Chapter 1: I
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Con las manos en los bolsillos por el frío, Bucky alza la vista al cielo al sentir la nieve en su rostro. La luz del sol aun no desaparece, pero los pequeños copos de nieve son aviso que nevara toda la noche, y para el amanecer, el blanco será el color principal en las calles. Aquello atrae un recuerdo a la mente de Bucky, una mañana de nieve cuando, el día que conoció a Steve. Aquella vez, Bucky solo tenía ocho años, jugaba a guerra de bolas de nieve con sus amigos en una calle cercana a su casa, cuando se percató de un pequeño niño totalmente abrigado sentado en un pórtico.
Bucky pensó que se trataba de un niño nuevo, un pequeño niño
nuevo. Entonces, un par de minutos después, al notar que el niño se veía interesado en el juego, decidió invitarlo. Hasta ahora recuerda como los ojos azules del pequeño
niño brillaron de emoción, cuando le dijo que se uniera a jugar.
Luego supo que el pequeño niño en realidad no vivía en esa calle, sino
estaba esperando a su madre, una enfermera, que estaba visitando a un paciente en ese edificio. Más
importante, que el pequeño niño era mucho más frágil de lo que se veía.
Fue un par de semanas después, en que volvieron a encontrar. Ambos acompañados por sus madres. Bucky había propuesto a Steve jugar con la poca nieve en el
pavimento, pero la madre del otro niño advirtió “otra neumonía”
Aquella vez, vio por primera vez a Steve sonrojarse.
Pero su verdadera amistad surgió el día que regresaron a clases, y ambos niños descubrieron que siempre estuvieron en la misma escuela, solo que en grados diferentes.
Desde entonces nunca se separaron. Hace once años.
Ensimismado en sus pensamientos, Bucky llega a su piso. Al entrar, siente de inmediato el aroma de sopa de res y el calor, la sensación es reconfortante. Comienza a quitarse el abrigo, cuando al inclinarse levemente, encuentra a Steve sentado en el sofá de la sala hablando con su hermana menor.
—Steve —murmura, alzando los ojos, aun con la mano en la solapa de su abrigo. El mencionado levanta la vista y sonríe, sostiene en sus pequeñas y delgadas manos una taza humeante de lo que probablemente es café.
—Hola Bucky, vine a visitar.
—Me alegro —Bucky oculta su rostro, terminado de quitarse su abrigo e ingresar a la sala.
Saluda a su madre, Winifred, que aparece brevemente en la puerta que da a la cocina, y a su hermana menor que está sentada cerca a Steve, con un plato de galletas en su regazo.
—Le dije a Steve —dice la niña ni bien se ha sentado junto ellos, tiene los cachetes inflados de galletas— que le invitamos a la cena de navidad.
—Chismosa —Bucky mira a su hermana haciendo una falsa sonrisa donde se nota su molestia, ella se ríe —te lo iba decir —ahora se dirige a Steve, frotándose las manos en sus rodillas— pero como no nos hemos encontrado en más de una semana…
—Entiendo —responde Steve tomando un sorbo de su café.
Y así había sido, ambos habían encontrado trabajo por fiestas, donde sus horarios habían cruzado por ser hasta altas horas de la noche. Bucky está por decir algo más, cuando escucha a su madre llamar para cenar.
Durante la cena, Steve les cuenta sobre que es su día de descanso y
también el de su madre, pero que ha dejado que su madre duerma todo el día como hace mucho no se permitió. Entonces cuando Steve avisa que se retira, Winifred le da en un recipiente sopa para su madre.
Los ojos de Steve brillan de agradecimiento. Finalmente se despide, y nadie dice nada cuando
Bucky indica que lo va acompañar.
Caminan por las calles, con la nieve sobre ellos. Bucky sonríe cuando ve como el cabello de su amigo comienza llenarse de copos de nieve, incluso cuando su cabello castaño el blanco es más notorio. Bucky le habla sobre el recuerdo de la primera vez que jugaron. Y Steve declara que se sintió feliz cuando Bucky lo invito a jugar, que nunca alguien lo había hecho. Entonces ríen como una sinfonía, tranquila, una que en el pecho de Bucky se infla de felicidad.
Al llegar al piso de Steve, este calienta la sopa y lo lleva a la habitación de su madre. Pero ella lejos de quedarse en su cama, se levanta para saludar a Bucky, incluso con Steve repitiendo que vuelva a su cama. Pero la tequedad de Steve es herencia de su madre. Bucky ríe, y ve como Steve se da por vencido y le cuenta a su madre sobre la invitación de navidad. Conversan un poco más, hasta que la madre de Steve decide irse a dormir, dejando solo a los dos jóvenes.
Es solo unos segundos de duda, cuando Bucky está siguiendo a Steve hacia la habitación de este, cierra la puerta detrás de él, y un segundo después Steve está alzando su cabeza al tiempo que él se inclinan para fusionar sus bocas.
Bucky no lo piensa, sujeta a Steve con ambos brazos, tratando de ser lo más silencioso posible, aun cuando la habitación de Sarah está a dos habitaciones de esta. No hay forma de detenerse. Steve rodea su cuello con ambos brazos, permitiendo que pueda levantarlo ligeramente. Y no pasa ni un minuto cuando escucha a su mejor amigo suspirar, gemir bajito, muy bajito cuando su mano toca bajo la chaqueta.
—Te extrañe mucho —Bucky declara sin reparos, no es como si fuera a empezar a prometer cursilerías, pero hay palabras que salen de él sin filtro.
—Buck.
Y otro beso, el beso se profundiza, ya no es como hace casi dos años cuando empezaron esa relación en que al inicio apenas pegaban sus labios tímidos e inexpertos. Ahora es abrazador, atrevido. Es como si el tiempo haya convertido una diminuta estrella en el sol de un sistema.
Bucky avanza unos pasos, levantando Steve hacia la cama, lo empuja para que caiga sobre su espalda y él encima. Entonces Bucky suelta aquella suave boca, y comienza su ataque hacia el cuello blanco, sube hacia las pequeñas orejas y lame sin
pudor. Siente a Steve estremecerse. Entonces su mano que viajaba por debajo de la chaqueta, sube hacia el pecho, mientras la otra hace el juego de quitar los botones de
la camisa. Sabe que Steve se está dejando hacer, y que lo está disfrutando, cuando lo escucha
jadear, cuando siente aquéllos dedos alborotar su cabello corto con las manos. Entonces cuando logra
liberar la camisa y dejar la piel expuesta, besa también el pecho y baja un poco más, hasta tocar
los pezones con sus labios, recordando la primera vez que lo hizo, y que la extrañeza se había
evaporado al escuchar el gemido de Steve, tal como ahora lo está haciendo. Y aquello lo caliente aún más, tanto que su mente empieza deshacerse de recuerdos o pensamientos, para solo avanzar y rodear todo lo que hay en frente. Así que besa más y sus manos tocan más, bajando, lamiendo, hasta que se topa con la dureza sobre los pantalones de Steve. Se paraliza. Se paraliza al mismo tiempo que escucha el fuerte gemido de Steve en su oreja derecha. El cuerpo de Bucky, empieza a reaccionar, pero también su cabeza. Le tiembla la mano, su mente viaja a mil, y el alma parece querer irse en un suspiro.
—Bucky... —escucha, la voz de Steve parece perderse. Ahogarse. Como si le hubieran quitado todo el aire de los pulmones. Es como algún ataque de asma, pero este no le causa preocupación, aunque si algo parecido al miedo.
Es alerta. Escape.
Se aleja, dando un salto hacia atrás, soltado el agarre y medio cayendo de la cama, apenas sosteniéndose del borde.
—Lo siento —se apura a decir, y aparta con su otra mano los mechones de su cabello castaño.
Observa a Steve apoyarse en sus codos, levantándose ligeramente, esta colorado, su cabello rubio
desordenado. Bucky se muerde el labio, sintiendo el tirón de lujuria bajo él.
—Está bien —musita Steve, aun con la respiración irregular y los labios rojos— Bucky, yo…yo también lo quiero.
Bucky baja la vista, no responde. No dice que también lo desea, y mucho, pero que una parte de
él grita que no.
Una parte profunda de él le recuerda que está mal, que debe parar, antes que pierda el rumbo de regreso.
Chapter 2: II
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Los niños corren por las calles, con chispas brillantes en las manos, como si jugaran con estrellas fugases. La nieve cae con suavidad, y se puede oler el aroma de pavo recién horneado desde las panaderías, el cual ese día alquilan sus hornos para el público. Hay adornos en rojo y verde, se escucha villancicos de coros y luces navideñas en algunas casas que pueden permitirse ese lujo. Han sido tiempos difíciles, pero en navidad, la gente recuerda que tienen a su familia o amigos con quien pueden compartir un día más.
Bucky y Steve caminan llevando el pavo que el padre del primero mando a hornear, aunque más bien Bucky es quien carga el pavo y Steve un par de bolsas con compras. Aunque no para de quejarse todo el recorrido de que también puede cargar el bendito pavo.
—Quien carga a quien —Bucky bromea, y recibe como respuesta un gesto disgustado de su mejor amigo, algo que le hace reír aún más. Pero cuando llegan a la puerta del piso, vuelve la vista hacia Steve y él le regresa una sonrisa. Ríen animados. Desde niños, en ninguna navidad han pasado disgustado uno con el otro, y si lo estuvieron ese día se reconciliaban.
—No te dije, pero te vez bien con ese traje —Indica Bucky sin tocar la puerta.
—Pensé que habías dicho que estaba usando un costal de papa —responde Steve rodando los ojos.
—En realidad te vez … muy bien.
Esta vez, Steve no le responde, baja la mirada apretando sus labios en una sonrisa.
—Me gustaría besarte —continua Bucky hablando bajito. Deleitándose con las mejillas rojas de su mejor amigo. Al tiempo que algo misterioso revolotea en su estómago. Es enserio cuando dice que quiere besarlo. Realmente desea hacerlo. Pero no lo hace, porqué hay gente que puede verlos, porque no deben, porque no debe. Porque solo puede hacerlo cuando nadie ve, en secreto, como cuando lee a Oscar Wilde.
Golpea la puerta con un pie, y casi de inmediato es recibido por su hermana menor.
—Al fin el pavo —ríe ella, saltando para darles paso, desapareciendo por el recibidos hacia la sala.
Bucky camina seguido por Steve hacia la cocina, y ahí encuentran a sus madres, que los miran apenas entran.
—Al fin —dice Winifred, con el rastro de preocupación que le recuerda a Bucky sobre cómo actúa cuando se trata de almuerzos o cenas con invitados.
—El panadero dice que el pavo se quemó las piernas —dice Bucky dejando el pavo sobre la mesa,
sentándose en una silla, dejando caer un brazo sobre el respaldar de esta. Mientras que recibe un codazo de Steve, una mala cara de su madre, escucha a la señora Sarah reír. Y Bucky voltea hacia ella para sonreírle. Adora a esa mujer, es la única que se ríe de todos sus chistes.
—Sí y te daré esa parte —dice su madre, sacando las papas cocidas de su pequeño horno, Sarah se levanta y empieza sacar trastes, mientras Steve saca las compras, pan y una botella de vino.
—Oh, querido, no tenías porque —dice Winifred, apenas lo ve. —Bucky… —reclama.
—Le dije que no, pero ¿alguna vez te mencione que Steve es terco?
—Está bien, Winy —Sarah interviene, con una leve sonrisa, y pestañas caídas que se nota su grosor, algo que Steve también a heredo de su madre— le dije que lo comprara, una vez al año no hace daño —bromea.
Entonces Bucky quiere reírse cuando su madre se pone colorada y sonríe agradecida.
—Bueno, George también compro una botella, al parecer nos vamos a emborrachar hoy, beca tendrá que dormir temprano— explica Winifred, sacando el puré de papas de su cocina.
—Es bueno ser mayor de edad —agrega Bucky y su madre ahora si sonríe aun cuando parece
querer reprimirlo. Le dice que empiece a llevar las cosas a la mesa del comedor, y Steve también
se ofrece a ayudar. Ambos muchachos cargan los platos y aperitivos. Bucky hace otro viaje para recoger el pavo.
Rodeando la mesa del comedor bellamente decorado con un mantel pulcro, el pavo parece relucir,
Bucky observa a sus padres, hermana, a la señora Rogers y Steve. En acción de gracias había querido quedarse con Steve y Sarah, pero su familia había insistido en llevarlo a casa de sus abuelos, entonces ese día había puesto la condición que en navidad lo pasarían con los Rogers, algo que habían hecho alguna navidad pasada. El padre de Bucky no tuvo ninguna objeción y su madre se mostró muy entusiasmada. Son embargo la imagen mental que se había hecho Bucky aquel día había sido superado en este momento.
Se ve como una gran familia, y a Bucky eso le encanta.
La cena resulta ser deliciosa, el pavo es jugoso y el puré de papas es insuperable. Aumentan un segundo plato, hasta que apenas dejan espacio para el chocolate caliente. Pero la velada es bromas y risas, y Bucky no puede sentirme más feliz.
Cuando Beca se va a dormir, su padre saca las botellas de vino y comienza a servirlo en las relucientes copas que su madre se muestra orgullosa de tener. Y entonces brindan. Con un: “feliz navidad” aunque en la mañana ya se han felicitado. Pero como aun es veinticinco se pueden decir todos los “feliz navidad” que desean.
Entonces la conversación empieza surgir y cambiar, por momentos son los cinco que están en un solo tema, y una hora después se convierte en grupos, de tres adultos y aparte los dos jóvenes.
Bucky escucha a Steve contarle sobre que tiene un recuerdo de una navidad con su padre. Es la primera vez que su amigo cuenta algo sobre su padre con más detalle. Bucky sonríe descubriendo que quizá es el vino que hace soltar la lengua de su mejor amigo.
—Sé que a mi padre le hubieras caído muy bien —Steve menciona, observado su copa vacia.
—¿Cómo sabes eso? Es decir, no es como si supieras que clase de persona le agradaba — menciona Bucky buscando la botella semi vacía que le quito a su padre, el cual junto a las dos mujeres adultas están conversado en el sofá con otra botella, dejando libre el recibidor, cerca la ventana, donde él y su mejor amigo lo han ocupado.
—No lo sé, es decir, recuerdo que era atento, y amable…quería mucho a mi mama… recuerdo una vez que los vi abrazados, y… ¿Bailando? —Steve arruga su frente como cuando se concentra en sus dibujos, pero esta vez es sin despegar la vista de la copa— se veían muy felices, creo que fue la primera vez, aun sin saberlo, que descubrí sobre el amor…
Bucky baja ligeramente los párpados, hay un suave movimiento de sus labios hacia arriba, pero desase como si fuera soplado por un cálido viento. Amor. Steve habla de amor. Y Bucky siente que se le estruja el corazón. Que algo danza en sus labios queriendo salir, pero que también hay algo que lo arrastra hacia atrás. Solo sus manos actúan, sirviendo más vino.
Minutos o quizá una hora después, Bucky está tratando de no reírse cuando ve a Steveen medio de sus padres. Su mejor amigo parece avergonzado, sabe que su padre, medio ebrio, está soltándole todo sobre la guerra y que conoció al padre de Steve, y que su madre está hablando sobre que es un encanto por ayudar a su madre con los gastos, comportándose mucho más responsable que su hijo. Bueno, Bucky no podía debatir ello. Así que sonríe desviando la vista hacia la ventana donde solo se puede ver oscuridad.
—Te ves diferente —escucha, y cuando gira ve a la señora Rogers con una sonrisa en su bello y
apacible rostro. Bucky le sonríe de vuelta.
—Cree que eh tomado demasiado —ríe, medio en broma medio en serio, pues realmente siente el alcohol en su sistema.
—Oh, estoy segura que has estado más borracho, jovencito —son reprensión en la voz, Sarah, se sienta en la silla frente a él, donde Steve estaba sentado hacia un momento. — Pero a lo que me refiero, es que te he visto distraído.
—¿a qué se refiere? —Bucky frunce el ceño, balanceando su copa vaciá.
—Bueno, quizá es mi imaginación, le pregunte a Steve, pero él dice que no te pasa nada —Sarah hace un gesto con una mano para quitarle importancia— pero no me convence, pues veo que algo te preocupa, y tu madre también se ha dado cuenta, solo que… bueno, eres casi un adulto y seguramente no te da hablar sobre ello.
—Bueno —ríe nerviosos, sintiéndose ligeramente culpable, aceptando que hace mucho no tiene una conversación seria con su madre.
