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Su corazón da un salto hacia su garganta luego de años de tan solo sentir toscos latidos golpear desde dentro.
Siente una presión en el pecho, tal vez el aire no le llega porque no para de exhalar por la boca en vez de la nariz, no pueden culparlo. El chico está ahí, con el pelo ordenadamente desarreglado bajo ese estúpido gorro rojo y la piel canela de su cuello reluciente.
Es como si su visión periférica no estuviese funcionando, pero solo está algo nervioso... No, él está... ¿enojado? De todos modos no puede respirar, como si estuviese encerrado, atrapado entre dos paredes que no dejan de apretar.
Furioso, a decir verdad, porque, ¿por qué más estaría reaccionado así si no estuviera enojado con este tipo?
—¡MIERDA! —retuerce los dedos como flamas e intenta secar sus palmas por sobre la ropa mojada y ardiente que lleva encima. Intentado no fijar sus ojos en la fina pieza de porcelana de su taza de té a medio tomar, esparcida por toda la mesa y el suelo.
¿Qué carajo?
(...)
Mmm... Bien, tal vez deberíamos rebobinar un par de horas atrás antes de que el Grinch de nuestra generación sufra algo parecido a un ataque de ira que lo derive a uno del corazón, o una embolia pulmonar... cualquiera sea más acorde a la situación.
(...)
Antes de las cinco de la mañana Draco abre los ojos algo desorientado hacia su ventana, las pequeñas luces colgantes de los balcones del frente seguían parpadeando con fuerza, ¿el sol no había salido? Observa el reloj de noche a su costado y maldice al ver que se ha levantado dos horas antes de lo previsto, ya no volvería a dormir después, así que no podría seguir disfrutando ser un taco gigante envuelto en sus cálidas sábanas un poco más.
Sus ojeras se burlarán de él más adelante cuando salga de la cama.
No tenía nada que hacer aparte de pensar, era un fin de semana congelado a las afueras, había nieve por todas las calles de Londres y los autos estaban casi enterrados en ella, los limpiadores corrían la nieve cuando se les cantaba y los trenes eran los únicos en funcionamiento, sin embargo, ni en sus más remotos sueños se veía a sí mismo tomando uno.
No era despectivo si tenía en cuenta los... olores en las esquinas y el poco espacio que había dentro, y más en estas fechas, donde a todos parecía haberles afectado el virus navideño y el de la gripe.
Ignoremos la pandemia del año pasado, por favor, fue un desastre. Todavía no había ido para que le aplicaran la tercera dosis.
Pero de verdad, si volvían a tocar su puerta para cantarle los villancicos una vez más o a llamarlo para unirse al culto de Jesús, estallaría, en serio.
Así que, que se joda la navidad, o mejor, que jodan al puto de Papá Noel. Tal vez su esposa estaría en desacuerdo, a menos que le gustaran los tríos.
¡Ni siquiera tenía chimenea!
Ah... pobre del que lograra leer la mente de este otro pobre, pobre diablo de veintitantos años que parecía no ir acorde a si personalidad.
Incluso si dejaba su apartamento no se arriesgaría a salir del mismo para enfrentarse a las poco disimuladas miradas de sus vecinos y sus muy altos cuchicheos dirigidos hacia él, aun así llevara tres años viviendo allí; sabía que no era normal que un Malfoy estuviera viviendo en un edificio departamental de muy baja paga, donde el papel tapiz de los pasillos se desprendían de las paredes y el olor a humedad inundaba el lugar a pesar de que no llovía.
El casero seguía viéndolo con sospecha, qué demonios.
No había mucho trasfondo más que decir que dejó la carrera que padre había elegido por él a la mitad del primer semestre y se metió a otra, madre fingió estar decepcionada... Se llevó la reprimenda de su vida pero no el suficiente dinero para sustentar la nueva... Entonces hizo lo que cualquier adolescente semi-adulto de dieciocho años "botado" de casa haría en su lugar:
Se volvió stripper.
Hm, no. Se largó de la mansión cuando la tensión había duplicado su tamaño, de todos modos quería hacerlo —obviemos la parte en que su padre lo "echó"—; con todos sus ahorros a la otra punta de la ciudad, consiguió un departamento y un trabajo de medio tiempo como administrador de oficina para pagar su matrícula.
Madre le había ofrecido incluso más y mejores comodidades pero lo rechazó no queriendo darse el gusto de ser mantenido y que padre se enterara en el proceso.
Se arrepiente un poco, no va a mentir.
Un cambio brusco de cien a cincuenta abruma a cualquiera que haya crecido en una cuna de oro.
Pero a pesar de la breve depresión que aun agarraba de a momentos, no estuvo tan mal. Le tomó un mes empezar a ganar más que la mayoría, llevándose muchas más malas miradas en el camino pero con ello, la mitad fue a la universidad y la otra de dividió entre el alquiler, el agua, la luz y lo esencial: internet y comida.
Así que sí, así fue como llegó a donde se encontraba en este momento.
Casi tres años después, convertido en un adulto total hecho y derecho enrollado en la sábana barata de panditas que consiguió en el mercado.
Suspira y deja de lado sus pensamientos, se levanta de la cama con solo un calcetín en el pie y agradece haberse perdido en sus recuerdos para no tener que lidiar con su pene a tan tempranas horas de la mañana, que volvió a dormirse en algún punto de su monólogo diurno.
