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Entre las nubes se esconde el sol

Summary:

Newt Scamander nunca pensó que escribir unas palabras enfadadas en una carta fuese a generarle tales problemas.
Con un permiso de viaje denegado, y una mujer triste y enojada al otro lado del océano, tendrá que buscar una solución para que todo vuelva a la feliz normalidad.
Tal vez, incluso, las cosas salgan mejor de lo esperado.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: Reconstruyendo las ruinas

Chapter Text

Tenía que tomar una decisión. No podía seguir de brazos cruzados mientras todo lo que estuve soñando durante meses se desvanecía como si jamás hubiese existido.

Absurdamente, aquello estaba sucediendo por restricciones que no deseaba, y palabras que quizá no debí decir; o escribir, en todo caso.

Al menos Queenie sí se dignó a contestar la carta que terminé por enviarle —en un tono ciertamente alarmado—. Su correspondencia fue una brisa de aire fresco bajo el sol abrumador, habiendo creído ya que no volvería a saber más sobre las Goldstein. Curiosamente la letra que usaba era muy diferente a la de su hermana; mucho más grande y redondeada, siendo delicada en cada línea, garabateándola hermosamente.

Hacía un mes y diecinueve días que no recibía mensaje alguno de Tina, habiendo sido el último uno rudo en el cual dejaba claro —asombrosamente— que prefería cortar los lazos de amistad que mantuvimos desde que aparecí en Nueva York.

¿Cómo le había sido tan dichosamente fácil despedirme?

Algo, en una esquina de mi mente me decía —más bien suponía— el porqué de su reacción. Lo consideré por cuenta propia cuando sucedió, y solo se lo pude achacar al hecho de dedicarle unas palabras, más o menos airadas, respecto a lo que opinaba sobre su carrera y profesión elegida. Sin embargo, esa opinión no se estiraba hacia ella, a su persona. Siempre había excepciones.

No pareció entenderlo.

Así pues, el correo entre nosotros se detuvo tras mi tercer intento de mensajería sin respuesta, y ahora me encontraba ciego de ideas sobre cómo solucionar el enfado de la señorita.

Culpaba del giro de mis palabras, generalmente suaves, al Ministerio y la presión que se habían dedicado a ejercer sobre mí desde que regresé, con la investigación terminada y un libro a punto de publicar. Por supuesto, ella no había sido consciente del que era mi malestar, y yo tampoco se lo hice saber, demasiado afligido para confesiones.

No me permitían salir del país, habiéndome convertido en un preso.

Se me cerraban los dedos de las manos, transformándolas en puños con los nudillos blancos, cada vez que recordaba los dos intentos nefastos que tuve para recuperar la libertad. ¿Cómo se suponía que continuaría con las investigaciones sobre bestias mágicas si no podía salir de mi propio jardín trasero? O, ¿cómo podría liberar a las que ya tenía? No toleraría que se pudriesen dentro de un sótano o una maleta encantados; mi responsabilidad era enseñarles a tener independencia de nuevo, a ser libres.

Y, ante todo: ¿cómo se suponía que le entregaría mi libro a Tina?

Se publicó en abril, siendo recibido con los brazos abiertos por la comunidad de magos británicos. Gracias a eso ahora tenía el dinero suficiente como para planear viajes mucho más largos por donde lo desease y si depender de externos; ¡y aquello era imposible debido a la detención que estaba sufriendo!

En ocasiones recordaba la despedida con Tina, junto al gran barco que me llevaría de nuevo a donde se suponía que estaba mi hogar. Con valentía le hice saber que el primer tomo impreso sería para ella. Sus ojos habían estado brillantes, las mejillas sonrojadas por acariciarle el cabello de una manera torpe e ilusa. Ahora lo único que podía pensar, y deseaba creer, era que tal vez aun lo quisiese tal y como le dije aquel lejano día.