—Pensamos que podría ser muchas cosas, quizá trabajo o dinero, o si quieres estudiar algo y no te atreves a decirlo. Pero sé que le dijiste a tu padre sobre quieres estudiar algo de mecánica, así que lo único que nos quedo fue algo que es lo común en chicos de tu edad.
—Común
—Una chica
Esta vez Bucky, abre los ojos en par, u trata de sorber las últimas gotas de vino que le queda en su copa, deseando que haya más. No hay como escapar de esta.
—¿Soy evidente?
Sarah rie satisfecha.
—Así que si lo es ¿qué pasa con ella?
—No pasa nada… es solo —Bucky suspira, no creyó tener una conversación así con alguien, menos
con Sarah, menos con que no existía una chica, sino un chico y es el hijo de la mujer que está frente a él.
—Bien … está bien si no quieres hablar, pero al menos me dirías como es ella, me gustaría saber quién es la señorita que robo el corazón del jovencito que conozco desde que es un niño revoltoso.
—Pues —Bucky se encoge de hombros, aprieta los dientes en un intento de sonrisa, aunque la eealidad es que esta avergonzado, por lo que otra vez suspira. Pensado como debería decirlo, sus ojos quieren viajar hacia el lado donde Steve aún está conversando con sus padres, pero se detiene, se fuerza a no girar. Y más hablar. Cree que eso le distraerá— es una buena persona, dice lo que piensa, no le gusta las injusticias, es amable y piense mucho en los demás.
—Suena como una educada señorita —sonríe Sarah. Bucky está ves sonríe con ganas, una sonrisa torcida.
—Sí, y no. Es decir, aunque nunca diga una palabrota, puede causar .as problemas con solo abrir la boca. Y tiene una terquedad… nunca se calla si algo no le parece, y va llegar hasta las últimas con tal de hacer lo que cree, tiene una naturaleza de líder, aunque… aunque nadie le dé la
oportunidad.
—Por lo de ser mujer.
—ah … —Bucky alza la vista un segundo, en realidad es porque Steve es pequeño y enfermizo como para ser considerado, pero Bucky sabe que no puede decirlo por lo que solo asiente— sin embargo, por algo así no se detiene —y sonríe recordando como Steve parece levantarse cada vez que es derribado, sea por la naturaleza o la gente.
Se pronto se da cuenta que hay un silencio. Bucky levanta la vista curioso, Sarah lo esta observado con
ternura.
—Nunca creí que vería tan pronto enamorado al niño inquieto que Steve una vez trajo a casa.
—oh, enamorado… bueno.
—Bueno, Bucky —dice Sarah y suena severo, pero a la vez mantenido la diversión en su voz —sé muy bien que eres popular con las damas, y rompecorazones.
Bucky ríe
—¿Eso se lo dijo Steve?
—Steve dice que no hay chica que no esté interesado en ti, y que a él le mire por encima de la cabeza
Ambos se miran y ríen. Aunque suena mal no deja de ser divertido.
—Sin ofende —opina Bucky alzando una mano en el aire— pero hay mujeres que son algo tontas al momento de elegir a alguien, Steve es mil veces mejor que yo. —entonces cuando se da cuenta, ríe otra vez, nervioso, frotándose la nuca—
después de todo es mi mejor amigo, lo conozco —agrega.
—lo sé, mi hijo tiene un gran corazón, sé que algún día conseguirá a alguien especial que pueda
ver su alma—Sarah gira hacia su hijo, el cual está haciendo una mueca extraña mientras el padre de Bucky está al parecer relatando algo con ahínco.
—si… —murmura Bucky.
—Pero hablamos de ti —continua Sarah otra vez con la mirada fija en él —estás enamorado de ella ¿pero que hay de ella hacia ti?
Bucky se queda mudo, la garganta le oprime un poco, el recuerdo de Steve recostado sobre su pecho en el sofá viene a su mente o cuando se alza en puntillas para besarlo. Suspira.
—También…. Creo que también lo está.
—¿y cuál es el problema?
Palabras resuena en la mente de Bucky. Porque hay más de un problema. Los problemas que se
amontonan entre ellos y se ocultan en la oscuridad. Bucky piensa el hecho de que son hombres, que todos los repudiaran, que no pueden avanzar más, que no hay futuro, que el mismo se repudia a veces.
—Bucky, cariño, te diré que ya no estamos en el tiempo para sufrir por amor —le dice Sarah, y Bucky quiere decirle que se equivoca. Que aún están ese ese tiempo donde hay prohibiciones para…
—¿Qué?
—Lo que digo, que por más duro que sea, solo juntos pueden construir lo que desean.
—Pero —Bucky abre la boca, pero no sale sonido, lo intenta otra vez— Pero si me equivoco, si pasa algo malo, si yo… si yo soy el problema, si no debo…
—¿no debes qué? ¿amar? —Sarah arruga la frente, incrédula —Hijo —suspira y sonríe cálidamente— está bien, siempre hay dudas y miedos, pero si haces las cosas con amor, con aquella emoción de querer la felicidad de esa persona, todo va ir bien.
Con amor. Bucky repite las palabras en su cabeza. “Amar a Steve”. Amarlo. En ese instante Bucky siente que algo en su pecho empieza liberarse, y le da una sensación nueva o quizá que siempre estuvo ahí. Si. Está bien si es amor... No hay nada repudiable en amar a Steve.
Amarlo es lo más maravilloso que puede hacer.
Chapter 3: III
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Steve siente las manos de Bucky sobre su pecho, su respiración sobre su cabello. Se siente estremecer, su cuerpo comienza vibrar. La mano de Bucky baja por su pecho, costillas, de pronto sus ojos se abren, encontrándose solo, en su habitación.
Cuando intenta levantarse, siente pulsada en la cabeza. El recuerdo llega a su mente confundida, es madrugada, después de celebrar navidad con la familia Barnes. Suspira, y vuelve a descansar su cabeza sobre la almohada. Pero quizá es un mal movimiento, cuando al ver el techo blanco todo empieza a dar vueltas. Recuerda que Bucky lo ayudo a llegar a su habitación, pero se pregunta si quizá dijo alguna estupidez.
Alguna gran estupidez que se relacione con su reciente sueño.
—Rogers eres un … —no se atreve a terminar la frase.
Quizá es demasiado decirse a sí mismo pervertido, o degenerado.
Aun cuando siente que lo es.
Se siente así desde hace un buen tiempo, desde que una noche, cuando Bucky vino a visitarlo totalmente empapado por la lluvia y se había quitado casi toda la ropa en su habitación. No era la primera vez que algo así sucedía, no era la primera vez que Steve veía semidesnudo a su mejor amigo, pero si fue la primera vez que sintió un calor diferente a la fiebre.
No lo comprendió de inmediato, y cuando lo hizo quizá fue demasiado tarde para negarlo, para reprimirse. Porque entonces, Bucky llego con más besos, más caricias, tocando aquí y allá, que Steve comenzó a desear más y más, que su mente viajaba en sueños el cual despierto no se atrevía a analizar.
Como los hombres lo hacen…
Steve no tiene idea, tiene la teoría de relaciones sexuales entre distintos sexos, pero entre personas del mismo, solo puede pensar en la unión de dos cuerpos sin muchos detalles. Aunque pensar en hacer eso con Bucky es suficiente para sonrojarlo todo un día. Quizá deba leer libros como los de Oscar Wilder, aunque estén en contra de su moral, aunque de por si esta contra su moral desear de esa manera a Bucky. Lo ama, lo ama demasiado y por eso se reprocha a si mismo que ese sentimiento se tiña por un deseo lujurioso y desconocido. Pero no puede evitarlo, es así como una enredadera que no deja de crecer queriendo con todas sus fuerzas llegar al sol. Confuso. Es como si su amor y el deseo crecieran enredadas. Quiere ver a Bucky sonreír, pero también que le susurre en su cabello, conversar con él hasta el amanecer, pero también que lo toque, quiere que Bucky cumpla sus sueños, pero también que lo bese hasta el infinito.
—Debería decirle—murmura bajito para sí, aunque aquella vez le dijo que también lo quería, aunque no se especificó que era eso que quería, pero por la cara de tormento de Bucky…
Steve suspira y cubre sus ojos con su brazo. Tal vez Bucky no le deseaba así después de todo. Quizá su relación es más que una amistad, pero menos lo que hace una pareja. Sin embargo, está bien, es lo de menos, pues incluso si no fuera pasar algo físico, seguirá amándolo, seguirá amando a Bucky con todo su cuerpo y alma.
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Es treinta uno de diciembre, hay música por todas partes, que incluso los bares más pequeños están abarrotados de gente. La música de la temporada suena como un dulce que invita a las parejas a bailar. En pocas horas será año nuevo. Bucky está casi llevando a rastras a Steve a uno de esos bares. Quizá no a rastras, pero le costó casi toda la semana después de navidad conversarlo para salir.
-Sigo pensado que es mejor pasarlo como en navidad, en familia.
Bucky rueda los ojos, y ve a Steve acomodando su abrigo que es como dos tallas más grande para aquel cuerpo delgado. No se pierde tampoco el momento cuando su amigo se aparta un mechón de cabello rubio de su frente. Algo que hace cuando esta nervioso.
-Esta escusa es nueva, siempre decías que eras menor de edad.
-Y lo era -Steve dice con firmeza.
-Pero ahora son escusas -Bucky se encoge de hombros, levantado sus manos, tiene puesto unos guantes oscuros, regalo de su madre la semana pasada. Ayuda con el frio helado de la ciudad.
-No son escusas.
Bucky suspira, Steve está prácticamente murmurando aquellas palabras detrás de su chalina nueva. Otro regalo de la semana pasada.
-Deja de quejarte, veras que nos divertiremos, hay buena música, y la bebida es mejor que el vino de esa vez.
-Sera como en mi cumpleaños- se escucha un gruñido, molestia ante el recuerdo. Bucky ríe, y recibe una mirada huraña de su mejor amigo.
Bucky no podría olvidar el cumpleaños dieciocho de Steve, ni, aunque pasara cien años. Como no le dejaron pasar la puerta y el portero llamo a la policía diciendo que un niño había traído una identificación falsa. Una vergüenza que Steve estuvo enfadado toda una semana.
-Sera diferente, además te ves más ... más alto -Bucky intenta, ladeando la cabeza hacia su amigo. Pero este lo ignora.
Cuando llegan, Steve parece querer retroceder, que Bucky debe empujarlo hacia adelante. Cruzan la puerta sin problemas, Bucky puede jurar que Steve al fin está sonriendo de lo que lleva el día, así que lo demás se relaja. El bar lleno, hay grupos de amigos y parejas. Ríen y beben, y hay una decoración sutil sobre el nuevo año.
-Venga, pidamos nuestra primera bebida antes del fin de año -invita Bucky, dándole un golpecito con el hombro a Steve, que se ha quedado quieto observado alrededor. Y aunque después lo niegue, Bucky está seguro que esta emocionado.
Bucky pide dos cervezas, y aunque encargado mira a Steve más tiempo que cualquier otra persona, sirve las bebidas.
-Demonios, sabe terrible -escupe Steve al primer sorbo, haciendo un gesto con la lengua que provoca una sonrisa en los labios de Bucky.
-Exagerado -bromea, y toma de su vaso, no es la primera vez que lo bebe cerveza, pero en definitiva nunca es agradable al primer sorbo. Por lo que al segundo está sonriendo como si fuera un experto- te acostumbraras.
-No sé si quiero eso.
-Veras que sí, hace algo interesante con la garganta -señala Bucky su propia garganta, mientras Steve le mira con una ceja alzada.
Otra risa. Y Steve prueba otra vez el contenido del vaso. Bucky permanece observando cuando su mejor amigo hace un gesto y como la pequeña manzana de adán se mueve, Steve no vuelve a escupir, pero no se restringe de tragar con asco, como si fuera lo peor que ha probado en su vida, pero para Bucky, aquella vista es como si fuera lo mejor que ha visto esa noche.
Mientras que el reloj se pasea lento para ser las doce, se quedan conversado con otra ronda más de cervezas. Bucky comienza a sentirse cada vez más relajado, quizá por la música o la bebida, o porque estar ahí con Steve se siente de los más natural del mundo. No va negar, que antes de invitarlo, por un momento, en su paranoia, creía que la gente vería otra cosa que dos amigos en un bar. Pero se había dicho que habría tanta gente pensado en su propia borrachera, promesas y amores de nuevo año para fijarse en ellos, y no se había equivocado. Parecía que eran los únicos con la música de fondo, aun con el crescendo. O quizá solo él se sentía así. Bucky piensa que quizá ya es un hecho que lo que siente por Steve hace que muchas veces olvide todo lo demás, como estar solos viendo el puente Brooklyn hasta estar sentados en el sillón de la casa de cualquiera de los dos, con los brazos rosándose, escuchando alguna novela en la radio. No hay nada, no hay nadie. Únicamente Steve y él. Y suena tan ridículo en su cabeza, pero tan real cuando lo vive.
Para cuando va ser cinco para las doce, Steve y Bucky se miran sonrientes, y comienzan el conteo hasta que exclaman junto a todos los presentes: "Feliz año nuevo" se dan un fuerte abrazo que incluso olvidan las bebidas en sus manos. El abrazo es cálido, alegre, es buena, muy buena. Y hay alegría chispeante y nuevas promesas en el aire. Entonces Bucky desea tanto separar a Steve un poco para poder besarlo, pero solo permanece así, con aquel cabello rubio haciendo cosquillas en su barbilla.
Media hora después, están observado las parejas bailar con otra ronda de cereza que cada vez amarga menos.
-Esa señorita te está mirando -Steve le dice, y cuando gira hacia la dirección donde su amigo está mirando ve a un grupo de amigas donde una pelirroja le esta mirando y sonríe cuando se siente descubierta. Bucky le devuelve la sonrisa, pero vuelve la vista a Steve, él tiene la vista fija en él ahora, y Bucky sabe que significa.
-¿Y tú invitaras a su amiga?
Steve inclina la cabeza levemente, en modo de afirmación, pero hay duda en su rostro, aun así, Bucky decide no desperdiciar ese momento, se bebe lo que queda de cerveza en su vaso para empezar a caminar hacia las señoritas. Gira un momento sobre su hombro, observando a Steve seguile, y por su cara puede saber que se está arrepintiendo.
-Solo, di " ¿me concede esta pieza?" -exclama sobre la música.
-Todo un experto -Steve rueda los ojos.
Bucky se ríe, es cierto que ha salido desde que cumplió la mayoría de edad con amigos de su escuela y compañeros de trabajo, invitar a bailar no es difícil y resulta divertido.
-Luego cuando bailes, no querrás parar.
Cuando llegan, la pelirroja que lo miraba sonríe radiante.
-Feliz año -Bucky sonríe galante, y la dama se sonroja, algo que hace sentir bien a su ego- ¿me concede una pieza?
La señorita no se hace esperar, recibe la mano tendida de Bucky y él la lleva hacia el centro para unirse a las demás parejas. Aunque sus ojos se fijan en Steve invitando a una morena a bailar, y es casi de la misma estatura. Solo puede ver cuando Steve estira su mano hacia la dirección de la dama antes que uno de los cuerpos que esquiva cubra la vista.
-¿y me dirás tu nombre? -escucha sobre la música, aunque más bien es la pelirroja acercándose más a él.
-James -y la sonrisa de sus labios se desliza en su rostro.
Cuando el baile termina, y comienza otro, Bucky busca sobre las cabezas de las demás parejas a Steve, esperando que siga bailando. Pero no lo encuentra. Hasta que sus ojos le llevan hacia el punto inicial hace unos minutos. Steve está parado con las manos en sus bolsillos de su saco oscuro. Con la vista a la multitud, y cuando sus ojos se cruzan desvía la mirada de inmediato.
Piensa por un momento que quizá termino de bailar, pero cuando mira a la morena esta sigue hablando con sus otras amigas.
-¿Sucede algo? -pregunta dolores, la pelirroja. Bucky le devuelve la mirada y niega.
-Nada, me preguntaba si tu amiga y mi amigo dejaron de bailar...
-¿Dejaron? -ríe ella- no lo creo, a mi amiga no le gustan tan... bajitos
Bucky finge una risa, pero se detiene como si la música se hubiese apagado de pronto, provocando que la pelirroja casi se tropiece con sus pies. Bucky siente como la rabia aparece como la chispa de un cerillo, sin embargo, sonríe. Sonríe apretando los dientes cuando la joven le mira confundida.