Sus ojeras se burlaron de él como predijo anteriormente mientras se arreglaba el pelo después de salir de la ducha, pequeñas bolsas se lograban ver por debajo de sus ojos, un lindo recuerdo de los exámenes finales que le partieron el culo hace una semana. Por lo menos tuvo un porcentaje de setenta-ochenta y vacaciones exprés.
Son las ocho cuando finalmente sale de su habitación y va a la cocina en sus pantuflas marrones para prepararse algo de té, solo para descubrir que no hay en el cajón donde suele poner los sobres.
No se preocupa y se encoge de hombros, tal vez tenga en los muebles de arriba. Abre el gabinete y ve una araña salir corriendo hacia el fondo.
No hay sobres por ningún lado.
Su teléfono suena justo cuando está por cerrar y volver a abrir su heladera por quinta vez, esperando que al menos un huevo aparezca por arte de magia, no lo hace y contesta frustrado la llamada.
—Qué.
Suena más duro de lo que debería.
—Uff, ¡buenos días para ti también amor! —Blaise suelta risueño a través de las bocinas del teléfono—. Es demasiado temprano para que tu malhumor esté despierto, ¿no crees?
—No he desayunado, ¿qué quieres?
Cierra la heladera y la vuelve a abrir, no aparece nada. Un tomate a la mitad se encoge de miedo al ver el rostro arrugado del humano.
—¡Ay! ¡No seas tan malo! Y yo que quería regalarte entradas para el juego del martes —Blaise simula lloriquear sorbiendo sus mocos en el proceso. Draco bufa un mechón de su cabello—. Por cierto, ¿las quieres? Me dieron demás en la taquilla y como no dije nada y no me reclamaron por el error... ¡Me quedé con ellas!
Draco frunce aún más el ceño. El tomate chilla.
—¿Huiste con...? —suspira, no tiene caso preguntar algo a lo que ya sabe su respuesta—. Entonces, qué, ¿tienes tres?
—Cuatro, de hecho. Le dije a Theo para que vaya pero tiene planes esa noche, y Pansy está fuera de la ciudad así que... ¿Tienes más amigos además de nosotros?
—¿Tú cuentas como amigo?
Blaise se indigna.
—Ahora, eso dolió. ¡Pero hablo en serio! ¿Sabes lo caras que están estas entradas? ¡La mitad de mi salario fue a parar en un papel! Y me dieron tres gratis... —Blaise habló cantando las últimas palabras, podía vislumbrar el rostro de su amigo en este momento, todo bufón.
Justo cuando estaba por declinar su oferta y volver a cerrar con fuerza la heladera, el estómago de Draco gruñó tan fuerte que Blaise le preguntó si se había conseguido un gato igual de huraño que él.
Draco le colgó.
Temblando, el medio tomate suspira desde dentro de la heladera, pensó que iba a morir aplastado.
(...)
Después de arreglarse lo mejor y más rápido que pudo, salió de su departamento con la intención de permanecer en las calles menos concurridas. Se había puesto un jersey negro de cuello alto con una sudadera verde encima, unos jeans negros y sus converse clásicos. Estaba bien abrigado pero si madre llegara a verlo vestido así, con tan poco, le tiraría cuatro mantas afelpadas encima.
No le diría nada, de ser así, el clima afuera era terrible, había empezado a nevar nada más puso un pie fuera del edificio y el viento frío le chocaba de lleno en la cara, como si el tiempo estuviera burlándose de él al igual que Blaise.
Se subió la capucha del abrigo y metió sus manos en sus bolsillos para seguir caminando. La mayoría de los cafés a su alrededor estaban abarrotados, y a una semana de la víspera de navidad los negocios estaban más que llenos, y qué decir de las redes sociales que se llenaban de pura mierda navideña.
Gusanos de colores parecían haberse tragado a los edificios de la ciudad, por favor.
No prestó mucha atención a la ruta que tomaba, se fijó más en sus zapatos que en lo que tenía en frente así que, un par de vueltas y ya estaba confundido cuando levantó la cabeza y vio un árbol de navidad obstruyendo su camino. Por un segundo, Draco se quedó simplemente observando, el árbol era gigante, y alto, lo suficiente como para que tuviera que alejarse para ver el ancho y la copa del mismo.
El gato empezó a gruñir de nuevo, vale, tal vez tenía mucha hambre. Desvió al gigante verde y siguió caminando un par de cuadras más hasta que logró ver a lo lejos un pequeño café, parecía salido de la nada, y sorprendentemente no había tanta gente dentro.
Frotó un poco sus frías manos y entró al lugar, anunciando su llegada gracias a la campana de la puerta. El bullicio se detuvo y varios ojos lo miraron por un breve lapso de tiempo, para luego desviar sus rostros y seguir con sus cosas.
O bien, disimularon haberlo hecho.
Anoche habían vuelto a publicar un artículo sobre la desgraciada vida del hijo de los Malfoy. Conveniente, ¿no? Joder, a estas alturas, le sorprendió no tener un puto micrófono en la cara y cinco periodistas en la puerta de su edificio al salir esta mañana. Bien, eso significaba que madre a escondidas estaba haciéndole un favor.
Chasqueó la lengua y se dirigió al mostrador ignorando los susurros.
—Un té, para tomar aquí.