En las cartas me justifiqué por la tardanza en volver al enorme continente fácilmente; tuve que acudir a reuniones de todo tipo, y las personas repentinamente sabían mi nombre, dejando de ser el pequeño e inconsciente Scamander para convertirme en un hombre prestigioso de mundo. Había sido verdad, por supuesto, pero el alargar las excusas demasiado comenzó a rezumar lo inusual, tornándose todo a negro después, ya no siendo lo más importante aquello.

Me dejé caer en el sillón orejero, colocando una taza sobre su brazo forrado en tela cretona. Este se encontraba dirigido hacia el gran ventanal que daba vistas a la parte frontal de la casa. Pequeñas gotas enjoyaban el cristal; comenzó a llover tres días atrás y todavía no se había detenido. El encontrarme recluido en mi propia casa a causa del tiempo meteorológico no ayudaba con la claustrofobia que sentía en el interior de la cabeza.

El salón estaba escasamente iluminado por dos lámparas viejas de gas, brillando de manera cálida y formando sombras salvajes sobre las paredes simples; al igual que si me hallase en una tupida selva, moviéndose las ramas de los árboles con alguna brisa ligera y silenciosa.

Me rasqué los ojos. Si tenía suerte todo lo que ahora me preocupaba se solucionaría. Me consideraba una persona tenaz; mis instintos rogaban por no someterme sin antes luchar con uñas y dientes.

            —Lo arreglaré con algo de magia —me reí en voz alta, esperando torpemente a que cierta criatura sobre mi cabello hiciese algún sonido. No obstante, tan si quiera se movió, haciéndome consciente de su presencia únicamente porque me tiraba de los mechones de vez en cuando.

Volví la atención, algo más desanimado, a los papeles que formaban una larga carta, alisando con desazón las zonas que doblé sin darme cuenta. Repasé de nuevo las palabras en ella, quemándome la razón con solidez.

 

Querido Newt,

Espero que esta carta te encuentre en buen estado de ánimo y salud. En nuestro pequeño hogar las cosas siguen tan tensas como la última vez que te escribí; y bien sé que no es por mi culpa dicha tensión. Por suerte somos personas sanas, al fin y al cabo.

Por mucho que haya estado pensando en formas de hacerte regresar a Nueva York, se tratan solo de sueños imposibles. Hay una frustración continua en mi cabeza por ello, y ya tengo bastante con soportar a Tina y a sus propias inquietudes.

Pensé en hacerle saber por lo que estás pasando, para más benevolencia, pero evita cualquier tema intenso conmigo, ocultándome sus pensamientos con obstinación, además. Sé perfectamente cuando no debo presionarla y esta ocasión es una de ellas, desgraciadamente.

Seré breve entonces respecto a tus preocupaciones en la carta que recibí: sí, Tina sigue molesta. Aunque tengo que admitir que quizá molesta no sea la palabra adecuada para el lío que son verdaderamente sus sentimientos.

Es cierto que quedó dolida por tus crípticas palabras, pero (y estoy segura) de que en su mente fui capaz de ver algo de comprensión. Desgraciadamente el desconsuelo y el asombro fueron mucho más grandes. Y si te cuestionas el porqué del asombro en ella: de manera incoherente creía que en ti no había ningún tipo de juicio recriminatorio o malhumorado.

Normal que la realidad le haya golpeado; debería incluso hacerlo una segunda vez y mucho más fuerte.

A pesar de todo, y con el enfado que ahora llevo encima, tengo fe y confío de pleno corazón que todo esto se resolverá. Estoy segura de que Tina olvidará todos sus males en cuanto aparezcas en América con tu maravilloso libro entre las manos. Ella sigue esperándolo con más emoción de la que jamás confesará en voz alta.

Para finalizar, por favor, Newt, hablo de parte de los tres amigos que tienes al otro lado del Atlántico: no hagas nada de lo que después te puedas arrepentir para regresar. Todos estaremos aquí cuando llegues y terminaran por dejarte viajar de nuevo.

Me despido entonces, deseándote mejores días futuros.

Queenie Goldstein

P.S: Jacob te manda saludos.

 

Doblé las cuartillas por la mitad, disgustado conmigo mismo. Llevaba haciendo lo mismo varios días; cogería la carta, la releería para poder enviar una de vuelta y terminaría sin escribirla a causa de los sentimientos que experimentaba con disgusto. Desde la pena a la amargura, para terminar con un enojo incómodo.