-Creo que es suficiente baile, gracias -Bucky dice, soltado los delicados dedos de la dama y girándose, lo que piensa un momento mientras se aleja es que su madre le diría que es un grosero, pero su madre no está ahí. Y le importa una mierda realmente si está siendo grosero.
Bucky esquiva a todo quien está en su camino, avanza a paso ligero, y cuando Steve está a su vista, parado con las manos en los bolsillos, pequeño, con ese traje demasiado grande, con la vista seria y la luz en su fino rostro, siente como la rabia empieza a evaporarse, y es remplazada por una muy diferente. No cambia cuando Steve se da cuenta de su presencia y le mira interrogante. Entonces cuando está a un paso de él, Bucky se inclina hacia el oído del amigo de toda su vida y le susurra:
-Quiero besarte.
Si Steve responde, no lo escucha. Pues lo ha tomado de su brazo para guiarlo hasta salir del bar. No hay resistencia, y cuando cruzan la puerta, el frio viento de invierno golpea su rostro. Respira el aire fresco, suelta a Steve y le mira, su amigo aún tiene esa mirada confusa. Y Bucky quiere reírse, pero en su lugar camina, cruzándose con las personas que entran al bar, hasta llegar a lo que es la entrada de un callejón.
-¿Vas a vomitar? -pregunta Steve, y Bucky abre los ojos por ese comentario.
-¿No escuchaste lo que te dije?
El rostro de Steve de pronto esta rojo.
-Estas ebrio, ponerte así en medio de tanta gente, dios. Solo vomita y ya -espeta, sus cejas se juntan formando uno solo y su cabello rubio se agita por el viento.
-Hablo en serio -responde Bucky, aunque si puede estar un poco ebrio- quiero besarte ¿tú no?
Los ojos de Steve se abren más, aprieta la mandíbula antes de soltar:
-sa... sabes que sí, pero no... no aquí -mira hacia el suelo, sus cejas se vuelven a juntar, y Bucky ama esa expresión.
-Nadie nos vera.
-Bucky...
-Steve.
Luego ninguno dice nada, y solo se escucha la música provenir de distintas partes, formado un coro inatendible.
Por un momento, Bucky piensa que quizá se está pasado, dejándose llevar por su impulso cuando siente un tirón de su brazo que casi se da de bruces con una pared en la oscuridad del callejón.
-Pero ¿qué...?
-Que sea antes que me arrepienta.
El callejón no es tan oscuro cuando los ojos de Bucky empiezan a acostumbrarse, puede ver a Steve mirándolo, aun sujetando su brazo, puede ver como retrocede hasta pegarse a una de las paredes. Puede verlo esperar.
-Atrevido -Bucky bromea, aun sin poder creérselo, acercándose.
-Callate -Y por aquel tono, Bucky sabe que está perdiendo la paciencia.
Sin perder más tiempo, se inclina y lo besa. Un beso casto y suave, que parece un parpadeo. Cuando se separa, Steve lo está mirado con la cabeza ladeada.
-¿Ese es el primer beso de año nuevo? Que interesante -Steve alza las cejas, está sonriendo, burlándose y Bucky ama eso también.
-Punk.
Sonríen, y sus bocas se juntan nuevamente. Ahora tosco, urgente. Bucky saborea y siente el brazo de Steve sobre sus hombros, está seguro que esta de puntillas, así que inclina su espalda hacia adelante, atrapa a Steve con ambos brazos, lo envuelve como gigantesco abrigo.
Cuando se separan apenas pueden respirar.
-Bueno, creo que la cerveza te hizo efecto -murmura Bucky, dándole un suave beso en la comisura de los labios.
Steve esta rojo, o al menos debe estarlo. Bucky quiere besarlo más, quiere tocarlo más, está deseando, deseando algo que empieza a entender que ya no puede reprimir. Es Steve, es inevitable.
Salen de aquel callejón, sin antes acomodarse las solapas y el cabello. Vuelven a reír, de pronto todo se siente más despejado, y hay electricidad. Bucky siente electricidad en el aire y le encanta.
Notes:
★★★
Hola! Al fin me digno a publicar ಠ◡ಠ jejeje en cierto modo ya está escrito pero editar es la parte que siempre demoro el doble que demoro en escribir, y eso es mucho. Por cierto, quería invitarles a mi página de Tumblr, posteo cositas ahí sobre mis shipps, cosas que se me ocurren desee historias, chats etc. Aquí les dejo
http://chaskafrost.tumblr.com
Y pues muchas gracias por seguir leyendo la historia, me encantaría sus opiniones (*'ω`*)
Chapter 5: V
Chapter Text
La novela de la radio termina, quizá con un final triste, feliz o en suspenso como a veces acababa para dejar pendiente a la audiencia. Steve no lo sabe, los últimos minutos solo estuvo con la vista fija en aquel aparato que tuvo tiempos mejores antes de la guerra y el jueves negro.
—Esta historia sí que te hizo sufrir —dice Bucky a su lado, no lo está mirando, está leyendo uno de esos inmensos libros de matemática que Steve apenas puede comprender.
No es como si hubiera sido malo en matemáticas, pero había pasado la secundaria arrastrando ese curso, además de las veces que no había asistido a clases por causa de alguna de sus innumerables enfermedades. Steve pensaba que el actual invierno, en que hasta el momento no había enfermado, se burlaba de él.
—Estuvo interesante —miente Steve, y cambia de estación, buscando alguna de música jazz.
—Cuéntame un resumen, apenas le prestada atención.
Steve rueda los ojos, se rasca el frente y encoje los hombros.
Hay un pequeño silencio, Bucky suspira y baja el libro a su regazo. Steve sabe que ahora sí lo está mirando; le devuelve la mirada. Su amigo está sonriendo. Una sonrisa calmada, una que refleja lo bien que lo conoce, cuando algo está rondando en su mente sin encontrar salida.
—Bien, ¿vas a decirme que es eso que tanto te aflige? Mira que he venido con todo y mis libros.
—Siempre traes tus libros aquí —le recuerda Steve—, y es porqué tu hermana no te deja estudiar.
—¿Que dices? ella hace hermosos gráficos en mis libros —bromea. Abre el libro, pasa las páginas y se detiene en una. Hay un dibujo de palitos, nubes, casitas y colores.
Steve no puede evitar reírse.
Bucky había empezado un curso de mecánica desde hace meses. El chico siempre había sido bueno en materias que tenían números, ciencias y letras, en sí, había sido bueno en casi todo. Sin embargo, lejos de que ingrese a una universidad, pasaba de trabajo en trabajo. Actualmente estaba en un programa que el estado había sacado para los jóvenes, en la que hacían pistas o remodelaban algunos lugares públicos. Trabajos con horas extensas y en el pago era mínimo.
Steve sentía que todo aquello era injusto, no solo por la explotación laboral, sino porque Bucky nunca sacaría su potencial ahí; donde sueños y metas eran olvidados. Quien sí debería estar ahí, era alguien como él: un chico que apenas había pasado la secundaria y que en lo único que era bueno era dibujando. Al menos era así como Steve pensaba. Sin embargo, el programa no le había aceptado, le habían dejado fuera apenas lo había mirado. Con eso, no había podido evitar sentirse inútil y con una pésima suerte, ya que incluso había perdido el empleo de la librería. Aun cuando su ex jefe había dicho que el cierre era temporal, Steve no podía guardar esperanzas.
—Es solo, que quería pedirte un favor —murmura Steve—, pero no sé cómo.
—Bueno, en realidad es fácil, solo dilo. —Bucky se encoje de hombros.
Steve suspira, odia pedir favores, aunque de por si Bucky siempre le hace favores sin que se los pida. Le debe el mar rojo.
—Pues, no sé, quizá puedes hacer algo… en el proyecto que estas ahora…
—¿Quieres trabajar ahí?
Steve asiente.
—Es un trabajo de mierda, Steve. Creo que es mejor que hagas caso a tu madre y utilices este tiempo para meterte por completo en el curso ese…
—¿El de arte? —interrumpe con un poco de irritación—. No puedo, Bucky. Tengo que trabajar para ayudarla. Me propuse trabajar para que ella deje las horas extras, pero si estudio será todo lo contrario.
Bucky suspira.
—Encuentra algo diferente.
—Sabes bien que nadie quiere contratarme, incluso en los trabajos fáciles prefieren a las chicas, ¡y sí! ¡sí, maldición! parezco una chica, pero no lo soy. —Steve hace un ademán con la mano en el aire exasperado—. Él único que me acepto fue Crisol y es porque es medio ciego.
Los ojos de Bucky se amplían y aprieta los labios. Steve sabe lo que viene.
—No te rías — advierte Steve.
Pero Bucky se echa a reír. Y a Steve solo le queda el deseo de que su mirada pueda fulminar a su mejor amigo.
—Debes estar jodidamente enfadado para maldecir —dice Bucky entre risas.
—¡Cállate!
—Estoy seguro que el señor Crisol volverá a llamarte —lo ignora Bucky con un tono optimista—. Esta cosa de alza y baja de precios se va estabilizar. Si lo vez, está mejor que hace años, cuando éramos niños.
—Sí, pero… esto es injusto.
—¿Por qué es injusto?
Steve frunce el ceño, baja la mirada hacia sus delgadas manos. Las observa, aún tiene carboncillo de su último dibujo.
—Yo puedo estudiar arte, mientras tú…
—Yo estoy estudiando —alega Bucky despreocupado.
Aquellas palabras encienden otra chispa de enojo dentro de Steve. Le hace apretar los dientes y mirar a su amigo con dureza.
—No, no como deberías —murmura con amargura.
Bucky suspira, o más bien suelta aire por la boca, estira ambos brazos y recuesta su cabeza sobre el respaldar del viejo sofá.
—Otra vez con eso.
Sí, habían hablado del tema. También Bucky le había contado de como su padre le había propuesto ayudarle con la universidad estatal, y que no se preocupara por lo demás. Pero Bucky, había terminado discutiendo con su progenitor tan fuerte que ese día había dormido en la casa de Steve. Aunque no durmieron, debido a que Bucky se pasó la madrugada hablando y hablando de que no tenía sentido que sus padres esperaran que estudie, cuando solo tenían para comprar pan tres veces a la semana, Becca aún estaba en la escuela, su madre tenía problemas con la mano de tanto lavar ropa ajena y su padre apenas dormía. ¿Creían que el iría a la universidad sin pensar en eso todos los días?
Steve le había dicho que quizá haría que todo valiera la pena cuando él vaya a la universidad. Bucky había dejado de hablarle esa noche.
—No entiendo porque yo si debo escucharte que siga con esos cursos de arte, pero cuando te menciono sobre tus estudios te enojas. —Steve se cruza de brazos, frunciendo el ceño y mirá a su amigo de reojo.
—No estoy enojado.
—Lo estas, y no sé por qué. —Esta vez Steve alza los hombros mirándolo directo—. Explícame Buck— exige—. Quiero entender, quiero saber. Sabes que puedes decirme cualquier cosa.
Bucky no responde, mira el techo y Steve piensa que, como aquella vez, va quedarse en silencio. Le desespera cuando es así, porque cuando Bucky se decide en no hablar, no hay nada en la faz de la tierra que le saque una palabra.
—Son cosas distintas —al fin murmura Bucky. Gracias a dios—. Tú y yo… es decir tú tienes talento que no lo uses me parece un desperdicio.
—¿Talento? —pregunta Steve arrugando una ceja—. Si hablamos de eso, pues tú eres la persona más inteligente que conozco.
—Es porque no conoces mucha gente.
—Bucky.
—Bien, pero…
—Podrías…
—Me da miedo.
Entonces toda la irritación o molestia empieza a desvanecerse del cuerpo de Steve, como la niebla por viento.
—¿A que le temes? —pregunta Steve, sus brazos se sueltan y la tensión también.
—No lo sé. —Bucky se encoge de hombros, sus ojos bajan hacia sus manos enlazadas sobre su regazo—. Dicen que soy bueno en eso, pero ¿si realmente no lo soy? las universidades solo me parecen cosa de gente con plata y cerebritos. Yo en cambio… puedo estudiar, pero no soy ningún cerebrito, soy alguien más práctico. Hago cosas prácticas.
—Es verdad —reconoce Steve. Porque Bucky siempre tenía soluciones directas de lo que a él le costaba análisis de ventajas y desventajas—. Haces cosas prácticas, pero también eres bueno en lo demás. No eres un cerebrito, pero … tiene demasiado potencial, Buck. Mucho. Si sientes miedo de fallar, está bien, yo entiendo. Yo siempre tengo miedo de fallar.
Bucky lo mira al fin. Y por esa mirada, Steve sabe que a dicho algo que Bucky de alguna manera le ha sorprendido un poco. No lo culpa. Steve sabe que siempre se muestra como si no le temiera a nada.
—Pero, si confiaras un poco más en ti, en el criterio de tus padres, en el mío. Quizá así puedas dejar ese miedo.
—¿Eso haces tú?
—No, bueno no así. Soy consciente que no puedo cargar con las mismas preocupaciones que tú, pero quiero hacerlo, me es injusto que no pueda dar mi parte, no es correcto y eso…
—Te indigna. —Bucky sonríe.
—Pues sí, bien. —Steve aprieta los puños—. Me enoja. Y es porque… —suspira—. Mira, tu puedes trabajar y estudiar, ¿por qué yo no? Debería hacerlo. Quiero hacerlo. Puedo. No está bien que solo este aquí escuchando novelas estúpidas en la radio.
—¡Oye, hay buenas historias! —defiende Bucky.
—Sí, pero no quiero pasarme así. Incluso si la gente piensa que no puedo, voy dar mi parte. No podrán decirme “no” por siempre.
Bucky lo mira un momento en silencio, suspira e inclina un poco la cabeza hacia él.
—Realmente dudo que te digan “no” por siempre ¿y sabes por qué?
Steve frunce el ceño, sabiendo que ahora llega una de sus bromas. Aunque no lo detiene. Y Bucky se acerca más, tomando una de sus manos.
—Porque eres jodidamente insoportable, terco y algo estúpido. Que terminaran por decirte: ¡Ya toma esto y cállate! —dice con un tono de voz grabe.
—Basta, por favor —ruega Steve y se cubre el rostro con ambas manos.
Bucky sonríe de lado, sin detener sus palabras.
—Y es que quien quiere enfrentarse a una bolita de odio.
—Bolita de odio —repite Steve confundido, volviendo la vista a su amigo.
—Bolita de odio. —Esta vez Bucky ríe y se acerca para atrapar sus labios con un beso —Bolita de odio puro. —Y ahora lo sostiene con ambos brazos, fuerte y cálido.
Steve quiere protestar por ese apelativo nuevo, pero los labios de Bucky danzan sobre los suyos, impidiéndole hablar. Lo entorpecen. Cierra sus ojos y siente a su mejor amigo venir sobre él. Entonces, empuja sus pensamientos y palabras algún lugar de su mente. Sus manos se sujetan de los fuertes brazos de Bucky, brazos que se hacen más duros por los trabajos pesados que su amigo realiza. Mientras él es tan delgado, débil y…
—¿Qué pasa? —jadea Bucky mirándolo.
Su amigo está sobre él, en ese sofá que resiste sus pesos, pero que hace un pequeño chillido cuando el otro se levanta un poco y apoya una mano en el respaldar.
—Solo pensaba —dice Steve soltando el poco aire de sus pulmones.
—Que novedad… —Bucky alza una ceja—. Pero yo creí que podía quitarte los pensamientos —susurra dándole un beso húmedo en el cuello.
«Lo haces, lo haces», piensa Steve.
Pero no son todos, porque hay algunos pensamientos que atormentan sus sueños.
—¿Lo harías conmigo?
Hasta convertirlos en realidad.
Chapter 6: VI
Chapter Text
Bucky observa desde el muelle las olas de un mar en calma. Hace frio, el viento no ha dejado de azotar sus mejillas, revolotear su cabello e intentar quitarle el saco que alguna vez fue de su padre. Cuando el cielo empieza a oscurecer, se gira sobre sus talones y emprende el camino a casa, alzando con una mano el frente del traje. El saco apesta a cemento y tierra, diferente a la primera vez que lo uso, cuando olía a pólvora y sal. Sin embargo, quizá solo fue por las palabras de su padre tras darle el abrigo en su cumpleaños dieciséis: "esto fue bendecido por dios", y junto a eso, la historia de cómo ese saco lo acompaño durante la guerra y a volver sano a salvo con su familia. Bucky entonces decidió guardarlo como la prueba de aquella historia el cual nadie quiere volver, sin embargo, hay días que no tiene ningún propósito más que calentarlo. En cualquier caso, no piensa en la parte milagrosa de la historia, quizá si esta bendecida, quizá solo es un objeto de suerte, incluso si a él no le ha dado ni lo uno ni lo otro. Igual no necesita bendición, ni mucho menos suerte. Lo que necesita son preguntas, respuestas y claridad. ¿Dios se lo daría? Aunque está casi seguro que la mitad de las preguntas serian respondidas con una palabra: Fe. Mientras la otra mitad: Pecado.