La empleada lo mira con curiosidad y una sonrisa debajo de la mascarilla.
—¿Quiere su té caliente o frío? Tenemos los sabores ahí —habló señalando la pared detrás.
Draco la mira ceñudo, en parte porque cree conocer a esta chica, todo es muy extraño... Además, ¿quién toma el té frío con un tiempo así?
—Caliente, y verde. Pago en efectivo —señaló y le pasó el monto correspondiente antes de irse a sentar en una de los sillones cerca de la chimenea.
El espacio del local era de tamaño estándar. Tenía una decoración simple, casi hogareña, con trozos de madera pegadas por las paredes con frases motivacionales en ellas, había una gran pizarra al otro lado del lugar donde suponía la gente podía escribir lo que quisiera con las tizas del vaso.
Cálido, pensó.
Más que las sábanas de su cama.
Sin embargo, los postres en la vitrina lo estaban mirando fijo, por favor, hasta las galletas con forma de estrella eran más discretas.
Su té llegó cinco minutos después, otra joven se lo trajo junto con un par muñequitos de jengibre.
¿Qué?
Él no había ordenado galletas.
—... Solo pagué por el té —señaló.
—¡Oh! Lo siento, es un regalo por estas fechas, nuestros jefes nos mandan a darlos a los clientes —responde la chica con simpatía—, son para usted, pero me los puedo llevar si no los quiere, no hay problema —finalizó.
Draco lo pensó por unos momentos, tal vez le vendría bien algo dulce y sólido al gato de su estómago.
—No... Está bien, me los quedo, gracias.
La chica asintió una vez y se marchó.
Draco se retiró su propia mascarilla y sostuvo con una mano uno de los muñequitos de jengibre, era simple pero tenía corazones por ojos y botones de gomita en el centro.
Ridículo.
Se llevó la galleta a la boca y se comió la cabeza del muñequito.
Juró por un segundo escuchar gritar de terror al segundo muñequito de jengibre sobrante en el plato.
Sonrió y se metió la mitad de la galleta a la boca, no estaba mal, sabía normal y no era tan dulce como pensó que sería; de todos modos, levantó un poco sus párpados luego de comerlo. Su té sabía bien, amargo y caliente para su estómago, se relajó de nuevo apoyando su espalda en el sillón acolchado, escuchando la tranquila música del lugar.
Pronto se dio cuenta que las galletas eran demasiado grandes y su té no era suficiente, por lo que fue a pedir otro igual antes de volver a su asiento.
Estaba pasando un buen rato, el fuego de la chimenea tiraba su calor directo a su costado, por lo que se sacó el hoodie cuando sintió algo de sudor en su espalda y lo colgó en el posabrazos del sillón. La chica vuelve y le deja la taza de té verde en la pequeña mesa frente a él no mucho después, se marcha con otra de sus sonrisas. Irritante.
A lo lejos escucha la voz cantarina de un hombre, deseando feliz navidad a casa mesa, no levanta la vista y espera no tener que lidiar con el tipo.
Así que, tal vez ese fue su error.
No lo ve venir, en verdad, está por bajar la pequeña taza después de un sorbo de vuelta al plato en la mesa, y algo rojo se abalanza sobre él a la mitad de un:
—¡Feliz Navi- ¡¡¡AHHH!!!
Un grito agudo llena el lugar, patético si se pone a pensar hasta que se da cuenta que el grito agudo y chillón le pertenece a su garganta.
¡Caliente, caliente!
¡HIRVIENDO!
—¡MIERDA!
Y es cuando volvemos al presente, ¡sí! ¡Como en las películas!
El desconocido rápidamente se levanta y Draco fuerza a sus lagrimales para no llorar, joder, arde, arde. Mierda.
—¡HARRY! ¡¿QUÉ HICISTE?!
—¡Dios, lo siento, lo siento! —alguien chilla y pasa las manos sobre su pecho—. ¡HERMIONE, AYÚDAME POR FAVOR!
Caliente, arde. Joder.
Retuerce los dedos como flamas e intenta secar sus palmas por sobre la ropa mojada y ardiente que lleva encima. Intentado no fijar sus ojos en la fina pieza de porcelana de su taza de té a medio tomar, esparcida por toda la mesa y el suelo.
¡¿Qué carajo acababa de...?!
Alguien se había lanzado sobre él con un vaso de café, tumbando su taza de té en el proceso.
Todavía sentado levanta la cabeza, y lo primero que percibe es un par de ojitos de ciervo mirándolo casi al punto de llorar, todavía tocando su pecho y manos ahora con servilletas de papel.
Está a punto de mandar a la mierda a este chico pero, incluso con media cara tapada, la marca...
La imagen de un chico con la frente llena de sangre llega a su mente.
El reconocimiento lo golpea más fuerte de lo que debería.
—¿Potter? ¿Qué...?
Potter abre aún más sus ojos brillantes al instante y se saca el barbijo mojado.
—¿M-Malfoy?
Su ceño se frunce aún más y hace una mueca de dolor cuando la servilleta le raspa la piel ya seca de su mano, ahora tendría que lidiar con las quemaduras, sin embargo, suelta otro chillido muy poco masculino y vergonzoso de su parte cuando la taza rueda por la mesa y lo poco del té que aún disponía aterriza en su entrepierna.