¿Por qué Tina iba a creer que las opiniones que tenía no eran fuertes, o que no sabía expresarlas con coraje? En ocasiones me volvía irritable si las ideas del otro eran demasiado contrarias a las que yo tenía.

¿Me consideraba alguien demasiado callado? Sumiso, tal vez. Pero ella ya me había escuchado hablar con esa voz indignada mía. La primera vez cuando tuvimos que ir a recoger al “no-maj” y le recité las normas tan absurdas que se debían de acatar en su país. Más tarde al hablar sobre el obscurus; intentando ayudar a Credence; soportando los interrogatorios antes de poder regresar a Inglaterra…

Solté una carcajada. Hasta hacía pocos años la vida que llevaba fue —en casi todo— un martirio. Me limité a subsistir en el día a día, no siendo capaz de creer en un futuro mejor. Problemas en el hogar, problemas en Hogwarts, problemas en la terrible guerra, problemas en un trabajo que lo único que me ofrecía era amargura… Y aun así me levantaba todas las mañanas para luchar contra muchas injusticias; mi espíritu no me dejaría tranquilo si tan si quiera le daba una última oportunidad a lo que ya comenzaba a valorar como una causa perdida.

Eso mismo era lo que en ocasiones creí: Newton Scamander, el descarriado de la familia. Demasiado caprichoso para tan si quiera sacarse una carrera.

Fue durante las batallas en el frente oriental, rodeado de dragones y de hombres desesperados por huir, cuando aprendí a no ser afectado por las convicciones de otros, y menos todavía cuando se referían a mí personalmente.

Después de salir de aquel infierno, conseguí que el futuro comenzase a brillar, tan maravillosamente que incluso a día de hoy me parece imposible. Empezó entonces el afán de viajar y estudiar a las bestias que siempre amé. Mi oratoria, autoridad en los gestos y docilidad mejoraron enormemente, sobre todo teniendo en cuenta que, si no estaba charlando con gente corriente, serían desalmados los cuales despreciarían otros razonamientos. O podría tener frente a mí alguna bestia que detestase el contacto visual e intentase morderme si presentía vacilación en los pasos que daba para escapar de su lado.

Por supuesto, esas facetas más “duras” que me instigaba eran difíciles de ver en situaciones habituales, pues la pasividad siempre fue lo que yo consideraría mi salvación. Algunos pensarían que era un cobarde, otros lo suficientemente listo como aparecer solo cuando me era estrictamente necesario.

Que no me sintiese cómodo en algunas circunstancias no significaba que fuese un paria, callando y asintiendo a todo lo que me ordenaban.

Entonces, ¿era así como me veía Tina? ¿Y al no serlo se decepcionó? Merlín oyese eso.

Como norma no escrita, si algo era de mi más puro interés estaría dispuesto a mover cielos y montañas para conseguirlo. Y por eso no cesaban los pensamientos dentro de mi cabeza sobre cómo huir de Inglaterra durante un par de días, queriendo volver junto a la mujer que me esperaba ahora enojada.

Repentinamente, una descarga me golpeó desde la parte baja de la espalda hasta la coronilla, haciendo que me irguiese en el sillón. Tenía que conseguir regresar. En pocas ocasiones alguien llamaba tanto mi atención como para preocuparme el si me contestaba unas tontas cartas o no. Había personas que me agradaban, pero solo una —mucho tiempo atrás— consiguió que el corazón se me agrietase como lo hacía por Tina. E, incluso, en esta ocasión era mucho peor. Al igual que si hubiese lanzado mi órgano vital al mar, sin poder alcanzarlo ahora que tanto lo quería.

Tuve muchas ideas a lo largo de la semana respecto a cómo responder a Queenie con una solución y en este instante sabía con certeza lo que tendría que hacer para viajar. El plan ya estaba trazado. Desgraciadamente, necesitaba la ayuda de alguien. De alguien a quien llamaba familia.