Cuando llega a casa, su hermana es la primera en recibirlo con un cuaderno de matemáticas en la mano.
—Buenas noches —saluda a su padre.
—Buenas noches, hijo —responde el aludido sin mirarlo, está sentado en el sofá leyendo lo que parece una revista vieja- llegas temprano, otra vez.
Bucky no responde, recibe el cuaderno que su hermana ofrece y le da una ojeada. Los problemas de esta noche son fracciones.
—Es cierto, ¿ya no pasas por casa de Steve? ¿Se han peleado? —cuestiona su madre saliendo de la cocina—. Querido, ayúdame a poner la mesa —esta vez le habla a su esposo.
Su padre se levanta del sofá, y antes de llegar a la mesa, le da una breve mirada a Bucky. Una pregunta silenciosa.
No se habla más de Steve, ni en la cena, sino después de una hora, cuando Becca logra resolver un problema sola.
—Ves, no es tan difícil —le dice Bucky a su hermana, dándole una palmaditas en el hombro.
—Sí, pero es porque eres mejor enseñando que papá o mamá —responde la niña, sonriendo- me alegra que llegues temprano para ayudarme.
—¿Sí?
—Sí, aunque también tienes que ir a ver a Steve —continua su hermana alzando la vista.
Bucky frunce el ceño, señala el cuaderno para que ella vuelva al problema. Su hermana obedece, pero no deja de hablar:
—Es en serio, Bucky, mamá dice que Steve está solo, por eso debes acompañarlo cuando su mamá trabaja mucho. O puedes decir que venga, entonces los dos me ayudan con la tarea.
—Eres una interesada, hermanita —bromea Bucky, sacudiendo el cabello de la niña.
Ella se queja, pero está riendo cuando le da un golpe en el estómago que apenas puede percibir. Luego, mientras termina los ejercicios, la menor le está contando sobre como gano la competencia de carrera en la escuela ese día, incluso fue más rápido que los niños. Entonces uno de ellos la había molestado después, y ella lo había retado a una carrera el cual había ganado.
—Y me dijo que como era niña no contaba.
—Qué tontería -respondió Bucky de inmediato, mientras se cepillaba los dientes.
Su hermana había terminado con sus deberes y se alistaban para ir a dormir. El baño era pequeño, pero para ese tipo de aseo solían competirlo.
—¡Sí! Y le dije que se vaya a la mierda.
Bucky se atraganta, escupe la pasta dental en el lavado y se echa a reír a todo pulmón. No puede creerlo o quizá sí. Incluso puede imaginarlo.
—Muy bien, hermanita -felicita Bucky entre risas-, pero no repitas esas palabras frente a mamá o papá.
Minutos después, Bucky esta recostado en la cama, en su habitación oscura y silenciosa, donde solo entonces, aquello que ha pospuesto se acomoda entre sus sienes.
Y ya ha pasado más de una semana.
Se gira hacia un lado, acomodándose de costado, pensado en la similitud de la situación hace un par de años cuando Steve le dijo que le quería y él había salido corriendo. Ahora también había salido corriendo, literalmente, pues en ese momento la madre de Steve había abierto la puerta principal y ellos se habían separado como si un rayo hubiera golpeado entre ello. Por otro lado, no era como si estuviera escapando, solo está tomando tiempo... ¿Tiempo para qué?
No es como si el sexo fuera tabú. Ha charlado de ese tema con su padre en algún momento, con sus amigos de la cuadra cuando fuman y beben. Aunque en todas esas conversaciones es sobre sexo con mujeres, sobre cómo tratarlas, como no tratarlas. En cuanto a Steve, con él ni habían hablado del cuerpo femenino. Incluso había pensado que su amigo no sabía nada sobre el tema, pues las veces que parecían cruzar esa línea, lo habían hecho a ciegas. Sin nada en la cabeza más que instinto visceral.
Pero, de repente: "Lo harías conmigo"
No hay duda, Steve siempre lo confunde, lo confunde hasta el punto de dejarlo sin dirección en las profundidades de un bosque.
Suspira, cierra los ojos e intenta dormir. El sueño no llega. Es como si hubiera goteras en el techo, en su cabeza, filtrándose así pensamientos asociados a esas tres palabras. Esas tres condenadas palabras.
Lo harías conmigo, Lo harías conmigo, lo harías conmigo.
"No lo sé, Steve", responde su propia voz en su mente, "Quizá".
Sí, quizá, quizá abrazaría a Steve hasta sentir cada hueso de su cuerpo, besaría cada centímetro de su rostro, lamería su manzana de Adán y luego viajaría hacia el sur. Ahí, donde sus manos le pican por explorar.
Y entonces cuando termine se convertirían en cenizas, en palabras del mundo, en sus propias conciencias. En las de dios.
"Sí, sí lo haría, pero..."
—Nos matará —susurra. Sintiendo en instante la necesidad de gritar.
Chapter 7: VII
Chapter Text
Dedicado a JessDavers
Es sábado rosando la noche cuando Bucky llega a casa y ve a Steve junto a su hermana menor en la mesa de la sala. Ambos lo miran y no dicen nada hasta que Becca comienza a gritar sobre como Steve no es bueno en matemáticas, pero si en letras, y le esta ayudado a terminar su tarea.
—Perfecto —responde Bucky sonriendo, mientras se quita el abrigo y lo cuelga en el viejo perchero junto a la puerta.
Pasa un segundo, dos y Bucky no hace ningún movimiento más que tener la vista fija en los pliegues del abrigo, hasta que escucha la voz de su madre saliendo de la cocina.
—Bucky, cariño —saluda, amorosa como es costumbre.
—Buenas tardes, mamá. —Bucky se acerca a su madre y le da un beso.
Ella sonríe, luego dirige la mirada hacia los otros presentes.
—¿Ya terminaron? Cenaremos en poco.
—Sí, mamá, es solo un par de preguntas más —responde la niña, sin despegar la mirada de su cuaderno.
Steve apenas levanta la cabeza.
La madre de Bucky asiente y regresa a la cocina, dejándolos solos de nuevo. Mientras los estudiantes vuelven a ocuparse, Bucky se queda en el mismo lugar. De repente se siente fuera del lugar, algo rasca en su amígdala y no puede conectar ideas ni palabras. Es igual al leer una carta con demasiadas pausas. Confuso y desesperante. Suspira suavemente, se dirige al sillón, se sienta, busca el periódico de su padre y lo abre. Sin embargo, a pesar que el texto está bien narrado apenas puede leerlo, su mente se detiene cada dos o tres palabras, perdiendo el sentido de todo lo escrito ahí.
Bucky está por tirar el periódico cuando Becca dice en voz alta que al fin ha terminado y sale disparada de la habitación. Solo ahí, Bucky es consiente o acepta la presencia de Steve detrás suyo. No puede seguir escapando, su mente no lo permitirá.
—¿Cómo has estado? —finalmente pregunta, girando sobre su hombro.
Steve está acomodando la mesa, la única suficiente grande para una familia que hay en ese piso.
—Solo algo ocupado, he tenido mucho trabajo —responde Steve, sin dirigirle la mirada.
—¿El viejo Crisol volvió abrir su tienda?
—Sí.
Hay silencio, pero detrás de las paredes se escucha los movimientos en la cocina.
—Eso es muy bueno —dice Bucky, volviendo la vista al periódico.
La conversación entre ellos cesa, no vuelve ni cuando están cenando y la madre de Bucky pregunta por la madre de su amigo. Resulta que la señora Sarah se había ido de viaje a cuidar un pariente enfermo. Tampoco mientras están caminando hacia la casa de Steve. Es solo cuando Steve se adelanta unos peldaños en la escalera del edificio, cuando Bucky se detiene sin ser capaz de dar un paso más. Sorprendido, confundido, descubre a Steve mirándolo sin expresión.
—¿Cuánto tiempo más piensas evitarme? —le dice sin más, con voz fría y áspera —. No, no importa, igual solo quería darte esto.
Bucky vacila, pero antes de poder encontrar una oración, Steve saca un objeto de su saco y lo extiende hacia él. Lo reconoce de inmediato, es un libro, uno pequeño, viejo y sin nombre en la portada.
—Lo encontré esta mañana.
Atraído como abeja a la miel, Bucky sujeta el libro con sus largos dedos, lo abre y pasa la primera página; y si en algún momento había estado desconectado, es en ese instante tras leer el título y autor del libro cuando todo volver a funcionar.
—¡Es Wilde!
—Sí, sí, pero no grites —susurra Steve acercándose y haciendo un ademan de silencio con el dedo índice.
—¿Cómo?
—Ya te dije, esta mañana el señor Crisol recibió libros de segunda desde Europa y esto estaba entre ellos. Él dijo que podía quedármelo, que sería imposible venderlo.
Bucky resopla negando con la cabeza, volviendo la vista hacia el título mientras piensa en el miedo irracional sobre algo tan pequeño. Sin embargo, deja eso de lado cuando cavila sobre el título.
"El príncipe feliz y otros cuentos, por Oscar Wilde"
No esperaba que Wilde escribiera cosas que incluyeran felicidad, al menos eso había creído después de leer el retrato de Doran Grey o El fantasma de Canterville antes que fueran desapareciendo de la biblioteca. De hecho, estaba seguro de su estilo lúgubre y sombrío era su sello principal, y quizá aquella parte donde el sufrimiento y la injusticia se reflejaba en una vida donde nadie lo había escuchado realmente a él.
—¿Por qué? —titubea Steve, acallando sus cavilaciones. Su voz ha dejado de ser fría, pero aun suena como si alguien en esa apenas concurrida calle lo fuera a escuchar—, ¿por qué aun cuando?
Bucky de alguna forma sabe cuál es la pregunta y como no es fácil formularla. Está en partes, codificadas, en largas pausas. Bucky Vuelve la vista hacia el libro, el nombre de Wilde escrito en tinta negra. Todos o la gran mayoría sabia la historia de Wilde, sabían cómo paso sus últimos días antes de morir y como libros como el que tenía en las manos eran repudiados hasta el punto de convertirse en cenizas. Por eso, las que restaban viajaban como si no tuvieran nombre.
—¿Lo leemos juntos? —pregunta Bucky sosteniendo el libro en sus dedos.
Steve lo observa por unos largos segundos, con una expresión que parecía acompañar la estación, de pronto, asiente sin dar más palabras y se gira sobre sus talones para continuar subiendo los escalones. Bucky, sin perder más tiempo en dudas, lo sigue y espera cuando Steve abre la puerta, dejan sus abrigos colgados, y vuelve a esperar en la sala cuando su amigo desaparece en la cocina y regresa con dos tazas de café humeante. Steve con un gesto de cabeza, y aun sin hablar, lo invita a su habitación. Es entonces, en ese tránsito, en ese pequeño recorrido, donde Bucky repara que incluso en silencio la tensión no se apoderaba completamente de ellos. Ellos seguían siendo Steve y Bucky, los chicos que conocían el caminar del otro incluso en la oscuridad.
—Puedes usar esa silla. —Señala Steve, una vez llegan a la habitación.
Bucky mira la vieja silla de madera al tiempo que el ambiente se ilumina, Steve ha encendido la lámpara de su mesita de noche. Una mesita la cual usa un ladrillo por su pata faltante, empero es lo de menos, la mesa esta coloreado de azul con pequeñas estrellas amarillas y la lámpara es gris con pigmentos negros, semejante a la luna. Bucky cuando lo vio por primera vez no lo había reconocido, sin embargo, había estado impresionado de aquella decoración, pues cuando habían conseguido esos objetos en una venta de mudanza, solo se había preocupado hacer que la lámpara funcione.
Quizá siempre hacia eso, pensar en que las cosas funcionen.
—¿No puedo sentarme en tu cama? —pregunta entonces acercándose—. Me siento en tu cama desde que me trajiste en primaria para curar tus moretones.
—No, fue. —Pero Steve se calla, como pensado, suspira y se sienta en su cama para quitarse los zapatos—. Como quieras.
Entonces es cuando Bucky lo ve, aun con la luz tenue que apenas toca el piso: periódicos en los zapatos.
No dice nada, no es la primera vez que lo ve. Bucky no puede recordar con exactitud cuándo fue la primera vez, tampoco sabe cuántas veces Steve le ha lanzado cosas por haberse reído preguntando si lo hace por el frio, porque no los calza o para intentar verse unos centímetros más alto. Da igual, al final tampoco se ríe porque algún motivo, sino porque aquella vista hacia algo pecho que con el tiempo se estruja, con el tiempo eso se crece.
—¿Piensas quedarte ahí toda la noche? —Steve interrumpe, su rostro permanece sin expresión, su boca es una línea.
Bucky de pronto entiende más de lo que su amigo dice, más de lo que su rostro muestra.
—Quieres golpearme, ¿cierto?
Aunque solo es una idea, como muchas de sus ideas, un pensamiento. Intuición.
—Sí.
De las que casi nunca se equivoca cuando de Steve se trata.
—Puedes hacerlo, pero después de leer la historia.
Steve rueda los ojos, sujeta su taza de café, se sube a la cama y se mueve al otro extremo para darle espacio. No sin antes abrigarse con una de las mantas. Bucky no dice más mientras se acomoda a su lado y también se abriga, el frio empieza a menguarse, aunque hay distancia entre ellos. Entonces, mientras abre el libro, imagina un muro, uno jamás hecho en esa habitación. Ni antes ni después. Pues en ese lugar habita secretos de niños y jóvenes, en ese lugar están los restos del calor de abrazos y besos.
—Bien. —dice Bucky, intentando desaparecer el nudo que se forma en su garganta. Salta las primeras páginas hasta que la letra imprenta se posa ante sus ojos. La sensación cambia, solo un poco, se serena—. El príncipe feliz —empieza—. En la parte más alta de la ciudad, sobre una columnita, se alzaba la estatua del príncipe feliz.
Es su propia voz, la luz; es el calor acrecentándose, es Steve cerca suyo. Es la historia. Una golondrinita, un ciego pueblo y las desgarradoras lágrimas de un príncipe feliz. Entonces cuando termina de leer, hay un silencio donde las palabras invisibles se han quedado suspendidas en el aire. Un ave no encuentra donde aterrizar. Aquella vista, aquella sensación es dulce y amarga.
—Buck —susurra Steve.
Bucky separa la vista del libro y se encuentra con los ojos de Steve fijos en él. No hay otro movimiento, el tiempo se corta.
—Bucky, dime que no me amas y acaba con este sufrimiento.
Es un golpe, directo y certero. Bucky se queda sin aliento. Se está derrumbando y sin embargo aún sigue ahí, sostenido por los ojos brillantes de Steve, declarando palabras que van más allá de lo que él es capaz de pronunciar.
Pero está ahí, asomándose.
—No puedo ser como tú, Steve. —Niega con la cabeza, aprieta la mandíbula—. No tengo tu valor
—Bucky.
—¡No! —interrumpe—. Steve, no entiendes. No tengo nada. —Se agita, muerde el labio inferior hasta el dolor—. Solo el presente, no tengo más que pensamientos y esta idea que me carcome, esta sensación. —Las manos aprietan el libro, tiemblan—. Es como si tuviera la piel expuesta, despellejada, siento todo y a todos.
Silencio.
—¿Quiénes?
—¡Dios! Él está en mi cabeza y los ojos de mis padres sobre mi nuca, y veces, a veces siento que todos lo saben, que estoy caminando desnudo por la calle y todos lo ven. Me está matando, Steve, y temo que nos matara a ambos.
El silencio nuevamente se apodera de la estancia. Es en ese lapso de tiempo en el que Bucky encuentra como respirar. Aparta la manta y se sienta con los pies en el suelo, el resto de café se ha enfriado y solo le toca observar su denso color.
—No es cierto, no soy valiente, tengo tanto miedo...—murmura Steve detrás suyo—. Como fuera, no tienes que ser como yo.