Cree oír a su miembro chillar aún más agudo que él.
—¡QUÍTATE, QUÍTATE, MALDICIÓN!
Potter finalmente reacciona y lo lleva a rastras al baño del establecimiento, Draco rápidamente se baja los pantalones y se tira el agua de la llave sobre el miembro, desliza su jersey hasta la mitad y moja sus manos y pecho donde la bebida de Potter y la suya terminaron encima.
Una vez más fresco y definitivamente ya no ardiendo, mira al tembloroso chico en la esquina del baño, que desvía su mirada hacia el techo para darle algo de privacidad a él y a su pene. Idiota.
—Tú —Draco lo señala con un dedo.
—¿Yo? —Harry pregunta temblando.
Draco cierra los ojos y respira, uno... dos... y tres. Abre los ojos y avanza como puede con los pantalones en los tobillos hacia él, Harry intenta huir cuando se da cuenta de cómo están las cosas, pero es más rápido y lo acorrala en la pared.
—¿Qué contigo, Potter? —le brama, pero su corazón no deja de latir, siente que se le saldrá del pecho—. ¿Vas por ahí lanzándole bebidas calientes a la gente?
—¡¿Eh?! ¡N-No! ¡Fue un accidente! —le dice con los ojos todavía mirando hacia arriba, sus abdominales hicieron su acto de presencia cuando se levantó el jersey, tenía un graaan miembro, y estaba mojado, mojado. Harry podría estar algo intimidado—. ¡Lo siento, perdón, no te vi! Solo estaba saludando a los clientes, ¡como siempre hago! P-Porque soy uno de los dueños, y... y entonces te vi, pero... pero no sabía que eras tú, y me tropecé y caí y te tiré encima mi café y e-entonces...
Draco le tapa la boca, joder, sigue igual de charlatán.
—Solo... Tú... Ya cállate.
Draco suspira y se levanta los pantalones, que vergüenza, luego se baja el jersey negro y se aparta del chico. Se da la vuelta y se mira en el espejo antes de mirar por sobre su hombro y ver a Potter todavía con los ojos en el techo, el gorro de navidad sobre su cabeza y los brazos pegados a sus costados.
Un collar brillante cuelga de su cuello.
Se marcha del lugar sin mirarlo dos veces.
Mientras tanto, un muñequito de jengibre mojado y sin un brazo, se despide sonriendo desde el suelo cuando lo ve salir del café.
(...)
Cuando vuelve a su departamento se toma una ducha fría y coloca el ungüento sobre su piel.
Va y se sienta en su sofá, prende la televisión y mira la pantalla hasta que sus pensamientos se vuelven tan o incluso más ruidosos que los anuncios de aspiradoras que pasan en los comerciales.
Harry Potter.
Claro que lo conoce.
Fue el chico que transfirieron a la mitad del año, el insoportable de preparatoria que le lanzaba papeles con forma de estrellas, por el que se metió en problemas una vez y lo siguió a todos lados como resultado. El estúpido chico bajito que ridículamente se pegó a su costado y no lo soltó nunca más.
Hasta que la campana suene, decía.
El recuerdo es fresco.
—¿Quieres soltarte ya? —preguntó Draco por décima vez, abatido, obteniendo un puchero por parte del azabache.
Con los ojos desorientados y los lentes chuecos, Harry negó con la cabeza y volvió a apoyar la cabeza en su hombro.
Un gran parche cubre su frente.
—Tengo sueño... Solo... Solo un ratito más, ¿sí? Hasta que la campana suene —murmuró.
Draco tragó saliva y recostó su espalda en el árbol detrás, cinco minutos y sería libre.
Apretó la mano de Harry una vez antes de cerrar los ojos.
Harry Potter, piensa.
El que se le declaró y le dio un beso para irse corriendo tan rápido después.
Cobarde, quiso gritarle a su espalda.
Juró que lo resolvería la próxima vez que coincidieran en clases. Tal vez... Incluso podría invitarlo a... Consideró hacerlo, de verdad, solo que no volvieron a coincidir en nada.
—¿Estás seguro que no estás enamorado de ese chico? —Pansy le cuestionó por tercera vez en el día.
Draco arrugó el entrecejo lo más que pudo ante la sonrisa burlona de su amiga.
—Pensé que solo te gustaba, no pensé qué...
—Ya deja el tema, ¿quieres? —le escupió antes de darse la vuelta e irse a su salón.
Pasó un tiempo, unos días, pensó que tal vez lo estaba evitando sin embargo, Harry mágicamente desapareció. No lo vio luego de una semana, dos, tres y...
Solo se fue.
En ese entonces pensó que estaba bien, ¿no? Menos trabajo para él, tampoco iba a estar preguntando como un estúpido donde mierda estaba el niño nuevo que usaba los más ridículos lentes de todo el instituto. Sin embargo, eso fue exactamente lo que hizo, no se siente orgulloso al respecto, tal vez porque no logró conseguir una pizca de información en su momento, pero tampoco fue del todo infeliz... quiso creer. Ya nadie lo molestó entre clases y pudo tomar notas sin que pequeñas estrellas fugaces de papel interrumpieran el baile de su bolígrafo, tampoco tuvo una molesta compañía durante los recesos de medio tiempo.
Así que eventualmente, un día el auricular de cable que siempre llevó encima, por fin logró tapar su oído derecho.
