juzgarla.

Ese Karma ahora dictaba la cruda realidad en Privet Drive, utilizando la chispa mágica atrofiada de Petunia para encerrarla en una espiral de desdichas donde cada desprecio lanzado al niño se le devolvía multiplicado por diez. Sin embargo, este sufrimiento no la convertía en una víctima real, aunque ella se sintiera la mártir más grande del mundo. Su furia no nacía del arrepentimiento, sino de la pérdida de su "escudo" humano. Tirada en el suelo tras el último arrebato de Vernon, Petunia se encogía sobre sí misma, sintiéndose pequeña, insignificante y amargada. Maldecía con debilidad haber dejado ir al «monstruo», no por compasión, sino porque sin él para absorber la bilis y los puños de su marido, ella era la única que quedaba para recibir el castigo. Su único y egoísta lamento, nacido de ese profundo sentimiento de inferioridad, era que Harry no estuviera allí para ser el blanco de todo lo malo, permitiéndole a ella seguir escondida tras su fachada de mujer perfecta.

En un intento desesperado y patético por recuperar el favor de Vernon, Petunia intentó arrastrarse hacia él, deslindándose de toda culpa y buscando una forma de que él la viera de nuevo como su aliada. Con la voz quebrada por el llanto y el rostro manchado de maquillaje y sangre, le susurraba que todas sus desgracias eran culpa del niño.

—Es él, Vernon... es la mancha que dejó ese fenómeno la que nos está arruinando —gemía, buscando que el odio compartido fuera el pegamento que uniera los pedazos de su matrimonio roto—. Si él no hubiera venido, si no nos hubiera contaminado con su rareza, tú no estarías así. Es su culpa que todo salga mal.

Pero sus súplicas solo lograban irritar más a Vernon; él no buscaba razones, buscaba alivio, y Petunia, en su debilidad, era un objetivo demasiado fácil.

Con el paso de los meses, la "familia perfecta" terminó de pudrirse desde dentro. Petunia se sentía cada vez más hundida, viendo cómo el dinero de Dumbledore —ese fondo que ella consideraba un pago justo por su "sufrimiento" de años— cesaba abruptamente. Sin esos ingresos y con Vernon evadiendo su realidad en brazos de otras mujeres y botellas baratas, la escasez la desnudó frente a sus vecinos. Petunia se sentía observada, juzgada, convencida de que todos disfrutaban de su caída.

En un arranque de impotencia, llegó a prometer que si encontraba al niño lo ahogaría con sus propias manos, convencida de que matarlo curaría su propia insignificancia. Ese pensamiento selló su destino. Las protecciones se cerraron sobre ella como una jaula gélida, dejándola sola, aislada y marchita, pagando el precio de una justicia que Lily Evans había entretejido para castigar, no solo la crueldad, sino la cobardía de una hermana que siempre prefirió ser una víctima antes que un ser humano.

 

 

Notes:

Espero y les gustara, tambien quiero aclarar que esto es necesario como guia por si decido redimir a Petunia o en cuanquiel caso a Dudley como una forma si tony no es un squid para poder hacer un estudio para los que si son, con ayuda de Dudley o Petunia, asi que gracias por leer..xD
Pd: Vernon es abusivo en el canon, si una persona abusiva le quitan el objeto de su abuso es odvio que buscara a alguien mas para descargar su ira en este caso petunia, la cual la veo como egoista y muy equivocada pero con el tiempo las personas cambia asi que no se si ella lo hara o no, solo quise dar la perspectiva de una mujer que acepta a un niño pero aun asi es abusiva y no se da cuenta de lo toxica que es, sus pensamientos obsesiones de niña y como esto la puede afectar aun de adulta.

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