No hay respuesta, no una que Bucky crea acertada.
—Y tampoco tienes que amarme como lo hago yo.
Hay un apagón, aun con luz de la lámpara rebotando en bordes de la habitación. Bucky se gira sobre su hombro, encontrando a Steve sentado sobre sus talones, con la vista en sus manos y la frente arrugada. Es la imagen de haber hecho algo imperdonable.
—¿Me amas? —pregunta con hilo de voz.
Steve deja salir un sonido parecido a la risa y alza la vista. No hay brillo en sus ojos, no obstante, resuelto declara:
—te amo como no tienes idea, Buck.
Y de repente hay una chispa, una que enciende vida, una que ilumina el mundo. Eran las apalabras, las palabras eran más poderosas que los sentidos, que los golpes y las caídas. ¿Pero, podrían ser más fuertes que el miedo? Bucky reconoce el miedo dentro de suyo, es una estaca en el pecho: el miedo a ser descubierto, a morir, miedo a dios, miedo, miedo, miedo, y luego no existe. Pues aun cuando está en casi todos los rincones de su mente, en una parte de él el miedo no existe. Aquella revelación lo descoloca.
—Steve —murmura.
—Y sé. —Steve interrumpe—. Sé que debería tener más miedo y lo tengo, pero al final no me importa. —La voz de Steve parece apagarse, como si estuvieran estrangulado—. Y sé que debería dejarte ir, ¡pero no puedo! Porque soy egoísta, Buck, soy un bastardo egoísta que no quiere dejarte ir.
Cuando Steve lo vuelve a mirar, Bucky puede ver lagrimas retenidas en sus ojos azules y también la lucha por no echarse a llorar, porque Steve nunca llora, nunca.
—No iré a ningún lado Steve —Bucky se gira por completo, dobla sus rodillas y sujeta el rostro de Steve con ambas manos, despacio, como si sujetara una estrella—. No quiero ir a ningún lado.
Steve cierra los ojos y lágrimas humedecen todo a su paso. Bucky se acerca, besa uno de sus pómulos, sabe a sal, sabe a tristeza que también lo inunda.
Y entonces, se rinde.
—Te amo, Steve, te amo con todo lo que soy y más.
Y es cierto, porque ahí donde no existe el miedo es donde vive Steve. Pasado, presente. Lo ha guardado desde la primera vez que cruzaron palabras, desde la primera vez que durmieron juntos en su inocencia. Y luego cuando lo quiso sin saber que lo hacía, cuando lo amo sin darle forma ni nombre. Pero ahora tiene forma, miles y millones de formas y nombres, y quema, y es frio, y es verano e invierno. Ahí, donde existe todo un universo con Steve no hay miedo.
Steve abre los ojos, se encuentran. La respiración de Bucky se regula, suave, tal golondrina descendiendo a lado de su príncipe feliz.
Se besan, es dulce y amargo. Entonces Bucky entiende que es esto es lo que sueña alcanzar en el mundo y en los mundos escritos de dioses, monstruos, espejos y fantasmas. Esa idea lo rebasa, lo empuja, y finalmente se apodera de él. De sí mismo. Ahora es dueño de sí mismo.
Abraza a Steve al tiempo que siente los brazos de este sobre él. Los movimientos son descoordinados, se pierden y se encuentran.
—Bucky —suspira Steve en su boca.
Y Bucky lo atrae más hacia su cuerpo, se funde en él con el calor que ambos desprenden, lo deja caer, cae con él. Su cuerpo se desespera, su razón se esfuma. Es amor, pero también anhelo; es miedo y estupor, pero también es deseo y agonía. Bucky lo siente hasta la medula como algo cercano al dolor y consuelo. Más si es dolor cuando los delgados brazos de Steve lo tiran hacia abajo, lo atrapa con violentos toques y movimientos bruscos. Bucky no se queda atrás. Es lucha que se convierte en derrota cuando solo se presionan en un abrazo salvaje, como si uno de los dos fuera a desparecer. Pero ninguno desparece.
Entonces, cuando se relajan y se recuestan lado a lado, permanecen ahí; cuando se miran sosegando sus respiraciones, permanecen ahí. En su tiempo infinito.
Chapter 8: VIII
Summary:
Disculpen la demora. Y para colmo acabo de terminarlo en Wattpad y falta mucho para editar, pero igual lo voy a compartir aqui y espero darme el tiempo de editarlo, asi que perdonen las falla ortográficas. Soy de lo peor.
Chapter Text
Las luces de las farolas se filtran sin invitación, a través de las cortinas color humo de la habitación. Es apenas tenue, pero parece buscar su lugar en un espacio dominado por la luz de la lámpara. Steve puede imaginar algo similar en las calles de Brooklyn, el brillo naranja siendo acentuado por la niebla de una noche de invierno. Recuerda cuando Bucky y él eran niños y solían contar historias de terror con escenarios similares, y luego, Steve había dibujado, aunque no siempre pudo agregarle color. Otro recuerdo de su niñez es como al llegar el sueño, se acurrucaban bajo las sabanas, hasta que dejar de temblar.
—¿No tienes sueño? —pregunta Bucky cerca de la coronilla de su cabeza.
Steve se estremece.
—No mucho, solo recordaba cuando éramos niños y solíamos dormir así —responde Steve, con la vista en algunas sombras cerca a la ventana—. Luego, dejamos de hacerlo. Antes de...
—¿Declaras tu amor?
Steve no necesita verlo para saber que está sonriendo. Él también lo hace.
—Sí, idiota —responde, pero una idea más se traza en su mente, y sin querer perderla continua—. Era diferente —suspira—. Solo los dos, queriéndonos sin temor a nada.
Silencio. Bucky acaricia su brazo, suave y cálido.
—¿Sabes? —murmura Bucky, sin dejar las caricias—. No recuerdo cuando dejamos de abrazarnos, pero si la sensación de que alguien decía que estaba mal. Quizá nuestros padres, alguien de la calle, en la iglesia. Dios.
—Dios.
Steve había tenido una formación católica desde que podía recordar. Su madre le había enseñado a rezar, sobre los mandamientos, y le solía contar como su padre y ella lo bautizaron cuando era un bebe, poco antes de que se fuera a la guerra para no volver.
Su madre solía decirle que su padre ahora estaba con Dios, cuidándolos. Sin embargo, en inconscientes fugas de su mente, le había llegado pensamientos como: ¿Por qué se iría si mama la necesita? ¿Por qué si nos cuida, estoy enfermo? ¿Por qué a veces ma apenas come para dármelo a mí? Muchas veces había alejar esas preguntas. No obstante, era como telarañas, regresaban y a veces con una sola respuesta: él nos olvidó.
En cuanto Dios. Dios estaba ahí siempre, pero no siempre sentía que estaba con él. A veces solo era como una luz acentuada por la neblina.
—¿Crees que a Dios realmente te está observando? —pregunta Steve, intentando sonar casual, aunque sabe que hay cautela en su voz.
—A veces —responde su amigo—, aunque más cuando hago algo que puede disgustarle.
Y luego estaba eso. Dios con sus reglas, Dios bendiciendo a unos, castigando a otros. Steve sabia sobre el milagro que el padre de Bucky decía, y esa era una de las diferencias que tenía con Bucky. Steve jamás había conocido un milagro. Incluso, si lo pensaba, la mayoría de hechos en su vida podrían ser considerados castigos.
Pero, ¿Por qué? ¿Por amar a Bucky?
Aquellas preguntas sobre estar o no enamorado de Bucky habían sido superado hace años. No había metido a Dios en ello, siempre su mayor temor, incluso hasta ahora, había sido perder a Bucky.
Incluso esa semana, cuando Bucky se fue, él había estado aterrorizado hasta los huesos, con la idea de que todo se había terminado. Sí, había sentido enojo, después, cuando Bucky apareció en su casa como si nada mientras él pasó algunas noches sin dormir, entre la amargura y la culpa. Pero al final, podía soportar el rechazo, pero no perderlo.
No así.
Entonces, esa tarde, mientras terminaba de ordenar los libros, había pensado en posibles escenarios cuando buscara a su mejor amigo, y en la que siempre terminaba bloqueado era: "y si Bucky quiere que me aleje...". Hasta que encontró el cuento entre el polvo y la humedad.
"Si Bucky no me ama, lo dejaría ir".
No obstante, debía escucharlo. Quería palabras y no solo restos de un recuerdo.
Pero, en su lugar, Bucky le había dado más. Incluso en medio de una sombra que parecía cruzar paredes.
—¿Y crees que él... te castigará? —pregunta Steve.
—Si es así, no quisiera que fuera contra ti —responde Bucky sin vacilar.
El corazón de Steve se oprime, a veces cree que Bucky tiene su corazón en la mano.
—Pero —continúa Bucky—. Si Dios es más como el nuevo y menos como el antiguo testamento, no tendría de que preocuparme.
—¿Cómo?
—No he leído por completo la biblia, pero cuando hablan del antiguo es sobre guerras, castigos, mandamientos. Sin embargo, pasan el nuevo testamento, y es sobre amor, perdón, unión. Incluso no parecen hablar del mismo dios.
Steve asiente. Había pensado un poco en esas diferencias, pero no para analizarlo como contrarios. Al final, castigo o perdón en los sermones eran siempre sobre hacer lo correcto.
—Y pienso que Wilde, en este cuento —continua Bucky—, está hablando de ese Dios. El Dios de amor. Él que sabe reconocer un buen corazón, como del príncipe.
Steve siente como los labios de Bucky tocan su frente, empujando con lentitud sus cabellos mientras susurra:
—Y como el tuyo.
Steve inhala, alza los ojos al tiempo que se separa de Bucky para poder sentarse. Bucky lo mira confundido. Pero Steve no puede decir que pasa por su cabeza o por como aprieta los labios con los nudillos de su mano. Cuando intenta hablar, la voz le sale temblorosa. La garganta le arde y de pronto siente el impulso de llorar.
—¿Steve? —Bucky también se sienta, depositando una mano en su delgado hombro.
—Tú eres mi golondrina, Buck, y si alguien quiere lastimarte, si él quiere lastimarte. —Traga aire—. Haré lo que sea...
Bucky lo mira como si viera un relámpago por primera vez en su vida vida, y Steve no está seguro como leer aquello. Pero cuando la sonrisa de Bucky aparece junto a un brillo en sus ojos, Steve no puede pensar en otra cosa más que en el brillo del amanecer.
—Steve —Bucky se inclina, y susurra, como si contara un secreto—: eres mi amor, eres mi amor.
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Chapter 9: IX
Chapter Text
El lunes por la mañana, el cielo está cubierto por nubes grises, se crea un color crepuscular en las calles de la ciudad. Steve camina sin prisa hacia la librería, con los dedos entumecidos en los bolsillos de su saco remendado. Sus guantes no habían secado, y ahora le duelen el solo sacar la llave para abrir la puerta principal de la tienda. Sin embargo, ese no es el motivo del porque se queda congelado al entrar.
El señor Crisol está ahí, en la caja registradora, concentrado en los papeles y cuentas. Ese hombre siempre aparecía cerca al medio día, incluso antes de reabrir el negocio. Ni cuando sacaba las cuentas a fin de mes, y aún faltaba un par de días para terminar enero.
—Señor, buenos días.
El hombre levanta la mirada y asiente, para luego volver a su tarea.
Caída de las ganancias, pérdidas, algún desajuste en la caja; eso último era imposible, Steve revisaba dos veces la caja antes de cerrar todos los días. Además, ha habido buenas ventas en las últimas semanas.
Está por formular una pregunta cuando el dueño interrumpe con un tono indiferente:
—Vendí la librería, los nuevos dueños llegará mañana.
—¿Dueños?
—Vienen desde Inglaterra, tenemos que dejar todo presentable para ellos.
Steve ahora sabe que debe preguntar: ¿estoy despedido? No obstante, la respuesta no va llegar del anciano frente a él. Por lo tanto, solo asiente y empieza con la limpieza, mientras otra pregunta, una más acusadora, le hace apretar los dientes: ¿Por qué?
Como es evidente, no abren ese día. Por la tarde, cuando el señor Crisol y él están cenando la sopa preparada por la señora de un puesto vecino, el anciano vuelve a romper el silencio.
—Alguna vez pensé en dejar la librería a mis hijos, pero ellos no están interesados. Nunca lo estuvieron. Venderlo era inevitable, aunque me he adelantado un poco, pensaba tenerlo hasta mi jubilación.
Steve desconocía la edad del hombre, pero había calculado unos sesenta años.
—Pero no siempre las cosas resultan como uno quiere —agrega el anciano, dando otra cucharada a su sopa.
Steve mira su plato, las zanahorias flotan en él. Las detesta desde siempre.
—Entonces, ¿por qué, señor?
El anciano vuelve a tomar otra cucharada, resopla y mira alrededor. La habitación en que están se ubica en la parte trasera de la tienda, un poco más de cinco metros cuadrado y la mesa donde comen está en el medio, rodeada de libros y cajas.
—Mi hija menor perdió a su esposo la semana pasada, tiene dos hijos aun pequeños.
Steve dirige su mirada hacia el anciano. Era la primera vez que escuchaba de él hablar sobre su familia, alguna vez había visto a personas y niños visitarlo durante las fiestas, pero eso había sido todo. Ahora, de golpe, se mencionaba de una pérdida.
—Lo lamento —murmura con sinceridad. En parte por la muerte de un desconocido y por como aquella muerte ha movido las piezas en las vidas de quienes se quedaron—. Sus nietos lo apreciarán mucho, señor, si mi madre hubiera tenido ayuda de algún familiar después de la muerte de mi padre, estaría demasiado agradecido con esa persona.
El hombre lo mira y asiente despacio. Vuelve a tomar otra cucharada de la sopa, y después de tragar añade:
—Espero que el nuevo dueño cuide bien este lugar.
—¿Es algún amigo suyo?
El hombre niega.
—Eran uno de mis proveedores de libros en Europa. Un día él menciono que quizá podía venir a América para montar un negocio. No volvimos hablar del tema hasta hace una semana, cuando le ofrecí la librería.
—Y lo aceptó.
—No de inmediato, pero le ofrecí también el piso donde vivo.
Steve asiente, aun no tan claro sobre el uso de plural y luego singular del supuesto comprador.
—Steven —lo llama el hombre cuando terminan de comer y vuelven al trabajo.
Steve se gira hacia el anciano, y este, con la vista en los muebles recién acomodados de libros por género y autor dice con una voz de viento otoñal:
—Promete que pase lo que pase, cuidaras de este lugar.
De pronto, el resentimiento de ser el último en enterarse a tan poco tiempo se ha deshecho casi por completo.
—Lo prometo.
Cuando llega a casa está temblando. La lluvia caían en chispas invisibles, pero capaces de formar pequeños charcos en las avenidas. Había intentado entrar en calor apretando su saco y encogiéndose, pero sus manos aún estaban entumecidas y adoloridas.
Sacude como puede el saco antes de colgarlo y se dirige hacia la sala para saludar a su madre, pero se detiene en medio cuando ve a Bucky en la mesa, con un plato vacío y leyendo un periódico arrugado.
—Hey —saluda Bucky apenas lo ve.
—¿Cómo?
—Tu má me dejó entrar.
Steve no sabe porque aún hay momentos en el que se molesta en preguntar. Bucky debería tener a estás alturas una llave personal.
—¿Y dónde está?
—Dijo que tenía un turno, en un apartado que necesita mucha ayuda.
Resopla. Su madre nunca va escucharlo, ni en un millón de años. Por supuesto, el dinero no les sobra, pero tampoco les ha faltado en las últimas semanas.
Aunque ahora, con lo de la librería... Si lo pierde, no habrá como seguir ayudando a su madre. Ni siquiera sabe cómo le dirá cuando lo despidan, otra vez, sin sonar como un inútil.
—¿Qué sucede? —pregunta Bucky, se ha levantado con el plato en la mano—. Tienes una cara.
Steve se encoge de hombros, y mientras Bucky se dirige al lavadero, él se sienta en el sofá. Derrotado.
—Creo que me despedirán. De nuevo —responde, en un mal intento de decirlo en voz baja.
No hay respuesta, pero cuando el agua deja de correr, dos segundos después, Bucky está a su lado.
—¿Como?
Steve le cuenta todo de ese día y las posibilidades y el no poder enojarse demasiado, pero si sentir la ansiedad pinchando su piel.
—Dudo que te despidan —concluye Bucky al cabo de un silencio—, serás el único en la librería con la experiencia.