Tal vez fue ahí cuando se dio cuenta, un poco —muy— demasiado tarde, que el bruto de cupido eligió flecharlo cuarenta veces con ese chico hasta que su corazón simplemente explotó.
Pero Harry ya no estaba. Ni siquiera tuvo oportunidad. Se fue tan rápido como llegó.
El rastro de aquel beso nunca dejó sus labios.
Entonces, pasan los años y sin esperar un poco siquiera para disimular la vergüenza en su rostro, Potter se tropieza en su mesa y derrama con poca elegancia su vaso de café por todo, bueno, todo él.
Apaga la televisión y todo queda en silencio, oye la gotera de la canilla que sigue sin repararse.
Nostalgia, siente y se hunde el sofá, se tapa con cobija de lana.
Su reloj lo mira, son las once y media.
Tic, tac, tic, tac.
El gato de su estómago vuelve a gruñir.
Tic, tac, tic, tac.
Está cansado. Se duerme antes de que el nudo en su garganta duplique su tamaño y lo asfixie. Sueña con un hogar, un jardín y rosas rojas con espinas gruesas que lo atraviesan en el pecho, lo envuelven y lo sostienen en lo alto.
Ese collar... Así que él lo tuvo todo este tiempo.
Se levanta a las dos con un sabor amargo en la boca, sin estar tan decaído, toma otro abrigo y una bufanda y sale a almorzar, esperando que nadie le tire comida encima.
El gato se calma y vuelve a dormir.
Él no lo hace y camina hasta que sus pies le duelen y el clima vuelve a empeorar.
(...)
—Harry, ¿estás bien?
Una carcajada responde en su lugar.
—No, ah, no lo entiendes M-Mione... —Ron se retuerce de la risa—. ¡Él estuvo aquí! ¡Y le tiró su café! ¿Qué tan poco común es eso? —Harry tenía la frente apoyada en una de las mesas del local—. Esas cosas solo pasan en las películas, Harry... Nunca creí que...
Hermione le da un golpe en la cabeza.
—¡Ay! ¿Y eso por qué fue o qué?
—Estás siendo desconsiderado —Ron se encoge cuando Hermione lo mira con una amenaza persistente en sus ojos. Toca el hombro de Harry con suavidad—. Harry... todo estará bien... Ya verás, estoy segura que volverá, y podrás disculparte de forma apropiada con él.
Harry tiembla y murmura a través de sus brazos, sostiene con fuerza una cadena.
—Estamos a días de la Navidad, ¿por qué volvería? ¿No tiene cosas importantes de ricos que hacer en su bonita mansión?
Hermione y Ron se quedan en silencio por un momento, lo suficiente como para que Harry despegue su frente de la mesa y los mire ceñudo.
—¿Qué?
Sus amigos se miran extrañados.
—¿No sabes lo que pasó con el hijo de los Malfoy? ¿No... tenías algún tipo de crush con él cuando estábamos en preparatoria? —pregunta Mione.
—¡Lo desheredaron, Harry! Ayer volvió a salir la misma noticia que lleva saliendo desde hace dos años, ¿en serio no sabías nada?
Harry traga saliva porque, ¿qué?
—¿Qué? Pero... Yo...
Ron chasquea la lengua.
—¿Malfoy no te gustaba? ¿Cómo no sabías de esto?
Harry lo mira hastiado.
—Estaba tratando de superarlo, ¿bien? Y... supongo que luego lo olvidé, el trabajo y, ¡cosas para aprender! Y bueno, hasta que hoy solo... Tenía una foto pero nunca... uhm —sacude la cabeza, la imagen del vientre de Malfoy le viene a la mente, un caminito feliz hasta la equis que marca el tesoro. Traga saliva—. ¿Qué pasó con él?
—Mm —Ron se aclara la garganta—, según lo que leí... Se acostó con una de las hijas del socio de su padre, lo vieron infraganti y de tan avergonzados que estaban, ¡lo echaron de la mansión! ¡Incluso tuvo que cambiarse de universidad!
Hermione bufa y golpea el brazo de Ron con su trapo.
—No fue así, idiota —su amiga habló—. Pansy dijo algo sobre...
—¡¿Todavía hablas con ella?! —Ron gritó, tuvo la audacia de parecer indignado.
—Claro que sí, ¿por qué no lo haría?
—Porque ella...
Harry suspiró, callándolos por un momento antes de volver a preguntar.
—¿Qué pasó con él, Hermione?
—Bueno, Pansy dijo que sus padres eligieron una carrera que no deseaba, entonces canceló su inscripción y su padre lo echó de la mansión... No sé qué hace ahora, o a qué se dedica pero por lo visto se ve... ¿bien? —la joven apoyó los codos en la encimera—. Creo que estaba algo decaído pero tal vez era por el hambre.
Harry no podía siquiera confirmarlo, de tan nervioso y asustado que estaba no se fijó bien en... De hecho, había que repintar el techo del baño.
Por unos minutos solo escucharon el sonido de las tazas y platos siendo lavados por su amiga, jabón, enjuague y trapo, jabón, enjuague y trapo. Una y otra vez hasta que terminó con ellos y se sentó a su lado.
Harry se desinfla como un globo.