—Quizá, pero no me conocen, no los conozco. Quizá sean la clase de personas que busquen renovar por completo el negocio, y terminen por no necesitar de mi supuesta experiencia.
—Quizá —repite Bucky—, pero quizá también no los conoces y no sabes que pasara y estas cavando una tumba sin muertos.
Steve deja caer la cabeza hacia atrás, golpeando el respaldar del sofá. El polvo se levanta provocándole una comezón en la nariz. Se rasca con rudeza hasta dejarlo rojo, luego, su mano se desploma sobre su estómago e intenta concentrarse en los tonos amarillentos del techo. Bucky puede tener razón, pero su cabeza no está de acuerdo. Esto ya lo ha vivido, el muro de espinas, el fracaso.
—Deja de usar tu cerebro como saco de boxeo, amigo —advierte Bucky, suena a broma, pero también a regaño.
—Si me despiden, volveré a demorar en encontrar otro trabajo.
—Si te despiden, lo que no pasara, encontraras otro mas rápido con la experiencia que has ganado.
—No hay demasiadas librerías por aquí, Buck.
—Sí, pero en atender personas me refiero, no estas mirando todo el panorama. —Bucky toma una de sus manos y de inmediato se sobresáltala como si hubiera tocado espinas—. ¿Qué demonios te paso? Estas helado ¿Te has muerto y no me lo has dicho?
—Bucky —reniega Steve mirándolo de reojo—. Tus manos también están frías.
—Ya, pero acabo de meter mis manos en el fregadero, en cambio tú, te has metido al océano Pacífico.
Steve niega con la cabeza. Bucky le sonríe y toma la otra mano, cubriéndola con las de él. Es protector y áspero.
—Me gustaba este trabajo —murmura Steve. Esta vez mas para sí mismo, sintiéndose egoísta, pero sincero.
—Lo sé —Bucky se inclina y exhala con lentitud su aliento cálido en los dedos de Steve—. Lo sé, cariño.
La respiración de Steve se apacigua, mientras permanece con la vista en la acción de Bucky, mientras escucha sus susurros: "cariño, amor, pensaremos en algo".
Steve cierra los ojos, mientras Bucky continúa brindándole calor. Cuando los vuelve abrir, no puede evitar soltar una de sus manos, ahora tibias, y acaricia el cabello de su mejor amigo. Desde el nacimiento en la sien hacia atrás. Esta esponjoso y algo enredado, le encanta, en especial los risos que se forman en las puntas. Le provocan un hormigueo en el estómago, uno apenas palpable.
Te quiero, te quiero, piensa, tal cuál lluvia chispeante.
Chapter 10: X
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Al día siguiente, Steve esa dando los últimos arreglos en los estantes de la librería cuando escucha la puerta abrirse. Asoma la cabeza para decir al cliente que la tienda está cerrado, pero se queda mudo cuando ve a dos hombres de unos cuarenta años paseando la vista de un lado a otro. La posibilidad es grande.
—Buenos días. —Se acerca, sin soltar el libro que acaba de recoger para acomodar.
Recibe la mirada curiosa de ambos hombres, uno de ellos, el más alto vestido con un traje oscuro planchado pulcramente, de esos trajes que solo se ve a actores en las películas, le sonríe como si hubiera estado esperándolo.
—Buenos días —saluda—. ¿Se encuentra el señor Crisol?
Steve niega con la cabeza, intentado sonreír, mientras aprieta el libro con ambas manos y dirige su mirada hacia el otro hombre que se alejado hacia los estantes de libros. Tiene el cabello revuelto ylleva dos gorras en la mano, su traje es de acabado simple, uno que podría conseguir en el mercado de pulgas de la parroquia. Steve espera conseguir un nuevo par de guantes para semana
santa.
—Soy el señor Hall —continua el primero, extendiendo una mano hacia él.
Steve no tiene dudas. Son ellos. De repente, un costal invisible de clavos se aloja en sus hombros.
—Mucho gusto, soy Steve, Steve Rogers. —Los clavos chillan a cada movimiento.
—¿irlandés? —pregunta el hombre aun sonriendo, su tacto es como si llevara guantes de cuero.
—Mis padres lo son.
Hall asiente y señala a su compañero.
—Él es señor Sccader.
—Sccader, solo Sccader —interrumpe el aludido, mientras se acerca.
De la misma forma, Sccader saluda con un apretón de manos, y a pesar de las orejas bajo sus ojos castaños claros, tiene una sonrisa despreocupada.
Se quedan en silencio lo que parece un largo minuto, Steve retrocede y señala detrás de él.
—El señor Crisol llegara como a las once.
Hall mira su reloj, asiente.
—Desacuerdo, entonces imagino que tenemos un momento para hablar con usted.
Steve cree tener la misma sensación de cuando era un niño y vio el choque de dos autos, nadie salió herido, pero el impacto lo había dejado sin saber que hacer o como moverse. Hasta que los conductores salieron y empezaron a discutir. Su corazón latió con fuerza, hasta que Bucky tomo su
mano mientas señalaba los autos y decía: " podrá repararlos". Steve dudó sobre esa afirmación, pero Bucky comenzó a parlotear cómo había visto autos en peor estado siendo reparadas en el taller cerca a la estación de bomberos. Después, Steve dejo de prestar atención, la policía había llegado y separado a los conductores. Habían llegado más gente y Bucky lo fue alejando de ahí, aun hablando. Steve se dio cuenta cuando llegaron a casa que su corazón ya no parecía salirse del pecho y que la mano de Bucky aún lo sujetaba.
Deseaba que en ese momento sujetar la mano de Bucky, pero luego recordó la sensación, la
tranquilidad. Solo era un trabajo, buscaría otro, se arreglaría.
Steve asintió y minutos después estaban detrás de la tienda, dónde el señor Crisol y él solían
comer. Era de unos diez metros cuadrado, con cajas alrededor, pero dando espacio a una mesa en el centro donde solo había un termo con agua caliente y una cafetera despostillada.
Steve prepara café y se los ofreció junto a unas galletas del día anterior. Ambos hombres
aceptaron con gratitud.
—Háblanos de ti, Rogers —dice el señor Hall, tras darle un sorbo al café humeante.
La luz del sol atraviesa la única ventana, dando claridad a la estancia. El rostro del señor Hall, a pesar de las arugas, carece de manchas, mientras Sccader tiene una cicatriz sobre la ceja, es
ahí cuando Steve lo nota. La oreja izquierda está incompleta, como un corte preciso y antiguo.
—Pues. —Steve aparta la mirada y se aclara la garganta—. Trabajo aquí de hace dos años, desde
que tenía dieciséis. Sin contar el tiempo en el que fue cerrado.
El señor Hall asiente.
—¿Tienes familia?
—Vivo con mi madre, mi padre murió en la gran guerra. Gas de mostaza.
—La guerra de mierda —murmura Sccader, con la boca llena de galletas—. ¿Así que son solo tu madre y tú?
—Sí, ella es enfermera.
Sccader sonríe, como si hubiera encontrado algo de su interés.
—Debió ser difícil para ella cuidar sola de ti.
—Lo fue, pero mi madre es una mujer muy fuerte. Ella jamás se queja, ni cuando tomaba turnos
dobles. Y solo espero poder trabajar lo suficiente para cuidar de ella.
Sccader traga lo que ha estado masticando, parece no impórtale las migajas que saltan sobre su
traje o la que están sobre su rostro.
—¿Estudias?
—Termine la secundaria, pero actualmente no estudio.
—Yo no termine la secundaria, pero el señor aquí fue incluso a la universidad.
Hall dirige su vista hacia Sccader, saca del bolsillo del interior de su saco un pañuelo, y lo entrega al
otro hombre sin perder el contacto visual. No hay molestia en los ojos de Hall, pero si un poco de burla en las de Sccader. O al menos eso cree ver Steve, que observa la imagen sin pestañear. Una imagen de solo un segundo, pero que se le queda impregnada en las retinas.
—Se de primera mano lo que es trabajar sin muchos libros en la cabeza —continua Sccader
limpiándose.
—Aun así —interrumpe Hall—. Imagino que trabajar aquí le permitió ser autodidacta.
—Sí —titubea Steve—. Me gusta leer, pero ocupo la mayor parte de mi tiempo libre en el dibujo.
—¿Dibujo publicitario, artístico? —pregunta Hall.
—Ambos. —Steve asiente, aunque sus carteles por comisión no llegan a dos dígitos.
—Interesante. —Hall sonríe, y deja la taza de café aun sin terminar en la mesa—. Podrías hacer letreros y algunos afiches para la librería.
Steve asiente, intercala la mirada de uno al otro, sin atreverse aceptar la evidencia de esas
palabras.
—Entonces, Rogers, ¿estás de acuerdo en permanecer en tu puesto? Nos serias de gran ayuda.
—Y por supuesto, tendrás un aumento —interviene Sccader.
—Debo hacer algunos balances primero —Hall se apresura en sonreír—, pero si tendrás pagos
adicionales por tu arte.
Sccader pone los ojos en blanco y se mete otra galleta en la boca. Murmura “tacaño" entre
dientes, Hall lo ignora mientras continua con la vista en Steve. Es cuando Steve recuerda que debe responder.
—Estoy de acuerdo, y le agradezco la oportunidad permitirme mantener el empleo.
Hall niega.
—Al contrario, gracias a usted por aceptar este… cambio. Quizá deba ser un poco difícil, pero en realidad, esperamos sus sugerencias para mejorar el negocio.
Aquello lo sorprende, por un momento cree que solo es pura formalidad, y aunque algunas ideas rozan su mente de manera espontánea, decide guardarlo.
Conversan sobre otros temas de la Liberia y algunos planes futuros, Hall menciona algo sobre envíos a domicilio, pero es interrumpido por la presencia del señor Crisol, quien presenta a Steve de manera formal. Steve los deja solos para regresar a la tienda y terminar de ordenar, sintiéndose más tranquilo. El costal de clavos ha caído.
—Rogers, ¿conoces algún lugar sin tantos edificios? —pregunta Sccader tras salir del cuarto de
reuniones.
Detrás el señor Hall y el señor Crisol aparecen aun conversando.
—¿Un parque?
—Un parque, quizá un bosque —dice Sccader ya más cerca.
—Hay un bosque hacia el sur. Creo que están destinadas a ser reservas.
—Reservas, nada mal.
—Aunque el Central Park también es un lugar tranquilo, solía ir con mi madre ahí algunas veces o con mi mejor amigo.
Sccader asiente.
—Espero conocer un día a tu madre, se escucha como una gran mujer.
—Alec —interrumpe Hall desde la puerta—. Debemos irnos, aún tenemos que ver el piso.
—Ya era hora —Sccader se gira, y llega a la puerta a grandes pasos—, pero antes vamos a
almorzar, estoy que muero de hambre.
Cuando ambos terminan de despedirse y salen, Steve dirige su mirada hacia el señor Crisol, quien solo hace una mueca y vuelve a la habitación de atrás. Más tarde, cuando se está preparando para marcharse, el señor Crisol le da un sobre con unas simples palabras que suenan al lejano sonido de
un grillo:
—Tu paga, de mi parte.
Steve lo recibe, y agradece con una amplia sonrisa al anciano. Este parece devolverle la sombra de una sonrisa, pero es más de lo que Steve ha visto en todo el tiempo en que trabajaba ahí.
—Cuida a tu madre, chico —le dice el señor Crisol—. Y cuídate también.
—Lo haré señor, espero que todo vaya bien con usted.
Esa es la despedida, un apretón de manos y adiós. Steve piensa por un momento, antes de salir de la librería, en declarar algunas cosas que hizo a espaldas de aquel hombre: tomo un libro de arte al cual aún no se atreve abrir; regaló a un niño el libro que durante una semana observó desde los escaparates, y las incontables veces que atendió a personas negras como cualquier otro cliente sin importarle las políticas de tienda. Cosas de las cuales Steve no se arrepiente, menos cuando se los confesó a Bucky y este respondió con besos mientras le susurraba: “mi corazón, mi corazón”.
Steve se marcha sin ninguna deuda. De todas formas, piensa devolver o comprar el libro si llega ser lo que buscaba.
Chapter 11: XI
Chapter Text
Las farolas en la calle aún no están encendidas mientras Steve camina en dirección a su casa. La gente se ve más cansada que en la mañana, pero andan a su propio paso, sin presión de ganar o perder segundos. Steve mira su reloj, tiene ralladuras en la luna y la correa esta desgarrada. Bucky ha dicho que le regalara uno nuevo para fin de mes, pero él argumentó que mientras el reloj diera la hora, daba lo mismo como se viera. Como en ese momento, en el que indicaba el tiempo suficiente para llegar al final del turno de su madre en el hospital. Solo si se apresura.
Llega justo cuando grupo de enfermeras salen por las puertas del personal. Aunque su madre
tiene puesto un sombrero, logra diferenciar el cabello rubio paja que él heredó. Se apresura
acercarse. Cuando ella lo nota, su sonrisa ilumina esa tarde que se torna oscura.
—Steve, hijo. —Su madre se acerca, pero al llegar a su altura arquea una ceja—. ¿Sucedió algo?
—Nada mamá —niega Steve con la cabeza—. Solo vine a buscarte para llevarte a cenar.
Las demás enfermeras detrás empiezan a reír y cotillear: "que buen hijo", "se ve encantador", "es igual a la mamá, bien hecho". Su madre rueda los ojos, pero sonríe.
—Bien, imagino que no puedo negarme.
Se despiden de las demás mujeres y toman un camino diferente. Steve ofrece el brazo a su madre y ella lo recibe gustosa. Mientras hablan sobre su día, caminan hasta un restaurante donde su madre le cuenta que tiempo atrás el padre de Steve la llevaba almorzar los fines de semana.
Antes, antes de casarse y tenerlo, antes de la guerra y el luto.
—A veces decía que extrañaba Irlanda —dice su madre cuando se sientan en una mesa para dos—. Yo también lo extrañaba.
Steve sonríe. Hablan un poco más y cuando su madre pide el plato más barato, Steve protesta.
—No, hoy comerás filete.
—Hijo, eso cuesta una fortuna y en si ahora los precios aquí son una fortuna —responde ella
mientras observa con desaprobación el menú.
Steve que había previsto alguna respuesta así, llama a la camarera y pide filete para su madre y arroz con verduras para él. Cuando se vuelve, un par de severos ojos lo miran.
—¿Yo comeré carne y tú verduras? Claro que no, jovencito.
Al final, su madre le comparte un trozo de carne y le dirige otras de sus miradas inquisidoras. No obstante, minutos después su madre está riendo mientras le
cuenta algunas ocurrentes historias sobre sus compañeras en el hospital. Ella parece brillar, incluso más que todas las luces de aquel restaurant. Y Steve, mientras la escucha y contempla, sueña con verla siempre así de contenta, sonriendo hasta sus ojos azules. Quizás es
más como una promesa.
Chapter 12: XII
Notes:
(See the end of the chapter for notes.)
Chapter Text
Una semana antes de su cumpleaños número diecinueve, Bucky llega a la librería, ahora llamada “Hall & Sccader”, justo cuando Steve lo está cerrando.
-¡Ey! Espera, quiero comprar un libro —dice finciendo una voz altanera.
Steve alza la mirada y, sin expresión alguna, termina de asegurar la cerradura.
—Vuelva mañana, señor, abrimos a las ocho.
Bucky ríe y contiene el deseo de acercarse un poco más, solo un par de pasos más para abrazar a su amigo hasta hundir la nariz sobre aquel cuello oculto por una chalina azul.
— ¿Qué tal las ventas de hoy? —pregunta en cambio, mientras ocultas las manos en los bolsillos de su abrigo.
—Fue un buen día, vendí la enciclopedia.
— ¿La que podrías usar como banco para alcanzar otros libros?
Steve responde con un empujón, pero suena de esa forma en la que Bucky se siente enamorado y malvado a la vez. Es un poco enloquecedor, pero le da esas tiras eléctricas que lo distraen con facilidad. Aunque no lo suficiente para notar las manos desnudas de su mejor amigo.
— ¿Y tus guantes? —señala aun sonriendo.
—No secaron. —Steve se encoge de hombros.
Bucky rueda los ojos, se quita los suyos y los empuja hacia el pecho de Steve, quien hace malabares para sostenerlos. Sin agregar una palabra, y porque sabe lo que viene, Bucky se gira para abrirse paso.
—¡No quiero los tuyos! —Steve protesta detrás de él.
Bucky sonríe y rueda los ojos de nuevo.
—Y yo no quiero que te enfermes —responde arrastrando las palabras.
Steve lo alcanza, sin detener el paso le tiende los guantes.
—Bucky.
—¿No dijiste que comprarías unos nuevos? —Y sin dejar tiempo para una respuesta—. Ah, seguro esperarás al mercado de pulgas.
—Cuestán menos.
Bucky inhala y exhala una gran cantidad de aire y esconde ambas manos en los bolsillos de su abrigo. Siempre es lo mismo con Steve.
—Solo úsalos esta noche, Punk —insiste con toda la paciencia del mundo.
—Pero…
Bucky lo mira, Steve le devuelve la mirada. Ninguna pestañea. Es como si estuvieran en una lucha mental. Al cabo de un largo minuto, Steve chasquea la lengua y se vuelve.
—Eres imposible —le reprocha.
Bucky echa la cabeza hacia atrás y suelta una fuerte carcajada. Incluso un par de transeúntes a media cuadra de distancia se giran para echarles una mirada curiosa.
—Serás descarado—le devuelve Bucky sin dejar de reír.
—¡No soy descarado!—espeta Steve al tiempo en que se pone los guantes con poca delicadeza. Les quedan sueltos.
Pero para Bucky es como ver un rompecabezas armado a la perfección.
Caminan a un palmo de distancia, mientras conversan y bromean. Por momentos, sus miradas se cruzan tal cual dos cargas eléctricas forman tormentas. No obstante el tiempo es corto y cruel, porque llegan al edificio de Steve.
—Entra a cenar —invita Steve, mientras sube los escalones de la entrada.
Pero Bucky se detiene al pie de la escalera y deja caer una mano sobre el barandal.
—Gracias, pero les dije en casa que llegaría para la cena —responde apretando una sonrisa falsa.
Steve entonces se detiene, le dirige una mirada sobria. Quizás solo son las sombras o el viento cada vez menos compasivo, que lo hacen ver más delgado y frágil.
—Entiendo —murmura Steve, sus labios se mueven, pero no llegan a sonreír.
Bucky suelta aire por la nariz, aprieta el barandal al tiempo en que el anhelo golpea exigente.
—Oye, ¿podemos ir a algún lugar el domingo? —pregunta alzado el mentón, apoyándose en su altivez—. Puedo invitarte un chocolate caliente o unos tragos. Depender.
—¿Depende?
—De si donde vamos a vender tragos o chocolate caliente.
Steve se ríe y niega con la cabeza, pero esta vez hay un destello en sus ojos azules, como la de un relámpago que corta la oscuridad.
—De acuerdo —responder.
Sus miradas se entrelazan, acompañadas por el ruido de la calle y la danza de las luces de algunos autos al pasar. Quizás solo ha pasado un minuto, pero Bucky siente como si estuviera robando tiempo, puede que incluso al mismo Dios. Sin embargo, Bucky robaría el tiempo que sea necesario para detener el mundo y poder besar a Steve en esas escaleras de madera sin pintar.
—Debo irme, saluda a Sarah —dice al fin—. Abrígate, eh.
—Claro, mamá.
Bucky sonríe de lado, alza una mano para despedirse antes de girar sobre sus talones. Media cuadra mira sobre su hombro y encuentra a Steve en el mismo lugar, con la mirada fija en él. Volverse al camino se convierte en alfileres clavándose en sus sienes. Suspira, y el vaho se extiende; espera que el domingo tenga un clima mejor.
Notes:
★★★
Déjame tu comentario! Me encantaría leer tu opinión.
Chapter 13: XIII
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A la mañana siguiente, aún recostado, Bucky observa la nieve caer a través de la ventana de su habitación. Maldice. Lo siente como una especie de burla incluso cuando conoce la rotación de la tierra. Se presenta al trabajo, y como temía la obra se ha suspendido hasta nuevo aviso. Fantástico. Bucky siente la ironía tocar su piel, por como amaba la nieve de niño y en ese instante la odia a sangre caliente.
Camina hacia los muelles con la seguridad de un venado en la pradera. Trabajar de estibador no solo le quitaría las horas libres para estudiar, sino también el pago estable. Pero un día sin trabajo es día sin pan o leche.
“Solo será este mes, al siguiente volveré a clases”, se promete. No obstante, cuando ve el muelle a lo lejos, se detiene como si hubiera oído un cañón.
“Dejar las clases”, piensa, “nadie va estar feliz si dejo las clases”.
Sus padres se enojarán, Steve se enojará e incluso Becca. Y, sobre todo, el mismo no estará feliz. Sí, no es la universidad ni la profesión de sus sueños, pero estudiar para ser mecánico es lo mejor que tiene. Su oportunidad. En definitiva, quiere hacerlo hasta el final.
Se da un segundo más, suspira y se gira sobre sus talones para alejarse de allí. Solo espera no estar haciendo una estupidez, un torpe impulso emocional. Diablos, a lo mejor así fue. Y como una mala hierba, cada paso se convierte en el chirrido de los clavos en una lata. La demanda de regresar a la realidad amarga. Hasta que las letras negras sobre un fondo blanco atrapan su atención: Se necesita un mecánico.
Debe tener una muy mala y buena suerte a la vez, pero no se da tiempo de analizarlo de todas formas. Camina a largos pasos hasta el local, donde dos hombres parecen discutir junto a un auto verde. El olor a gasolina inunda su nariz cuando se para frente a ellos.
—Buenos días —saluda—. Mi nombre es James Barnes, quisiera solicitar el puesto del cartel.
Ambos adultos lo miran, pero el mayor, un afroamericano de unos cincuenta años es quien lo observa como si fuera un libro de otro idioma.
—¿Sabes reparar autos? —pregunta el hombre sin más.
—Pues —Bucky sonríe para ocultar su nerviosismo—. No tengo practica aún.
El otro tipo suelta una carcajada, y Bucky siente un pinchazo de humillación, pero se planta ahí como un árbol joven resistiendo un tifón.
—Quiero decir —dice sobre la risa del otro sujeto y la mirada de fastidio del mayor—. Que aún no tengo experiencia práctica, pero puedo aprender. Estoy estudiando mecánica en…
—¿Sabes matemáticas? —interrumpe el viejo— ¿Sacar cuentas?
Bucky no duda cuando responde:
—Soy muy bueno en la materia.
El hombre asiente, aun observándolo con cierta incredulidad añade:
—Soy Alan Jones, dueño de este taller. —dice el hombre alzando la barbilla—. Y si quieres trabajar aquí, debes buscar ser más que bueno.
Bucky sonríe.
***
Una hora después, empuja la puerta de la librería con la mano libre; en la otra lleva una bolsa de papel con pan, leche y conserva de naranja. Una compra con un puñado del dinero de la liquidación de las obras, algo que hubiera guardado si no fuera por haber sido contratado en el taller. Casi se había dado un salto cuando le dijeron que el lunes debía comenzar, un día antes de su cumpleaños, debía ser como un regalo anticipado.
Esta por llamar a Steve cuando cruza el umbral, empero se detiene a media palabra al ver a un hombre de unos cuarenta años leyendo detrás del mostrador.
Lo reconoce por las descripciones que Steve le ha mencionado. Es uno de los nuevos dueños de la tienda: Sccader.
—Buenos días —dice el hombre tras alzar la vista—. Por favor, siéntese libre de elegir el libro que guste.
—Gracias —responde, luego hace una pausa—. Disculpe la molestia, soy James Barnes, amigo de Steve.
—¿Bucky Barnes? —pregunta el hombre alzando ambas cejas.
—Sí —vacila un poco sorprendido.
—Mucho gusto, soy Sccader —el hombre inclina la cabeza con una sonrisa amigable—. Rogers suele hablar de usted.
Bucky asiente, está por preguntar dónde está Steve, pero el hombre se adelanta.
—Sin embargo, Rogers se veía mal y lo envié a su casa hace un par de horas.
Es incluso antes de escuchar la última palabra, cuando un nudo tuerce en el estómago de Bucky. Sus pensamientos se detienen, como una tarántula a su presa.
—Pero no se veía tan grave —se apresura a explicar Sccader, pero vacila en lo siguiente, como si tuviera una idea el cual no debe ser descubierto—. Imagino que solo necesita un poco de descanso.
Bucky siempre ha deseado que el descanso sea suficiente para Steve, que un resfrió nunca sea grave.
—Gracias —responde en cambio, y retrocede para poder salir e ir buscar a su amigo. Necesita verlo, escuchar su voz e incluso si son solo mentiras sobre que está bien.
—Rogers dijo que eres su mejor amigo —interrumpe el hombre.
Bucky sin poder responder, solo asiente e intenta devolver la sonrisa.
—Podrías decirle que no se preocupe por el trabajo, que se recupere primero —agrega Sccader, con movimiento de cabeza—. Fue difícil enviarlo a su casa, pero imagino que a usted lo escuchara.
Una risa apenas audible escapa de los labios de Bucky. Quiere decirle al otro hombre que ni el presidente de Estados Unidos podría obligar a Steve a hacer cualquier cosa, pero la puerta de la librería se abre, dando pase a una mujer y un niño.
—Buenos días —saluda el dueño de la tienda desde su lugar.
Bucky también saluda inclinado su sombrero húmedo.
La mujer, de piel oscura y fina como la seda, les responde con una sonrisa que podría igualar al brillo de la luna. El niño también saluda desenvuelto, emocionado. Cuando Bucky lo mira, empieza a sospechar que aquella emoción es más por los altos estantes de libros.
—Me recomendaron. —La mujer duda por un momento—. Estoy buscando un libro de arte para mi hijo, uno que le enseñe a dibujar.
—Por supuesto, señora —Sccader pasea la mirada silenciosa por el local, hasta posarlo en el lado izquierdo. Sonríe—. Por aquí, el área de arte. Disculpe, mi socio es quien conoce más sobre libros educativos, pero de seguro le puedo ofrecer algo de gran ayuda para su hijo.
Guiándola, Sccader presta atención cuando ella comienza a dar detalles sobre lo que necesita.
El niño se queda atrás. Y cuando Bucky le echa otra mirada, lo encuentra boquiabierto frente a uno de los carteles hechos por Steve: le escena de la invasión alienígena en La guerra de los mundos.
—¿Te gusta? —le pregunta.
—Esta fantástico —exclama el niño con estrellas en los ojos.
Bucky se pregunta así también se vio cuando Steve le mostro ese arte por primera vez. De repente pensar en Steve no solo es un calor en su pecho, sino también un pinchazo en sus sienes. Dios, cuanto le está costando salir corriendo para verlo.
—Te gusta dibujar, ¿eh?
El niño baja la vista y con voz apenas audible responde:
—Sí, pero no soy bueno.
—¿Es así? —Bucky inclina la cabeza—. Pues quien dibujo esto solía decir eso cuando tenía tu edad, y ves como mejoro.
—Pero, ¿Cómo? —pregunta el niño volviendo la mirada impresionado.
Bucky piensa en algunos factores, en algunas diferencias y otras sin sentido, pero más en como desde niño vio a Steve trazando y trazando sobre su cuaderno de dibujo hasta manchar sus dedos de carbón. E incluso cuando estaba en cama, tembloroso y respirando con dificultad.
—Él practicó mucho, incluso cuando debía parar, seguía dibujando —responde—. Así que no te rindas, pequeño.
El niño vuelve a mirar el poster y sonríe con todos los dientes.
—No lo haré, señor.
Chapter 14: XIV
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Bucky llega al piso de Steve con la nariz metida en la bufanda y los dedos entumecidos por sostener la bolsa de papel. Es sorprendente como la temperatura ha descendido bruscamente en un par de horas. Incluso tocar la puerta se vuelve difícil, pero no le importa insistir cuando nadie abre.
De repente, una idea sacude su mente: Steve sin poder levantarse. El pánico lo impulsa actuar con rapidez. Baja del apartamento, rodea el edifico y sube las escaleras de incendios hasta llegar a la ventana de la sala de los Rogers.
La primera vez que se deslizo por esa ventana fue una vez, de muchas veces, en el que Steve no asistió a clases durante la primaria, con el tiempo, la ventana lo esperaba listo para ser abierto. Esta vez tiene seguro y debe tocar. Está por maldecir al tercer intento, cuando ve una figura a través del cristal. Cristo, gracias. Steve tiene sobre sus hombros una manta que arrastra mientras se acerca. Hay incredulidad en su mirada, lo que Bucky responde agitando una mano mientras sonríe.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Steve, ni bien abre la ventana.
Pero Bucky no responde. Está quieto, está centrado en pálida piel y profundas ojeras de su amigo. En el movimiento de su pecho. La respiración de Steve es como si en lugar de haber caminado hasta la ventana hubiera corrido de ida y vuelta por el puente Brooklyn.
—¿Qué te paso a ti? —pregunta y falla en sonar calmado.
Steve se encoge de hombros y le da pase. Bucky le da la bolsa de comestibles y luego, con dificultad, logra entrar. Después de todo su cuerpo ya no es la de un niño.
—¿No fuiste a trabajar? —Steve se aleja, despacio, y deja la bolsa sobre la mesa.
—Se paralizo la obra.
—Oh, lo lamento —Steve se da vuelta, parece que apenas puede respirar.
Bucky no sabe si es por la impresión o por lo que sea que le ha dado ahora. Dios, quizá debió estudiar algo sobre medicina en lugar de buscar reparar autos. Pero incluso solo la idea es tan cara como para siquiera considerarlo.
—Está bien, encontré un nuevo trabajo, empezare el lunes.
—¿En serio? —Steve sonríe, pero de inmediato se cubre la boca y toce.
Bucky aprieta los labios, y saca una de las conservas de manzana de la bolsa antes de dirigirse a la cocina.
—¿Qué sucedió? —pregunta, mientras abre el cajón donde guardan las cucharas.
—Que te digo, Buck, lo mismo de siempre. Un poco de fiebre y lo demás —responde Steve con un tono indiferente.
Silencio. Bucky regresa a la sala y encuentra a Steve sentado con la vista en la ventana. LA nieve a comenzado a caer de nuevo.
—Te pregunté ayer si estabas bien —le recuerda Bucky, y le ofrece a su amigo la conserva.
Steve alza la mirada, sus ojos azules se ven trasparentes, cansados y desafiantes. Bucky no quiere pelear, no ahora, por lo que insiste con la conserva. Steve lo recibe y agradece en un murmuro.
—Estaba bien, ayer, cuando nos despedimos —explica Steve, mientras escarba en el aperitivo.
—Claro.
—No pensé que iba empeorar, como sea, ahora debo aprovechar en descansar para mañana regresar al trabajo —responde y se levanta, para dirigirse hacia su habitación.
Bucky por supuesto lo sigue. Queriendo enfadarse más, pero decide usar la energía para mofarse.
—Bueno, no te preocupes por eso —comenta arrastrando las palabras—. Tu jefe dijo que te mejores antes de volver.
—¡¿Qué! –exclama Steve girándose—. ¿Fuiste a mi trabajo? ¿Hablaste con uno de los jefes?
—Pensé que estabas ahí, después de todo estabas "bien". —Bucky se encoge de hombros.
Steve se deja caer sobre la cama, con la conserva en una mano, parece haberse quedado sin argumentos. Refunfuña algo incomprensible y se mete una cuchara de conserva a la boca. Apenas hay color en sus labios.
—De acuerdo, no quise preocuparte —dice Steve tras dar el segundo bocado.
—Sabes que ese no es el punto, Steve. —Exhala Bucky sentándose a su lado—. ¿Tienes medicina?
—Un poco de la vez pasada, pero mañana estaré mejor.
—¿Desde cuando eres vidente?
Steve resopla una risita y le da Bucky un empujón con el hombro; es peor que el roce de una rama, pero lo suficiente para animar el ambiente. Quizá después de todo mejore.
—Vamos, es mejor que te eches dormir —sugiere Bucky.
Su amigo termina la conserva y deja el recipiente en la mesa de noche para luego recostarse. Bucky lo ayuda, y cuando Steve tiene solo la cabeza a la vista, se sienta en el borde.
—¿Tienes fiebre? —pregunta tocando la frente de Steve con una mano.
Este cierra los ojos junto con un sonido placentero. Esta caliente. Bucky suspira, pero de cual forma sonríe.
—El señor Sccader se ve como un buen jefe —susurra Bucky, tras unos minutos de silencio.
—Ambos lo son —responde Steve, tras un suspiro.
—¿Y sabes? Tienes fans por tus carteles.