Se debatió acerca de lo que debía hacer si lo volvía a ver, pero finalmente decidió iniciar un contacto amigable. Sería mejor que nada. Aún si Draco no quería lo mismo, considerando las cosas que hizo antes de correr lejos de él.
Juguetea con el collar de su cuello antes de recostar la cabeza en el hombro de su amiga.
—... ¿En serio crees que vuelva?
Ron se estira el cabello con una mano.
—¿No crees que estás siendo algo dramático?
—Cállate, Ron —Hermione y Harry dijeron a la vez.
(...)
Al día siguiente, Draco se plantó fuera del café al atardecer, casi de noche. No tenía planeado entrar así que intentó despejar los pensamientos de su cabeza, y decidió regresar al departamento, no tenía caso, ¿qué hacía ahí de nuevo de todos modos? Parecía estar por cerrar.
Estaba por darse la vuelta hasta que sus ojos se toparon con un par de verdes frente al ventanal del lugar.
Harry se veía descolocado, pero le soltó un "hola" mudo y le hizo señas para que vaya junto a él.
A Draco se le eriza la piel bajo el abrigo pero suponía era por el frío. El mal clima seguía haciendo de las suyas.
Su mente era un caos, ¿por qué?
Sus pies se encargaron de llevarlo a salvo hasta el otro lado de la calle. Harry le abrió la puerta antes de siquiera tocar el pomo de la misma, sonriente; dos hoyuelos se asomaron bajo la fina capa de barba que tenía sobre la piel.
—¡Volviste! Tú... Hola.
Se queda quieto y mira fijo, sin percatarse de lo incómodo y nervioso que Harry se encuentra justo ahora.
—Sí.
Harry se acomoda los lentes y lo deja pasar cuando ve que Draco está temblando.
La nieve afuera vuela con el viento y se estrella con fuerza en el pavimento.
—Pasa, pasa, por favor.
Draco lo hace y lo sigue hasta el mostrador, sacudiendo los copos de su cabello y hombros, se saca el barbijo; incómodo también cuando cae en cuenta que ayer practicante se desnudó frente a Harry y lo acorraló contra la pared.
Si Blaise se enterara, pensó, nunca lo dejaría en paz.
—¿Quieres tomar algo? ¡Invito yo! Por todo lo que, eh, te hice pasar ayer, lo siento de nuevo, no quería... Bueno —Harry va hacia el otro lado de la encimera y se apoya en ella. El lugar estaba vacío, ni la chica del mostrador ni la que le llevó el té de ayer se encontraban presentes—, tirarte ese café caliente encima, no fue a propósito, yo...
—Está bien, ¿ves? —Draco le muestra su mano, seguía algo roja pero no tanto como ayer—. Estoy bien, y sí, quiero un té, sin derrames esta vez... ¿por favor? —se arriesga a bromear un poco y consigue una tímida sonrisa a cambio.
Harry asiente y lo sigue mirando.
Draco enarca una ceja.
—¿Querías... Quieres decir algo más o...?
—¿Eh? —el chico se sobresalta, está algo más alto que la última vez que lo vio, pero él seguía siéndolo más por un par de centímetros—. ¡No, no! Yo- Ahora, el té... Lo preparo ahora, siéntate donde gustes.
Draco lo hace y vuelve al mismo sillón de ayer, riendo bajo ante el estúpido encuentro que tuvo ayer con este chico. Qué demonios, solo él era capaz de hacer una entrada así, con un gorro de santa y unos lentes de búho.
Le trae recuerdos, en la preparatoria, Harry entregándole una estrella de papel en la mano.
Un nudo se crea en su garganta y lo amenaza con dejarlo sin respirar, pero Harry llega antes de que pase, y le entrega el té y una galleta con forma de estrella en sus manos al ver que tiemblan.
Le vuelve a sonreír, y es como si nunca se hubiera ido.
Por una vez no dice nada, solo arrastra otro sillón, igual al suyo pero de diferente color y se coloca a su lado, sostiene un vaso de café, y sonríe.
—Y bien... ¿Qué fue de ti, Malfoy?
Ni siquiera él lo sabe, no sabe qué contestar por un momento sin embargo, se recompone y lo mira, y lo mira y le dice lo que a todos.
—Administrador de oficina. Pagan bien. ¿Tú?
Harry sonríe, tan brillante y le cuenta que fue un desastre, que es, un desastre pero que Hermione, la chica del mostrador, tuvo la idea de abrir este lugar al graduarse, y que la madre de Ron, no tiene idea de quién es, le enseñó a hornear. Harry le dice que Ron se encarga del dinero pero que todos manejan y cuidan el negocio.
—La madre de Ron fue muy paciente conmigo, hice explotar un churro y una graaan gota de aceite le cayó en el brazo —hace una mueca pero se ríe ante el recuerdo. Draco lo mira, y lo mira—. Fuimos a emergencias con su esposo, y ella quedó con muchas gasas en el brazo por mi culpa, ella dijo que no me preocupara o me iba a regañar de verdad, así que siguió enseñándome todo lo que, bueno, ahora yo sé.
—Suena agradable.
Draco recuesta la cabeza y toma un sorbo de su té. Su labio tira hacia un costado cuando Harry hace lo mismo con su café.
—Lo es, muy cariñosa, definitivamente te abrazaría si te viera y le dijera que tengo más amigos además de...
Draco se limita a parpadear, y Harry casi que puede ver las preguntas revolotear en su mente. Y en efecto, Draco enarca una ceja.