—¿Qué dices?
—Es cierto. Un niño estaba fascinado con el de La guerra de los mundos.
Steve muestra una sonrisa acompañado con su ceño fruncido, sus ojos permanecen cerrados. A Bucky le fascina como sus profusas pestañas rubias parecen tocar altos los pómulos, se siente tentado pasar sus labios como lo ha hecho innumerables veces.
—Creo que le inspiraste para ser un mejor artista —continua Bucky, y aparta la mano para remplazarlo por la otra.
—¿Así?
—Le dije que el creador era un cabezota que jamás se rendía.
—Vaya, gracias, Buck.
Bucky se ríe. La tensión se disuelve, dejando la calidez, las ganas de besarlo, abrazarlo y quererlo.
—Era un niño de color. Su madre le estaba comprando un libro para aprender a dibujar de forma autodidacta.
Steve abre los ojos con lentitud, pero los parpados permanecen caídos, como si en cualquier momento volvieran a cerrarse.
—Antes solo había un par de libros de arte y de otras disciplinas dirigidos a maestros universitarios, pero el señor Hall trajo estos libros de niveles básicos. Son sencillos y prácticos.
—Interesante.
—Sí, se han venido bien. El señor Hall va pedir más a su proveedor para el fin de mes.
Bucky asiente y pasa el pulgar con suavidad sobre la frente lisa. Minutos después, Steve vuelve a cerrar los ojos. Bucky aparta la mano para ir buscar paños fríos, pero de inmediato recibe una protesta. Se ríe e indica que regresara. Se dirige al baño por lo necesario, vuelve un par de minutos después con un bol y toallas. Escurre uno y lo deja caer con cuidado sobre la frente de su mejor amigo, quien tirita, pero suspira al cabo de unos segundos.
Minutos después, Steve parece haberse dormido, pero hace un débil movimiento antes de murmurar:
—Podría enseñarles.
—¿Enseñarles? —pregunta Bucky, mientras prepara otro paño húmedo.
—Ya sabes, Arte, a los niños.
Bucky parpadea, espera.
—Pienso. —Steve titubea—. Incluso con todo, tuve la oportunidad de tener un profesor de arte en la secundaria, en cambio ellos no. No es justo.
Lo sabe, Bucky es consciente de que muchas cosas no son justas y quizá nunca lo serán. Pero luego están estas ideas, como la de Steve o los dueños de la tienda, quienes parecen empujar un "no", una protesta, todo sin necesidad de usar violencia. Claro, Steve y él usan de vez en cuando la violencia. No todos los números son enteros, no todos los colores son puros.
—Es una buena idea —responde Bucky—. Serias un buen profesor.
—Gracias, aunque no sé cómo o donde.
A Bucky se le ocurre un par de ideas, pero la mayoría tiene como obstáculos el dinero. Hasta que una llega a su mente, una que suena irónica.
—En la parroquia, podría hablar con el encargado y pedir un espacio.
Steve de pronto lo está mirando con los ojos abiertos de par en par.
—Eso es brillante, Buck.
"Tú eres brillante", piensa Bucky mientras le cambia de paño.
Poco después, Steve se queda dormido, pero su respiración continua irregular. Incluso se escucha un sonido ronco. Su palidez también parece haber empeorado. Bucky sabe lo que sigue, lo ha presenciado desde que lo conoció, la señora Sarah le ha contado como ha sido desde siempre. Durante diecisiete años la salud de Steve ha sido un patrón, uno en el que cada vez parece perder secuencia y volverse caótico. Indescifrable.
Y eso no es justo, es malditamente injusto.
Chapter 15: XV
Notes:
(See the end of the chapter for notes.)
Chapter Text
Al día siguiente es domingo. Bucky se dirige a la casa de Steve después del desayuno. Es recibido por la Señora Rogers, quien lo invita con una sonrisa a pasar de las ojeras. Bucky puede saberlo incluso antes de cruzar el umbral.
—Ha empeorado, ¿verdad? —pregunta quitándose la gorra.
—Apenas pudo dormir, pero acabo de darle antibióticos y está descansando.
—¿Qué es? —titubea.
—Neumonía.
Neumonía. La primera vez que vio a Steve con esa enfermedad no había podido dejar de pensar que el nombre se asemejaba al de un demonio. Luego, le había puesto un rosto macabro y burlón, uno que acosaba a Steve hasta dejarlo sin fuerzas para defenderse, y Bucky incapaz de espantarlo.
—Mi madre le envía un poco de patatas. —Le ofrece a la señora una bolsa de tela.
Sarah acepta y agradece con una sonrisa, mientras camina a la cocina, le pregunta sobre su familia. Charlan un poco. Bucky le cuenta sobre su nuevo trabajo, de nervioso que se siente por la cantidad de cuentas que debe llevar.
—De seguro lo harás bien, hijo. —Sonríe la mujer—. Steve suele decir que eres muy bueno con los números.
—Les agradezco, pero creo que son más que matemáticas.
La señora Rogers hace un movimiento con la mano, como si espantara esa idea.
—Eres inteligente y podres adaptarte.
Bucky sonríe y pide permiso para ver a Steve. La mujer se ríe, aludiendo de que cuando era niño, después de la segunda visita, entraba sin más. Bucky responde que Steve jamás ha entrado a su habitación sin no pedir permiso a su madre cuando estaba presente. Hay cosas que se transfieren solo con el ejemplo.
Encuentra a Steve durmiendo boca arriba y bajo sabanas limpias. Tiene sudor en la frente y su respiración le recuerda a una locomotora. Bucky inhala una bocanada de aire antes de sentarse en la silla cerca a la cama. Observa a Steve en silencio. Desea que despierta sano; desea que no empeore.
Una hora después ayuda a la señora Rogers a cocinar. Hacen estofado de carne seca, y un caldo de patatas para Steve. Almuerzan mientras la señora Rogers le cuenta sobre algunos cambios en el hospital, las nuevas áreas médicas, los turnos y algunas dirigencias extras. Bucky la escucha con atención, pero luego se ofrece cuidar a Steve para que ella pueda descansar.
—Espero estés soñando algo bueno —le dice a Steve cuando vuelve a la habitación.
Más tarde, Steve despierta. Toma un par de bocados del caldo que Bucky le ofrece para luego vomitarlo. Bucky apenas logra alcanzar el bol bajo la cama.
—No puedo —murmura Steve cuando termina de arrojar. Tiembla como una hoja en otoño.
—Tranquilo, estarás bien, ten un poco de agua —conforta Bucky, y le frota la espalda.
Pero Steve niega con la cabeza, toce y gime como si fuera a vomitar de nuevo. Cierra los ojos con fuerza y los vuelve abrir, después murmura:
—Está nevando.
Bucky le insiste beber agua, y Steve apenas le da un par de sorbos antes de volver a recostarse.
—Está nevando —repite Steve, con los ojos cerrados y un suspiro— todo es blanco...
Se vuelve a dormir entre fuertes ataques de tos y murmullos, mientras Bucky le acaricia la frente y coloca paños fríos cuando la fiebre vuelve a subir.
—No le conté aun a mis padres sobre el nuevo trabajo —comenta Bucky en el silencio—. Si ya se, dirás que debí decirles, pero no sé, quizá sea mejor cuando me estabilice ahí.
Imagina a Steve poner los ojos en blanco, acusándolo de dramático; discutirían por quien es más dramático y por no estar de acuerdo aun cuando ambos son idealistas. Luego reirían hasta cansarse. Entonces, más calmados, Steve lo abrazaría y le diría las palabras que necesita.
Como lo extraña. Y solo es el primer día.
*****
Bucky llega al local de su nuevo empleo cuando aún está cerrado. Espera casi media hora cuando uno a uno aparecen los demás trabajadores, la mayoría le echan una mirada, pero terminan por ignorarlo. El dueño llega último, abre el local y le dice que lo siga hacia fondo del lugar. Hay olor a gasolina, autos viejos y herramientas desparramadas en el camino hasta una habitación sin ventanas y una puerta de metal oxidado.
—Esta será tu oficina —indica el hombre. Abre la puerta para mostrar el interior—, y este tu trabajo.
Bucky no se había equivocado en su predicción. La habitación está repleta de cajas con folios y libros contables, unos sobre otros, e incluso algunos arrinconados con moho. En un rincón hay un escritorio, acompañado por un estante amarillento y una silla de esponja que parece haber sido desgarrado por un animal. Todo está cubierto de polvo.
—Quizá hoy puedas empezar con la limpieza y el orden —le dice el jefe—. Pero necesito un avance para mi reunión con los proveedores la próxima semana.
—Desde luego, señor Jones.
—Dime Señor Alan o solo Alan –le responde, al tiempo en que le tira las llaves—. A la una es hora del almuerzo. Antes de irte, debes avisar.
Bucky asiente como respuesta. Cuando el dueño se va, suspira y le da otra mirada a la habitación. Se da cuenta de que también hay telarañas. Espera no encontrar nidos de ratones hechos de hojas contables. No los encuentra. Pasa la mañana limpiando, sacudiendo y ordenando, pero se convierte en autómata por momentos cuando su mente lo lleva a Steve. ¿Habrá mejorado? ¿Si quiera un poco?
En la hora del almuerzo, el dueño lo presenta con todo el personal. Los mecánicos son dos irlandeses, un italiano y un ruso; el de limpieza es un adolecente que ha dejado la escuela. Este de inmediato le dice que también será un mecánico. Más tarde, Iván, el hombre ruso, el mismo que se rio de él hace unos días, le cuenta que jamás han tenido alguien que vea las cuentas. Solo hubo gente apoyando de vez en cuando, siendo el más frecuente, el sobrino del dueño, pero se había ido a estudiar a DC.
En la noche, después de su curso de Mecánica, se dirige a la librería de Hall & Sccader para comprar un libro de contabilidad. Por un momento piensa que encontrará a Steve, pero es Sccader quien lo atiende. Llega a la casa de Steve con una oración silenciosa, pero la señora Rogers le dice con ojos llorosos que su hijo ha empeorado.
*************
Notes:
Gracias por leer y votar. Como siempre, estoy feliz de leer sus comentarios
Chapter 16: XV
Notes:
(See the end of the chapter for notes.)
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Al día siguiente es domingo. Bucky se dirige a la casa de Steve después del desayuno. Es recibido por la Señora Rogers, quien lo invita con una sonrisa a pasar de las ojeras. Bucky puede saberlo incluso antes de cruzar el umbral.
—Ha empeorado, ¿verdad? —pregunta quitándose la gorra.
—Apenas pudo dormir, pero acabo de darle antibióticos y está descansando.
—¿Qué es? —titubea.
—Neumonía.
Neumonía. La primera vez que vio a Steve con esa enfermedad no había podido dejar de pensar que el nombre se asemejaba al de un demonio. Luego, le había puesto un rosto macabro y burlón, uno que acosaba a Steve hasta dejarlo sin fuerzas para defenderse, y Bucky incapaz de espantarlo.
—Mi madre le envía un poco de patatas. —Le ofrece a la señora una bolsa de tela.
Sarah acepta y agradece con una sonrisa, mientras camina a la cocina, le pregunta sobre su familia. Charlan un poco. Bucky le cuenta sobre su nuevo trabajo, de nervioso que se siente por la cantidad de cuentas que debe llevar.
—De seguro lo harás bien, hijo. —Sonríe la mujer—. Steve suele decir que eres muy bueno con los números.
—Les agradezco, pero creo que son más que matemáticas.
La señora Rogers hace un movimiento con la mano, como si espantara esa idea.
—Eres inteligente y podres adaptarte.
Bucky sonríe y pide permiso para ver a Steve. La mujer se ríe, aludiendo de que cuando era niño, después de la segunda visita, entraba sin más. Bucky responde que Steve jamás ha entrado a su habitación sin no pedir permiso a su madre cuando estaba presente. Hay cosas que se transfieren solo con el ejemplo.
Encuentra a Steve durmiendo boca arriba y bajo sabanas limpias. Tiene sudor en la frente y su respiración le recuerda a una locomotora. Bucky inhala una bocanada de aire antes de sentarse en la silla cerca a la cama. Observa a Steve en silencio. Desea que despierta sano; desea que no empeore.
Una hora después ayuda a la señora Rogers a cocinar. Hacen estofado de carne seca, y un caldo de patatas para Steve. Almuerzan mientras la señora Rogers le cuenta sobre algunos cambios en el hospital, las nuevas áreas médicas, los turnos y algunas dirigencias extras. Bucky la escucha con atención, pero luego se ofrece cuidar a Steve para que ella pueda descansar.
—Espero estés soñando algo bueno —le dice a Steve cuando vuelve a la habitación.
Más tarde, Steve despierta. Toma un par de bocados del caldo que Bucky le ofrece para luego vomitarlo. Bucky apenas logra alcanzar el bol bajo la cama.
—No puedo —murmura Steve cuando termina de arrojar. Tiembla como una hoja en otoño.
—Tranquilo, estarás bien, ten un poco de agua —conforta Bucky, y le frota la espalda.
Pero Steve niega con la cabeza, toce y gime como si fuera a vomitar de nuevo. Cierra los ojos con fuerza y los vuelve abrir, después murmura:
—Está nevando.
Bucky le insiste beber agua, y Steve apenas le da un par de sorbos antes de volver a recostarse.
—Está nevando —repite Steve, con los ojos cerrados y un suspiro— todo es blanco...
Se vuelve a dormir entre fuertes ataques de tos y murmullos, mientras Bucky le acaricia la frente y coloca paños fríos cuando la fiebre vuelve a subir.
—No le conté aun a mis padres sobre el nuevo trabajo —comenta Bucky en el silencio—. Si ya se, dirás que debí decirles, pero no sé, quizá sea mejor cuando me estabilice ahí.
Imagina a Steve poner los ojos en blanco, acusándolo de dramático; discutirían por quien es más dramático y por no estar de acuerdo aun cuando ambos son idealistas. Luego reirían hasta cansarse. Entonces, más calmados, Steve lo abrazaría y le diría las palabras que necesita.
Como lo extraña. Y solo es el primer día.
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Bucky llega al local de su nuevo empleo cuando aún está cerrado. Espera casi media hora cuando uno a uno aparecen los demás trabajadores, la mayoría le echan una mirada, pero terminan por ignorarlo. El dueño llega último, abre el local y le dice que lo siga hacia fondo del lugar. Hay olor a gasolina, autos viejos y herramientas desparramadas en el camino hasta una habitación sin ventanas y una puerta de metal oxidado.
—Esta será tu oficina —indica el hombre. Abre la puerta para mostrar el interior—, y este tu trabajo.
Bucky no se había equivocado en su predicción. La habitación está repleta de cajas con folios y libros contables, unos sobre otros, e incluso algunos arrinconados con moho. En un rincón hay un escritorio, acompañado por un estante amarillento y una silla de esponja que parece haber sido desgarrado por un animal. Todo está cubierto de polvo.
—Quizá hoy puedas empezar con la limpieza y el orden —le dice el jefe—. Pero necesito un avance para mi reunión con los proveedores la próxima semana.
—Desde luego, señor Jones.
—Dime Señor Alan o solo Alan –le responde, al tiempo en que le tira las llaves—. A la una es hora del almuerzo. Antes de irte, debes avisar.
Bucky asiente como respuesta. Cuando el dueño se va, suspira y le da otra mirada a la habitación. Se da cuenta de que también hay telarañas. Espera no encontrar nidos de ratones hechos de hojas contables. No los encuentra. Pasa la mañana limpiando, sacudiendo y ordenando, pero se convierte en autómata por momentos cuando su mente lo lleva a Steve. ¿Habrá mejorado? ¿Si quiera un poco?
En la hora del almuerzo, el dueño lo presenta con todo el personal. Los mecánicos son dos irlandeses, un italiano y un ruso; el de limpieza es un adolecente que ha dejado la escuela. Este de inmediato le dice que también será un mecánico. Más tarde, Iván, el hombre ruso, el mismo que se rio de él hace unos días, le cuenta que jamás han tenido alguien que vea las cuentas. Solo hubo gente apoyando de vez en cuando, siendo el más frecuente, el sobrino del dueño, pero se había ido a estudiar a DC.
En la noche, después de su curso de Mecánica, se dirige a la librería de Hall & Sccader para comprar un libro de contabilidad. Por un momento piensa que encontrará a Steve, pero es Sccader quien lo atiende. Llega a la casa de Steve con una oración silenciosa, pero la señora Rogers le dice con ojos llorosos que su hijo ha empeorado.
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