—¡No! Es decir, conocidos, eh, ¿ex-compañeros? —cierra los ojos con pena—. Lo siento, no quise decir...
—Está bien —lo interrumpe—, podemos ser... —se le cierra la garganta—... Uhm, amigos, si quieres.
Suena extraño, porque nunca quiso ser su amigo.
Harry lo mira por un segundo y luego sonríe, sonríe y sus hoyuelos le dicen hola.
—Bien, entonces... ¿estudias? ¿Dónde vives ahora?
Draco desvía la mirada.
Casi se le olvida que todos están al tanto de su situación, no sabía por qué que esperaba que Harry no supiera nada, que fuera ignorante de su vida.
Bien.
—Sí —exhala con la palabra—. Ingeniería.
Harry abre los ojos sorprendido.
—¿De verdad?
Draco asiente y se permite presumir un poco. Toma lo que queda de su té y deja la taza en la mesita, se come la estrella con lentitud.
—¿Y tú?
—¿Yo? —Harry pregunta, extrañado.
—Mhm.
—¿Yo qué?
Draco se endereza y lo observa tomar su café. Una gota de desliza por su piel antes de ser limpiada por el dorso de su mano.
No lo pudo evitar, y Harry lo mira con sorpresa una vez más cuando mantiene su mano en una de sus mejillas rosadas. Acaricia su barbilla y la comisura de sus labios, por donde la gota de café hizo un recorrido antes de verlo de nuevo a los ojos. Se dilatan, y es un pozo oscuro.
—¿Qué fue de tu yo adolescente? ¿Hm? Ya sabes, ese que luego de confesarse y besarme... —recalca—... huyó de mí.
Harry se atraganta y su galleta número tres con forma de estrella se burla de él.
No dice nada, por supuesto, luego de recomponerse e ir a tomar un vaso entero de agua para hacer pasar la vergüenza.
—Y-Yo no... —Harry empieza cuando vuelve, pero no termina—... Eso fue- Yo...
Una risa hace eco por todo el salón, Draco se seca las lágrimas con el dorso de la mano y lo mira sonriendo.
—Estoy jugando contigo, Potter, no me tomes en serio —le dice tranquilo—. Fue hace mucho tiempo, ¿no? Más jóvenes que ahora.
Harry traga saliva y deja el vaso y la galleta en la mesa.
—Yo... Mm, puedes, puedes decirme Harry, si quieres —dice con las mejillas rosas.
Adorable, piensa y se saca la bufanda del cuello. El fuego tenue de la chimenea aún expulsa el calor suficiente como para que la frente de Harry brille por el sudor y Draco se seque las palmas en sus pantalones.
Sonríe, una vez más, no recuerda cuantas veces lo hizo desde que entró.
El corazón de Harry bombea fuerte, una y otra vez, todavía siente los dedos de Draco recorriendo su barbilla y labios por donde la gota se deslizó; los ojos que relucen por la luz cálida del fuego, y se siente como aquella primera vez que lanzó una estrella fugaz hacia su mesa.
Draco respira y lo llama por su nombre.
—Está bien, Harry.
Saborea su nombre y llena de aire sus pulmones, deja que la tormenta de afuera deshaga su tristeza y golpee la tierra.
Y se siente bien, para ambos, estar ahí con quien lo había conocido como uno y lo vuelve a conocer como otro, a pesar del tiempo y los problemas; y decide que le sigues gustando.
—Entonces, ¿por culpa de tus tíos ya no volví a verte?
—En parte.
Luego de aquella breve confrontación donde Harry casi muere atragantado con su propia saliva, Draco cambió de tema y preguntó por qué se fue en primer lugar.
Al parecer el divorcio de los Dursley afectó la estadía de Harry, no lo suficiente como para dejarlo en un orfanato, sino que fue a parar donde su padrino, en Grimmauld Place.
Muy lejos del instituto donde iban.
Harry le cuenta que fue una época extraña, tenía dieciséis años y pensaba que todo estaba bien, iba a la escuela y tenía algo parecido a un hogar, sacaba buenas notas y de repente, una maleta con toda su ropa —que no era mucha, cabe resaltar— fue arrojada a sus pies, mientras su primo lo culpaba de todo lo que pasaba.
Ah, que jodan los Dursley, por favor.
—¿Fuiste feliz con él? —Draco pregunta—. Con tu padrino, quiero decir, ¿es bueno?
Harry calla y sube sus piernas en el sillón en un equilibrio que parece inestable, hasta que sus rodillas tocan su mentón.
—El mejor... Incluso me dio un cuarto para mí solo —dice y se rasca los párpados—. Pensé que dormiría en el sofá, tal vez, pero cuando llegué me llevó a una habitación, y dijo: "Es tuya, dime si no te gusta y la remodelamos".
Hay un silencio luego de aquella confesión dolorosa y con espinas que raspan la piel.
—Falleció el año pasado, neumonía... Y, y me dejó todo como herencia, ¿sabes? ¿Quién haría algo así? ¿Todo eso para mí? —ríe y Draco se arrepiente de haber preguntado. La melancolía parece ahogarlo—. Todavía tengo una manta sobre su moto... No la he vuelto a usar.
Tampoco ha vuelto a esa casa, demasiados lamentos, piensa, pero no se lo dice.
Recuerda la foto en el recibidor de la casa donde Sirius le pasa un brazo sobre los hombros, ambos con sombreros ridículos que su padrino insistió en comprar por el camino.
No recuerda algún otro día más feliz que aquel.
—Lo siento, Harry —dice y odia lo mecánico que suena.
Toca su hombro e intenta mostrar su pesar y Harry siente algo parecido a la tranquilidad. Lo mira de costado y le regala otra de sus sonrisas.
Estas no llegan a sus ojos.
Harry se aclara la garganta cuando la mano de Draco sigue en su hombro, apretando, y su corazón late desbocado. Está por cambiar de tema pero se fija en la hora.
—¡¿Son las diez?! —exclama y lo mira.
Aquel espeso momento se rompe al fin y Draco baja la mano, incómodo y se sorprende también al ver la hora.
No pensó que el tiempo pasara tan rápido.
—Oh, es, uhm... Muy tarde, ¿no?
Draco se levanta y toma su abrigo, lento, como si no quisiera marcharse.
Afuera el viento hace temblar las ventanas, no lo suficiente como para romperlas pero sí como para que la luz aún no se haya ido. Dejó de nevar en algún momento de la noche y ya podía sentir el cambio de temperatura desde dentro, varios grados por debajo.
Harry lo mira con algo parecido a preocupación.
—¿Estás seguro de que estarás bien ahí afuera? Puedes quedarte, sabes, mi apartamento está justo...
—¡No! —exclama y se recompone al ver que salió más fuerte de lo que pensaba—. No, es decir, ¿tengo que estudiar? —afirma, sin embargo suena como si se lo estuviera preguntado a sí mismo.
En realidad, si bien tiene que hacerlo, no tiene ninguna materia que sea urgente, solo que si se queda un momento más no cree poder apartarse, sería demasiado incluso para él. Piensa que tal vez Harry necesite un tiempo a solas, hizo preguntas invasivas después de todo.
—¿Estás seguro? —baja las piernas del sofá y se acomoda el cabello cuando un mechón cae frente a sus ojos.
Draco insiste en que lo estará, apartando la mirada de los dedos de Harry peinando sus hebras oscuras; porque Harry es el tipo de persona que es increíble y que necesitas ver dos veces para cerciorarte de que es real y no una simple ilusión, pero que también necesita que le digas dos veces las cosas importantes.
—Sí- —la voz se le corta. Se aclara la garganta y continúa—. Dejé pendiente un tema y debo... Ya sabes...
Harry no quiere dejarlo ir, quiere saber más, todo lo que sea posible, pero entiende que debe irse cuando Draco ajusta su abrigo de nuevo, sin embargo, le pide su teléfono prestado.
—Ahí tienes mi número —Harry le dice con algo parecido a orgullo pintado en el rostro—, ¿e-escríbeme? ¿Llámame? ¿Por favor? —suplica con sus ojos de ciervo y mejillas naranjas por el fuego.
Sí, piensa Draco y asiente, lo haré. Las veces que sean necesarias, las que quieras.
Solo no desaparezcas de nuevo.
Por favor.
De algún modo, Harry termina dándole una abrazo de despedida que dura más de lo debido. El impuso de querer hacerlo lo condujo hasta él sin medir las consecuencias, pero puede sentir la rigidez del cuerpo de Draco ablandarse lentamente bajo su toque luego de un tiempo, relajando los músculos de la parte superior. Devolviéndole el abrazo y rodeando su cuerpo de forma segura.
Detente, maldición, piensa Draco. Antes de que sea tarde. Pero baja y entierra su cabeza en el hueco entre el hombro y cuello de Harry, y se droga con las gencianas de su piel. Siente manos apretando su abrigo por detrás y un estremecimiento los recorre de pies a cabeza.
—Cuídate —Harry le dice, pero el abrigo amortigua su voz.
Ambos se sueltan con mucho esfuerzo luego de ello y Draco sale del local trotando con la capucha cubriendo su cabeza y las manos en los bolsillos.
Mierda, tal vez debería haberse quedado adentro, con Harry, el viento parecía estar dándole una lección al golpear su rostro con fuerza.
Con suerte llegó a salvo a su apartamento, Draco saluda al casero y este lo mira con desconfianza una vez más cuando cruza el umbral y va hacia las escaleras.
El joven Malfoy acababa de saludarlo, no llevaba su máscara puesta y estaba sonriendo, mucho.
Es suficiente pasa sospechar de él, ¿no? Afirmó el casero.
Draco sube las escaleras de dos en dos hacia el tercer piso, la humedad se filtra por las paredes y deja que inunde sus pulmones, todo huele extrañamente a pasto recién cortado.
Cada paso que da no lo siente, como si estuviese flotando y la energía es preciosa, como si fuera magia fluyendo por sus venas. Cuando cierra la puerta y se desliza hasta el piso, Draco tapa su rostro y suelta una carcajada, avergonzado, sus mejillas se vuelven rojas y todo su cuerpo vibra de la emoción ya no contenida. Aparta las manos y observa la luz que dejó prendida en la cocina, la mesada donde dejó sus papeles y la alfombra granate frente al sofá.
Maldición, ¿todavía le sigue gustando?
Tanto, admite, incluso más.
No sabe que hacer al respecto, es demasiado tarde.
